martes, 25 de julio de 2017

Un viaje de ida

                                     
Aquí me encuentro otra vez, preso entre cuatro formidables paredes azules cual océano revoltoso. Veo maderas por allí y por allá, mis ojos cansados no logran comprender el lugar en el cual he despertado. Logro divisar un camarote acogedor donde penosos “hobbitses” suelen soñar amarga y dulcemente con aventuras, deseos, miedos y quebrantos. En un extremo superior a 50° de longitud y 25° de latitud se encuentran un par de individuos que poco hablan pero mucho dicen, llenos de polvo y con historias novelescas, heroicas, espirituales y poéticas. Algunos de ellos a punto de caerse como si estuvieran lanzándome una indirecta para que yo los agarre y me desvele por ellos. Otros, se niegan a abrirse a causa de que su hospedaje es muy apretado y precisan de más espacio. Hay uno que otro rebelde que no quiere ser parte de la “masa” que se sitúa en una posición horizontal a diferencia de sus compañeros que están en vertical (no se si es rebeldía o desean ardientemente llamar mi atención).
Como decía, mis pupilas bien abiertas -como las del niño al ver la sonrisa de su madre- no podían dejar de contemplar los detalles minuciosos que se hacían presentes en aquel camarote sencillo pero profundo. Al ras del suelo se podía ver que había, en gran cantidad, una especie de cuero en forma de pie. Una vez me dijo un anciano que si yo veía uno de esos artefactos y que si esos estaban algo gastados y rotos, es porque eran botas de soldados, sí, de soldados, guerreros anónimos, gallardos sin gala que día y noche luchaban en una guerra. Muchas veces no aguantaban más sus pensamientos, sus músculos ni su alma, y eran vencidos por el enemigo. Pero ellos se levantaban y seguían luchando y peleando. Y combatían al maligno con lagrimas, sudor, y lo golpeaban por arriba y por abajo, y ellos no tambaleaban y parecía que iban a ganar la batalla pero de pronto, el enemigo los tumbaba sin aviso alguno… El soldado que vivía esa situación, experimentaba un sabor muy amargo y melancólico al ver que casi vence al enemigo pero aquél lo derribaba sin piedad.  En momentos así uno piensa que Dios lo ha abandonado y por eso es que cae. Pero NO! es el soldado quien ha abandonado a Dios y se ha creído capaz de vencer al enemigo con sus propias fuerzas. Ahora bien, aparecen dos posturas, vencer al enemigo por gracia de Dios y ningún esfuerzo del hombre, o puramente voluntad humana. Y como me aconsejó en antaño un sacerdote bastante matrero, uno debe luchar y forjar su voluntad y no dejar de luchar, sin embargo debe rogarle a la Madre del Cielo que nos ayude en la batalla pues estando de su lado nunca pereceremos.
Me ido del tema, sepan disculpar a este pobre soñador. Retomando: no quiero dejar de lado cuando, luego de haber analizado con mis ojos todo lo anteriormente relatado, éstos se posaron incontrolablemente en una especie de “mansión” o  “choza” de madera. La cual estaba revestida por fuera con una textura dorada gracias a la gentileza de nuestro amigo el Sol, y luego ya abiertas las puertas de aquella “casa” nos daba la bienvenida un color rojo bordó, puro y armonioso haciendo referencia al fuego acogedor que se encuentra en la chimenea de cualquier hogar invernal y/o al “oriente en llamas”. Pero no se inquieten, falta la mejor parte: mas y mas adentro de dicha casita se encontraba velando un ícono del Cristo Resucitado y a su lado, con ojos de hija-madre-esposa me miraba un ícono de la Virgen María; aquella que con ojos de misericordia escucha día y noche mis lamentos, mis plegarias, mis alegrías, mis gritos silenciosos, mis gracias, mi silencio… Aquella que te lanza una soga con cuentas para llegar de manera más breve a la Patria perdida sin tener que pasar por aduanas ni peajes. Aquella que nos regaló humildemente a nuestro Señor que también me mira y yo lo miro, me mira y bajo la mirada… luego de un instante lo vuelvo a mirar y Él no deja de mirarme ni por un segundo, y es allí, en ese momento cuando le pido que Él habite en mi alma, que haga morada, pues si Él en mí mora, me enamora.
Rayos! Otra vez me fui del tema: Fuera del camarote -en el cual había despertado- logré ver unas velas, mástiles y barriles que embriagaban con su aroma a vino tinto “malbec” del 2013 toda la superficie que parecía ser la de un barco antiguo. Sí, estaba en un barco cuyo nombre no era sabido pero de que era muy bello si era sabido. Pero no era bello por tener oro y barandas de roble talladas a mano, al contrario, lo era porque aquel móvil acuático se encontraba en condiciones muy escasas, un navío muy DD (deteriorado y desgastado) un barco que no valía nada con sus velas llenas de incontables agujeros, sucias, con manchas de vino que fueron obteniendo un sello, una marca indeleble en el corazón de esa humilde embarcación. Pues ese barco había sido sorprendido por muchas tormentas las cuales nunca le dieron tregua, ni de día ni de noche.
                                          


Quien lea esto pensará: ¿se encuentra sólo aquél marinero? Pues no! Por la cubierta me encontré con pocos pero con muchos individuos, altos y bajos, gordos y flacos, barbudos y lampiños, todos distintos entre sí pero con una particularidad en común: teníamos el mismo destino.


----CONTINUARÁ----



Don Calixto Medina.

¡Rápido! Antes de que se sepa elfa

Luego de aquella tarde en la que Don Virula me deleitó demostrando la existencia de los elfos, volví a los pagos de la Guerma muy esperanzado, y dispuesto a lo que tenga que durar la espera por mi elfa.
Algunas semanas más tarde, sin buscarla, me llegó una posible revelación, a modo de sueño cuando me refugiaba del frío cortante entre mis sábanas, en la cama de esas celdas heladas, pero que esconden un fuego, y es el fuego interior que se enciende en el pecho aún cuando todo el cuerpo tiembla en este lecho, y es que a todo buscador se le llena el alma de admiración y de amor por Él al pasar unos días por esta habitación.
Todos  caminan con paso seguro por ese camino, aunque sea un caminar sin mirar... Digo esto porque, al visitar este lugar, nos urge lograr, aunque sea solo por unos días, vivir como aquellos orantes. Tan enceguecidos estamos en esa búsqueda, y tanto deseamos sentir a nuestro Dios vivo, que no vemos que no vemos. No nos percatamos que al mirar abajo, nuestros pies no se ven, y caminamos. Y sabemos que caminamos por el ruido de nuetros pasos, y por alguna que otra silueta al costado que por detrás dejamos. Entonces sabemos que avanzamos, y tenemos que avanzar, pues, las 19:30 asoman y su campana nos convoca. Y vamos, sin errar un solo paso, buscando un ver que deja de lado nuestro ver, y llegamos y nos damos cuenta de que llegamos y que hemos caminado. Entonces agradecemos que no necesitamos ver si nos guia Él. Algunos frios dirán que esto pasa porque es un camino muchas veces recorrido, y algo de eso debe tener, pero, los que esten encendidos compartiran conmigo que el Bueno nos guia ciegos.

Mucho me alejé de mi relato, fue quizás para contar que lo soñé aqui, en la casa del frío y el fuego.

Me ha sido dicho, y así lo creo, que existen las elfas, y, en un sueño vi que, quizás las elfas de hoy no se sepan elfas, por lo contrario, se crean mujeres normales, hasta que llegue un hombre que la ve elfa y se lo cuente, y entonces ella se sabrá elfa. Y, al encontrar un hombre que la sabe elfa, pasa a ser ella su elfa. Esa elfa que lo acompaña en la galería con unos mates, y mientras lleva a cabo el acto tan común y simple, que es tomar un mate, el hombre ve en ella la belleza encarnada y el amor verdadero.

Viendo eso me llené de esperanzas, pero pronto me invadió un profundo miedo. ¿Qué pasa si no llego a tiempo y ella se sabe elfa antes de mi llegada? Y al ver un mundo tan poco élfico decida retirarse y alejarse en busca de la belleza. De repente me encontré con una dualidad, pues, la búsqueda desesperada no me dará a mi elfa, porque ellas requieren de una mirada profunda y paciente para ser descubiertas. Es por ello que ahora espero, pero es un esperar atento en una búsqueda lenta, no sea que ella se sepa elfa por mi no saber buscar.

Sin Palabritas.

Caminaba yo, sumergido en mágicos pensamientos, recorriendo el ancestral laberinto del Museo Fader, hasta que llegando a un recodo de sus alucinantes recovecos, observé al conejo relojero de "Alicia en el país de las maravillas". Sí, Gallardos, como me oyen. Y en eso de seguir al Conejo Blanco caigo de bruces a una madriguera que me condujo a una aldea cercana donde pude contemplar la siguiente escena de Don Zaqueus de la Guerma cotejando a su donosa Dama Jose, la Fina...




Nota bene: la película "El pueblo ya tiene comisario" es una joya del cine argentino. Costumbrista como ninguna, muestra con precisión nuestras nostálgicas delicias criollasas. Y también, claro está, la belleza de nuestras paisanas. Con actuación de Pancho Figueroa Reyes y Jorge Cafrune. Re-re-recomendable.
Aporte generoso de "El Emigrante Nostálgico".

lunes, 24 de julio de 2017

Subterráneos en un Sueño

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Cierta noche Don Virula tuvo un sueño muy particular que lo dejó atónito durante mucho tiempo, hasta que lo pudo comprender. Soñó que de pronto estaba en una casa extraña y desordenada en medio de una gran ciudad. Colgado del cinturón, poseía una vaina con una espada de doble filo. Allí dentro, habían cosas que le resultaban muy familiares, aunque no se detuvo a pensar en eso. La casa estaba repleta de gente que iba y venía. Todos hablaban como gritando, como si estuvieran exaltados por algún acontecimiento. Aturdido por la situación, buscó una salida y no la encontró; solo había una pequeña ventana. Al mirar por ella, contempló una ciudad llena de caos. Había música, sonidos de autos, vendedores gritones, llantos y un sinfín de ruidos. Como en todo sueño, no se detuvo a pensar en nada, y volvió a mirar dentro de la casa. Esta vez, descubrió que en el centro del salón principal, había una pequeña mesita que tenía sobre ella un libro cerrado y una maceta con tierra, sin planta alguna. Casi por impulso caminó hasta el centro y abrió el libro. Esto le produzco una turbación inesperada, el texto estaba escrito en otro idioma ininteligible, y apenas se lograba divisar la tinta. Al detenerse sobre el texto, notó con pesar que la ciudad entera, y más aún la gente dentro de la casa, gritaba con más fuerza y el caos aumentaba. Sin embargo, percibía que una voz profunda trataba de hablarle, más no lograba oírla bien. No sabía si estaba imaginando, o de veras la sentía. Enojado por todo, volvió a tratar de interpretar el libro, mas en ese mismo instante, dos alterados hombres de la casa lo derribaron de un empujón. Esto fue motivo suficiente para entender que aquella gentuza no quería que hojeara el misterioso libro. Una vez más, lo volvió a intentar, pero esta vez atento, había visto venir a un hombre con un puñal, y en el momento que lo quiso apuñalar, Don Virula con un rápido movimiento lo derribó con su espada. Tras caer al suelo, la ciudad entera gritó con ira, como en señal de guerra. Así se las tuvo que ver Don Virula con la gente de la casa, hombres y mujeres arremetían contra él y éste los derribaba al filo de la espada. Tras un largo combate, logró el Viru que la gente le tome miedo, y se apartaron de él, mirándolo despectivamente. Por fin, cansado como estaba, vio que reinó un gran silencio en la ciudad. Luego de descansar un poco, y pasada la agitación, sintió deseo de volver a observar el libro, ahora con tranquilidad. Más seguía sin entender. Comenzaba a pensar que no tenía sentido, cuando sintió de nuevo esa voz que quería hablarle, mas descubrió que aún era sofocada por otros ruidos que no había prestado atención.
Allí quedó en silencio, tratando de descifrar de dónde venía aquel ruido, hasta que pudo descubrirlo. No venía ni de afuera ni de adentro, mas bien, bajo la casa. Así nomás como estaba, buscó la puerta que lo guiara al sótano. No le fue difícil encontrarla; en una pequeña puerta de un rincón, descendía una escalera de madera en espiral que se perdía en las penumbras.
Antes de bajar, tomó un palo, y enrolló sobre el un trozo de tela empapado en aceite y encendió su nueva antorcha. Ahora si, estaba listo para descender.
Si antes había bullicio, inexplicable es el griterío que habitaba en aquel cuarto oscuro. Apenas si su antorcha iluminaba medio metro, la oscuridad era como un humo espeso. Aquellas voces y ruidos, si bien eran más fuertes, poseían una realidad distinta. Provenían como del más allá. Con asombro se dio cuenta que reconocía casi todas las voces. Escuchó la de familiares, amigos, enemigos y ruidos de situaciones que donde él había estado. Nuevamente encontró una ventana, y al mirar por ella vio una ciudad llena de recuerdos, y todos poseían movimientos y sonidos, como si estuvieran ocurriendo en presente. Al volverse al interior de la casa, se turbó sobremanera al encontrar en el centro lo siguiente: Una mesita, con un libro y una maceta llena de tierra, sin planta alguna. Cómo explicar lo agobiado que comenzó a sentirse, le caían lágrimas por el miedo a no entender nuevamente aquel libro. Pero fue, y lo abrió. Casi no lograba leer, más una luz de esperanza le encendió el corazón. Si bien no entendía lo que el texto decía, notaba ahora que las formas de las palabras le insinuaban algo, algo muy serio e imponente, como si fuera un secreto de mundial importancia. Cuando quiso mirar más de cerca, aquel sótano y su misteriosa ciudad, estalló en ruidos, tan fuertes, que hacían vibrar el ambiente. Y fue derribado. Su antorcha rodó por tierra, yendo a parar lejos de él. A tientas, sentía Don Virula puñetazos en su rostro y en el cuerpo, más, lleno de furia, desenvainó su espada, y comenzó a descargar terribles golpes a su alrededor. Sin ver, sentía cómo sus enemigos caían gritando de espanto y dolor. La guerra continuaba, y Don Virula pensaba hasta cuándo iban a durar sus fuerzas. Y cuando ya no daba más, gritó con una fuerza desconocida, y como si el mismo trueno tuviera voz, hizo callar aquel misterioso mundo, y así, quedó todo en silencio.
Casi arrastrándose buscó lo que quedaba de su antorcha y se acercó al libro para mirarlo otra vez. Tras largas horas, presintió que nunca lograría entender el texto, mas, en aquel momento, volvió a sentir aquella voz que le hablaba, pero nuevamente era tapada por un par de rechinares extraños, como de animales. Otra vez, el bullicio ascendía desde abajo.
Un tanto desorientado, descubrió nuevamente otra escalera, que bajaba a lo oscuro. Y allí fue. Nada de los ruidos anteriores competía con esto. Eran ruidos casi imperceptibles, sin embargo, para el oído atento, poseían un tono tan agudo, que ensordecían el tímpano, dando la sensación de que este iba estallar. Eran emitidos como por unos animales voraces, malignos. Y vio otra ventana. Esta vez se observaban todos los deseos pasionales que Don Virula poseía. Todos gritaban y se retorcían como bestias salvajes. Automáticamente volvió la vista al cuarto para ver la misma imagen, del libro y la maceta. Al abrirlo, notó lleno de temor que las letras tenían una tenue luz propia, y que esta vez si entendía las palabras, mas no aún el significado de las frases. En ese mismo instante, sintió que unas garras le hirieron el pecho, y cayó con sangre al suelo. Las bestias aumentaron sus chillidos. Sabía Don Virula por su estado, que de esta no se salvaba, sin embargo presentó batalla. Se puso de pié y derribó unas cuantas bestias, pero cayó otra vez al suelo, al sentir unos colmillos fríos en su espalda. Todo llegaba a su fin, tomó de su bolsillo el rosario que portaba e invocó el auxilio de la Virgen Madre de Dios. Al oír la súplica, las bestias chillaron de espanto y se llenaron de odio. Don Virula se desmayó, pero alcanzó a ver cómo una Dama llena de luz y esplendor, pisaba la cabeza de aquellas bestias.

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Al abrir los ojos, escuchó Don Virula con sorpresa aquella voz que lo atraía. Esta vez sonaba sin estorbos. Entendió Virula que debía bajar nuevamente y así lo hizo. Al llegar, todo era tranquilo y el libro permanecía en el medio. Con temor Don Virulana lo abrió, y al hacerlo cayó por el suelo, invadido de un gran temor. Las letras brillaban como llamas candentes, y esta vez si lo entendía. No tuvo que leer nada, el libro mismo le hablaba con voz de trueno y cascada.
Don Virula nunca recordó cuánto tiempo pasó en aquella situación, pero cuando todo calló nuevamente, vio que el libro se había cerrado. Al costado, en la maceta, había crecido un brote. Al costado de la mesa, había un agujero oscuro en el suelo, sin escalera.
Poco a poco comenzó a escuchar ruidos que provenían desde los cuartos de arriba y la agitación comenzaba a reanudarse lentamente.
Fue allí, donde escuchó una voz hermosa que le dijo:
-Es tu decisión, o resistes con la espada en la puerta, o tomas el brote y saltas con él más abajo-.
En el momento en que Don Virulana había tomado una decisión, despertó del sueño, y se encontró solo en su habitación. Al costado, en su mesa de luz, yacía la Santa Biblia.

"El que nunca hace silencio, jamás podrá escuchar"

Don Virulana de los Gamos

domingo, 23 de julio de 2017

El Holgazán y la Plaga Silenciosa

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Había una vez, un joven llamado José que vivía en las afueras de la ciudad, en un campo. Allí vivía su familia, que se dedicaba a cuidar los cultivos de trigo.
Durante su infancia el niño creció feliz y seguro, ya que sus padres y sus dos hermanos más grandes hacían el trabajo pesado que se necesita para los cultivos. Él, por las mañanas asistía a clases y por las tardes jugaba con sus amigos de las estancias vecinas. Nada tenía de qué preocuparse, llegaba a la mesa, y la comida estaba preparada y lista.
Cuando el tiempo pasó, se acercaba la hora de tomar parte en los trabajos, pues ya tenía la fuerza suficiente. Sin embargo, vinieron épocas de guerra en el reino, y su padre tuvo que marcharse a la guerra, seguido de su hijo mayor. Ambos, murieron en la lucha. No pasó mucho tiempo para que su otro hermano, cansado de los trabajos, decidió buscar mejor fortuna en la ciudad. Allí quedó él y su madre, que fatigada por la angustia, falleció al poco tiempo. Es por esto que José, quedó a cargo del campo a los veinte años de edad. Rápidamente aceptó el desafío y asumió seriamente el gobierno y trabajo de aquellos pagos.
En su primer jornada, bien temprano y despuntando el sol, contempló seriamente su terreno. Había mucho que trabajar, las malezas cubrían hectáreas enteras, el trigo estaba mezclado con la cizaña, y debía terminar la siembra de los terrenos vírgenes antes de que llegaran las heladas. Todo lo asumió de buen ánimo, y a pesar de los costoso, trabajó muy duro día tras día. A veces sus amigos lo ayudaban, a veces no, y poseía tan solo un trabajador.
Poco a poco sus campos fueron tomando forma y color, los terrenos vírgenes se llenaban de brotes, las cizañas eran cortadas, y arrancó las malezas del campo. Ese año tuvo José una gran cosecha, de las mejores que había tenido aquel lugar, a pesar de que trabajaba casi el solo. Y así, año tras año fue multiplicando sus cosechas, hasta que tuvo el granero repleto.
Demás está decir que se sintió muy orgulloso de sí y de sus avances, todo marchaba muy bien, y en poco tiempo había aprendido el arte del cultivo. Es por esto que, inconscientemente, se reclamó a si mismo un descanso, para poder relajarse un poco, y no fatigarse demás, ya que todo funcionaba.
Al siguiente año, poco fue lo que intervino en sus trigales, ya que gracias a los buenos tratos anteriores, de igual modo iba a tener una abundante cosecha. Al año siguiente ocurrió igual, y al siguiente lo mismo.

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Lo que no fue notando, es que varias plagas malvadas fueron ingresando secretamente. La primer plaga, lentamente y sin ruido, se le fue incorporando a su espíritu, y si anteriormente había trabajado con esmero, ahora se había convertido en un holgazán, por creer que tenía ya el derecho a descansar. La segunda plaga fue un pequeño gusanito que se infiltraba en la planta, y la iba debilitando poco a poco. En tercer lugar, la cizaña fue recobrando lentamente su vigor.
Así pasaron un par de años más, y José fue notando que la cosecha disminuía tanto en calidad como en cantidad. Preocupado salió a recorrer el campo, y para su sorpresa, descubrió que su campo flaqueaba nuevamente, ahora, era menester volver al trabajo duro. Angustiado recordó todo el tiempo libre que había malgastado, en que tuvo tiempo de cortar la cizaña cuando esta era aún débil. Ahora, le faltaba el ánimo y el tiempo antes de la siega. Y por pensar que su trabajo lo justificaba por un tiempo, dejó crecer otras plagas silenciosas. Comprendió entonces a la fuerza que el trabajo debe ser constante y a tiempo. Que permanentemente hay que andar examinando el terreno, ver si el suelo está preparado para que germine la semilla, y tantas otras cosas. Que no hay tiempo de descanso en la vida del campo, pues se debe mantener a raya las plagas, y año tras años hay que insistir en la poda y demás cuidados.

Moraleja: Así Dios lo quiere, aún con más fuerza en esta juventud. Permanentemente se debe trabajar en el cuidado del alma. Debemos quitar la cizaña una y otra vez, mientras más uno se demore, más vigoroso se incrusta el mal. No sea que la cizaña termine por ahogar el trigo.
 No debe el cristiano ser holgazán en ningún tiempo, pues cuando se cree con cierto avance, válgame el cielo, que alguna peste silenciosa anda creciendo, y cuando uno se acomoda, el maligno hace estragos en el campo. El tiempo apremia, deben Los Gallardos no dejarse enfriar, y buscar con ansias el crecimiento del Reino en el interior.
Quiera el Señor que podamos volver a convertirnos con sinceridad en cada mañana.

Don Virulana de los Gamos

miércoles, 19 de julio de 2017

Trilogía: El Nuevo Anillo de Sauron (III)

"El maligno viene ganando las batallas. En cualquier frente que se lo proponga, vence. Ya no hay resistencia, ya no quedan fuerzas, y peor aún, ya no hay interés ni conciencia por enfrentarlo..." (Extracto de la carta que portó Don Hilario en búsqueda de Gandalf)
"Los días llegan a su fin, llegó la hora en que los tibios se decidan, el arrojo es nuestra única opción para salvar nuestras vidas" (Oráculo del Gustav)


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Don Virula se sentía enfermo y extraño. Le ardían los ojos, y era consciente de que a esas horas de la noche, sin luz, seguir bebiendo de la pantalla, agravaba más su dolor.
Afuera llovía fuertemente, y se había cortado la luz de su casa, mas no había encendido velas, ya que su dispositivo poseía linterna propia. Pasadas las doce de la noche, sentado en un rincón de su habitación, le invadió de golpe una ceguera.
-Maldición, se me ha acabado la batería- pensó, y a tientas buscó su cargador. Mas no lo encontró, aunque hubiera sido en vano, ya que no había electricidad. Y allí quedó en penumbras, solo, saboreando su enojo. Miró por la ventana, y maldijo la tormenta. Al oír sus propios insultos, se sorprendió, pues siempre había sido amante de la lluvia, y más aún de los rayos. Le agradaba fumar pipa mientras el cielo manifestaba su poder. Ciertamente recordó todo esto, y tratando de canalizar su enojo, tomó su pipa a tientas, y se sentó en la galería, pensativo. Había algo que luchaba en su interior, como dos potencias enemigas, o más bien, escuchaba de lejos el reclamo interno, que era tapado por otra voz mas seductora. Inconscientemente comprendía lo que pasaba, mas no quería revertir la situación. Amaba su celular y sabía que lo estaba consumiendo, pero se trataba de convencer que prefería consumirse, pero conectado, que vivir cierta soledad, incomunicado.
"¿Qué me ocurre? ¿Qué me ha pasado? ¿Dónde está Gandalf?, el  sabría que hacer" pensaba.
Allí permaneció un rato, observando el horizonte oscuro. De pronto silbó un rayo, y al instante en que se iluminó todo de blanco, vio Virula una figura negra a unos diez pies. Rápidamente saltó de la silla, y asustado como estaba gritó:
-¿Quién viene ahí?-
No tuvo respuesta. La tormenta no dejaba oír nada. De pronto, saltó al lado suyo la figura, y en el momento en que Don Virula iba a descargar un puñetazo, lo detuvo otra mano por de tras. Y allí comprendió, eran Don Ojota y Don Hilario, encapuchados.
-¡Don Hilario!- dijo Virula - Ha vuelto al fin- A lo que contestó:
-¡Silencio!, tenemos asuntos urgentes que atender, si no quieres ver a la Comarca arder en llamas-
Don Virula, aturdido contestó:
-pero... ¿qué diablos está pasando?-
-¿Qué diablos está pasando contigo, Don Virula de Los Gamos?-  Respondió una voz grave y fuerte desde las sombras. Todos asustados voltearon a ver, y lo vieron, era Gandalf.

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Era casi el amanecer, y seguían discutiendo los cuatro. Resulta que Don Hilario había vuelto, y descubrió lo malicioso del nuevo artefacto. Turbado, buscó a Gandalf para comprobar si realmente eran objetos de su fábrica. No fue necesario mas explicación para que el mago se diera cuenta de todo, inmediatamente viajó a los Gamos montado en Sombragris. Gandalf les explicó el plan del enemigo, y la urgencia de actuar, dado que mientras más se utilizaban estos objetos, más irremediable iba a ser. Sólo Don Ojota, había logrado partir de un hachazo el celular, en un ataque de Santa ira.
A la noche siguiente, fueron convocados todos Los Gallardos, y allí se puso el tema en discusión.  A muchos les costaba comprender los peligros de su uso, siempre y cuando no fuera exceso, y veían demasiado radical la propuesta de prender fuego los celulares, y con ellos a todos los que se les opusieran.
-¿Es que acaso no veis la mano del maligno?¿ Es que acaso eres capaz de sacrificar tu atención para la contemplación por un maldito celular?, ¡Hay que quemar todo!- Gritaba con cólera el Emigrante.
-¿Pero, por qué se necesita siempre tomar medidas drásticas?- Preguntaban por ahí.
-Porque es necesario cortar todo de raíz- Respondió Don Ojota, y siguió:
-Se nos está pasando por alto muchas cosas. Es una cuestión de nuestro bien espiritual, sin darnos cuenta, vamos cediendo y cediendo en todo. Fíjense, pasamos más tiempo chateando o viendo videos o fotos, que orando, contemplando, leyendo y muchas otras cosas, sin mencionar el Tedio cotidiano que esto engendra-.
Don Hilario respondió:
¿Ven o no ven la mano del maligno en esto? Comencemos por aquí, ¿Cuántos han visto por culpa de este medio, propagandas obscenas y feas? ¿Cuántos caen en el pecado de la vanidad y la chusma por este medio? Entonces, qué debemos hacer, si es algo del maligno, hay que levantarse contra ello.
De este modo discutieron por dos días y una noche. A la segunda noche, los espías del enemigo vieron a lo lejos, la fogata que incendiara los celulares.

Al otro día los gallardos partieron de dos en dos para alertar a los demás del peligro, pero notaron con asombro, el apego vicioso que la gente ya tenía, y cuando le tocaban el tema, reaccionaban violentamente, y los echaban de las casas. Nadie tuvo éxito. Ya era muy tarde. Fueron tachados de fanáticos y radicales. Con amargura vieron los gallardos la chabacanería que ya reinaba en la comarca. Todos los hobbits se habían vuelto torpes, como cerdos que se revuelcan en el barro.
Fue por este impacto, que los amigos comenzaron a tomarse las cosas mas en serio, y todo lo que no provenía de buen y noble origen, lo desechaban. Gracias a esta primer decisión "radical", luego fueron distinguiendo lo que realmente había que cortar de raíz, que el enemigo es mas astuto, y te envenena lentamente con cosas aparentemente buenas y útiles. Ellos, por su parte, fueron recuperando la paz interior, y las disposición a la oración y la contemplación; a saber disfrutar de veras una eutrapelia y a vivir alegres dentro de los hogares y no afuera.  En síntesis, eliminaron el tedio, y volvieron a ser hobbits normales, con todo lo que eso conlleva. Pero no pasó mucho tiempo, y los demás hobbits los fueron a buscar con las armas. Hobbits, orcos y hombres feos, todos unidos comenzaron a incendiar los bosques y campos de la Comarca, para construir rascacielos, industrias, boliches y burdeles.
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Y he aquí que los amigos, bajo el amparo de Gandalf, comenzaron la resistencia final, sabiendo del amargo final inminente, pero con la esperanza de la postrera redención. Resistían con la palabra o con las espada. Sus cercanos fueron cayendo uno a uno, hasta que una noche, mientras permanecían en vela, rodearon los enemigos la casa. Venían con antorchas, flechas y espadas. Los habían rodeado, hasta que de pronto...

Don Virulana de los Gamos

lunes, 17 de julio de 2017

¡Nieve en Mendoza!

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-¡Qué bello!- exclamaba Don Camilo para sus adentros.
Luego de una larga y agradable noche de amigos y nieve, una vez más amanecía todo cubierto de blanco en Mendoza. La nieve no había sido tan abundante como en años anteriores para la misma época pero si lo suficiente para cubrir con pocos centímetros todo aquel suelo bendito. En esta comarca este acontecimiento suele suceder una vez por año, por eso, cuando esto sucede todo el paisanaje se llena de alegría y sale a las calles a reencontrarse con la naturaleza. El gallardo sin gala observaba absorto la Precordillera; sus talladas quebradas, rebordes, recortes y demás eran muy conocidos por sus ojos; y ahora al verla toda blanquecina se llenaban de placer y lágrimas sus pupilas. El sol se había escondido detrás de la gran muralla haciendo que brillaran los picos más altos coronados de haces de luz naranja; el cielo, claro aún, se hallaba sin nubes que para ese momento hubieran sido rojas, estaba celeste puro y el lucero aún no se asomaba. Las nubes nevadoras ya habían huido lejos.

-Pareciese que Dios mismo se tomó la molestia de hacer que los niños de hoy en día vuelvan a jugar fuera de sus computadoras o celulares- meditaba pensando en lo que Don Virula le enseñó en casa... -no por casualidad esta hermosa nieve nos cubrió con su manto un  Domingo, día en que todos pueden estar en familia y salir a pasear- reflexionaba.
Mientras paseaba por su mente y sus ojos se posaban en la gigante blanca llamada "de Los Andes" llegó a su encuentro un viejo amigo: don Calixto Medina junto con don Hilario de Jesús que paseaban por la ciclovía nueva de la vieja Godoy Cruz en la región de Los Gamos en la cuaderna Este de la Comarca. Caminaban cuesta arriba por el puente para transeúntes que en su ápice los bohemios como ellos lo utilizaron como mirador. Allí, Camilo con su corcel de dos ruedas se alegró enormemente al verlos llegar y los saludó con cariño. Ellos hicieron lo mismo. Alegres los tres pelaron una botella de ron Havanna Club para calentar las heladas gargantas y encendiendo sus respectivos cigarros comenzaron a contemplar la montaña.

-Esto no se ve todos los días- dijo Calixto con mirada perdida al horizonte, ese horizonte que siempre le atrajo tanto.
-Así es, vi muchas montañas en mis largas travesías por las Uropas pero ninguna luce tan donosa como la de mi tierra- dijo don Hilario refregando su luenga barba canosa como quien trae a la memoria muchas imágenes guardadas que los ojos han grabado.
Don Camilo callaba...

Al poco tiempo llegó don Virula junto con don Ojota y Jimmy el cazador, riendo contentos como de costumbre, y atrás a los pocos metros los seguía con trancos largos el conde del Godoy dueño y oriundo de aquellos lares, de todos el más anciano. Todos saludaron con abrazos y pitadas, y el pseudo-mirador poco a poco se fue poblando. De a ratos guardaban silencio, de a ratos todos hablaban profundamente asombrados.

-Siempre he quedado atónito ante tal espectáculo divino- rompió el de Los Gamos.
-Qué bueno que así sea, de lo contrario usted estaría muerto- dijo con tono grave don Hilario, como queriendo captar la atención de los gallardos.
-¿Cómo es eso, don barbudo?, no se haga de rogar- exclamó don Ojota Fonsé sorprendido.
-Pues sí hombres, quien pierde el asombro, quien no se contenta ante la belleza, quien no es capaz de detenerse aún en esta calle para personas y bicicletas, ¡ese está muerto por dentro!- explicó don Hilario un poco alterado por la pregunta de su amigo. Pero luego de una breve pausa continuó con calma:
-Miren a su alrededor, o si prefieren, miren hacia el Oeste, si no logran ver nada es porque están muertos... Si no se les planta un lagrimón en la cara al ver el paisaje que Dios moldeó hoy no están aptos para verlo a Él mismo en Cielo-
-Entonces, Hilario, ¿querés decir que la Belleza es una preparación para los ojos que verán al mismo Criador con todo su esplendor?- preguntó don Calixto tímidamente
-¡Exacto!- respondió efusivamente -sin esta preparación que el mismo Dios manda, nuestra mirada no podrá elevarse hacia Él, y al final de la jornada de nuestras vidas no estaremos preparados para verlo cara a cara-.

Todos callaron...
Luego de tal descubrimiento todos miraban con sonrisas de diferentes tamaños y formas en sus caras de mejillas rosadas por el frío. Todos... menos don Camilo.
Nadie lo había notado, pues el altar natural gigante que ante ellos se erguía se robaba celosamente todas las miradas gallardas.
Al rato llegó retrasado Zaqueus de la Guerma, pues sus pagos eran los más lejanos, y como obra de la Providencia también había ido al "mirador" en busca de inspiración para algún poema. Todos se alegraron de sobremanera al verlo venir a lo lejos. Él con su boina negra de siempre y su pluma ágil saludó con cálido abrazo a cada uno. Justo detrás venía también The Young Writer con su termo y su mate acompañado de varios libros, como de costumbre.
-¡Qué maravilla!, ¡Qué hermoso despertar en mi colchón y ver que afuera Dios mismo me había preparado uno más grande!- dijo Zaqueus.
-Y qué alegría tenerlos a todos aquí reunidos mis queridos amigos- acotó el Conde de Godoy que había estado silencioso, siempre tan respetuoso y admirador de las cosas bellas.

-¡Es verdad, estamos todos aquí!, ¿falta alguien?- dijo  de golpe Jimmy el cazador
-¡Yo!- se oyó la voz fuerte del mismo Hidalgo de la Mancha y su fiel Sancho que se acercaban por la cuesta del puente. Y posteriormente todos los gallardos y amigos llegaron y se sumaban al pelotón.

Todos se alegraron mucho y comenzaron a destapar todo tipo de bebidas espirituosas y todo tipo de artefactos que inciencian el alma (y los pulmones). Brindaron por su lejano compañero el célebre Emigrante Nostálgico para que un día pueda volver por la gracia de El de arriba a contemplar estas tierras con sus propios sentidos, y pueda ungirla con sus cantos y poesías.
El día era perfecto, con el recuerdo de último integrante traído al presente ya no faltaba absolutamente ninguno. La felicidad era enorme.

-Don Camilo, ¡dígame que trajo con usted a la Rubia, la Morocha o la Colorada!- preguntó don Virula que conocía muy bien los nombres de las tres guitarras de don Camilo.
-Claro que sí- dijo con voz apagada y sueñera di Benedetto.
Todos se voltearon sorprendidos al escuchar su voz que sonaba tan melancólicamente.
-¿Qué sucede don C. acaso mal de amores?- preguntó su amigo Calixto
-Nada de eso, mi china jamás haría tal cosa ni nada parecido, ella siempre me espera y se alegra al oír mi voz y yo con la suya...- comenzó a soñar don Camilo como siempre le pasaba cuando le nombraban a su amada, algo similar a lo que le sucedía a Don Quijote cuando nombraban a los caballeros andantes.
-Espere don Camilo, frene un poco- cortó Hilario -cuéntenos que le trae tal pena, estando todos aquí tan alegremente disfrutando de lo bello... no me diga que usted no se asombró al ver la montaña, me extraña esa reacción tratándose de usted-.
-Nada de eso, querido Hilario- repuso él -la montaña siempre me asombra y me asombrará durante mi vida por más de que la vea todos los días, igual que el verdadero amor: no por ver a su amada todos los días uno va a dejar de quererla-.
-Y vean ustedes-  siguió -que no estoy apenado, estoy muy alegre y si me ven llorar es por alegría, y más hoy que el Señor nos sorprendió a todos con esta maravillosa vista y el encuentro “casual” que nos reunió a todos en el mirador. Pero verán… me preguntaba qué hizo, qué hace, o más bien, qué NO hace el hombre para no asombrarse ante lo cotidiano, o ante lo no cotidiano como esta montaña tan evidente y deslumbrante… y ahí si se me apena el alma… Y esta paradoja de que un puente angosto que cruza por encima de unos metros la calle de la rotonda San Francisco de Asís lo hayamos convertido en mirador, es decir, en lugar de detenimiento y contemplación para mí no es nada loco, pero para el común de la gente es algo muy extraño…- decía él casi como reflexionando en vos alta, confundiendo un poco a los oyentes.
-Pues bien, yo creo que el hombre al alejarse de Dios pierde el asombro- sentenció Zaqueus con seriedad pero con verdad a la vez.
-El asombro es el principio de todo conocimiento,- dijo don Quijote -sin él no podemos deleitarnos en nada, pues nada de lo que aprenderíamos nos sería agradable; y así no nos interesaríamos por nada, y esto lleva a que un hombre sin nobles “intereses” o sin nobles deseos y aspiraciones es un infeliz toda la vida. Y los infelices no llegan al Cielo,… Él es Amor, por ende es felicidad perpetua y plena-.
Todos asintieron con sus cabezas antes las palabras del sabio.

-Lo que sucede…- comenzó don Camilo nuevamente -que estas bellas cosas me llevan a pensar en todo lo que el Tata nos ha dado, nos da y nos dará… Seamos sinceros mis amigos, ¿acaso nos falta algo?, ¿alguno puede decirle a Dios que le falta algo para poder llegar hasta Él?... ¡No señores!, todos hemos recibido en abundancia, e incluso más, hemos sido escogidos para su escuadrón de “defensores de la belleza” dándonos el don del Asombro, que hoy día está muy perdido en los jóvenes... Pero retomando, sabemos que “amarás a Dios sobre todas las cosas” y éste es el primero y principal de los mandamientos…-.
-¿Y eso qué tiene que ver?- interrumpió Sancho, que inmediatamente fue reprendido por su amo.
-A lo que voy, querido Sancho…- continuó di Benedetto -que como dijo Santa Teresa: “obras son amores y no buenas razones”, esto es: motivos nos sobran para amar a Dios, y se lo agradecemos todas las noches, pero el amor se demuestra en obras, en hechos, en acciones; entonces podemos tener mil motivos para amarlo (familia, amigos, Patria, amor, etc.) pero debemos demostrárselo con obras, pues son la verdadera expresión del verdadero amor. Y no es que lo hacemos por deber, sino por necesidad, pues el amor es así: lo lleva al amante a hacer obras por su amado para demostrarle su amor porque siente que el amor lo infla y le rebalsa del pecho llevándolo al actuar en consecuencia…-.
-Por eso Cristo quiso morir en la Cruz, podría haberlo hecho de una manera más leve, pero su amor infinito lo llevó a morir en la muerte más salvaje que haya conocido la historia- aportó don Hilario sabiamente.
-Eso lo entiendo- dijo don Ojota -pero lo que no entiendo es el motivo de su pena, don Camilo-.
-Es verdad, no concluí lo que estaba diciendo…- respondió él -Bueno pues… el motivo de mi pena es el que reconozco que por Él no hago obras, es decir, hago exageradamente pocas, insuficientes e imperfectas; y esto me turba el ánima pues “a quién más se le dio, más se le pedirá” y a nosotros se nos dio todo y si no hacemos nada, como yo, pues que más: ¡estamos perdidos!...-.

Todos comprendieron la gravedad de sus palabras.
Luego de un breve silencio habló don Virula:
-¡No se desanime!, en el levantarse instantáneamente de todas las caídas está el heroísmo, y en el querer y en la buena disposición vienen las acciones y las obras. No quiera cargar todo el peso sobre sus hombros, pues “sin Mi nada sois”, es cuestión de insistir y rogar por esa disposición incondicional para con Él, y “todo se dará por añadidura”-.

Antes estas hermosas y sencillísimas palabras que habían resuelto tan gran problema, todos sonrieron y algunos hasta rieron llenos de gozo. Luego callaron mirando al Oeste, menos don Camilo que ahora lleno de paz y felicidad desnudaba su guitarra “Lunita” (la Morocha) para regar de versos aquella tierra amada.
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Don Camilo di Benedetto

martes, 11 de julio de 2017

El folclore y Cilantro Berlín (I)

Estaban sentados todos contemplando con el oído las perfectas notas y cadencias, los acompasados ritmos y rasguidos, las preciosas letras que desprendían la voz y guitarra de Don Camilo. Me invitaron esta vez a la guitarreada, pude charlar con el Hidalgo largo y tendido, y se quejaba de ciertas reproducciones mías por escrito, pues decía que tenía que suavizar más sus expresiones, que si no quedaba como un hombre colérico sin dominio. Cosa con la que yo no estaba de acuerdo, pero bueno, siendo el Quijote, habrá que seguir sus consejos…

Pero ahora no charlábamos, escuchábamos. Nos deleitábamos acabada ya la jornada con un buen vino, y unos buenos quesos manchegos. Iban saliendo de cuando en cuando algunos choricitos criollos, a modo de picada. Pero el plato fuerte iba a ser un buen costillar vacuno. El asador era don Virula, tan generoso y gaucho como siempre. De cuando en cuando untaba el costillar con limón y ajo troceado. Cada vez que lo hacía, a los demás que observaban el ritual, se les licuaba la boca y tragaban saliva. Iba dorándose la carne, e iba absorbiendo los aromas del ajo y limón, que exquisito manjar sería luego al comerlo. Esperaban todos con vino, como dije, el Viejo Isaías era el elegido. Las chicharras cantaban al compás de la zamba o de la cueca. Bailaban los mosquitos alegremente cerca de la luz. Las canciones les transmitían cierta euforia, por lo que el jefe de los mosquitos, embriagado de alegría, decretó no incordiar a los Gallardos esta vez, merecido lo tenían.

El asado ya estaba, pararon los rasguidos y se procedió al partido del costillar. No había cubiertos y había muchas barbas, figuren la situación. Los Gallardos, a veces y sólo entre ellos no se preocupaban por su imagen, por el cuidado en las formas; hoy era uno de esos días. Habló Jimmy, pues llevaban ya mucho tiempo sin hacerlo, como acostumbraban. Era un hábito que habían adquirido de callar más que hablar, pues tras años de correcciones fraternas, habían logrado hablar sólo para cuestiones que lo ameritaran; si las palabras iban a ser fútiles, mejor callar, mejor escuchar al silencio de la creación, mejor escuchar al Criador. Habló entonces Jimmy:

-Qué precioso es nuestro folclore. Cómo se diferencia de otros muchos folclores en la poesía, realmente es bella y eleva el alma. Es un folclore para cultivar a los que lo cultivan.

-Ciertamente, y es una pena que lo estemos relegando al olvido –añadió don Hilario-. Y con “estemos” nos incluyo a nosotros porque no hacemos lo suficiente para rescatarlo, pecamos de conformismo o de simplemente distinguir que estamos perdiendo el folclore sin ponernos a la acción por recuperarlo. Y tenemos la conciencia tranquila, eso es lo preocupante. Nos movemos en el plano teórico y no en el práctico, y eso nos pasa con muchos otros temas. “La Patria se desangra” decimos, pero ¿realmente hacemos algo por no sólo curarla sino también por combatir aquello que le causa las heridas?; “los jóvenes se han frivolizado” sentenciamos, pero ¿realmente hacemos algo por no sólo no ser frívolos nosotros sino también “desfrivolizar” a los que nos rodean? Lo mismo con el folclore. Quizá pequemos de individualismo, y de falta de preocupación por el bien común. ¿Qué hubiera sido de la Argentina si San Martín hubiese sido individualista? Me dan escalofríos.

Quedaron todos en silencio, cabizbajos, pues todos y cada uno se veían denunciados, y con razón. Empezaba fuerte la conversación. Como dije, los gallardos no mantienen conversaciones superfluas.

-Hay algunos pocos que hay que reconocer que sí hacen esa labor de reconquista del terreno perdido, como el Palote –dijo don Virula.

-¡Es verdad, qué grande el Palo Borracho! Y también está Cilantro Berlín –comentó inocentemente el Cazador.

Digo inocentemente, porque era el único que no había hablado sobre el tema con el Hidalgo. El resto, en cambio, sí. Algunos estaban de acuerdo, otros no, pero todos habían hablado con el Manchego y sabían lo que le alteraba el tema.

Efectivamente, el Quijote se levantó alterado y agarrando su costilla por la base gritaba señalando al pobre Jimmy. Lo señalaba como cuando se señala a alguien reprochándole algo, es decir, agitando la costilla. Como digo, de pie y costilla en mano gritaba el Hidalgo:

-¿¡Cómo que Cilantro Berlín!? ¿Estamos locos? ¿Cómo va a ser ese tipo un reconquistador del folclore? ¡En todo caso un profanador de la tradición!

-Don Quijote… -decía cariñosamente y a modo de reproche don Virula, pues se preocupaba por su salud, y esto lo había alterado mucho.

El Manchego se sentó medio tosiendo, pues había dejado sus fuerzas en las cuatro frases que había proferido. Asintió con la cabeza a don Virula, queriendo expresar que le agradecía, que tenía razón en su observación. Después bebió un buen trago de vino, como para aclarar la garganta. Mientras tanto, el resto no decía palabra, temiendo por un lado que el Quijote descargase su ira sobre el que hablase en contra, y por otro que esa descarga de ira le hiciese ponerse a echar las cuentas del alma.

-Creo que ha llegado la hora de hablar del tema todos juntos, tenemos que llegar a una conclusión –dije yo-. Yo estoy con el Quijote sobre Cilantro Berlín. Pero propongo, para no agriar el vino ni estropear el asado, dejar la discusión para después de la cena, con las pipas y con los tragos.

Sí, he dicho tragos. Los alcoholes puros estaban reservados a los Alcoholoquios. Por tanto, en el resto de momentos, siempre que se ameritara, estaban todos de acuerdo en tomar tragos, por variar, y sobre todo por dotar de una magia especial a los Alcoholoquios.

Comieron, comieron y bien. Plenos quedaron de carne, se había destensado el ambiente, y hablaban loores de don Virula por el exquisito manjar que había logrado. También hablaban de lo que había hecho cada uno durante el día. Y así se fue acabando la carne, intentaban alargarla lo más posible, pero no querían tampoco que se enfriara. Había que afrontar ese debate, y el vino y la carne menguaban como un reloj de arena, llevando inevitablemente a la tormenta. Era el Quijote quien más vorazmente comía, quizá quisiera despachar la discusión cuanto antes para disfrutar del resto de la noche.



-------Continuará-------

El Emigrante Nostálgico

sábado, 8 de julio de 2017

Alcoholoquios: la ginebra


-¡Te repito que lo que argumentas no tiene ninguna lógica! –gritaba don Hilario al Quijote.

El tema de la ginebra había elevado a decibelios muy altos dicho debate. Pero era normal, los gallardos discutían a voz tendida siempre, por mínimo que fuese el tema. Mas eso no repercutía en su robusta amistad. Se cuenta que incluso a veces, en momentos de embriaguez, llegaban a las piñas, como si de enanos de las montañas se tratase. Así ocurría que no había amanerados entre ellos, huían despavoridos de su viril compañía, pues podían resultar dañados u ofendidos, cosa que un gallardo era capaz de soportar muy bien. Y eso pasaba hoy, estaban muy acalorados, sobre todo el Hidalgo, don Virula y don Hilario, que eran los que debatían. El resto escuchaba con tensión y atención la batalla verbal que allí se libraba a causa de la ginebra.

El salón en el que estaban era de la casa del Manchego. Propiamente no era un salón, era más bien una “cocinilla”, un habitáculo típico manchego. La cocinilla se suele situar en el sótano de la casa, y es un espacio grande, del largo y ancho de la casa. Tiene chimenea propia y brasero. También tiene un pequeño hornillo para cocinar rápidamente algo para comer mientras se charla. Lo más característico quizá sea la barra, detrás de la cual se encuentra apilada con gran veneración la distinta gama de alcoholes para servir. Es un habitáculo pensado única y exclusivamente para estar con amigos, para disfrutar y charlar. Allí estaban todos ellos, sentados en los sillones individuales, en posición semicircular, mirando hacia las llamas crepitantes, a la luz de las mismas. El humo era espeso ya, y flotaba serpenteante por el aire, como cuando no hay ni una brizna de aire y el humo tiene libertad para trazar el camino que le plazca. Algunos vaciaban ya su consumida pipa, limpiaban su hornillo y soplaban por la boquilla para expulsar las virutas de tabaco que pudieran quedar. Luego volvían a llenar la pipa con tabaco fresco y, con fósforo, la prendían mientras aspiraban. Los vasos estaban ya medio-vacíos, por lo que se propuso rellenarlos. El Hidalgo, por ser el anfitrión, se puso a esa tarea. Fue a buscar a la barra las respectivas botellas y llenó con tequila el vaso de Jimmy, con brandy el de don Camilo y con whiskey el suyo. La botella de ginebra la dejó en la mesa y, mirando a los dos consumidores de la misma, dijo con sorna:

-Sírvanse ustedes, no quiero ser ocasión de pecado.

En un acto de templanza se mantuvieron en silencio, y el de los Gamos agarró la botella y sirvió para los dos, haciendo que quedase pleno y rebosante de ginebra el vaso de ambos. Bebieron en silencio todos, se había tensado más aún el ambiente. El Hidalgo sabía que la pelota estaba picando en su lado, y que debía responder a la acusación de don Hilario de Jesús de que los argumentos del caballero de la triste figura estaban faltos de lógica. Se puso éste último la pipa en la boca, mordiéndola con las muelas, como para hablar sin sacársela a la vez que fumaba.

-Quiero que se me entienda bien –comenzó el Manchego-, no digo que ninguna de las cosas que consumimos deba ser inglesa. Eso es inevitable dada la globalización actual, y es cierto que hay cosas que son inglesas y son de mejor calidad que otras hechas aquí, y a la inversa igual. Ello hace que se tienda a importar las cosas que no se puedan producir aquí, y lo entiendo, y no estoy en contra. De estarlo sería un nacionalismo cerrado, pero entiéndanme, en caso de estar totalmente a favor de la globalización sería un internacionalismo apátrida. Y sé que ninguno de ustedes lo son, no va por ahí mi argumentación, era sólo por puntualizar.

Tomó un sorbo de su Macallan y volvió a colocarse la pipa entre muelas. Y prosiguió después de varias bocanadas del denso humo:

-Una cosa es consumir por necesidad, otra por rutina, y otra por ocasiones de relevancia. Yo sostengo que hay que cuidar qué se consume en las ocasiones de relevancia, que son las que quedarán en la memoria, que son las que con más mimo recordaremos, que son las importantes. El modo de consumir en las ocasiones especiales marca una personalidad, un carácter, un modus operandi. Según festejemos, análogamente viviremos. Así quien celebra yéndose de boliches, vivirá de una forma; quien celebra guitarreando, vivirá de otra; quien no celebra… bueno, podría decirse que quien no celebra no vive.

-Creo que tiene razón el Hidalgo –añadió el Cazador.

-Ahora bien –continuó el Quijote con premura, pues no había acabado su argumentación-, vista la importancia de cuidar los momentos especiales, habrá que ver dónde encasillamos al beber, o al consumir alcohol. Todos aquí bebemos, ¡qué digo!, todo buen católico bebe. Y, ¿por qué esa afirmación tan fácil a nuestros labios? ¿Es que todo católico chupa? No creo, pero se asume que si el católico ha de ser alegre, ha de saber festejar, y por ello recurre al alcohol como viejo compañero de alegrías, sin excesivos excesos, pero a él recurre. Y cabe indagarse, ¿para qué bebemos? –Preguntó retórico el Quijote- Unos dicen que para celebrar, otros que para ahogar penas, otros que para meditar, como nosotros ahora. Bueno, digamos que son los tres motivos fundamentales por los que todo hombre de bien bebe ¿no?

Asintieron todos, algunos con movimiento de cabeza, otros simplemente con silencio otorgador.

-Entonces el alcohol consuela a los afligidos –siguió-, acompaña a los alegres y potencia a los pensadores. Se podría decir eso ¿verdad?

-Así es –dijo don Virula.

-Bien, aclarado esto, aquí viene el quid de la cuestión –dijo el Manchego-: ¿de verdad vamos a comprarle a los ingleses bebidas para consolarnos, para alegrarnos, para meditar? ¿Enserio vamos a consumir productos ingleses o de sus monstruosos hijos norteamericanos para nuestros momentos más especiales? Ni que sólo existiesen alcoholes ingleses o norteamericanos. ¿Qué dirían los caídos en Malvinas? ¿Qué diría Blas de Lezo? Pensarían que traicionamos a la Patria y a la Iglesia, o igual no traicionarlas, pero sí despreciar la labor de tantos mártires y héroes.

-Pero los ingleses no siempre fueron anglicanos –replicó don Hilario-. Tuvieron una época primera católica, y muy católica de hecho, grandes caballeros hubo en esas tierras antes del anglicanismo.

-Eso es cierto, pero la ginebra la inventan los calvinistas holandeses allá por el siglo XVI, a finales. Y luego se extiende sobre todo por los países nórdicos, potenciándose en la Inglaterra anglicana. No hay excusa, la ginebra es protestante hasta la médula –dijo taxativamente el Quijote.

-Y repito lo que dije antes –continuó-: no estoy en contra de consumir productos ingleses, pero sí de consumirlos para los momentos únicos de los argentinos. Que se compre papel higiénico inglés, o pañales, o inodoros, que para eso nos sirven esos piratas, pero no para alegrarnos, ni consolarnos, ni ayudarnos a meditar. Teniendo tanta variedad de ricos alcoholes, elegir la ginebra no me parece adecuado. Porque además, el gusto en los alcoholes de esta gradación se educa, a nadie le gusta de primeras una bebida espirituosa, sino que a base de consumirla va adquiriendo el gusto por ella. Entonces, ¿por qué educar el gusto en la ginebra protestante pudiendo educarla en el resto de alcoholes católicos? Por ejemplo, el ron se inventa en Cuba, cuando Cuba era parte de la España católica, es una destilación de la caña de azúcar. El Cognac y el Brandy, en Francia e Italia respectivamente, en su católica etapa también, aunque su origen se cree que fue en el siglo XII. El tequila lo mismo que el ron, en la México española del siglo XVII, se obtiene del agave. Y el whiskey… el whiskey lo inventan monjes irlandeses en el siglo XV, baste decir que se llamaba antes “aqua vitae”, y que se obtiene de la cebada o del trigo, como la cerveza…

-No sabía eso, ¡qué interesante! –dijo sincero don Virula.

-Por eso digo, no cuesta nada fomentar el consumo de bebidas católicas para ahogar penas, para celebrar o pensar. Hay que educar el paladar. Y sólo digo que no bebiendo ginebra en los momentos de festejo, como vivimos según festejamos, viviremos menos a la inglesa, menos a la protestante y más a la católica –sentenció el Hidalgo.

Quedaron todos en silencio. Pensando. Mirando las llamas ya menguantes, saboreando las palabras del Quijote. Ya se habían vaciado los respectivos vasos. Entonces, en silencio (para no interrumpir el pensar de los Gallardos), el Quijote llenaba los vasos de brandy, tequila y whiskey. Y, con magnanimidad, agarró la botella de ginebra para llenar los vasos de don Hilario y don Virula, pero el primero dijo sin dejar de mirar el fuego:

-No. No quiero ginebra. Póngame “aqua vitae”, no quiero ser apátrida ni apóstata.

-Lo mismo para mí –dijo el de los Gamos, también sin dejar de mirar las llamas.

Una alegría cristiana se encendió en el interior del Manchego como una llama. Ello le esbozó una disimulada sonrisa, la sonrisa que se esboza cuando uno sabe que los ideales de uno y sus amigos se van estrechando. Agarró el Macallan de 12 años y les sirvió generosamente. Luego se levantó y tiró la botella inglesa a la basura, después escupió sobre ella y volvió a su sillón. Así permanecieron largo rato, sin prisas, meditando, meditando a la católica hasta que don Camilo hizo hablar a la encordada y se armó la guitarreada.



(Muchos me reprocharán el reproducir temas tan espinosos, o el exponer las diferencias entre los Gallardos sin Gala, pero me limito a describir lo que yo he visto en los muchos Alcoholoquios a los que se me convocó con ese fin. Además, serán diferencias, pero que siempre se solucionan a la postre, porque los Gallardos todos son muy fieles a la verdad, y allí donde la vieran, allí se adhirieran, por lo que sus debates siempre, y digo siempre, producen como resultado una mayor unidad y cohesión en el pensar entre ellos)
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El Emigrante Nostálgico

viernes, 7 de julio de 2017

Alcoholoquios: el sabio


Practicaba puntería. Llevaba días haciéndolo. Ciertamente, el arte de tirar con honda no se adquiría de la noche a la mañana. Iba un tiro, e iba a parar en el arbusto; iba otro tiro, le daba al tronco del pino con un seco sonido; el tercer tiro apenas daba en el blanco, en un lateral. No se conformaba, seguía ejercitándose. En el fondo de su alma tenía la esperanza de poder adquirir dicha destreza, y así poder derribar a los gigantes, como lo hiciera en otro tiempo el rey David con Goliath. Era Jimmy quien pacientemente enseñaba al Panzón de Sancho el arte de tirar con honda, pues era muy resabido en dicha materia el Cazador. Muchas gacelas habían sucumbido al hondazo lanzado por su vigoroso brazo.

El Hidalgo no se adiestraba, al menos físicamente, pues últimamente algo le decía que la batalla más importante era la inmaterial, es decir, la espiritual y la intelectual. Que el combate en el terreno material y sensible era un combate de las consecuencias, también necesario. Pero lo que él anhelaba era erradicar el mal, como le prometiera a su dama Galadriel, y para ello debía combatir las causas. Por supuesto, ambos combates se complementan: al igual que hizo bien la Madre Teresa de Calcuta en luchar contra las consecuencias al dedicarse a los pobres, hizo mejor, si se me permite, el Papa San Pío X en luchar contra las causas, reformando seminarios, nombrando buenos obispos…

Entonces, como decía, no se entrenaba físicamente el Quijote, pero sí intelectual y espiritualmente, como expliqué que hacía con don Camilo, su buen amigo. Por aquellos días había surgido un pequeño debate entre don Camilo y el Manchego, y decidieron llevarlo al foro gallardo.

El foro gallardo lo constituían los ya afamados Alcoholoquios. Los Alcoholoquios tenían pocas reglas, sencillas y buenas. La primera de ellas consistía en que sólo se podía beber alcohol del de más de 35º, y debía beberse puro, sin mezcla, como hombres. Cada cual podía elegir la bebida a su gusto, siempre y cuando tuviese esa característica y se bebiese de ese modo. La segunda regla consistía en que debía fumarse allí. Podía elegirse pipa o puros (también puritos). Caso de que insistentemente pidiera alguno llevar cigarrillos, debía ser en chala o de pitar, pero nada de industrial, pues en el foro gallardo se fomentaba la manufactura por sobre la industrialización. La tercera y última regla consistía en el objeto del Alcoholoquio, que era fundamentalmente debatir y charlar temas que preocupasen a los gallardos.

Esas eran las reglas, sencillas como digo, pero cabales.

Y allí que estaban todos reunidos al día siguiente, sentados. Don Hilario bebía ginebra, muy a su estilo, un Brockmans con hielo. Bebía lo mismo don Virula, muy anglófilos los dos. Esto lo digo porque ya algo habían hablado con el Hidalgo sobre la conveniencia de beber o no ginebra. No reproduciré ahora esa pequeña charla, pues no es el objeto de lo que hoy quiero contar y, sobre todo, porque fijaron debatir extensamente el tema después de discutir el primero en el orden del día (otro día hablaré de lo que sobre la ginebra se debatió). Don Camilo bebía un Brandy Lepanto, bebida excelsa donde las haya por provenir de la mismísimo vino (divino líquido). Jimmy se aventuró con el tequila Herencia Mexicana, bebida de mártires cristeros, muy noble también. No habían podido asistir a la reunión el resto de gallardos, hacía tiempo no se los veía. El Hidalgo bebía whiskey Macallan de 12 años, su bebida favorita por ser inventada por monjes irlandeses. Los irlandeses eran los únicos que habían conseguido mantener el rumbo en aquellas pérfidas islas, no habían sucumbido al anglicanismo, quizá por obra de esta divina bebida que los mantenía cuerdos. Por eso gozaban de especial aprecio por parte del Quijote. En fin, eso bebían. Y, en el orden en que he descrito, fumaban: pipa los dos primeros, puros “San Luis Rey” los dos segundos, y pipa el último también.

Y, como decía, estaban sentados, ya debatiendo.

-Yo creo firmemente que gente como Hugo Brandigamo y Rubén el Perito no son sabios. ¡Y lo sostendré hasta que muera! –Expresaba efusiva y grandilocuentemente el Hidalgo, golpeando con su puño bravo la mesa.

-Calmaos Quijote… -don Virula apaciguaba así el furor del Manchego, que a veces asustaba por pensar uno que pasaría a las manos. Pero sobre todo, lo tranquilizaba por temor a que algún día, dada su edad, por el excesivo furor y emoción puesto en su hablar y obrar, el corazón le jugase una mala pasada y se lo llevase de las apariencias de este mundo.

-Veamos –dijo don Camilo tomando un trago de su Lepanto-, creo que primero habría que distinguir qué es un sabio y cuáles son sus aparentes.

Después de un silencio pensador y fumador, habló calmo el anciano don Hilario:

-Un sabio no es necesariamente un inteligente ni un erudito.

-¡Coincido! –dijo el Quijote impulsivamente- Yo creo que el sabio es prudente.

-Pero no se puede identificar la sabiduría con la prudencia, pues una es virtud intelectual especulativa, y la otra es práctica. No son lo mismo, una busca conocer, la otra obrar –dijo matizando Jimmy el Cazador.

-Estoy con él –dijo don Camilo.

-Pero los sabios suelen ser prudentes ¿o me van a negar eso? –replicó el Manchego- Si no miren a Sócrates, o a Antonio Camponeto, o a Juan Antonio Windows, son tipos sabios, y prudentes.

-Eso es porque la sabiduría florece en el consejo, porque la verdad es difusiva de sí. Y, si se acuerdan de lo que estudiamos con el Pancho Anchoa, una parte importante de la virtud de la prudencia es el consejo, que se refiere tanto al darlo como al pedirlo –acotó don Hilario.

-O sea que, según eso, un síntoma de que una persona es sabia es, no sólo el ser prudente, sino también el hacer prudentes a los que lo escuchan, porque reciben su consejo –aventuró don Virula.

-Así es –respondió el caballero andante-, y eso no lo tienen personajes como José Juan Escandell o Rogelio Rovira. Esas personas saben mucho de poco, y poco de mucho.

-Esos son eruditos o, como mucho, inteligentes, aunque tampoco –volvió a introducir don Hilario el matiz entre sabios, eruditos e inteligentes.

-¿Y qué diferencia hay? –Preguntó Jimmy.

A lo que contestó el preguntado:

-La diferencia hay que verla en las virtudes intelectuales especulativas. El inteligente es aquel capaz de ver relaciones entre las cosas con facilidad, relaciones de razón. Relaciones que pocos ven. Tal es la genialidad de Chesterton, deslumbra su inteligencia en sus escritos, y con ella abre los ojos a los lectores a un mundo desconocido hasta entonces por ellos, o mejor dicho, conocido a medias. El erudito, sin embargo, es aquel que tiene ciencia, que conoce al detalle una materia y se mueve como pez en el agua en ella. Tal es el caso de los personajes antes mentados, o el de autores como Royo Marín, gran estudioso de teología y repetidor sistemático de la misma, divulgador esclarecedor podría decirse, al igual que Verneaux con la filosofía. Y el sabio… el sabio es quien conoce en cada momento lo que el hombre debe hacer, siempre a la luz de su Causa primera, de su Fin último y de su esencia. El sabio tiene respuestas para cualquier pregunta honda; el sabio no va al detalle, va a lo esencial; el sabio tiene experiencia; el sabio escucha la tradición e ilumina con su palabra; el sabio no tiene por qué saber mucho de poco, ni poco de mucho, pero sí sabe lo esencial de todo (no es cuestión cuantitativa, sino cualitativa). Tal es el caso de un Rafael o su hijo José Miguel Gamba, o de Camponeto, o de Windows, o de Castellani.

-Yo creo que Castellani fue un híbrido de los tres –interrumpió don Quijote-, pues divulgó como un erudito, descubrió como un inteligente, y respondió cuestiones como un sabio. Uno, cuando lee al Padre Leonardo, sale más inteligente y prudente.

-Es verdad todo lo que se ha dicho, coincido –dijo don Camilo-, pero quiero hacer hincapié en un punto, y es en el de la experiencia. Quiero decir, que aunque Rubén el Perito y Hugo Brandigamo (que fue por quienes empezó el debate) no sean sabios, pueden llegar a serlo cuando avancen en años y experiencia.

-Eso es –respondió el Manchego- Pero el hecho de que solo sean sabios en potencia yo creo que es suficiente para que el oído que se les preste no sea el mismo que a los sabios en acto, y la veneración que se les dé, lo mismo.

-Veo que hemos llegado a un acuerdo –dijo el Cazador-. Para ser sabio hay que tener experiencia, conocer lo esencial para la perfección del hombre y su salvación, y todo ello se ve traducido en una prudencia en el obrar, y en un aconsejar prudente a los demás.

-Queda claro –añadió don Virula. Y tras una larga pausa acompañada de un trago de su Brockmans añadió:

-Ahora quisiera que cambiásemos de tema. Querría saber el porqué de la acusación del Quijote hacia mí y mi compadre don Hilario de que somos anglófilos por el hecho de beber ginebra.

Todos callaron, y esperaron en silencio sepulcral y observador la respuesta del Quijote.



------Continuará-------


(Este es el primero de muchos relatos en que describiré lo que mis ojos vieron y mis oídos oyeron en los muchos Alcoholoquios en los que estuve presente como persona encargada de recoger en acta lo que allí se hablase, para que el mundo supiese y mejor entendiese los intríngulis de los Gallardos sin Gala)