jueves, 18 de abril de 2024

《Regreso a la montaña》


(El Aconcagua visto desde El Plata, Los Andes, Mendoza, Argentina.)


Algunas sentencias de Daniel Fernández Strauch, el "líder oculto" de los 16 sobrevivientes de Los Andes, recogidas de su gran libro testimonial: Regreso a la montaña. Una guía de supervivencia espiritual.


         🏔 🫀 🫂 ✝️


"Para vivir se necesita algo más que estar vivo".


"Somos los lazos que constituímos con los otros".


"La esperanza es hija de la lucidez".


"La desesperanza es una máscara del orgullo desmedido".


"Es más sencillo ocultarse detrás de lo que pretendes ser".


"En la civilización suelo estar más preocupado por conservar la máscara que por rescatarme a mí mismo".


"Vivir obsesionado en lo 'seguro' es parte del miedo que impide arriesgarme a ser lo que debo ser".


"No existen circunstancias favorables o desfavorables, sino respuestas favorables o desfavorables ante las circunstancias que me toquen vivir".




sábado, 13 de abril de 2024

Vestíbulo al Triduo Pascual



LUNES SANTO 

Jn XII, 1-11 

Todo aquel que obra como María ante el Maestro vive pleno , y plenifica lo que rodea.

Todo aquel que piense y sienta como Judas, y no se cuide de los pobres, es ladrón -aun cuando no robe literalmente. 

Todo aquel que ha sido resucitado -o lo será pronto- en el Señor, será reo de muerte -especialmente por los fariseos- y causa de división:

Todo Lázaro será motivo de fe y ocasión de escándalo, a la vez.

¡Dichoso el que, en su trato con Jesús y su Iglesia, sabe ser y hacer al mismo tiempo de Marta, Lázaro y María en Betania: servirá al Señor, comerá con Él y vive de Él!  Amén.


MARTES SANTO

Jn XIII, 21-38

Jesús, ¿qué hace?, ¿cómo está? Está turbado, la está pasando mal mientras siga el traidor (y su diablo) en la Última Cena; desnuda así su corazón –sutil preanuncio de la desnudez de su Cuerpo sagrado en la Cruz– y declara con confianza cuál es su pena, su hondísimo dolor...

Los discípulos, ¿qué hacen? Se miran entre ellos desconcertados y se sienten abrumados ante el terrible incógnito.

El discípulo amado , ¿qué hace? Pues lo que hay que hacer, lo mejor que se puede hacer frente a estos casos o situaciones –y aun estados– donde el tremendo misterio de la luz y de las tinieblas en franco duelo se debaten ante sí –en sí–; Juan se deja amar y reposa entonces su existir en el pecho ya abierto del Amado.

Simón Pedro, ¿qué hace? Varias cosas hace, como acostumbra él, el impulsivo, sí, pero también el discípulo que más amó al Señor (cf. Jn 21,15); éste, primero, se impacienta por conocer la identidad del traidor entre los Doce, acaso intrigado y hasta atemorizado de la posibilidad de que él mismo lo sea –aunque en el fondo de su consciencia sabe que no es él, que no podría ser él justamente, ¡de ninguna manera!... y no se equivocaba al sentir así, no obstante... Cefas no aceptaba, por entonces, que era un inmaduro, un hijito (Jn 13,33) para saber aún lo que es la caridad en serio, y al no comprender que necesitaba de tiempo, espera, educación y paciencia para madurar su entrega incondicional, actúa por segunda vez movido de sus fuertes ímpetus, mas al mismo tiempo, por los nervios y tal vez por los miedos aún no confesados, que lo llevarán a manifestar de una vez su noble lealtad –quizás negando de esta manera locuaz la fatalidad, para su ardiente corazón, de tener que perder a su amado Señor, tan solo de hacerse a la idea de estar separado de su íntimo enamorado: el Maestro.

Judas Iscariote, ¿qué hace? Lo peor que se puede hacer y que lamentablemente todo ser humano, si es sensible y honesto, hace repetidas veces, o apenas en un desesperado momento en la vida de forma descarada y vil; este miserable traiciona –arquetípicamente "miserable" porque traiciona a Dios–, sin embargo antes comete un gravísimo error, en este caso irreversible, que es rechazar la amistad del Amor, del Hombre perfecto y perfecto Dios, no dejándose amar primero –al contrario de Juan– por el único Amigo auténtico y absoluto que hombre alguno puede tener, y que el Iscariote en frente tenía. ¡Qué noche oscura e impía!

Por último, Satanás, ¿qué hace? En el alma de aquel desertor entra frenéticamente y lo saca inmediatamente de allí: del Cenáculo, hogar de paz y de luz, espacio gratuito para el Ágape cristiano, lugar de encuentro con Jesús en medio de sus amigos y a la cabeza de sus discípulos, hábitat de comunión profunda e indescriptible, ethos apostólico de inconmensurable felicidad y de una nueva creación: una relación plena de libertad real para el servicio concreto al hermano necesitado en la verdad divina y en la asombrosa humildad señera de Aquel que les (y nos) había lavado los pies –incluso al amigo Traidor–: el Hijo del hombre y el Enviado del Padre: Jesús de Nazaret.  Amén.


JUEVES SANTO

Ex. XII, 11-14

¿Cómo se recibe al Cordero sin mancha y sin defecto? ¿Cómo se vive la Pascua? ¿Cómo devenir un hombre pascual? ¿Cómo comulgar a Cristo, y también, ser comulgados por la Noche de Gloria?

El que no tiene mancha ni defecto es Él, el divino Codero, no nosotros, los “manchados”. Para ser como Él hay que comerlo y asimilarlo, incorporarlo. Justamente porque tienes miserias -manchas, defectos- debes acercarte a Él -¡con confianza!- y recibirlo en tu corazón. Si fueras puro y perfecto, pues ya no lo necesitarías -¡y Él tampoco a ti!. Entonces, acércate a Él si te sabes hijo de Adán y Eva, pero fíjate bien cómo proceder. Las indicaciones son precisas. No hay excusas para fallar. Ni hay pretexto alguno para ser exterminando por el Ángel, para no evitar el castigo seguro.

Es inminente el Paso, siempre lo es. El paso salvífico de Dios en nuestras vidas es irrevocable. A cada rato, día a día, se produce el “Pesach” (o “Pésaj”). Y siempre, porque es una “institución perpetua” (v.14), fundada por el mismo Yavhé.

Por eso, atiende hombre lo que se te pide. Escucha bien. Mira con inteligencia.

Obedece las instrucciones a pie juntillas. Meticulosamente (no escrupulosamente, que es otra cosa). No son muchos los preceptos; son pocos y los justos, y Dios los manda para la posteridad.

Y ¿qué es lo que manda? ¿Qué exige? ¿Qué desea?

Primero: está claro que comerlo a Él, el Señor Jesús. Segundo: comerlo de noche, en la noche de la Fe. En la noche de la fugacidad de esta vida mortal, en este mundo pasajero de formas aparentes y engañosas, debes comulgar el Pan blanco y bendito que es el Redentor. Aquel que rescató al Pueblo elegido y lo liberó del país de Egipto, es el mismo que hoy se te presenta y se entrega en forma de pan redondo y sin levadura, bajo la figura de esa Hostia consagrada y pequeña que espera ser acunada en tu lengua y ensenada en tu regazo. Abrazo que te ofrece por medio de estas especies el Señor de los Ejércitos de ambos Testamentos, el mismo que continúa su obra liberadora, su gesta divina, su epopeya celeste.

“Cómeme”, es la consigna del Amo, “y cómeme rápido”. Tercera indicación: date prisa en comer a la Víctima pascual. ¿A qué dar tantas vueltas? ¿Por qué tantos rodeos? Acaba ya con los sofismas. Deja de pensar, apaga la mente insidiosa. Deja de imaginarte cosas que no son, ni fueron ni serán.

Es Él. Él es el Ser. Él está allí, presente, como lo estuvo ayer y como lo estará siempre: ¿acaso te asusta este Misterio? ¿Es que no puedes so-portar la inconmensurable Paradoja de un Dios tremendo que con su brazo poderoso hace prodigios increíbles en medio de los israelitas, y el de un Dios frágil y aparentemente impotente con rostro de pan tierno y cotidiano…?

¡Oh, cristiano, apúrate en salvarte, apresúrate a comer y beber la Eucaristía, apróntate con tus lomos ceñidos, con tus pies calzados y con el bastón en tu mano (Ex. 12, 11)! ¡¡¡Eres peregrino, no lo olvides!!! Aunque se resista tu mente estrecha y obstinada, aunque tu fantasía te confunda y te oprima, aunque inconscientemente este humilde acto repugne tu orgullo y tu delirio de omnipotencia, tú ponte de hinojos y oye esa Voz desconocida que te dice: “Abre bien tu boca y Yo la llenaré”. “¿Por qué?”, seguimos insistiendo porfiadamente. Porque “Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué de la tierra de Egipto” (Sal.81, 11).

Pero seguramente tú harías las cosas de otra manera, diminuto mamífero, tú lo harías mejor...!

¡Callaos! ¡Basta ya! ¡Haced silencio! Ábrete a la luz del misterio pascual que irrumpe en tu biografía: al misterio de luz por excelencia, de una Luz eterna que brilla en medio de la noche, que triunfa sobre las tinieblas de la muerte. Nace la Luz en tu noche existencial, noche oscura y cerrada. Luz que vino a este mundo tenebroso y que el mundo no conoció porque prefirió quedarse en la Oscuridad. Luz amable que vino a los suyos a alumbrarnos a una nueva vida, rebosante, vida eucarística, pero los suyos no la recibieron porque sus obras eran y son malas: ellos se enamoraron de sus propias Sombras…

La Pascua, sin embargo, es día memorable porque la Luz venció definitivamente. “Toquen la trompeta al salir la luna nueva, y el día de luna llena, el día de nuestra fiesta” (Sal. 81,4). Luz que sabe a Trigo y huele a Vino sagrado. Luz adorable que se puede beber para ser iluminados en el interior, hasta en los más recónditos rincones del alma replegada sobre sí se introduce la luz que purifica. Luz que ceba todos los nervios que tensan y contraen los cueros de nuestros corazones. Nada puede frenar la potencia de esta beatífica luz. Nada puede desviar la determinación salvífica de semejante luz. Sólo tienes que dejarte proyectar por ella. Sólo tienes que beberla con fruición, comerla con ganas. Tal Luz es el Hombre Perfecto, el Hijo de Dios.

Comer y beber al Crucificado, creyendo y sabiendo, sintiendo y percibiendo que la Luz sin principio y sin ocaso está allí, y no en otra parte. Que este Cordero que se nos pide comulgar de noche y de prisa será el mismo del Apocalipsis que, como lámpara, iluminará a los elegidos, a aquellos que estén inscritos en el Libro de la Vida del Cordero. En aquel entonces, la Ciudad de Dios no necesitará ya más la luz del sol y de la luna (Ap. 21, 23.27). Y serán salvados los que tengan el Nombre en la frente, en los labios y en el corazón: es la única señal de los escogidos de antemano para la Gloria. En todo el ser habrá de estar tatuado el Nombre-sobre-todo-nombre ante el cual toda rodilla se dobla en tu infierno, en tu barro y en tu cielo, glorificando así al Padre de Nuestro Señor Jesucristo (Filip. 2, 9-11). Sí, es una inmensa paradoja, es un misterio realmente admirable.

Come y bebe al Hombre-Dios.

Come y bebe la Luz en la Obscuridad.

Come y bebe el Nombre de Jesús.

Como y bebe el Crucificado-Redivivo.

Sólo así tus dioses egipcios recibirán su justo escarmiento por parte del Dios del universo. (Ex. 12, 12).

 Amén. Aleluya.


HILARIO

viernes, 12 de abril de 2024

Una meditación orante del salmo 68

 


Salmo 68 (69)

[Se recomienda leer antes el salmo en la versión de Mons. Juan Straubinger. Esta meditación fue hecha en Miércoles Santo].

 

Este salmo 68 es de David, pero no es de David, es de Cristo definitivamente.

Este lamento de Cristo se prolonga en los cristianos de todos los tiempos.

Esta súplica visceral de Cristo quiere ser la mía en este día, en esta vida.

En el sentido tipológico, las palabras y los sentimientos de este salmo se actualizan y se manifiestan plenamente en la figura del Siervo Sufriente, Jesucristo, quien se hizo “pecado” (2 Cor. 5,21) y “maldición” (Gal. 3,12) en lugar nuestro ante Dios Padre por puro e infinito -e inconcebible- amor al género humano; por mí, en particular, como por vos, pasó todo esto el Redentor, quedó así de des-figurado y vivió en todo su dramatismo el salmo de hoy que ahora contemplamos y oramos.

Sólo desde esta perspectiva de la redención cobra pleno sentido esta plegaria sálmica.

Sólo insertados en el misterio de la Pasión de Nuestro Salvador podemos experimentar, en alguna medida, la energía divina que contiene el texto sagrado que atendemos en este momento, leído adrede en el centro mismo de la Semana Mayor, ad portas del Triduo Santo.

De otra manera no se podría orar este salmo irrefragablemente crístico. No cabría otra aproximación a estas letras de fuego divino si no se acepta y se obedece el misterioso designio de Dios, el Padre que envía a su Hijo unigénito al último lugar de la Encarnación, anonadándose y tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres... Tal humillación, tal despojo, ya se avizora de modo terrible y espectacular en las líneas davídicas que, como flechas incendiarias, se clavan en el corazón orante y amante del mismo Señor.

Es probable que así y sólo así, considerando esta dimensión salvífica que enmarca -hasta cierto punto- este precioso salmo del Gran Rey, un simple creyente deseoso de acompañar a Jesús en sus Días Santos (los más grandes del Año cristiano) no se aterrorice ni espante ante el cuadro desolador y casi siniestro -que recuerda a aquel otro de Isaías 52- pintado por el salmista con trazos firmes y nítidos, vívidos y vehementes…

Aún más, puede el lector inadvertido o el oyente distraído, llegar a escandalizarse al enterarse de que este salmo habla de Cristo, lo vivió Él, e incluso y antes que todo, lo oró Cristo desde su Sagrado Corazón de Pastor y lo pronunció con sus finos y divinos labios de Maestro. Así pues, ¡ay del escándalo de la estrecha mente humana al comprobar que hay ciertas expresiones en el poema que jamás podríanse ajustar a la Persona del Verbo humanado, como por ejemplo: “Tú, oh Dios, conoces mi insensatez y mis pecados no te están ocultos.” (v.6)!

El cristiano inmaduro, el feligrés desatento, quedaría, por lo menos, desconcertado ante semejante versículo. Sin embargo, hay que vivir el salmo completo, orarlo y caminarlo desde sus adentros de principio a fin -si es que hay un fin... Oración de súplica, poema sangriento que hay que leer con todo el ser, dejando que cada verso impacte en la fina punta del alma, golpe a golpe, gota a gota en derrame continuo, perpetuo…

¡Es Cristo el que ora, ama y sufre este salmo! Y con Él, en Él y por Él nosotros queremos hacer la misma experiencia, buscando ser transfigurados por su Pasión y su Gloria, anhelando y pidiendo un corazón semejante al Suyo.

Por eso, este salmo -como todos los salmos y como la Biblia entera- habla de nosotros; habla de vos y habla de mí. Primero -en todo orden- habla de Jesucristo, centro de los dos Testamentos, Intérprete y Exégeta supremo de toda la Escritura, Clave única y sentido final de toda la Revelación. Pero después de Él y gracias a Él, las Escrituras Santas cuentan nuestra historia, develan nuestra identidad, iluminan nuestras biografías, descubren nuestras personalidades y clarifican nuestras vocaciones. Hoy, ahora, junto al Maestro y al Amado, quiero orar este majestuoso salmo desde la herida abierta de mi existencia doliente e insatisfecha; siempre errante, siempre añorante…

Entonces, con voz alta y potente gemiré desde mis entrañas:

“¡Sálvame, oh Dios! Porque las aguas me han llegado al cuello” (v.1).

Con temor y temblor, voy procurando identificarme con los sentimientos de Cristo, con las emociones del salmista, y me dejo llevar por ese torrente impetuoso de amor sufrido que recorre todo el salmo en su cauce vital y fluctuante de bajadas y subidas abruptas, con sus rápidos y sus escasos remansos; sin diques; desbordante, expansivo…

Que fluya vigorosa esta savia y esta sangre, esta corriente de agua purificadora -más elocuente que la del justo Abel- que me baña por entero en cuerpo, mente y corazón; que aumenta su poder de curación -como el río salutífero del profeta Ezequiel- a medida que me interno en su ancho y profundo caudal de vida abundante, a medida que me abandono dulcemente por sus aguas revitalizadoras… ¡aguas vivas!

Desde mi miseria más inmunda y oculta clamo -¡todavía, y siempre!- a un Dios que no dejará que me desespere. Que no me soltará la mano. A un Padre que eternamente está atento y solícito para rescatar el alma de sus elegidos, para liberar a sus hijos oprimidos por innumerables enemigos que “odian sin causa” y que “injustamente hostilizan” (v.5). Con todos mis pesados pecados encima que me hunden y lastiman quiero con todas mis fuerzas seguir mirando al Cielo y esperando a que el Eterno se apiade de mí y no me “esconda su Rostro” hermoso y sereno (v.18). Le ruego que tenga en cuenta mi celo por su Casa y su Iglesia que son prolongaciones -o diferentes nombres para nombrar un mismo Misterio- de su Hijo bienamado; celo que a veces es devorador (v.10), y otras, se tienta con agriarse; celo que llega al punto de hacer enloquecer como alguien que está fuera de sí, como un “ser extraño” (v.9) para hermanos y padres, amigos y conocidos que ya no soportan al loco o al raro

Mas Tú, Señor, Hijo de David, que experimentaste en su grado máximo el celo devorante por la Casa de tu Padre amante, ten misericordia de mí, un pecador.

Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero. Tú sabes que cuando ultrajan tu Iglesia con viles argumentos, con destructivas opiniones, con estériles polémicas y farisaicas acciones, tales ultrajes, caen sobre Ti, y si caen sobre Ti, Vida mía y mi Santuario, caen sobre mí, tu pequeño servidor, y me desgarran las injurias que te hieren. Pero Señor, por favor, no tengas en cuenta nuestros pecados, olvida las afrentas de tus hijos, miembros todos del mismo Cuerpo místico, que te hacemos y que nos hacemos al dividirnos y atacarnos con “anatemas”, torpezas, mezquindades y “etiquetas”, ideologías religiosas y sutiles idolatrías; antes bien, oh Dios, acuérdate de nosotros según la abundancia de tu magnífica bondad que no declina por nada y que siempre vence y gana, por los siglos de los siglos.

Padre bueno, “bien conoces Tú mi afrenta, mi confusión y mi ignominia” (v.20), compadécete de mí y consuélame con tu Presencia omnipotente y la de tu Hijo bendito en el Espíritu santificador de entrambos; pues aunque no haya nadie que se compadezca ni auxilie a un peregrino solitario (v.21), mi corazón sabe que Tú, oh Dios mío y Señor mío, no abandonas a los que te buscan sinceramente y con el alma ardiendo.

Por eso, que se alegren, sí, que se alegren los humildes que buscan a Dios (v.33), que no se desanimen los miserables, que no se depriman los aturdidos por malos pensamientos y falsas imágenes, porque hay un Dios que escucha (v.34), defiende y enaltece a los que están en angustias (v.18). Es el Dios de los pobres y Libertador de los cautivos. Es el Señor. A Él la gloria y el honor por todas las edades. Amén. Así sea.

 

HILARIO