martes, 29 de agosto de 2017

Poesía peregrina, cristiana y criolla.



PATRIA Y BARRO

Tu célico mirar nos contempla caminar
en patria y barro, fe y verdad,
como sombras y figuras de la viva Cristiandad. 

Tú lo sabes Señor, lo sabes todo:
sabes que arde el corazón creyente
mientras reza y camina penitente 
clamando por piedad, pisando el lodo.

Cae la tarde en el herido lodazal 
y se estiran las sombras del andar:
hay fango en el alma, fango en la patria, 
¡hay fango ante tu altar!

Que el ocaso y la noche no acobarden la marcha
y andemos, encelados, hacia la Patria celeste; 
sin más lumbre terrestre, sin más armas al frente,
que Cruz y bandera, en rojo encarnado, en blanco y celeste.

Oh doble antorcha, oh doble iluminar 
que transformas nuestro barro y nuestro andar
en nenúfares a punto de estallar.

Tú lo sabes todo, Señor, lo miras todo:
contemplas nuestro diario caminar
en patria y barro, en fe y verdad.



El Pseudo-Athonita.

lunes, 28 de agosto de 2017

Crónicas de una peregrinación cristiana en la patria.





Como era costumbre en ellos, costumbre que por demás debían cambiar si no querían permanecer en el estado díscolo perpetuo, los autodenominados “Dinosaurios del Oeste” dejaban todo listo unos días antes, o más exacto, unas horas antes de la  partida. La aventura tenía los corazones de los andariegos -en potencia- con una expectación inusual, violenta, casi obsesiva. Todos querían marchar prestos, sin tantos rodeos ni preámbulos burgueses.
Mas la pregunta que a todos nos interesa es: ¿a dónde? ¿Cuál era el destino que les deparaba a estos andariegos? ¿De qué se trataba aquella aventura que a todos animaba (en la medida en que se puede animar a un dinosaurio)? Sabiendo esto sabremos si era menester tanta preparación y de qué manera había que alistarse ante tal travesía.
Pues bien, una peregrinación era lo que se avecinaba con una prisa nueva. Y no cualquier peregrinación sino una cristiana, templada con sacrificios y plegarias aunque sin ausentarse la camaradería y el buen humor. Sin embargo, hete aquí el viejo problema de los “dinos”; se quedaban sólo -y siempre- con la parte segunda: la del espíritu eutrapélico. ¿Y las fatigas? ¿Y el dolor? Eso no cabía ni mencionarlo en las cuevas cordilleranas.
Con un frenesí común en tales tretas fue que se arribó a la terminal mendocina desde donde partía nuestro colectivo. El viaje al Este nos sorprendería por sus interminables vueltas. Gracias al Cielo, en los jóvenes peregrinos era ya un sello la alegría y la despreocupación con que se tomaban todas las cosas. Esto no siempre era saludable pero en dicho caso de tolerar casi 20 horas de viaje, sí. Por esto mismo el camino se acortó, y sin sospecharlo, hallábanse los 8 amigos en la gigantesca Buenos Aires (o Ciudad de la Santísima Trinidad, como la llamaría un maestro).
Como fue dicho, el capítulo lo conformaban 8 caminantes -“caminantes” por puro romanticismo, pues poco sabíamos de largos trayectos a pie-. No relataremos en qué gastaron el tiempo los 8 paseando por la urbe babilónica. Lo importante es saber que ningún dinosaurio se perdió en el ajetreo capitalino y todos llegamos en tiempo y forma al punto de encuentro para dirigirnos a Rawson, pueblito que haría de partida para la peregrinación, propiamente.
Vale, con todo, hacer la salvedad que el grupo de los 8 dinosaurios hicieron 3 peregrinajes, a diferencia de la mayoría de los peregrinos del Este. Los muchachos de Los Andes supieron vivir con buen espíritu el viaje agotador de ida, con las travesías en la ciudad portuaria; realizar con éxito la caminata por la pampa bonaerense, más allá de los inconvenientes; y retornar a la comarca mendocina con buen ánimo y destreza. Tratándose de seres dinosaurianos, no es poca cosa tamaña hazaña.
Volviendo a las crónicas, nos encontramos ya en Rawson los 8 dinosaurios junto a otros capítulos. Son las 1 am. Gran parte de los viajeros nos sacan ventaja en sueño, aunque dicha ventaja para los dinosaurios no tiene relevancia. Tanto es así que al llegar a Rawson, en vez de acostarnos rápido como lo hicieron el resto de los que venían con nosotros, nos demoramos fumando unas pipas, disfrutando de la suave y fresca brisa campesina, y conversando con grandes amigos de pagos cercanos.
Hecho esto, como era de rigor, procedimos a dormir. Eran algo más de las 2 am. ¿Hora de levantada? 5.30 am. “¡Duro!”, atinó a murmurar un dino mientras desplegaba su aislante en la aulita rural. Y se hizo el sábado. Rawson seguía en las penumbras, lo cual tampoco molestaba a los dinosaurios tan amigos ellos de las tinieblas. Se arma el bello y marcial estandarte donde se leía: “La Guadalupana” con la estampa de Nuestra Señora en el mismo. ¿Y qué decir de la Cruz procesional? Ameritaría con justicia otras crónicas posteriores; la mejor Cruz de la "pere".





La misa inaugural, a las 7 am,  fue de una belleza singular. Los peregrinos de todas partes de la querida Patria se amotinaban en la hermosa iglesia pueblerina. Sería un monje el que celebrara aquella Liturgia, y que luego de la misma, bendeciría a todos los peregrinos con sus respectivos capítulos y estandartes y cruces, dispuestos a comenzar la ardua marcha que duraría 3 días con sus 2 noches. ¿La meta? La Basílica de Luján, a 100 km.
Como llovió furiosamente esa noche del viernes con sus pocas horas de descanso el sendero estaría todo embarrado. El clima, por su parte, era muy agradable e iría mejorando sobre la marcha. Así es que ya dejábamos el nostálgico pueblo de Rawson para adentrarnos en el campo con toda su magia contenida.
Al principio todo iba bien. Nuestro modesto capítulo -el más chico de los 20 que habían- cumplía con lo mandado. ¡Bah! En los cantos es de notar que estuvimos flojos aunque era de esperar en dinosaurios medio-monjes, medio-filósofos y medio-hippies. El Rosario con sus 15 misterios -“¿y los misterios de Luz?...”/“No, gracias, somos dinosaurios”- eran bien rezados. “Bueno, ¿pero los 3 meditaciones diarias las hacían al menos?”/“Nos bastó con la primera”, se animó a balbucear un dino. Como sea, fuimos los que mejor cultivamos el espíritu de fraternidad que también se nos pedía, y los que más cuidamos el clima de silencio y recogimiento -bueh… tampoco era un mérito esto ya que éramos pocos... pocos dinosaurios.
Poco a poco empezamos a notar que, más que capítulos parecidos, eran huestes élficas las que nos acompañaban en la marcha. Todos los dinosaurios conveníamos en lo mismo, aunque las reacciones ante tal novedad eran diversas según el estado del dinosaurio. El asombro ante la belleza del Criador nunca faltó. También la hermosura de los paisajes dejaba atónitos y mudos por varios kilómetros a los guadalupanos. Belleza nueva que cautivaba el corazón a cada paso dado.
También fuimos notando con algo de humillación -al menos este servidor- cómo empezaba el cuerpo a rebelarse y hasta quejarse con vehemencia. Es que el problema estaba en haber subestimado de antemano la fatiga de la caminata. Así es como llegamos al campamento justo antes del ocaso, no sin mucho esfuerzo y cansancio, para contemplar el magnífico atardecer y no para estirar las gambas como correctamente hacían los otros grupos. Los dinosaurios seguían presumiendo de sus fuerzas y de su lema: “cero estrés”.
Contar lo que aconteció esa primera noche en la finca localizada en Rivas, nos llevaría un buen tiempo. Todo era de maravilla. Vale apuntar que el campamento ostentaba mucha prolijidad y organización. Las tiendas de enfermería con sus hadas enfermeras, las de cocina con sus hadas cocineras, la Tienda de la Capilla pintoresca con sus ángeles invisibles, y hasta los mismos baños químicos con su limpieza y elegancia. No pudo el barro encharcado amilanar al grupo de Logística.
La cena fue un lujo y ya el fogón nos convocaba. Los 2 dinosaurios más viejos huían a la carpa. Los 2 más hambrientos iban tras la presa junto a las llamas. Los 2 comprometidos observaban de lejos. Y los otros 2 sencillamente disfrutaban -léase, contemplaban rostros angelicales-. Al final terminamos casi todos oyendo geniales tonadas jamás antes oídas, y pagando las mismas con whisky en petacas. "¡Todo lo bueno es cuyano, compadre!" me sentenciaba el guitarrero del Sur. Íbanse los pocos sobrevivientes a dormir pocas horas. Eran las 1 de la mañana y a las 4.30 nos levantaba "Tata, el Castigador de Chistes Fáciles".
Siendo aún de noche, se despegan los ojos dinosaurianos. Uno de los de mi carpa se advierte congelado por un descuido de la noche: se dejó la puerta abierta de la carpa. Los dinosaurios siempre empezaban a armar o desarmar las cosas varios minutos después de todos y siempre terminaban el trabajo primeros; era esto un arte aprendido. Por las mañanas sí que el frío de llanura jodía hasta al más machito. Pero... nada que el buen humor no supiese doblegar. Una vez todo listo, se disponen los peregrinos para desayunar entre fogatas y a prepararse para la Santa Misa, que ciertamente tuvo su belleza y conmoción a pesar del lacerante frío -o gracias a él mismo-.
Partíamos con el canto de las primeras calandrias y bajo la mirada de silentes totóras. Al inicio se arrancaba frígido pero paulatinamente el calor empezaba a hacerse valer. La jornada del día del Señor sería larga y bastante ardua. Más de 40 km nos quedaban por delante. ¿Llegarían los dinosaurios trasnochadores? Eso estaba por verse.
Hubo un susto ese día justo llegando al mediodía. Resulta que el jefe de capítulo de los guadalupanos (el mismo cronista de ahora) se contracturó la pata izquierda completamente. Al parecer eso que le acaeció era un castigo por tanta insolencia y 'canchereada' demostradas. Pero la Lujanita intervino, enviando a un ángel llamado Basilio para que cuidara a su paciente y  hiciera caminar. Los otros dinosaurios se retorcían con risotadas maliciosas y gritaban con desdoro: "¡Vean todos, il pellegrino della vita!".
Al final todos pudimos continuar el camino. Nos tocó cargar a la Lujanita para cruzar por la ciudad de Mercedes. Fue todo un honor y una emoción. Nadie sentía fuerzas físicas pero el espíritu sostenía nuestros cuerpos enclenques. O eran los mismos "Ángeles que velaban para que nuestros pies no tropezaran." Y arribamos al campamento, habiéndose ocultado el gran sol, con un pasión y una devoción inusitadas. CHRISTUS VINCIT, CHRISTUS REGNAT, CHRISTUS IMPERAT todos entonábamos con brío  y delirio divino al entrar en la finquita de la noche segunda, mientras familias enteras nos aplaudían orgullosas.
Caímos rápidamente en la cuenta de que las carpas de todos los grupos estaban hechas, menos las nuestras. Pensamos que era discriminación pero en verdad era un honor: ningún miembro de nuestro capítulo se rindió y fue llevado antes al campamento para hacer las carpas con anticipación. Luego del cigarro de llegada, 2 dinosaurios tuvieron ir a la enfermería para ser nuevamente atendidos por "Baso". El resto hizo bien lo suyo, montando las tiendas de campaña y acomodando las alforjas de provincianía. Al ratito un historiador nos dió una charla fabulosa que, al menos a este servidor, encendió sobremanera. Cuando quiso acordar este sujeto incendiado, hallábase sólo, sin la cobertura dinosauriana que lo cobijara. Tampoco se relatará qué hizo en esa noche estrellada aquel hombre encendido.
Érase el día lunes en el que debíamos llegar con gozo profundo a la Basílica de Luján. Molidos como estábamos, no deseábamos otro cometido. La levantada fue normal como la de la otra mañana. Quizás una mayor helada pero nada que alterara a los dinos que con un cordial quedaban hervidos por dentro. Reanudábamos la marcha, la última etapa, de unos 25 km. Al principio nada se veía más que los astros luminosos del firmamento. De aquí a lo que siguió necesitaríamos un poeta o un pintor que describiera aquello que nuestras pupilas peregrinas vieron. El alba con su lucero precursor, las cambiantes brisas, los diversos sonidos, los intensos aromas, los colores del horizonte. Místico inicio aquel del tercer día de andar.
La segunda parte de aquella mañana más que mística, fue mágica. Todos acordamos que ese tramo había sido el mejor, a pesar de lo hecho pedazos que estábamos. Nuestro estado era crítico al llegar a la parada de almuerzo. De nuevo el que subscribe fue el último en arribar, tratando de atrapar al Baso regenerador. Nos hallábamos en el segmento final, de unos 5 km. Debíamos estar a las 14 hs en Luján para entrar en procesión solemne a la bellísima Basílica rosada. Todos estábamos al límite del calambre mortífero. Sin embargo era tal el clima de vera Cristiandad que se respiraba por esas horas que nadie siquiera consideraba bajar los brazos. Jóvenes, niños, ancianos, mujeres, sacerdotes, todos partíamos con la voz en cuello gritando vítores a Jesucristo, a Nuestra Madre, a la Santa Iglesia y a la Religión Católica.
El momento tan esperado se aproximaba con punzante ansiedad. De lejos divisábamos las agujas góticas de la iglesia rosa. Nuestras almas querían volar y posarse sobre las gárgolas. Pero de pie habíamos partido y de pie teníamos que llegar. "Con pie decidido", agregaría Bilbo. Así fue como pasadas las 2 de la tarde atravesábamos el río Luján y encarábamos por la calle principal que daría a la plaza principal, cabe a la Basílica. Allí nos concentraríamos para formar una prolija línea y de este modo ingresar en orden a la misma Basílica. La Cruz de nuestro capítulo aveano tendría el gran honor de abrir la enorme procesión de casi mil personas. Aunque no lo crean, muchos dinosaurios rompieron en llanto de alegría y sagrada nostalgia al dar de bruces en el interior del templo vertical que a todos sobrecogía por su inmensidad y esplendor. No había dudas, el tiempo había retrocedido al siglo XIII.
¿Y qué decir de la Misa de cierre en la Basílica mayor de Argentina con un Obispo de a pie celebrándola? Nos parecía soñar. Cabían las lágrimas y un canto de gratitud desde lo hondo del corazón. Uno lograba saber algo más, saborear una pizca, aquello de san Pablo: los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que nos ha de ser revelada. ¡Qué felicidad se dibujaba en el rostro de tantísimos jóvenes argentinos, hijos de Dios y servidores de María!
Con todo, era la hora de emprender el tercer peregrinaje, mas esta vez con el cuerpo derruido. Aunque el espíritu siempre se mantenía en alto, tenso, tendido a nuevas aventuras. Los dinosaurios se despedían de los pocos amigos que tenían y agradecían profundamente a los organizadores de la excelente peregrinación. También fue toda una travesía la que vivieron los dinos para estar en la terminal de Retiro a la hora señalada (sí, obviaré que fuimos guardianes de 2 elfas uruguayas que tanto nos deslumbraron).

Y bien. Llegó el momento de darle un fin a estas sencillas crónicas, sabiendo que la historia continuó dentro del micro de vuelta junto a "Las Abuelas Raperas". Lo importante está, y ojalá el año que viene sea toda la aldea de dinosaurios del Oeste la que participe en la sacra peregrinación, y no sólo un escuadrón de insurrectos dinosauritos.



...NON NOBIS, DOMINE...
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miércoles, 16 de agosto de 2017

La conversión del Cuervo

Érase una vez un Cuervo que sobrevolaba las montañas y colinas de la región. Cavilaba en su interior, desilusionado y herido por una pena sin fin. Pero, ¿qué pena era esa que taladraba su espíritu? Sería acaso la tristeza de su continua soledad? O tal vez su monótona vida, llena de rutinas y costumbres siempre fijas e inamovibles? 
Sea como fuere, el cuervo seguía con su cabeza hundida mientras planeaba sobre el río seco. Se posó de pronto en la rama de un árbol cercano, que gracias a su completa desnudez, ofrecía un amplio y cómodo refugio para las aves del cielo. La estepa desértica no recordaba para nada a lo que alguna vez la quebrada del Cuervo supo ser. Los colores lúgubres del gris de los bosques y el blancuzco del cielo sellaban el desolador paisaje. Ni siquiera los cerros se liberaban de aquel azote de frialdad. Con sus cauces sedientos y su ausencia de nieve en las cumbres, parecían más bien la guarida de algún animal terrible y salvaje.
Una lágrima brotó en los ojos del cuervo, y enderezando su cuerpo y mirando al vacío, entonó este canto:

Adonde has ido, hermosura tan nueva y tan antigua,
Que me has dejado huérfano en la niebla y la fatiga
Adonde has ido, mi luz y mi alegría,
Que me azota el dolor y la agonía
Si no has de volver algún día,
Pues al menos que deje de esperarte,
Porque más duele en vano morir en vida
Que para siempre, morir en un instante

Y abriendo sus alas negras azabache, emprendió un largo viaje hacia el lado de las llanuras, tan temidas por estos pájaros, acostumbrados al relieve cordillerano. Alejándose de la quebrada, ya a unos cientos de metros, giró el cuervo su cuello y vio cómo se ponía el sol sobre las colinas de su hogar. Permaneció impávido en su vuelo, aún ante tan sublime escenario.
Sabe Dios cuanto voló el cuervo. No sabemos si por días, semanas, o meses. Cuando tenía sueño, bajaba a dormir en algún rincón escondido; cuando tenía hambre se alimentaba de lo que encontrara en el camino. No tenía pensado frenar en ningún momento, pero un día, una bandada de palomas se cruzó en su camino, sufriendo el cuervo muchos golpes en su pecho y en sus alas. Mientras caía desde gran altura, comenzó a desvanecerse. El último recuerdo que tuvo fue chocar contra el tronco de un inmenso ombú y caer al suelo.
Abriendo mareado los ojos, se encontró con una mirada risueña de una canaria que lo miraba detenidamente, apoyada en su pecho. Pegando un alarido “chaja, chaja”, el cuervo se levantó rápidamente, forzando a la canaria a volar hasta una rama del magnífico ombú.
-¿Se puede saber qué hacías?- inquirió bruscamente el cuervo.
-Lo mismo iba a preguntarte. Has entrado a mis dominios sin pedir permiso- contestó con suficiencia la canaria.
-Emm, yo…eso no viene al caso! No tenías porqué asustarme de ese modo.-
La canaria, mirándolo fijamente, dijo:
-Tienes importantes heridas en tus alas. También tu pecho necesita de tratamiento inmediato, así que te llevaremos a mi casa-.
A regañadientes, el cuervo aceptó, dado que su mismo cuerpo le advertía que ni remotamente podía continuar el viaje en ese estado.  Acompañado por la canaria, emprendieron lentamente el camino hacia el nido de la misma.
 Al parecer, el ombú ya mencionado no era el único de aquel paraje. Otros dos se alzaban en medio de un gran bosque a la vista del cuervo. Era un gran espectáculo discurrir por aquellos caminos escondidos de la luz del sol, salvo por algunos rayos que se filtraban entre las copas de los árboles. El silencio que reinaba en aquel lugar era ensordecedor para el de negras plumas; la atmósfera que reinaba en ese sitio tenía algo distinto a cualquier lugar que nuestro cuervo conociera.
-Llegamos-, dijo de pronto la canaria, señalando con su ala derecha un nido de barro muy grande que apoyaba en una gran rama de álamo. –Mira, allí vienen mi hermana, junto con su marido y sus polluelos.-
Como terminó de decir estas palabras, dos aves grandes y otras dos muy pequeñas planearon sobre otra rama del álamo y se detuvieron allí.
-Hola! Soy la canaria mayor-dijo entonces la hembra recién llegada.-Este es mi marido, el pájaro carpintero.-
Este último hizo un ademán de saludo con su pico y el cuervo lo devolvió secamente. Al ingresar en el nido, empezaron a aparecer muchos canarios-al menos 7 más, según contó el cuervo-. La canaria contó con detalle la historia de porqué el, el cuervo, había terminado en sus territorios. El cuervo la observaba hablar; no había duda que la canaria estaba dotada de gran hermosura: sus alas bien cuidadas, su pico negro, y sus redondos ojos conformaban una figura deslumbrante que el cuervo no había apreciado a primera vista.

 El que parecía ser el jefe de la familia, un canario con los dedos de sus patas sumamente gruesos, inmediatamente guió al cuervo hacia un pequeño lecho de ramas y le indicó que allí descansara un rato, hasta que consiguieran las vendas necesarias para curarle las heridas.
Nuestro amigo cerró los ojos, acomodose en el lecho de ramas, y se quedó profundamente dormido. Cuando abrió los ojos, ya caía la tarde y el bosque comenzaba a despertar con el canto de todas las aves que lo poblaban. En una rama cercana, la canaria buscaba algo para comer:
-Ya era hora que te levantaras! Han pasado cuatro horas desde que te acostaste. Puedes ayudarme a recolectar algunas bayas.
El cuervo, ruborizándose un poco, contestó:
-No sabía que había pasado tanto tiempo. Déjame ayudarte, por supuesto-.
Y comenzaron a buscar alimento juntos. La conversación fue surgiendo con naturalidad y esa tarde, la canaria y el cuervo se hicieron buenos amigos. Al finalizar el día, el cuervo, que estaba contando su historia, concluyó diciendo:
-Así que desde hace ya varios años vivo solo y triste en mi quebrada. No encuentro en las cosas que me rodean algo que me de paz y tranquilidad. Disculpa si he abierto demasiado mi alma ante ti, pero pienso que puedes entenderme.-
La canaria, esbozando una sonrisa, hundió sus redondos ojos en los del cuervo y dijo:
-Es triste lo que te sucede. El ansia de felicidad lo lleva cada ser viviente en lo más íntimo de su corazón y es lógico que la busque a su alrededor. Las cosas que nos rodean, sin embargo,  pierden la novedad, y como dice el refrán, la costumbre genera desprecio. Por eso cada tanto me gusta irme de estos dominios durante algunos días, para poder extrañarlos y volverme a sorprender de su belleza.
Asombrado por la profunda reflexión de la canaria, el cuervo exclamó:
-Vaya sabiduría la tuya! Sin embargo, falta en mi vida algo más para hacerla feliz que la hermosura de mi quebrada. Los cuervos somos aves solitarias y debiéramos estar a gusto como tales, pero sinceramente no me encuentro satisfecho con lo estanco de mis días, y lo gris de mi rutina ha llegado a entristecerme. –
-Pues entonces has venido al lugar indicado. Somos muchos aquí y estarás de lo más cómodo. De todos modos debes quedarte al menos una semana para que se sanen tus alas y puedas emprender el regreso.
La familia de la canaria era de lo más generosa. Siempre había excelente comida y el cuervo fue recibido de la mejor manera. Los días fueron pasando y la amistad con la canaria, creciendo. El último día, el pájaro carpintero, que venía siguiéndolos de cerca, llamó al cuervo para hablar con él:
-Se ve que has entablado una buena relación con la canaria menor. Ella parece estar muy pendiente de ti, por cierto. ¿Qué dices acerca de esto?
El cuervo, sin atemorizarse por lo extraño de la situación, respondió:
-La pequeña canaria es muy amigable conmigo, es cierto. Tiene una gran generosidad y me hace divertir mucho, lo cual es una tarea difícil. Me parece una gran ave.-
El pájaro carpintero, arrimándose un poco al cuervo, adoptó un tono entre sugerente y amenazador:
-Me parece muy bien lo que dices, más debo aclararte algo. Ella viene de sufrir mucho una relación con un pájaro de estos lugares. Aunque por fuera no lo parezca, por dentro está lastimada y está recuperándose. Por eso te pido que tengas mucho cuidado con ella; si estás pensando en algo serio que pueda surgir de su amistad, te pido que te comprometas y la cuides. Si no vas a hacer eso, prefiero que te alejes cuanto antes y no que luego la hagas pasar por otro dolor.-
El cuervo, sorprendido por la sinceridad del pájaro carpintero y por el hecho de que fuera él y no alguien de la familia el que le dijera esas palabras, tardó unos momentos en contestar:
-Entiendo perfectamente lo que dices; procuraré, en caso de que algún día se dé algo más que esta amistad, cuidarla con mi vida y hacerla feliz siempre.-
El pájaro carpintero, inclinando su cabeza en gesto de aprobación, se despidió y emprendió el vuelo hacia su cercano hogar.
El día en que el cuervo debía regresar a su quebrada, salió a dar un último paseo con la canaria. No dijeron nada mientras volaban por largo rato. Entonces la canaria rompió el silencio, para sorpresa del cuervo, con un magnifico canto:
No es azar lo que te trajo aquí
Es buscar lo que te falta a ti
Que a la casualidad la alabe el necio
Que a la fortuna la esgrima el tonto
Nosotros debemos poner acento
En luchar por esto a cualquier precio.
Y así como así, el cuervo y la canaria se despidieron con una tierna mirada en algún cielo cercano a los bosques. Mientras se alejaba, el de negras alas volvió su vista atrás, contemplando muy contento, como la canaria flotaba en su lugar mientras lo seguía con la mirada.
El camino de regreso fue muy agradable. El cuervo retornó cantando y riéndose solo, recordando su estancia en territorios canarios. Cuando ya estaba llegando a la quebrada, cercano al atardecer, pudo observar como el sol se ocultaba tras los montes. Quedó detenido el cuervo, observando el majestuoso espectáculo que yacía frente a sus ojos.
Al terminar el mismo, y ya llegando a su hogar, el cuervo frenó en seco su vuelo, atónito. Los bosques habían reflorecido, el rio que supo ser seco era ahora una abundante corriente que se trasladaba en silenciosa armonía; las cumbres de las montañas, nevadas, de un color blanco inmaculado. La primavera había llegado.

El cuervo dejó caer una lágrima de dicha en el suelo. ¿Qué había sucedido, que tanto había cambiado? Lo que había sucedido es que el cuervo había recuperado el asombro. 

martes, 15 de agosto de 2017

Heroísmo, santidad y martirio en la actualidad.




"Mientras que la mayoría de los jóvenes de su edad malgastaban en placeres los más fecundos años de su vida, Arturo, educado por los cuidados maternales con miras de más noble ideal, estaba enteramente decidido a dar mejor empleo a los dones que de la providencia había recibido. Alma generosa, indignábase a la sola idea de no tener más mérito que el que dan los títulos y las riquezas, y estaba resuelto a no contentarse con esas frágiles ventajas, que nada añaden, según él se expresaba, al mérito personal. Quería que su vida fuese útil a su país y a la Iglesia, y varias veces le oímos desear la muerte en el campo de batalla, sirviendo una noble causa, como digno objeto de las ansias de un corazón de veinte años."

Una familia de bandidos en 1.793, María de Sainte-Hermine, p. 29.




     Don Hilario de Jesús, gracias al sencillo pero profundo consejo en materia contemplativa de un amigo meditabundo, había aprendido a cerrar los libros que estuviese leyendo cuando las Musas se lo inspiraban; así, liberado de la corriente turbulenta de una lectura fluida y apasionada, podía el Viejo dedicarse a rumiar tranquilamente lo ya leído. Por ello, aunque las inquietantes y conmovedoras Memorias de María de Sainte-Hermine lo habían cautivado de tal forma que no despegaba los ojos de las fogosas letras francesas, su corazón emocionado le susurraba que debía dejar de leer el tremendo libro que sostenía entre sus manos: Una familia de bandidos en 1.793Obediente a los dictados de un corazón a punto de hacer erupción cual volcán del Oeste argentino, cierra el volumen con su tapa épica, y se decide a prender una pipa para cavilar con mayor claridad, mientras el aromático humo del tabaco se impregnaba en cada rincón de su pieza monacal.
     Saludable fue que procediera de esta manera ya que preciosas perlas había recogido de las reflexiones ulteriores a dicha lectura. Todo esto lo guardó en el arcón de su interior y aguardaba la ocasión para compartir con sus amigos Gallardos tales pensamientos de joven insaciable. Y la tertulia no se hizo esperar, ya que ese mismo día a la noche recibía una repentina invitación de Don Rionnes para festejar la amistad y beber unos tubos de vino tinto. Así que el Barbudo, no conteniendo su ansiedad, toma su bolsito pipero de cuero bordó, con la "Peque" y la "Polaca" adentro, y se dirige a destino a la velocidad de un corcel pura raza.
     Así, como quien se estrella a una casa, va a parar Hilario al colorido bar de Don Rionnes. Éste, augurando la precipitación de su amigo, lo esperaba en la reja con una impasibilidad propia de bueyes orientados.
     -Don Rionnes -grita el Barbudo ni bien se bajaba del coche-, ¿cómo le va?
     -Don Hilario -contesta en un tono simple el Cachete-, bien, ¿y usted?
     -¡Pero muy bien!
     -¡Me alegro! ¡Adelante! -Y entran los dos hasta el fondo donde se hallaba la alargada taberna que solía hacer de refugio para los corazones ambiciosos.
     A decir verdad, Hilario era el último de los convocados que arribaba a una reunión ya avanzada, puesto que se podían ver los carozos de aceitunas en los platos y las botellas de vino a la mitad. Sentados en la rectangular mesa de cedro patagónico, hallábanse varios Gallardos con sus respectivas copas en mano. Abubba, Virula, Ojota, Zaqueus, Emigrante, Marqués, Camilo y Calixto componían la velada. Saluda con calma el Viejo a todos sus amigos pues las cavilaciones de la jornada lo habían apaciguado notablemente. Luego toma asiento, arrebata el vino que se hallaba al centro de la tabla, y comienza con un cigarro para humear a sus vecinos -esta costumbre era propia del Barbudo que antes de lanzarse a las pipas se aclimataba con pocos cigarrillos, y estando una vez con las pipas, pasaba de tabacos aromáticos al intenso "latakia" para no abandonarlo hasta terminada la eutrapelia-.
     -Veo que trae en su alforja espiritual una idea ha desenvolver... -Deja escapar el intuitivo Don Virula, mientras que con la mano derecha se acomodaba su desafiante bigotito utilizando el pulgar y el índice.
     -Usté tá engualichao, compadre -le responde de súbito Hilario sacándose apenas el cigarro de la boca-, pero tiene razón. Necesito comunicarles mis eufóricas reflexiones de esta tarde.
     -¿Le sirvo más para que luego no se detenga durante la marcha? -preguntaba el atento Calixto con el botellón al ristre.
     -¡Por favor! -contesta con la copa extendida el Viejo, y al contemplar cómo la cascadita colorada copaba su cristal, íbase disponiendo con agilidad para desenvainar sus desvelos; desvelos de su siesta ritual. Y bebiendo sólo un sorbo para humedecer el gargero, empieza:- Resulta que este libro me ha dado de qué pensar, che -y golpea con violencia el libraco Una familia de bandidos que había apoyado sobre la mesa, y cierra la exclamación:-, como suelen hacer los buenos libros. También mucho que rezar, como saben hacer los escritos genuinamente católicos. Como sea, se los recomiendo vivamente -completa la frase cortando en seco.
-Perooo..., ¿no veo dónde está el tema ha desarrollar o el resumen de sus reflexiones diurnas? -interroga el Marqués de Godoy que por breves instantes estaba presente en la reunión y por otros momentos era raptado en su imaginación hacia lejanas tierras.
     -¡Cierto, Flaco! -exclama Hilario como volviendo en sí, y pensativo, se preguntaba:- ¿Cómo se puede sostener en alto el espíritu heroico y noble si la sociedad en la que vivimos no nos pone a punto? O dicho de otro modo, ¿cómo saber uno si la Fe que se posee es tal como para estar dispuesto a derramar la sangre por la Religión, si nada en nuestro mundo nos provoca furiosamente o nos pone a prueba violentamente?
     Ahora si que se empezaba a generar en la sala un ethos que sacudía a todos de la apática tranquilidad con que habían llegado aquella noche. Este disparo había provocado las más diversas reacciones. Unos rápidamente sacaban un cigarrillo de sus cajitas; otros actualizaban sus propios "tics" como acariciarse la pera vellosa o meterse el dedo en la oreja; otros tantos se preparaban un buen "ferné"; y todos, sin exclusión, trataban de hallar una respuesta convincente que brotase del cerebro o del pecho inflamado. Fue el Emigrante, que dejando pasar unos necesarios segundos, vuelve hacer rodar la bola:
     -Interesante cuestionamiento, compadre, no obstante me da curiosidad el saber cómo ha arribado a semejante conclusión.
     -Bien... -continúa Hilario:- Resulta que estos relatos basados en hechos reales me conmovieron hondamente. Y fruto de esa conmoción, exteriorizada en lágrimas (¡no les miento!), fue que yo mismo me hacía estas preguntas que les hice recién. Estos vandeanos, como miles y miles de cristianos más, han vivido bajo el Terror del Príncipe de este mundo, que en su época se llamó "Revolución francesa". ¿Cómo es que ellos pudieron vivir a la altura de las circunstancias; cómo es que ellos mantuvieron el espíritu altivo impregnado de la más profunda caridad evangélica; de dónde les vino la fuerza, no sólo para combatir al enemigo brutal, sino para perdonarlo con magnanimidad? ¡Cuántos ejemplos tenemos así; cuántas vidas de mártires y de héroes han pasado por nuestra historia! Sin embargo, el corazón permanece en la más burguesa mezquindad... -senteció el Viejo con un semblante apesadumbrado.
     Todos los caballeros presentes se miraban entre sí con sus rostros lleno de perplejidad. En la mirada de cada uno se leía una cierta incomodidad en el tópico tratado. También comprendieron que lo que traía Hilario, aquella noche, era verdaderamente una bomba. Esta vez fue otro, Don Camilo, el que removía las aguas quietas:
     -Oiga, ch´amigo, no se me vaya a desanimar de esa forma que no es esa la cura -y con un ingenuo optimismo, avanza cándidamente el menor de Los Gamos-. Se me hace que a todos aquí nos pasa lo que usted Hilario nos cuenta; cuando nos enteramos de historias heroicas que nos incendian el alma, nos ahogamos en preguntas, inquietudes, dilemas... Creemos alcanzar una respuesta, por ejemplo sobre el martirio, y sin embargo se nos es ido aquel pensamiento al volver a los quehaceres. Por momentos brilla la luz en nuestro cuarto y un gozo indescriptible nos invade, mas muy pronto todo eso desaparece y la tristeza de una vida sin sobresaltos nos espanta y entristece...
     En esto se mete el Emigrante que ya era puras llamas en sus adentros:
     -Discúlpeme, buen Camilo, pero estoy deseoso de aportar algo más que puede ser útil. -Y apagando su quinto purito "Al Capone" sobre el cenicero con forma de mate enorme, arroja con aplomo:- Bien ha descrito Camilo la naturaleza de estos fenómenos, ordinarios en lectores asiduos y apasionados. Ya es un buen signo que esto nos suceda al leer novelas ejemplares o relatos edificantes, y no es menos feliz que los libros que se escogan a la sazón sean buenos y católicos. Otro día, en verdad, podríamos discutir sobre qué libro es bueno o no, y cuál es católico o no. Pero en este caso hagamos la salvedad, y, por supuesto, confiemos en que el libro que nos propone Hilario para una lectura deleitosa y provechosa sea tal cosa, y no un bodrio interminable. Habiendo aclarado esto, considero que la clave está en leer con animosidad el texto de turno pero sin que las reflexiones seguidas a la lectura estén manipuladas con sentimientos polarizados. Ejemplo: si me he involucrado demasiado con la traición de un justo cualquiera, corro el riesgo de extraer dicha historia de las letras muertas y proyectarla sobre el mundo real que me circunda; entonces me quedo con que todos son traidores o con que no quedan justos sobre la tierra  o cualquier otra idea disparatada. Se debe aprender a sumergirse en los geniales escritos, pero luego saber salir y quedar seco, digamos, dispuesto para un análisis desafectado. -El Emigrante volaba con celeridad y costaba un tantico seguirle en zaga.
     -Veo a dónde va y de dónde viene... -agrega con cierta agudeza el Starets que dejaba con pericia una brasa sobre el aluminio agujereado que coronaba su cachimba compañera; y sigue diciendo:- Paréceme un arte este de entrar por un libro a otros tiempos gloriosos y volver del mismo sin conflicto que nos aguarde. Más difícil aún es rememorar las exploraciones hechas en aquel tiempo de otro tiempo y lograr sustraer argumentos que nos iluminen el porvenir. ¡Ay, si tan sólo nos ejercitásemos más en esto que venimos trayendo a cuento, tal vez nuestros espíritus planearían en alturas insospechadas! Sea ésta, tan sólo una manera entre varias, de alimentar y conservar el espíritu noble y los magnánimos sentimientos; incluido ese grandísimo ánimo de querer ofrendar la vida por los altos ideales y bendecir a los que nos persiguen. -Así finaliza su discurso Dom Abubba para seguir entrándole al arguile oriental.
     -Ahora cobra más sentido la frase de la Señorita Prim, aquella que "los libros que uno lee te van configurando". -Acota un silencioso Ojota que tenía la bella costumbre de escuchar más y hablar menos cuando se trataban temas serios.
     -Sí, buena mención Morocho... -comentaba el no menos silencioso Zaqueus que oía todo con suma atención, tanto que se le ocurre adivinar el quid de la cuestión, explicando:- Sin embargo, no creo que el tema neurálgico que plantea Hilario se resuelva a pura lectura inteligente de grandes joyas de la literatura. ¡No! ¡Somos cristianos, primero (nos aleccionaría el Pálido Letón)! Por ello, el remedio a estos males de la apatía al heroísmo, la falta de cultivo de la magnanimidad, la ausencia de pasión por la virtud, la no atracción por los testimonios de santidad y el nulo deseo ardiente de martirio, se halla en la oración. Claro que todo lo anterior ayuda pero no es lo central. Es sólo en la oración donde uno alimenta el arrojo y la esperanza. Es sólo en la oración donde el espíritu se agranda, la nobleza de ánimo despunta y la fortaleza se ensancha. Porque es el Dios de los Ejércitos quien nos transmite este valor, quien nos regala la gracia del martirio y quien nos lleva a los Lugares Altos. -Así hablaba el de La Guerma, y cuando éste abría la boca, no cabía el estar distraído, puesto que lo que decía ya lo había procesado en el abismo de su alma.
Hacía mucho tiempo que los Gallardos no conversaban en torno a un tema tan interesante y tan necesario para jóvenes cristianos. Más de uno, si es que no todos, era imperiosamente interpelado con dicho problema. Con todo, aún no llegaba el momento del silencio para darse a meditaciones individuales. Había más miga en el sanguche; más jugo en la naranja.
     -Permítaseme -completaba Hilario la idea del último interlocutor-, a propósito de lo que acaba de agregar el Chacrista con gran tino, leerles sólo un párrafo de los muchos que abundan en el libro comentado acerca de la oración -y sacando los anteojos que llevaba en su chaqueta, comienza a leer el Viejo con voz emotiva-:

"Os refiero estas cosas a fin de que entendáis que Dios, a proporción de las pruebas, concede sus auxilios. Por tanto, no hay que dejarse dominar por el temor ni perder la confianza al venir la persecución. Allí estará la gracia, en el momento oportuno, dispuesta a hacernos posible lo que parece imposible a la naturaleza; es a saber: las confiscaciones, la prisión y hasta la muerte más cruel. Lo que debemos hacer, al amenazarnos cualquier peligro, es preparar nuestro corazón con una vida pura y acudiendo frecuentemente a la oración -y con lentitud, termina de leer el párrafo, para darle realce a la frase final:- LOS QUE BIEN ORAN, JAMÁS SERÁN APÓSTATAS."

     Don Hilario deja el libro otra vez en la mesa y se saca los lentes para guardarlos en su minúsculo bolsillo. Todos deseaban huir a sus celdas para orar y para gritarle al Señor como los Apóstoles: ¡Auméntanos la Fe! Es que tal vez, y sólo tal vez, la raíz de la enfermedad era una vez más ésta de la falta de Fe. Tanto los vandeanos, como los mártires de todos los tiempos y lugares, creían con una fuerza tal que los lanzaba a las más osadas acciones que jamás ser humano haya alguna vez contemplado. Un Poeta diría: "la fe les quemaba el acento" y por eso morían gritando viva Cristo Rey.
     -Bello y luminoso es lo que nos comparte -oíase de las penumbras a un Virula envuelto en humo-, bello es... Tuve la dicha de leer tal libro tiempo ha, y puedo vociferar como lo hace el Viejo: ¡tremendo! Y es muy cierto que la autora, testigo primero de todo lo que relata, inunda el libro de una robusta piedad cristiana. Casi que a uno no se le debe ni puede escapar la luz sobrenatural que esplende a cada vuelta de hoja de ese bendito libro. Yo me quedo, a pesar de todo, con la exquisita y extrema misericordia de Genoveva que perdonaba a sus enemigos y se jugaba enteramente la vida con tal de arrebatarle al Enemigo unas cuantas almas para el Cielo a través del amor y de la bondad. Quizá sea la compasión la nota más característica (y menos percibida) en el hidalgo, en el caballero cristiano. Pero bueno, deben leer el libro para saber quién es la hermosa Genoveva -Finaliza ahora el mayor de Los Gamos que, al parecer, estaba completamente concentrado en la plática alada.
     -¡Perdón! -intercepta un impetuoso aunque observador Calixto-. Pero ocurre que podemos estar cayendo en una irrealidad si no hacemos notar urgentemente que la realidad que hoy nos toca, no difiera tanto de la de antaño en La Vendeé. ¿A qué voy con esto? Que podríamos pensar, de algún modo, que aquellos vandeanos eran afortunados al poder expresar su Fe hasta el extremo, derramando la sangre, ya que eran perseguidos con la guillotina o con la pólvora del Anticristo. Mas, acaso, ¿no somos nosotros también perseguidos en el siglo oscuro que nos cierne? ¿Acaso es sencillo en la actualidad conservar la Fe y dar testomonio de Ella sin miramientos? Y, ¡atención!, hoy día se nos persigue desde afuera y... -bajando un poco la voz, agrega:- desde adentro.
     -¡Buen punto, Medina! -vuelve a arremeter un pensativo Emigrante- Pero válgame discernir lo siguiente. Lo que usted nos cuestiona es verdad y tiene razón: corremos el gran peligro de lamentarnos de que nuestra Fe es tibia y nuestro corazón es apocado al compararnos con los bienaventurados mártires de ayer. Pero esto que hacemos es bueno ya que nos lleva, no al desánimo y a la inacción, sino a buscar los problemas y a encontrar una solución; cosa que, desde luego, hemos venido haciendo. Mas, sin embargo, su oportuna objeción me da pie, nos da pie, para vislumbrar que la persecución que sufren los cristianos hoy es mucho peor por la escalofriante eficacia de las camufladas guillotinas que utiliza el Malo y sus secuaces para apagar la Fe de los corazones creyentes y erradicar sin ruido las huellas de Cristo sobre la faz de la tierra. Eso respecto a los ataques exteriores. Y con relación al ataque desde adentro que usted se anima a mencionar, también es algo grande a considerar. Antaño los traidores eran pocos y siempre se los agarraba con las manos en la maza. Hoy?... -y meneando la cabeza el enfurecido Nostálgico, remata:- Los traidores nos dirigen. El combate, muchachos, ya no es a cara descubierta, y por eso se necesita de más inteligencia y de mayor audacia.
     -¡Comparto! -estima nuevamente el De Godoy- Y por eso soy de la idea que estas tertulias son impostergables. Ya vimos varios remedios contra el peligro del aburguesamiento entre nuestras filas. Éste es uno más a tener bien en cuenta y que no deberíamos relegar al olvido. Díganme, ¿quién no sale iluminado y reconfortado de estos encuentros amicales? ¿Quién es el que se aburre, prefiriendo mantener una conversación chata y vana durante toda la noche? No digo que no debamos distendernos con alguna que otra chanza o tema de diversión. Sin embargo, ojo con la inclinación continua al jolgorio cuando nos juntamos; máxime cuando el grupo es grande.
     -¡Es tal cual como dice el Largo! -habla por fin un callado Rionnes que estaba contento de que se generaran semejantes charlas en su aposento- El problema del número en las juntadas no es menor y debemos atenderlo si no queremos vernos forzados a ser siempre selectos en las invitaciones. Por supuesto, sin negar que esto de invitar a veces, a algunos, y otras, a otros, sea algo malo o insano. Todo lo contrario. Pero sí sería lo ideal, lo apetecible, que todo el grupo entero participase animosa y activamente de un tema serio, profundo y elevado. La clave para mí está en saber moverse entre "el mundo de lo Serio" y el mundo, digamos, del chiste fácil. Que los que disfrutan de la joda perpetua sepan adaptarse al debate sano y necesario. Y que los gravosos discutidores aprendan de recrearse con buen humor entre bromas y chapuceos... pero ya me fui mucho del tema y sospecho que ya llegó la hora de recluirse en vuestras celdas. -Se levanta Don Rionnes, no sin severo esfuerzo, para atizar un poco el fuego de su chimenea que comenzaba a languidecer.
    Ésta era la señal para que todos se fueran marchando de la taberna cantando bajito. Aunque, en la verdad de las cosas, nunca acontecía aquello ya que siempre se quedaban dos o tres Gallardos liquidando los pocos "culitos" de vinos que quedaban estancados en las botellas y conversando en una atmósfera de intimidad mucho más agradable.


domingo, 13 de agosto de 2017

Una noche en Los Gamos

"¿Cómo escribir sobre esta maravilla que, por mucho, excede mi inexperta y limitada pluma?" Pensaba Zaqueus mirando la hoja en blanco. Pero su corazón conmovido no iba a permitir que pase ese día sin contarlo y que se lleve con él todas las emociones que sentía. Dejandose llevar por aquel mágico recuerdo escribió las siguientes líneas:



Ni por asomo imaginó Zaqueus, lo que ocurriría algunas horas más tarde al adentrarse en los pagos de Los Gamos. Estaba todo perfectamente organizado, decenas de asientos minuciosamente acomodados al rededor del, aún no encendido, maderaje estratégicamente armado. Todos esperaban, expectantes, a que el anfitrión, Don Camilo, diera inicio a la prometedora peña. Hilario abría exageradamente sus ojos, al punto que parecía que iban a saltar de su rostro, para dar énfasis a lo que le decía:

"¡Sin duda alguna, Zaqueus! Como decía Tolstói: Nada hay para los jóvenes tan indispensable como la compañía de las mujeres inteligentes"

Zaqueus asentía en silencio, imaginando que esa sería, otra vez, una noche para lamentar con su amigo ruludo, el Viru , la falta de mujeres en sus vidas. Muy equivocado estaba.

No pasó mucho tiempo hasta que Di Benedetto invitó a todos a tomar asiento. La gente se iba acercando al fuego pero Zaqueus y Don Hilario se quedaron alejados conversando. De a poco comenzaron a sonar los cantos y las melodías, fue entonces cuando Zaqueus escuchó un sonido que lo dejó helado. Siguió escuchando intentando de descifrar qué era, hasta que se dió cuenta. "¡Esas guitarras no lloran! Por el contrario, pareciera que festejan" Pensó sorprendido mientras se volteaba para descubrir quién tocaba, y ahí los vió por primera vez. Era Don Camilo, cantando junto a su "china", sentados uno junto al otro tocaban cruzando miradas y largando carcajadas. Una leve sonrisa fue la reacción de Zaqueus, alegrandose por su amigo.



Continuó charlando con Don Hilario de pie en segunda fila mirando de lejos a los cantores, hasta que se acercó el del cumpleaños a decirles algo. Zaqueus intentó concentrarse en sus palabras pero fue en vano, Don Camilo se había acercado arrastrando consigo un aroma de lo más extraño, que desorientó todos los sentidos del pobre de La Guerma que, invadido por aquellas fragancias, se encontraba a sí mismo atónito, incapaz aplicar algun tipo de resistencia ante esa fuerza que lo anulaba completamente. Recién cuando Don Camilo se marchó pudo volver en sí y entonces Hilario le explicó todo lo que había dicho su amigo, en resumen dijo que debían ir a integrarse a la ronda y ambos estuvieron de acuerdo en obedecer, pues a eso habían ido. Fueron caminando con paso seguro pero, ni bien puso un pie dentro de aquel círculo de sillas, volvió a ser invadido por ese aroma. Esta vez era más fuerte y sus sentidos flaquearon en un instante, sus piernas apenas podían soportar su peso y su mirada se había perdido en un negro infinito. Perdiendo el equilibrio alcanzó tocar con una mano un banco antes de caer y se desplomó sobre este. Agitado giraba rápidamente su cabeza, pero el negro de su visión era total y rotundo. Lo único que lo relajaba por momentos era que todavía sentía el cigarrillo en sus manos, y escuchaba un lejano sonido parecido a un canto. Pasaron algunos minutos hasta que pudo tranqulizar su respiración, la vista nublada impedía que reconozca a la gente, pero logró identificar la risa de Hilario, sentado a su lado. De a poco iba recuperando sus sentidos, pero aún se respiraba ese aroma, sólo que ahora podía degustarlo percatandose de que era exquisito, no podía identificar qué cosas lo integraban, pues su olor cambiaba por otro constantemente, iba saltando de uno a otro deteniendose durante cortos períodos de tiempo, y cada uno de ellos era delicioso. Se acercó con paso aún tembloroso al fuego para ver si alguien estaba quemando algo que pudiera ser la fuente del olor, pero era un fuego común y corriente que le hizo arder los ojos. Algo estaba sucediendo, mas todavía no sabía qué.

Resignado volvió a su lugar y comenzó a cantar con el resto disfrutando, pero cuando sus sentidos se acomodaron del todo, pudo verlo con claridad. Allí estaba Don Camilo, igual que antes, cantando con aquella niña, pero algo había cambiado. El aroma que había tomado los jardines de Los Gamos, parecía salir del cuerpo de estos, con fuerza, aumentando cuando ambos se miraban a los ojos y sonreían llenos de alegría. Los ojos del anfitrión, clavados en los de ella no dejaban de mirarla en ningún momento y, tan solo una milésima de segundo de esa mirada expresaba más que cualquier poema escrito. Su voz cantaba y no era la voz de un cantor relatando una historia, sino que era su corazón hablando y reviviendo el contenido de la canción en ese preciso momento por ella. Sus manos tocaban la guitarra y no eran ritmos y notas vacías de cargamento, por el contrario, cada arpegio, cada acorde era representación del más profundo sentir de este Romeo, viajando directamente al corazón de su Julieta.

Zaqueus no tuvo dudas, eso era amor. Lo intangible se había hecho presente. Tan presente como cada uno de los invitados, pero, incomparablemente, más protagónico. Era quién regía la noche, desde la selección de las canciones a cantar, hasta los temas a charlar en cada pequeño grupo formado en la gran reunión.

La noche siguió y los enamorados emanaban amor, cautivando lo más profundo del corazón de Zaqueus. Unas horas más tarde vió a lo lejos a Julieta, pero a su lado no estaba Romeo, sino que el Viru charlaba alegremente con ella. Corrió como un niño entusiasmado para presenciar aquello y, sentandose junto al melancólico, se quedó a escuchar la charla. Si lo había sorprendido el efecto que causó en él mismo el amor de aquella noche, boquiabierto lo dejó escuchar a Don Virula, influenciado por aquello, contando a la donosa de su hermano sobre su infancia, como si fueran ya cuñados, y ella con una ancha sonrisa opinaba y luego les hablaba de Don Camilo, poniendo los pelos de punta de los dos amigos que escuchaban emocionados. El Viru y ella reían compartiendo cuentos y Zaqueus seguía perdiendose en el aroma que se respiraba en el ambiente. Demasiado fue para su sensible corazón cuando los enamorados se pusieron de pie y comenzaron a bailar al son de una zamba, entrelazandose con sus pañuelos, y, descolocado, tuvo que secar, con la manga de su abrigo, una lágrima que había logrado escapar y corría por su mejilla. Alzando la copa brindó por aquella noche y aquel amor aún prohibido.




Don Zaqueus.

sábado, 12 de agosto de 2017

La experiencia de mi abuelo

Nota introductoria: Queridos amigos, luego de algunas leídas y re-leídas de algunos de sus escritos anteriores, me atrevo a compartir una vieja charla que tuve con mi querido abuelo, allá por los 90 cuando apenas tenia 19 años.
Espero que pueda servir de ayuda para todos los gallardos. 

Don Rionnes.



Pasadas ya las 19:30, horario en el cual la clase debía ser finalizada, el profesor Massini no era capaz de percibir el cansancio y hambre de sus alumnos, proseguía con animosidad y entusiasmo hablando de Aristoteles y sus ideas sobre la realidad, el pensamiento y la palabra. Recuerdo que dibujaba un cuadro comparativo entre el triunvirato griego y los filósofos del siglo xvi, cuando se dio cuenta del horario y pidiendo disculpas dio por finalizada la lección.

Salí rápido de la clase camino a la parada del colectivo, era lunes, me había comprometido a pasar por lo de mi abuelo paterno a tomar un te irlandés. Por un momento pensé irme a casa, estaba agotado y a decir verdad, no estaba con el animo suficiente para ir a visitarlo, mi abuelo (Dr Rionnes) era un anciano de 87 años, medio sordo y un poco pedante.

Sin embargo, estos pensamientos de faltar a dicha cita, desvanecieron como las hojas en invierno al recordar las palabras de un viejo amigo, que siempre insistía en que cuando el hombre recupere el valor de la palabra empeñada, podrá decirse que es un hombre con agallas y madurez suficiente para llevar a cabo grandes empresas.

Camine rumbo a la parada del 94, baje en Patricias Mendocinas y Pedro Molina, compre tabaco para la pipa y partí hacia mi destino.

Al tocar la puerta, me atendió Hilda, la ama de llaves. -El Dr esta en su escritorio esperándote, me dijo la amable señora, dejándome pasar. Pidiendo permiso, adentre en la casa y dejando el abrigo en el armario, los pocos apuntes tomados sobre la mesa, seguí a Hilda que me acompañaba hacia la oficina.

Al entrar, siempre quedaba admirado por el buen gusto del anciano. No se trataba de un escritorio lujoso ni con grandes cosas, era mas bien un cuarto modesto, con las paredes despintadas, una pequeña ventana que daba vista al jardín, una lampara que daba la luminosidad justa, no encandilaba y permitía una agradable visión. Un escritorio amplio de madera, sobre el una balanza representando la justicia y una foto de su esposa, ya fallecida. El viejo, siempre vestido de traje y corbata. Sobre sus manos tenia un libro y una pluma plateada, de los años 60, tal vez inglesa o francesa. Pero seguro no era de industria nacional. Frente al escritorio una inmensa e imponente biblioteca, a su costado un gran cuadro del Quijote y Sancho. Los libros estaban ordenados por autor y de acuerdo a su tema, sobre el ala izquierda una chimenea bien rustica, con unos pocos libros alrededor, cuyos títulos estaban tapados, supongo que no servían. y esperaban ser quemados en las llamas.

-Abuelo, me dijo Hilda que pasara- le dije, interrumpiendo su lectura. Silente y sin mucha gracia, bajo su libro debajo de los ojos, me hizo un gesto indicando que me siente, y continuo leyendo las tragedias de Séneca.

Recuerdo que hice caso, y quede mudo ante la indiferencia mostrada por el anciano. Pasaron 10 minutos y la situación era la misma, el seguía leyendo y yo, con la mano que sostenía mi mejilla esperaba y buscaba la mentira mas agradable, para retirarme sin ofenderlo. Cuando ya tenia en la punta de la lengua la mentira a recitar, el viejo, como adivinando mis intenciones, cerro el libro despacio y mirándome a los ojos llamo a Hilda pidiéndole dos Bewley´s tea y unas almendras, demostrando que tenia bien presente mis gustos.

El anciano se paro, tomo su bastón y camino hacia una pequeña caja buscando su pipa. Ahí fue cuando me atreví a romper el silencio y le pregunte mirando la foto de mi abuela ¿como has vivido estos últimos años sin ella?

-¿Como dijiste nene? estoy viejo y ya no escucho bien, respondió mi abuelo.

Cuando iba a repetir la pregunta, entro Hilda con el pedido y señalando que el te ya tenia azúcar, se retiro despacio.

Los he vivido de la misma manera que lo hacia antes de que partiera, dijo el viejo antes de que repitiese mi interrogación, dejando de manifiesto que mi pregunta había sido escuchada.

La muerte no es nada, continuo diciendo. Ella solo se ha ido a la habitación de al lado. Ella sigue siendo ella y yo sigo siendo yo. La sigo llamando por el nombre de siempre y lo hago como siempre lo hice, no con un tono triste. Sigo riendo de lo que reíamos juntos. La vida es lo que siempre ha sido ¿Porque estaría ella fuera de mi mente, simplemente porque no esta a la vista?

Ella me esta esperando justo del otro lado del camino, si Dios me lo permite, volveré a encontrar su ternura acentuada.

Con los ojos vidriosos quise cambiar de tema para no entrar en llanto, y sacando mi nueva pipa, mire a mi abuelo para ver su reacción, apenas tenia 19 años y necesitaba su aprobación para encender el tabaco.

-Asique fumas, me pregunto seriamente.

-Si, dije tímidamente, guardando la pipa debido a la incomodidad que me causo aquel comentario.

-Adelante, no la guardes, fumando te encuentras con una amistad profunda con tu pipa, esa es una señal, de que estas por el correcto sendero, si ya entablaste una relación con ella, no la abandones nunca.

Sonreí y maravillado por la escena de estar fumando junto a mi abuelo, procedí a preguntar.

-Abuelo ya vas a cumplir 88 años ¿como has logrado perseverar en la fe, ante tantos pecados, desilusiones, habiendo caído tantas veces y poder llegar integro a tu edad?

-Nose hijo, me respondió, como quien quiere evitar una conversación.

-¿Podes poner mas esfuerzo en tu respuesta? le pregunte de manera desafiante.

Sorprendido por mi inquietud, me hablo con sus ojos fijos clavados en los míos, el sabio me dijo que: el hecho de no poder acostumbrarse a la propia miseria, es, al mismo tiempo un honor y una preocupación. El hombre se ha quedado como un príncipe desposeído, y sin prestigio, por culpa de sus primeros padres. Pero en el fondo de su alma, siempre conserva el sentimiento de la nobleza de origen y de la inocencia que debería poseer. Hijo, mientras estemos aquí abajo, es necesario que nos soportemos siempre a nosotros mismos, hasta que Dios nos lleve al cielo. Ya que si algún día habitamos la Patria Celeste, sera solo por su misericordia y no por nuestros pocos o ningún merito.
Nunca pensemos que mientras estemos en esta vida, podremos vivir sin imperfecciones, eso es imposible.

-Entonces, pregunte, ¿siempre seré un pecador?

- La purificación ordinaria del cuerpo y del espíritu, se lleva a cabo poco a poco, es necesario tener paciencia, no debemos turbarnos nunca. Solo podrás decir que ya no eres un pecador cuando ocurran 2 cosas: te mueras y te salves. Me respondió el anciano, mientras echaba mas tabaco a su larga pipa.

-¿Y los santos? pregunte, ¿que hay de San Pedro, San Ignacio, San Agustín, etc...cometían muchos pecados?

- Los mas santos no son los que cometen menos errores, sino los que tienen mas coraje, mas generosidad, mas amor, los que no temen tanto algún tropiezo. Los únicos que no son heridos son los que nunca combaten; en cambio los que luchan ardientemente contra el enemigo, son los mas golpeados.

- ¡Claro! dije, ellos eran santos por levantarse rápido.

- Cuando ellos o nosotros pecamos, no nos levantamos, sino que Dios es quien nos levanta. Si supiésemos bien lo miserables que somos, en vez de sorprendernos porque caemos, nos sorprenderíamos de estar de pie.

En ese momento quede mudo, se hizo un silencio profundo, las palabras del viejo me habían penetrado en lo mas profundo del alma. Luego de unas largas pitadas, recuerdo que le hice le siguiente pregunta: -Abuelo, ¿hay que estar tristes cuando pecamos?

-Luego de un extenso suspiro, cansado de tantas preguntas, me hablo de la tristeza buena y la mala. Me dijo algo así como que la primera tiene que dejar el lugar a la segunda. Y que la tristeza mala, siempre va a ser mala, que Dios no estaba en el terremoto.

-Si abuelo, es cierto, yo comúnmente suelo enfadarme ante las imperfecciones y ponerme triste por no rezar lo suficiente.

-Mi niño, que no reces lo suficiente, es la causa de tus pecados. Humillarse por las propias miserias es algo bueno, que pocas personas comprenden. Inquietarse y enojarse es algo que todo el mundo conoce y que es malo. Mirando el cuadro del Quijote, casi de memoria me recito aquellos versos majestuosos de Cervantes: ´´Haz de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el mas difícil conocimiento que puede imaginarse, del conocerte saldrá el no querer hincharte como la rana, que quiso igualarse con el buey´´.

El cuarto ya era una niebla por el humo, casi no se veían las figuras, cuando  mire mi reloj y me di cuenta de que el tiempo paso como un rayo, mi madre debía estar preocupada por no saber noticias mías. Recuerdo que me levante rápidamente y le agradecí a mi abuelo con un fuerte abrazo.

El viejo limpio su pipa, me tomo de las manos y marcando una pagina, me obsequio un libro de tapa bordo.

Debo confesar mi falta de no haberlo abierto hasta hace dos meses, con el viejo que me mira desde el cielo. Luego de 10 años todos los dias abro el libro en la pagina 70 y de puño y letra tengo su frase grabada en mi corazon. ´´Todos somos pecadores. Vive como puedas. Solo trata de no pecar demasiado´´


                                                                                                     Don Rionnes.

viernes, 11 de agosto de 2017

Peñas como las de antes. (II)



  Parecióle al conjunto de Gallardos sin galas que el viejo Hilario comenzaba a cabecear en el declinar de la farra que estaban disfrutando desde hacía horas. No obstante, el problema era que el Barbudo no había podido detenerse en toda una jornada de frenesí cuyano. Era verdad que éste se recreaba en las organizaciones de tal tipo y más aún gozaba cuando veía que tanto esfuerzo previo no había sido en vano. Sin embargo, ya Don Hilario comenzaba a cansarse con mayor frecuencia, y empezaba a desear con más vehemencia que otros Gallardos siguieran organizando eventos sanos y cristianos que tanto bien hacían a las almas y a la Patria amada. Pero estos pensamientos que se agolpaban en el matete del Viejo arribaron después de la conversación amena que tuvieron los gauchos reunidos con el Hidalgo Quijote y su fiel escudero Sancho.

  -Entonces -reanuda la plática el Viejo observador que había otorgado un tiempo para recargar copas con vinos y rellenar platos de plástico con empanadas ya un poco frías-, ¿quiere saber Usted, estimado Don Quijote, de qué se trata todo esto? -y viendo Hilario que el Hidalgo le asentía con los ojos abiertos y una empanadita en la boca, se dispone a contestarle según la inspiración de turno.- Pues vea, el origen de estas fiestas es desconocido para casi todos, aunque se sabe que el nombre "peña" viene de los mapuches y significa "reunión entre hermanos". Aquí ya tenemos una pista de sus orígenes. En esta reunión entre hermanos reina la buena onda, la mu...
  -Perdón, perdón, perdón -interrumpe un tanto enojado el Quijote-, ¿podéis explicaros que es aquello que Usted llama "buena onda"?

  Hilario, en verdad, no era tan "viejo" y utilizaba a veces términos indecorosos que solían estar a la orden del día entre la juventud hodierna.

  -Razón Usted tiene al interrumpirme de esta manera -toma un trago de vino, y prosigue su discurso Hilario.- "Buena onda" puede significar buen espíritu, alegría compartida o entusiasmo común. Ésto es el alma de las peñas, aunque importante es que tal júbilo vaya acompañado siempre de mucha música, buenas danzas, comida criolla y abundante bebida. De otro modo, si hay ausencia de esto que recién menciono, ya no sería una peña sino una tertulia o un evento social más. También es importante que se asista a las peñas con una vestimenta típica, que es la que tiene delante de sus ojos.

  El Quijote lo miraba sorprendido, de arriba abajo, mas no podía reprimir su ansiedad de saber más; entonces vuelve a preguntar sin dar demasiado espacio al silencio.

  -Voy comprendiendo, amable Hilario, pero decidme, ¿qué tipo de música es la que os escucháis en tales peñas: música de ópera, o por ventura, las "españoletas"?, y ¿cuáles son vuestros instrumentos: el arpa, la vihuela? También quisiera que me explique, si vuestra amabilidad lo desea, ¿qué danzas ejecutáis, qué es eso de la "comida criolla" y con qué bebida podéis deleitaros en tales circunstancias?

  Ninguno de los que estaban sentado en el mesón se animaba a sumarse en el diálogo. Solamente oían y chupaban como se debe. Así que continuaba el Barbudo solo en la empresa de hacerle saber al Hidalgo en qué diablos consistía una peña... una peña como las de nuestros antepasados.

  -Bien, compadre de La Mancha -avanzaba la confianza a tales horas de la noche-, les responderé siendo breve y conciso -y acomodándose el facón, dice Don Hilario-: la música de nuestras peñas no es otra que la del folcklore tradicional argentino que reagrupa una multitud de géneros con sus formas bien marcadas, tales como la zamba, la chacarera, el gato, la cueca y la tonada, entro otros. Tales géneros abrevan en nuestra tierra y se han ido forjando a través de la historia. La influencia de nuestra música proviene de muchos lados, pero especialmente de los aborígenes de acá y de los españoles de siglos pasados. Ésta música se ha transmitido por vía oral de generación en generación y los autores de cada canto son anónimos, generalmente...
  -¡Interesante! -intercala el Hidalgo-.
  -Más le puedo decir de la música nuestra, pero pasemos a las danzas -bebe otro trago de vino, y sigue el Viejo.- La historia de nuestras danzas es similar a la de nuestra música ya que éstas han acompañado siempre los diversos ritmos. Ojo que no todos los géneros folclóricos son bailables, como nuestra bella tonada cuyana...
   -¡Sí, sí, ya varios me han hablado de la tonada...! ¿Qué poder tiene sobre vosotros dicho género musical? ¡Vosotros estáis hechizados por la tonada! -nos larga el Hidalgo con sus dedos largos señalándonos.
   -Sí,  estamos hechizados por Ella, y pronto lo estará Usted puesto que nuestra Señora Tonada sabe hechizar corazones amantes de lo bello -remata el Viejo; pero vuelve a reanudar el discurso con ganas de darle un cierre.- Para terminar con las danzas, sepa que se bailan entre el hombre y la mujer, aunque nuevas modas pretendan hacernos creer que entre mujeres la chacarera es más parrandera. Así y todo, la zamba es lo más maravilloso en materia de danzas.


Sancho Panza paró la oreja llegado este punto. Hilario se hizo el desentendido y continuó su descripción.

  -La comida criolla es, naturalmente, nuestra comida. Proviene del Norte de nuestro país y se podría resumir en tres platos clásicos que tanto nos representan y hasta nos enorgullece: el asado, el locro y lo que se acaba de tragar. Así que las empanadas ya saben lo que son pero lo mejor, el asado, se lo perdieron, ya que lo devoramos más temprano; aunque básicamente es una vaca asada a las brasas o a las llamas.
  -¡Madre mía! ¡Que se me revuelve el estómago, mi Señor! -se dirige el extrañamente callado Sancho a un Quijote que comenzaba a excitarse con la idea de cazar una vaca esa misma noche y tirarla  a la parrilla.
   -El locro pues, vaya luego y conózcalo por su cuenta... -y con un dedo le señalaba Hilario un puesto donde una gorda con una enorme olla repartía locros en platos hondos, también de plástico; todavía no lograba acabar lo que ya empezaba a tomar forma de relato, por eso se apuró el Barba.- La bebida es, ha sido y será el vino tinto, aunque malas influencias quieran establecer también el "ferné con coca" que no le explicaré ahora de qué se trata.
  - ¡Venga! ¿Cómo que no? -le grita el ya entonado Hidalgo.
  -Bueno, bueno -le responde entusiasmado Hilario-, ¿ha probado un jarabe?
  Asintióle el otro.
  -¡Ea! -le confirma a la española el De Jesús-.

  En ese instante fue que el de La Mancha estalló en risas graves y sonoras contagiando paulatinamente al resto de los concurrentes de la prolongada charla. Hasta que Don Hilario frenó las risotadas no tan de buenas maneras.

  -Espero... -iba elevando la voz con este acorde-, espero que nuestros agasajados Quijote y Sancho hayan comprendido, o al menos, se hayan aproximado a este mundo que a nosotros tanto nos fascina y por el cual tanto nos desvelamos para que no desaparezca. Sí, estimados, ésta es una realidad amarga pero sucede que los boliches, eso que Ustedes conocieron esta misma noche, están invadiendo la sociedad. Ese tipo de fiesta diabólica se está apoderando de cada vez más jóvenes, consumiéndolos en su seno donde yace el Dragón que olieron. -Y asumiendo un tono de mayor gravedad, concluye:- Nosotros, los Gallardos sin Gala, velamos para que estas peñas, o también llamadas "farras" en nuestro entorno, no queden relegadas al olvido por la mundanidad e indiferencia de jóvenes superficiales. A lo menos aquí, en nuestra Comarca mendocina, depende pura y exclusivamente de nosotros que esta costumbre se mantenga y se perpetúe, combatiendo así al venenoso jolgorio que en nuestros días se extiende con suma velocidad y eficacia: los putrefactos boliches.

  Al concluir con esto último, escupe el Viejo al suelo en señal de desprecio visceral ante tal fenómeno impío. Los demás quedaron todos con el ceño fruncido y el corazón henchido.

  Se generó un silencio de varios minutos. De repente rompe el mutismo, una vez más, el Hidalgo Quixote que poniéndose de pie, exclama:

  -Con vuestro permiso, honrados Gallardos, deben dejar a un servidor marcharse en paz. Mucho he de meditar en mis próximas millas bajo la compañía de la noble luna y mi gentil siervo. Me voy reconfortado al veros firmes y dignos en la brecha, en comunidad, como es debido a los hijos del Altísimo. Parto, con vuestra bendición, a una misión más en esta tierra quasi baldía.

  Y mirando a su Escudero, le dice:

  -Vamos, Sancho, que el alba ya despunta y la punta de nuestras lanzas aún no están afiladas. -Y dándose una media vuelta un tanto brusca, se despide con voz estruendosa:- ¡Hasta la vista, amigos, no os dejéis ganar por la pereza y seguid cabalgando por el Bien, la Verdad y la Belleza!

  Los dos personajes se retiraban con disimulo, y de improviso y sin aviso las Musas se los llevaron.



  En la peña que ya se terminaba podíanse oír tímidas encordadas que punteaban un nuevo tema para los Gallardos que comenzaba así:

"He venido compadre, pues ya lo ando extrañando..."  
  

Crónicas de un regreso fugaz

Queridos Gallardos, saco el polvo de esta historia, pues fue redactada antes del despertar de este preciado blog y se las comparto.

Nota Aclaratoria: Los personajes son todos miembros de la Comunidad Gallarda. Sus sobrenombres en estas crónicas son ficticios pero vienen al caso en el momento en que fue redactada.


Era el último día de vacaciones para el Letón y para mí y junto con el resto de la comunidad reñaquera fuimos invitados por las Damas del Este a pasar el día a Maitencillo. Imposible negarse. Partíamos con Corx hijo de Horash, desposado con una de ellas, y el Colilla. El resto ya había dejado la comunidad porque había emprendido algún otro viaje o porque ya había regresado a su pago. El único que no viajo y prefirió quedarse en Reñaca fue el Camaleón. No sabemos el motivo, pero tampoco era de extrañarse: algunos días idealizaba planes de los más arrebatados y otros prefería dedicarse a la soledad y a la oración.  De ahí su sobrenombre.

Ya que ese mismo día debíamos emprender el viaje de regreso, el Letón planifico minuciosamente cada minuto del día: a qué hora tendríamos que salir, a qué hora llegar, cuando comer y en qué momento fumar el pucho de despedida. No le gustaba andar a las apuradas y su oficio lo había llevado a adquirir tal puntualidad que pareciera que tuviese un reloj en su subconsciente, pues no le gustaba perder la serenidad por el simple hecho de correr contra el tiempo. El plan previo a la partida era el siguiente: almorzar allá y a eso de las 18hs emprender la vuelta para estar con tiempo y evitar así cualquier pormenor que nos pudiera surgir ya que nuestro colectivo a la Mendoza natal partiría a las 21.35hs. Simplemente debíamos llegar a Reñaca para buscar los bolsos y tomar una liebre a la terminal en Viña.  Nada podía pasar, estaba todo bajo control.

El día transcurrió con normalidad entre chistes y vómitos (no de embriaguez)  con la melancolía de ser la última vez que escucharía el canto del Pacífico hasta no sé qué otra oportunidad de mi vida.

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Pasó el tiempo y el regreso era inminente. Levantamos campamento y fuimos a esperar "la micro". Así es, la ideología de género ha llegado muy lejos. El resto decidió volver con nosotros, alivianando un poco la siempre nostálgica despedida. Siendo las 18.15hs, estaba todo bajo control.

El tiempo pasaba pero la micro no. No nos quedaba otra que esperar. Luego de detener a varios colectivos en vano el nuestro apareció. Eran las 19.30 y se demoraría unas dos horas en llegar a nuestra posada, pues según la información que nos dieron había taco (traducido al español: mucho tráfico, atoramiento de vehículos). Comenzaba el contrarreloj y asomaba una aventura.

A esta altura las cosas ya no dependían tanto de nosotros y el semblante del Letón era cada vez más serio. El resto no optamos por la preocupación por el momento aunque debo admitir que se me escapo algún Avemaría y pedidos al Poncha para llegar a tiempo.

Cuando el chofer, que conocía nuestra situación, nos cambió de bondi porque detrás venía otro que iba más rápido comenzó la nueva planificación. Eran las 21hs y nos quedaban todavía 20 minutos de viaje. Yo era el único que podía compartir datos de internet y me quedaba solo 3% de batería en el celular. Teníamos solo un tiro. Corx envió un mensaje a VC, su desposada, que no se había cambiado de bondi, para que fuera a la terminal y demorara la salida de nuestro colectivo. Al mismo tiempo el Letón le enviaba uno al Camaleón. para que bajara los bolsos que habíamos dejado en el  depto de Horash. Antes de recibir respuesta alguna el celular se apagó. La suerte estaba echada y todo podía pasar. Ahora sí, estaba todo fuera de nuestro control.

En ese momento Sam, mi ángel de la guarda, me recordó la vez que recurrimos a Nuestra Señora cuando la Milma no arrancaba a la salida de gutsby, antro de antaño. Procedí de la misma manera lo cual ayudo a que aún conservara la calma y las esperanzas. Las súplicas al Poncha todavía seguían pero ahora se me escapaba algún insulto entre medio.

Nos bajamos y comenzamos a correr al departamento esquivando personas cual Diego Armando esquivando ingleses.

En uno de los atajos tropecé y perdí el parlante que tanto nos alimentó con sus mil estilos de música en esta travesía (desde cumbia fiestera hasta marchas del Ejército Rojo, Mozart y gregoriano) mientras trataba de huir de las arenas movedizas que habían a mi derecha. Corx hijo de Horash se detuvo para ayudarme pero me negué y le dije que siguiera corriendo, pues no había tiempo. Mi vida corría peligro pero con la mochila propulsora pude sobrevivir. El Letón que venía detrás logró detener un taxi rogando que nos esperara en la puerta del edificio. Yo seguí. Llegamos al depto y allí estaba él, con su perfil italiano y su mirada perspicaz, esperando con los bolsos abajo: Camaleón había cumplido su misión. Solo tuve que subir para buscar mis lentes que él no había encontrado. En el depto únicamente pude saludar a Luchito, el primogénito de Horash, que estaba frente a un espejo acomodando su camisa y depilando su pecho. Allí también estaba Corx tratando de localizar un uber porque desconocíamos si la misión del taxi había sido exitosa. Esa fue la última vez que lo vi. No logre despedirme de él y me fui velozmente al grito de -Corre Villefort!- de Luchito pues eran las 21.25hs. Ya con todas mis pertenencias llegué abajo y nos esperaba el taxi. El Letón lo había logrado.

Cargamos los bolsos y notamos que ninguno de los dos teníamos dinero para el transporte que era conducido por un hombre arrugado y algunos aspectos de orco. Estábamos a punto de matarlo con una ballesta y llevarnos su auto pero justo antes de hacerlo apareció el Colilla que inmoló los últimos 10000 de su billetera dispuesto a colaborar con la causa y junto con otros 5000 aportados por el reptil lograron evitar una posible catástrofe y el desenvolvimiento de una guerra. Solo hubo tiempo de decirnos adiós sacudiendo las manos a través de la ventana mientras que desde afuera nos respondían agitando un pañuelo blanco. Quedaban 8 minutos y teníamos que atravesar Viña en horario pico. El viaje en el taxi fue puro silencio. Sin ver la hora sabíamos que el tiempo estaba cumplido y solo quedaba un milagro. Las Avemarías continuaban y  mis suplicas al Poncha ya se habían transformado en amenazas: - "o llegamos o te juro que cuando suba te re cago a trompadas!"-. Sentíamos que estaba todo perdido, pero en el fondo, muy en el fondo aún quedaba algún rayo de esperanza que nos alentaba a continuar el silencio, como si estuviésemos expectantes a que algo pasara, pues de no ser así no hubiéramos subido a ese auto.

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Llegamos a la terminal y el Letón ya había puesto sus tennis para salir corriendo en cuanto pudiera para ver si todavía estaba el colectivo mientras yo pagaba y bajaba los bolsos. Ya había hecho mi tarea cuando apareció con una sonrisa en el rostro que expresaba sorpresa y sin decirme nada tomo su violín y sus bolsos en señal que todavía estábamos a tiempo comenzó a correr. Yo inmediatamente pagué y lo seguí preguntándome como podía ser que nuestra posibilidad de regresar siguiera latente. La terminal era un caos, repleta de gente. Mientras corría todavía asombrado buscando el cartel que dijera Mendoza noté una tenue pero brillante luz a mi costado: una dama de cabellos dorados como el sol, a lo lejos indicándome el camino más fácil con el dedo y diciéndome que el colectivo ya estaba fuera de la plataforma. Y en frente mío otra, no menos brillante pero de cabellos oscuros como la noche, envuelta en mantas como tratando de ocultarse del resto, que me hacía lugar entre la gente gritando permiso como si yo hubiera roto bolsa y tuviera que dar a luz urgente. Por un momento perdí la noción que estaba entre tamaña multitud y fue como si todo se tornara silencio y la gente inconscientemente se movía ante estas luces que no percibían y me abrían camino para llegar lo más rápido posible a mi colectivo. Evidentemente eran las Damas del Este. Todo indicaba, y eso pensamos en ese momento, que habían recibido el mensaje y habían cumplido su misión de retrasar el colectivo por más de que una de ellas había estado convaleciente minutos antes. Pero lo cierto es que no fue así. Días más tarde nos enteramos que nunca recibieron el mensaje, simplemente intuyeron que ese era el papel que debían cumplir en esta aventura.

Detuvimos el bus y subimos con 20 minutos de retraso. Para sorpresa nuestra, cuando estábamos acomodándonos en nuestras butacas vimos algo que nos llamó extremadamente la atención, el parlante estaba allí ¿Cómo llegó? Pues no lo sé.

Una vez sentados, todavía agitados y con las revoluciones a mil, nos miramos y comenzamos a reír. La misión había sido todo un éxito aunque no pudimos despedirnos de nadie excepto del Pacifico y yo del Luchito.

Según la lógica nos equivocamos al realizar el viaje a Maitencillo sabiendo que no era un viaje corto y que podíamos perder el autobús. Nos equivocamos al no haber dejado a ningún miembro reñaquero en el micro que seguía a Viña y que fuese él a la terminal. Nos equivocamos al no tener el celular con batería. Y si siguiera con esta lógica el último día fue completamente una equivocación. Pero si hubiera sido por esta lógica el último día no hubiera quedado en el recuerdo de los que lo vivimos y hubiéramos tenido una aventura menos en nuestras vidas para contar a nuestros nietos.

¿El protagonista? La providencia.

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Don Ojota Fonsé