sábado, 3 de abril de 2021

Isaías 42, 1-7: Canto II


Oye, Siervo sostenido,
por el siempre Padre amante,
el corazón anhelante
que busca en Ti ser querido.

Querido en el Dios bendito
que sólo en Ti se complace
por ser El que todo lo hace
conforme a lo que está escrito.

¡Ínsulas! ¿Y por qué cantan
si no hay ley sobre la tierra
ni justicia verdadera
que devuelva la esperanza?

Es el Justo quien avanza
como Lumbre incomparable
como Cordero triunfante
a traernos la bonanza. 

-D.H.-

miércoles, 31 de marzo de 2021

Isaías 50, 4-7: Canto I


Oído y lengua de discípulo

al Maestro.

Cotidiana apertura matutina

al Abierto.

Abatimiento insólito que toma

de lo nuestro,

y en Su docilidad pura se instala

en el centro

del hombre rebelde para curarlo

desde adentro.

Aquel Hijo de hombre que dió Su vida

siendo muerto.


Tú sólo nos redimes

Siervo Abyecto.


Golpear de atrás sin piedad y escupir

al encubierto

es cosa vil, pero mesar la barba

ya es siniestro;

mas dar la Cara más  bella del mundo

es egregio

y doblar la espalda en silencio es propio

del Esbelto.

Confusión y vergüenza para el cruel

y zopenco;

y al que se esconda en el Rostro del Siervo:

¡todo el Reino!


Tú sólo nos redimes

Siervo Eterno.


-D.H.-

miércoles, 10 de marzo de 2021

Orar y fundar


"Primera Misa en territorio argentino", vitral de la Catedral de Bariloche.

Luego de haber publicado la última entrada sobre mis impresiones en el Sur patagónico en el marco de las vacaciones junto a mis amigos gallardos, a los días nomás, terminé de leer un librito hermoso y profundo de un comisario y filósofo poco conocido pero interesantísimo, a quien el Padre Castellani -ni más ni menos- le prologara sus dos libros (el otro es "El Fusilado: una meditación ante la muerte"). Me refiero, entonces, a Jorge Vicente Shoo y su obra "Reflexiones sobre y desde La Pampa". En el último ensayo de este manojo de apuntes llenos de sabiduría, titulado "Hacia una nueva conquista", me encuentro con unas páginas dignas de ser transcriptas en este modesto espacio donde jóvenes idealistas se reúnen y convocan para cantarle a Dios, a la Patria, al Hogar y a la Amistad del modo que mande el corazón enamorado. 

El texto que transcribiré a continuación me dio que pensar, y al mismo tiempo, me hizo acordar a mis dos últimas publicaciones relacionadas con el "fomes peccati" y cuestiones afines, y todavía más, también me trajo a la memoria temas vistos en la actual cátedra de "La restauración de la vida rural", ideas de John Senior ("La restauración de la vida cristiana") y de Rod Dreher ("La opción benedictina"), debates y conversaciones con un puñado de amigos gallardos, y por último, el magistral ensayo de fray Petit de Murat que no tiene desperdicio: "Carta a un monje trapense". De todo esto me acordaba mientras leía los apuntes de Shoo, y para colmo de vivencias providenciales -y con esto me callo y dejo que el lector atento disfrute por fin de lo que vine a compartir- hace poco conocí a un personaje singular, un auténtico gallardo, en la librería ´Tiempo del Ángel´, quien me contó que hizo una "patriada" en el Sur más sureño, allá por la Provincia de Santa Cruz, en los valles cordilleranos de la zona conflictiva entre Argentina y Chile de la "Laguna del Desierto". En aquel paraje quiso "fundar" un pueblo argentino. El proyecto no le salió por muchos motivos que no vienen a cuento. Lo importante fue su testimonio de hombre religioso y patriota. Lo importante es el IDEAL...
Ahora sí, vamos en derecho al texto de marras:

    "La única salvación posible que le queda a nuestra juventud en estos momentos trágicos de la civilización decadente- es replegarse a la soledad de las tierras vírgenes y congregarse para emprender la obra fundacional que dé sentido a sus vidas, comprometiéndolas, en torno a esas tierras y de esa obra, en el conocimiento y amor de Dios.
    Estoy convencido que no queda otro camino. Por ello mi interés -en atraer a estas ideas- a jóvenes que sustentando un estilo de vida, totalmente incompatible con el que se desarrolla en las grandes ciudades y pueblos, puedan vivenciarlo y acrecentarlo, sin sufrir castraciones inevitables como las que se dan -en las comarcas de los hombres- a través de la vida y del tiempo.
    La juventud está emparentada con esta civilización. Es difícil desarraigarla de los adelantos de la técnica, de la ciencia -que tienden a conformar sus mentes y planificar sus vidas- dándole a cambio las penurias que significan emprender, para la Patria, la conquista de las tierras aún ignotas de nuestro dilatado sur patagónico, inmerso en la soledad, frente a las manifestaciones primarias de la naturaleza. Se necesita una predisposición personal para vivir así y en eso.
    Creo comprender que los testimonios de cada uno deben darse en la medida de la propia conformación espiritual e intelectual, en la medida de las posibilidades individuales. Cristo Resucitado dará en pago a cada cual conforme sus actos, y en relación a lo recibido. Esto lo comprendo.
    Lo que no alcanzo a comprender cómo darán ellos este testimonio dentro de una sociedad derrumbada en la moral y conducida por el enemigo de su propio ser y sentido. No sé cómo lo dará. No sé. Para mi precaria persona humana -aquí y ahora- me es imposible testimoniar -plenamente- la filosofía que acepté para siempre, no puedo, me faltan los recursos del hombre religioso, no poseo elementos del místico, del ético.
    No puedo. Pero hay algo más importante que el no poder, algo que nos compromete en una decisión que no admite otras salidas: No querer. 
    Sé que desde los primeros años de mi vida me sentí atraído por la nobleza silenciosa de la naturaleza. Cómo no recordar mis primeros pasos por la pampa desierta, libre de las maldades del hombre, limpia, inmensa. Cómo no guardar entre los tesoros de mis recuerdos el paso por las montañas sureñas, cargadas de soledad y nieve, mostrando en sus valles y faldeos, en sus cumbres y en sus hielos eternos, el mensaje maravilloso de la conquista inconclusa de mi Patria que ahí se me ofrecía, comprometiendo mi espíritu, mi mente. 
    Aún siento vibrar mis íntimas fibras juveniles ante la comparación entre las cosas del campo y las de la ciudad sin tierra, sin aire, sin sol y sin Dios. 
    Paréceme que en el principio, cuando el Señor creó el mundo visible e invisible, todo era naturaleza virgen e ignota. El hombre ha hecho converger hacia sus propios intereses la obra de Dios. Todo fue bien, mientras ellos servían para la glorificación del Señor de los Cielos. Cuando el hombre fue extendiendo sus obras, ensanchando sus dominios apartándose de los fines de alabanza y gloria, que como hijo de Dios, le competían, fue acercándose a su destrucción y a su infelicidad. 
    Así -de siglo en siglo- hemos llegado hasta aquí, y ahora se nos presenta un horizonte ensombrecido por las vanidades humanas, injusto en las realidades sociales, confuso. 
    La sociedad actual no es solamente infrahumana, es fundamentalmente anticristiana. Aquí está el drama más escandaloso de la humanidad, el deseo de matar a Dios, como diría Nietzsche: "Hemos matado a Dios". No es que Dios el Eternos muera. El hombre ha intentado su muerte imposible, con la inaceptación de su Persona Divina. 
    Paradójicamente, negando la existencia de Cristo Vivo -Dios Trinitario-, hoy más que nunca el hombre busca a Dios, fabricándolo a su medida, recorriendo caminos equívocos para acercarse a El. 
    Hay otro drama que caracteriza la actual sociedad, es la soledad del hombre frente al hombre mismo. 
    ¿Cuándo ha estado más lleno de las cosas humanas, el hombre, que ahora? ¡Nunca! Sin embargo no ha encontrado su propio camino. Está solo. Frente a frente, solo. 
    El hombre de la ciudad, del tumulto, del escándalo de la multitud, el hombre del anonimato, está solo y espera. Sí, espera un nuevo mundo, una nueva hora que muchos creen será la nueva panacea universal. Tal piensan los constructores de la Nueva Torre de Babel. Los idealizadores -planetarios- del Hombre del Tercer Milenio. 
    No lo tienen a Dios. Están aniquilados por el peso de la sociedad absurda e injusta que han constituido, que han deseado y esperan la nueva hora de la humanidad, la hora de la resurrección del hombre "auténtico" liberado de las esencias comprometedoras de su yo religioso, la hora de la unidad universal, de las justicias de los hombres. 
    Mientras tanto, ¿qué puedo hacer yo y mis amigos, frente a este derrumbe inevitable? ¿Qué puedo hacer encerrado en los límites de mi precariedad humana, frente a este poder demoníaco colosal? ¿Qué puedo hacer?
    Sólo queda un camino. ORAR Y FUNDAR. Frente al demonio el signo de la Cruz y la oración silenciosa, mistérica, triunfadora ("Pedid y recibiréis"). Inmerso en la ciudad del hombre, replegarse a las tierras vírgenes y abandonas, tierras de Dios, y fundar. 
    Frente a la ciudad del hombre debemos levantar la Ciudad de Dios. Frente a las obras del demonio, nuestra oración. 
    Esta es la única y mayor esperanza que le queda a la humanidad creyente: Orar y fundar.
    Esta oración y esta fundación deben aferrarse a las más genuinas tradiciones de la Santa Iglesia y de nuestra Nación.
    Pero los pueblos sin poesía no pueden escribir su historia. Dijo un luchador-mártir español:

"Hay del que no sepa levantar,
frente a la poesía que destruye
la poesía que promete".

   Hemos relegado al olvido y a la incomprensión -en nuestra Patria- a sus más grandes poetas, como por ejemplo don Leopoldo Lugones, sin el mensaje vívido de su obra la Nación se detiene. Por ello esta obra fundacional debe ser emprendida poéticamente".

domingo, 28 de febrero de 2021

Al Sur patagónico





 Algo más del "fomes", o de otra cosa, en el Sur...


La Naturaleza en la Patagonia es naturalmente mágica, esto es sabido. Estarse allí quedo, mirándolo todo intensamente para asir la mayor cantidad de formas y colores, para que ingresen al alma y permanezcan, es el rumbo. Hacerse uno con la Naturaleza es la consigna. O mejor, acogerla sin resistencias, tal cual es. Con sus gemidos casi inaudibles. Aceptando el paso del Cronos con sus inclemencias. Adoptando un estado de receptividad que urge, que reclama desde adentro. ¡Que ruge! Alma que busca la captación del ánima del cosmos. Dejarse herir por las terribles bellezas que acechan desde todos los ángulos. Nada es indiferente; todo acedia. Todo es importante; absoluto y relativo al mismo tiempo. Mirar de soslayo las cosas que lloran. No desatender ese llanto multisecular. Observar la sangre que corre a la par de la savia. Enfrentarse a la Pachamama pero de pie, sin postrarse. Idolatrías y supersticiones que no dicen nada, que no son nada, pero que tanto abundan en estos parajes sureños. Corazón silvestre que se encuentra en su hábitat, que se siente más cerca del Artífice de aquello que hechiza y encanta. 

Expansión. Libertad. Verticalidad. 


A su vez, fantasía humana, caída, que se rebela en las soledades de los bosques y en la majestad de las montañas y de los lagos. Imaginación  profundamente dañada que no logra aventurarse con inocencia. 

Lamentable condición.

Virginidad ausente en un paisaje diáfano y prístino. Ansiedades de un "fomes" que en estos casos aparece en toda su crudeza. Sin embargo, la Naturaleza sigue bonificando. Hace bueno al hombre bien dispuesto... ¡Bien dispuesto! Porque si no encuentra un corazón dócil, Ella misma se oculta, y deja de trabajar los espíritus. 

Así los abandona.

Abandona a todos aquellos que no atienden ni entienden lo que los sentidos le presentan, aquellos que contradictoriamente buscaron la hermosura y la grandeza de la  Patagonia como refugio de sus ideas ideológicas y de sus vidas libertinas. Hay un desaire en la Naturaleza para tantos errantes de estas latitudes que se percibe en el ambiente. El alerce, el arrayán, el coihue, el pino azul y el abedul enmudecen. La bandurria, el chimango, el carpintero y el zorzal apagan su canto. El viento incesante, las frías aguas, los picos desnudos y las piedras pintadas ya no se expresan. Privilegiados medios para señalar al Creador que yacen inútiles. Impresionantes caminos para elevar la mente al Hacedor que están cortados.

 

Con todo, el anzuelo de la Creación sigue siendo temible. Y para los que procuran acercarse a la Naturaleza salvaje misteriosamente terminan siendo domesticados, amansados, un poco más buenos. 

Aunque otra cuestión es la contracara de esta realidad: la maldad del hombre. El pecado original otra vez. La dificultad para ser bueno entre los hombres. Cansancio de habitar en las ciudades donde la mano del "manchado" lo estropea todo; donde el cincel del Divino Artesano no se ostenta. 

Como aquí.

Como en los siete lagos -Lácar, Machónico, Falkner, Villarino, Escondido, Correntoso, Espejo-, como en el inmenso Nahuel Huapi, como en el Huechulafquen y su estremecedor volcán Lanin, como en el mítico Traful y los "dedos de Dios" que lo apuntan. Como en tantos lugares, rincones y alturas que fascinan los ojos...

Aquí el alma puede conquistar la serenidad que necesita. La paz, que siempre es huidiza...


Y también yo he de huir antes de que sea demasiado tarde. La belleza de este lugar puede cambiar tu existencia. 

¡Vete, si no quieres ser atrapado en su espinel! Si no quieres ser capturado por su encanto sin igual. ¡Vete!, aunque te apartes lastimado muy dentro, con nostalgias sin remedio, con más sed que antes, pero quizás, tal vez, con menos ansias y preocupaciones. Con más sosiego y, al mismo tiempo, con más impaciencia de Eternidad.


Eso hace el Sur patagónico. Esto acontece aquí, en mi patria.



PS: Al terminar de relatar esta vivencia, a modo de despedida, bebiendo una pinta negra a orillas del Lago Traful en el bar Fogón, me sorprende gratamente -una vez más- la bendita Natura: una redonda y brillante luna llena asomándose por entre los picos de enfrente de mí, espejándose en un lago calmo; anunciando una noche maravillosa, la última de estas inolvidables vacaciones de este 2021 incierto.




martes, 16 de febrero de 2021

"Fomes peccati"


Caminábamos nerviosamente, con paso acelerado,
fumábamos cigarro tras cigarro, angustiados,
lo observábamos todo en derredor,
hacíamos de cada esquina un mirador,
mirábamos y remirábamos, los casos y las cosas,
nada se nos escapaba de nuestra mirada escrutadora
-o eso creíamos, en alguna ilusión óptica...
Pero allí y así nos encontrábamos, mirando, andando,
una cuadra y otra y otra,
buscando algo,
o quizá buscando a alguien.
¿Quién lo sabe?
(Luego nos dimos cuenta que alguien lo sabe, o lo supo.)
Proseguíamos la marcha, no a tientas, sino con los ojos bien abiertos.
Mejor dicho, pensábamos que nuestra andadura era segura y luminosa.
Pero lo cierto es que no todo era claro como parecía.
Detalles se nos iban.
Esencias se nos ocultaban.
¿Por qué?
Porque nos figurábamos que la veíamos, a la cosa que andaba mal;
A todo lo que andaba mal en el mundo imaginábamos ver.
De esto discurríamos mientras avanzábamos hacia un lugar incierto,
fumando, cigarro tras cigarro, conquistando cuadras y manzanas.
Y mientras cavilábamos, observábamos a las gentes que pasaban:
mujerzuelas de todas las edades exhibiendo sus carnes tatuadas al sol,
chicuelos profiriendo soeces desde sus bocas de alcantarillas,
chiquillas ostentando sus bultos con un pucho en sus manitas,
grupejos de adolescentes drogándose a ojos vistas,
muchachas desfiguradas en su piel por el poder de las ideologías,
sodomitas besándose impunemente en las plazas,
pungistas de toda laya asaltando en cada rincón de la ciudad,
la violencia y la agresión de los conductores de autos sin sosiego,
la indiferencia criminal de los transeúntes,
los mendigos y los pobres de miradas torvas,
comerciantes y banqueros enloquecidos por la cifra y el cobre,
borregos en manada orgullosos de sus barbijos
y todos a una rindiendo culto al Baal del Nuevo Orden Mundial.

Cada vez nos agitábamos más en nuestro paseo circunstancial.
De este cuadro humano -¿humano?- viramos al resto de los seres;
animales, plantas, rocas;
gatos y perros cansados de su riña sin fin,
árboles heridos por la furia de una sierra municipal,
piedrecitas tristes de ser tan olvidadas y pisoteadas...
¡todo el Cosmos gimiendo dolores de parto!
Pequeñas muestras de algo que andaba mal en el mundo.
De algo a lo que intentábamos dar alguna respuesta.
Y así proponíamos algunas a la consideración de nuestra caminata.
Arriesgábamos distintas causas  y razones:
sociales, económicas, culturales, ambientales, históricas,
físicas, psicológicas, filosóficas, espirituales...
¿A qué se debía todo ese mal visible en la sociedad? 
¿Por qué había tanta malicia perceptible por las calles?
¿Por qué el desorden, el caos, la injusticia en todas sus formas?
¿Por qué? ¿Por quién?
¿Acaso alguien tenía la respuesta?
(Luego nos enteramos que alguien ya la sabía, al menos en parte.)
De este panorama exterior pasamos al interior, y allí la cosa se complicó aún más.
Todo era oscuridad cuando nos asomamos a la interioridad.
Miserucas por todas partes, nada había puro en el alma.
¡Nada! 
No supimos cuidarnos de la levadura de fariseos y saduceos.
Dentro nuestro todo era hipocresía, mala vida, crueldad:
todo un corazón endurecido.
¡Tanto nos aterró el paisaje columbrado que volvimos la vista para no desfallecer!
Otra vez las miserias de la gente estaban ante nuestras narices.
De nuevo un mundo girando alrededor de una Cruz...
Y al decir "Cruz", hicimos memoria.

En ese instante la Teología lo inundó todo con una luz enceguecedora y dulce.
Crux lux!!!
El paseo externo estaba concluyendo




-mientras que el interno recomenzaba cada jornada-.

Por la Cruz llegábamos al Origen:
oteamos asustados a nuestro padre común, Adán
(aquél que sabía lo que antes ni sospechábamos), 
padre también de todos los rostros corruptos que vimos.
Adán nos tenía una respuesta aunque parcial.
Él sabía que buscábamos un Jardín.
En verdad, todas las personas que nos cruzamos aquella vez buscaban lo mismo,
instintivamente.
Era el Huerto del Edén, era el Paraíso Perdido,
el que cultivó el primer Hombre y del que fue expulsado,
amargamente.
Desde entonces yace el Huerto escondido y custodiado por el Ángel de flamígera espada.
Sin embargo, lo que no pudo entrever Adán,
lo que no pudo caber en imaginación alguna,
fue la gloria de la Cruz redentora:
hete aquí la respuesta completa.
Por Ella nos vienen todos los gozos a este mundo pecador.
Todavía más, El que allí colgó es el mismo que quita el pecado del mundo.
El pecado, no sus huellas.
El pecado, no sus consecuencias.
El pecado, no la "estructura de pecado".
Porque lo que vimos y experimentamos a plena luz de aquel misterioso día,
lo que vimos y experimentamos y padecemos todos los santos días;
esas molestias, esas inquietudes, esos malestares;
esa rebelión constante de la carne;
esa propensión al daño, la inclinación la maldad;
ese desorden de las pasiones más bajas;
la Concupiscencia indómita;... 
todo eso que contemplamos y que es todo lo que hay en el mundo,
es el fomes peccati.

¡El maldito y bendito fomes!

Mas sólo por el Crucificado se enderezan las apetencias,
se corrigen las desviaciones,
se limpian las sucias impresiones, 
se sanean las holladuras vergonzantes.
Por Él, con Él y en Él no quedarán rastros de corruptibilidad,
no habrá más lacra para quien toque el verdadero Árbol de Vida. 




martes, 19 de enero de 2021

Otra crónica cuyana

 

Mi historia con el "Dúo Nuevo Cuyo". 


No guardo recuerdos de la música cuyana en mi infancia. Difícilmente podría evocar la primera tonada, cueca, gato o valsesito cuyano.  Sin embargo, al llegar la adolescencia, sí que podría acordarme de cómo dos hermanos pudieron conducirme a una experiencia estética completamente desconocida para mí hasta entonces. A través de la música y del canto, las Musas de estos artistas lograron apoderarse de mi corazón. Y no conformándose con tenerme cautivo, esas Musas implacables provocáronme una herida que no cicatriza…

Los hermanos de los que hablo son Gustavo y Guillermo Micieli. Juntos, conforman el grupo musical “Dúo Nuevo Cuyo”. Todavía me acuerdo abandonando la niñez, con imágenes imprecisas, sosteniendo el disco “Cariño bonito” para luego escuchar canciones, por entonces aburridas y lejanas, grabándoseme con especial intensidad “A mi compadre”. Con todo, a pesar de haberlos escuchado en casa desde un equipo de música vetusto, nunca me atrajo ese conjunto. Hasta que…

Un buen día asistí a una peña folcklórica organizada por un grupo de amigos. Entre estos amigos se encontraba el no menos conocido guitarrero y cantor Cilantro Berlín -de hecho, él fue quien había invitado a los dos Micieli-. Yo tenía alrededor de 15 años. Aún puedo rememorar el impacto que produjo en mi alma la aparición en el escenario de estos personajes singulares que vestían de negro y que poseían largas cabelleras. También puedo acordarme la introducción que el compadre Berlín hacía, contándonos de modo ameno, sobre cómo estos hermanos se “convirtieron” a la música cuyana al escuchar una tonada sentida, luego de haber incurrido por otros ritmos musicales, incluyendo el Rock pesado. Decía con jocosidad el presentador: “Lo único que han conservado del Rock son las pilchas y las mechas”. Efectivamente, no podía dar crédito a que esas dos personas frente a mí con guitarra en mano pudiesen tocar y cantar música cuyana…

Contrariando mis prejuicios y estrecheces de adolescente imberbe, estos dos sujetos vestidos de noche y con sus melenas al viento, robaron mis ojos por un tiempo inconmensurable. Captaron esa mi atención furiosamente dispersa de mis años más tiernos. Es conocido el desgano constitutivo del puberto que busca desesperadamente su identidad y la libertad. Pocas cosas lo entusiasman. Se requiere de un arte sublime para conquistar a un mozalbete. En mi caso, jamás olvidaré cómo el Duo Nuevo Cuyo pudo hacer eso conmigo: ¡extasiarme! ¿Cuál fue el embrujo de antaño, aquel hechizo intempestivo?

No fueron, decididamente, las vestimentas susodichas porque si bien suscitaron curiosidad, la inquietud de aquella época me sugería volver a mis naderías. Y cuando estaba por regresar a las ocupaciones de zagal en una peña cualquiera de un día soleado, pude oír lo siguiente que despertó en mi interior unos duendes extraños, y, al mismo tiempo, familiares:

“Este canto cuyano, señores…”

Aunque hubiese querido proseguir la marcha, no hubiera podido: el caballo de Troya hallábase en los antemurales de mi castillo interno. El asedio fue de un prodigio inexplicable, maravilloso. Supe que estaba derrotado. Las Musas cuyanas lo habían incendiado todo, hasta la recámara más escondida. Por culpa del Dúo Nuevo Cuyo sufro de esta locura transida de nostalgia que se llama Cuyanismo o Cuyanía. O más sencillamente, Cuyo. 

Desde entonces, mi vida cambió. Todo tiene aire de vendimia, olor a vino, perfume a jarilla, forma de acequia, sabor a despedida, gusto de amistad. Todo lo someto al lirismo de nuestra poesía peculiar. El mismo sentimiento de patria se actualizó al contacto con el ritmo de nuestra música regional. El canto de nuestra tierruca movilizó las fibras más íntimas de mi ser. Empecé a dejar de estar tan desorientado por entrar en comunión con mi raíz. Lo que estaba aconteciendo no lo podía racionalizar. Con el tiempo, lentamente, fui descubriendo dos cosas…

La primera fue la importancia y el significado profundo de todo lo cuyano en mi vida. Lo segundo -y aquí está mi gratitud emocionada- fue la influencia que ejercieron estos dos mendocinos en mi vida: Gustavo y Guillermo. Tal vez ellos jamás se enteren de mi secreta admiración y hondo agradecimiento. Ellos me inspiraron, es decir me transmitieron el gusto por la belleza, lo que constituyó un hito para mi andadura de peregrino. Por ellos vislumbré algo más elevado, entreví algo superior que me empujaba al ascenso. ¿A ascender de qué o hacia qué? No lo sé muy bien. Quizás alzarme de la inmundicia de nuestra música actual, ajena a nuestros orígenes y derroteros. Música que nos aleja de nosotros mismos y de nuestros hermanos es la música que no es cuyana. Como joven sospecho que mi testimonio es todavía más fuerte -¡y confío en ello!- puesto que quisiera exclamar que nuestra música de Cuyo no es “para viejos”. No. Es para corazones en búsqueda apasionada de vida y de verdad. Quizás hacia algo más verdadero y genuino elevaban -y todavía elevan- las voces y guitarras de estos hermanos solidarios.

Y en este punto, el Dúo Nuevo Cuyo, desde hace más de 20 años, ofrece un servicio impar que hasta la fecha no ha sido justipreciado. Mientras la gente frívola sigue su curso ligero, estos aedas del canto cuyano deleitan a un puñado de paisanos que se resiste a ser inauténtico y banal como melodía comercial. Por todo ello -y más cosas que pensaría y aun diría en un fogón de compadres-, brindo por el Dúo Nuevo Cuyo; hermanos mayores míos que guían sin saberlo, que consuelan sin buscarlo, que confortan sin quererlo. 






viernes, 1 de enero de 2021

Carta al Niño de la cueva belenita.

《La adoración de los Reyes Magos》de Rubens
 

"HOY NOS HA NACIDO UN SALVADOR, EL MESÍAS, EL SEÑOR".

 

Querido Niño Jesús:

Escribo estas humildes palabras, en acción de gracias por tu venida. ¡Qué misteriosa es la vida de la Fe cuando las cosas no salen como uno lo espera!

Hace ya tiempo que la oscuridad del corazón me llevó a un viaje inesperado, a las profundidades inhóspitas del abismo. ¡Tú lo sabes bien, Niño de Belén! Yo no lo presentía, pero siempre estuviste conmigo.

En aquellas frías cañadas fui descendiendo lentamente. La soledad y la ceguera, lo envolvían todo. Tuve cientos de intentos arrebatados por encontrar la salida, mas, el resultado era lo contrario: tropezaba, y caía más y más.

Recuerdo cuando en mi confianza pensaba: “Ya es hora de otra prueba Jesús, mi corazón está listo…” Qué tonto, qué ignorante fui, casi como cuando Pedro te aseguraba que iría incluso a la muerta contigo. Así fue como, a la hora de la tempestad, desesperé y me enfurecí contra el cielo.

En aquellas profundidades, abatido y herido el orgullo, una vez más, como de costumbre, adopté la actitud equivocada. No esperé con mansedumbre que venga el buen pastor, sino que me afirmé en mi soberbia, y en un acto de rebeldía decidí yo mismo buscar la salida.

Medito ahora sobre esto, y me resulta difícil imaginar la ternura con que me mirabas.

Pero el camino fue empeorando. La huella se convirtió en barro, y el barro en una fétida ciénaga de miserias. La podredumbre me envolvía, y se fundía con mi alma.

¡Qué pronto nos corrompemos, Jesús, si tú nos sueltas la mano! ¡Qué hábiles somos para el odio, y la soberbia! Pero tú callas, y esperas, con amor de Padre, sabiendo cuál es el final de camino.

Un día, la ciénaga me vomitó a un costado, y habiendo perdido toda esperanza, sucedió tu milagro. Al fondo de una pequeña cueva, hubo una luz; y en medio del guano y el fango del pesebre de mi corazón, encontré a un niño. ¡Te encontré a Ti, Niño Jesús, tan humilde, tan manso, tan bello!

Desnudo y sucio, con la vergüenza genuina de Adán, me acerqué hasta Ti. Estaba tu hermosa Madre, a la que no me atrevía ni a mirar. Ella, con grave ternura y una cálida sonrisa, te depositó en mis brazos. También estaba José, quien guardaba un silencio contemplativo, con una luz de gratitud en su mirada. No había nada que decir allí, ustedes ya lo sabían todo. Al sostenerte, por primera vez en mucho tiempo, tuve paz.

¡Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor! ¡Y lo he encontrado donde no lo esperaba! Has decidido nacer aquí, has venido a desposarte con mi alma para siempre. Sí, Jesús mío, así lo has querido. No te has fijado en la multitud de mis pecados, antes bien, los has tomado contigo para redimirme. Tú eres el único Fiel, el que cumple su Palabra. Me lavas, me pones un traje de bodas, y me llevas al seno de tu Trinidad Santa. Por pura iniciativa tuya.

Es por esto, que te alabaré eternamente, bendito Niño de Belén. ¡Que todos los pecadores te alaben, porque hoy nos ha visitado la luz que viene de lo alto!

Mi amado Jesús, enséñame a quererte cada día un poquito más.

Mi excelsa Madre Santísima, gracias te doy por tu sí ante el Ángel, muéstrame siempre a tu Hijo.

Mi venerado Patriarca San José, ayúdame a ser custodio del Niño Dios que ha nacido en mi corazón.

Animales y fango, que sepa adorar al niño aceptando mis miserias.

Santos Pastores, que nunca deje de velar mi alma.

Magos del Oriente, que pueda ofrendar mi vida entera a Jesús

Amén. 


Firma: Don Virula de Los Gamos

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

Soneto peregrino.



Soneto peregrino

A los papás de Jauja


Horizonte en el alma y en la aurora.

Se enarbolan banderas y canciones,

se encienden y desnudan corazones

contritos en su marcha alentadora.


Sudor de gracia y una voz que implora

perdón, que ríe o llora a borbotones

y agradece una plétora de dones

delante de la Cruz y la Señora.


Cuanto más inminente la llegada

se ensancha el gozo como un cielo abierto

donde se alzan amigos en bandada…


Ya no importa el dolor del peregrino

si entrevió la Piedad en su desierto

y al mismo Amor en un altar divino.


-J.A.F.-

lunes, 30 de noviembre de 2020

Olor de amor (prosa poética).


OLOR DE AMOR 

Para Vos.


Cierto día me hallaba en el jardín.

No en cualquier lugar sino en la galería.

¿Qué hacía? Contemplaba.

(Contemplar… esa palabra violada.)

Estaba contemplando, digo, hasta que un sentido se despertó:

El olfato.

Y con él, el entendimiento intuitivo.

Porque lo que olía no eran solamente los diversos aromas que allí concurrían;

Los azahares narcóticos, los perfumes invasivos.

Todo lo que allí estaba, deleitaba:

La hoja de limón derramando su elixir,

La flor del laurel ofreciendo su fragancia,

La gracia de las rosas con su inconfundible esencia,

El poderoso incienso que envuelve con su efluvio,

Y el mismo terruño mojado entregando el petricor.

 

El olor del blanco jazmín estallando en los setos.

 

Festín del alma son los aromas de mi jardín,

Bálsamo gratuito que desciende en primavera

Y que perdura hasta el estío.

Pocos son los que se detienen para aspirar las pisadas del ángel;

Pocos, quienes palpan las brisas del florecimiento primaveral;

Pocos, quienes oyen el rumor de aromáticos susurros.

(Sinestesia producida por la magia escondida de mi vergel.)

 

Pero más allá de la locura soporífera de estas plantas mías,

Todavía más allá del delirio de los sentidos,

Hay una sustancia que percibe el corazón enamorado

Que no renunciará hasta descubrir aquello que lo invoca.

 

La puesta en marcha por aquello inteligible que yace en algún rincón del delicioso huerto,

Es irrevocable.

¡La flecha fue lanzada!

 

El alma atraída se despega de la materia y persigue con sus potencias las señales de ese mundo circundante.

Implacable persecución.

Se suceden formas y formas y formas;

Colores, tonos, melodías, registros, sonidos, líneas; todo se agolpa en un caos inasible de difícil control.

La luz se oculta. La luz juega.

La luz que supo encandilar, eclipsada está.

Cantar de cantares reproducido en cada éxtasis poético o amoroso o místico.

La luz de las criaturas también toca, hiere e inflama el ánima,

Para luego escaparse entre las plantas y las flores y los árboles de mi jardín.

 

Y yo, sin testigos, no cedo a conformarme con la embriaguez de mis sensaciones.

¡No!

No abandonaré la galería hasta que no le haya arrebatado el secreto al angélico ser que me provoca.

No es ficción. Es búsqueda.

En este prado o en cualquier otra parte.

No podría quedarme sin esa perla inmaterial;

Sin esa luz espiritual más luminosa que los rayos del sol.

 

De tanto porfiar, el canino de esta caza, encuentra su presa.

¡Cómo no me di cuenta antes!

Siempre estuvo allí la respuesta,

Desde el principio de mi maniática andadura.

De hace tiempo que estaba así,

Esperándome.

Esperando a ser nombrada.

Y una vez nombrada, elegida,

Para luego ser domesticada.

Y por fin, amada.

 

Siempre estuvo aquí, conmigo, desde mi adolescencia, y yo no lo advertía.


***


El Jazmín de Leche que cercara mi hogar,

Ya no olía a jazmín;

Olía al Amor.


Si el amor tiene un olor, amada mía,

Ese olor no es otro que el de la flor de Yasmín.








lunes, 26 de octubre de 2020

Llueve en las sierras.


 


Llueve en las sierras

Malvinas (Mdz.)

No cejaba la tarde en su imperio azul: el yuyo se apretaba a las piedras; la tierra, crujiente y hervorosa, se retraía bajo la cruel tiranía del sol. Era una tarde cualquiera en tiempo de verano. Apenas se divisaba en la cuesta la firme silueta de un jinete. Descendía éste perezosamente arreando un piño de chivas, que copiaba los movimientos de su pastor de forma deshilvanada hacia el zanjón, como una prenda desgarrada. Debajo de un toldo observaba el descenso una mujer. Al arribo de las madres, en compañía de sus crías, salieron al encuentro un pelotón de perros ladrando. Pero tras los gritos impacientes de un jinete fatigado se dispersó el tropel a través del jarillal. Desmontó y desensilló, con la misma parsimonia con que bajara la cuesta. Finalmente, se desplomó a la vera de su mujer que lo observaba y aguardaba mate en mano.

-                    Si el tiempo no cambea, la van a pasar fiero.

-                   ¿Queda pasto en la mesilla? -pregunta la mujer.

-                    Casi no hay.

Y un silencio prolongado se hizo de repente. Algún que otro chivato osó balar desde el corral, implorando leche a una madre reseca y esquilmada. Ni siquiera los pájaros tenían ánimo de cantar. Hacía días que el arroyo apenas humedecía la tierra, brotando recién de noche en un delgado filo de agua. El cielo era un pozo azul, terrible y despiadado.

La tarde llegaba a su apogeo, y se esperaba ya la mengua del calor. Cuando el poniente traía la noche a remolque, como un mar oscuro poblado de buques, por fin la tierra respiraba, la hacienda se trasladaba, había vida. Ocurrió entonces que una brisa liviana sacudió el acacio. Al momento pasó otra, y otra, y una más. Se aflojó la tensión del aire, los animales comenzaron a desentumecerse. Por encima de la loma, a espaldas del rancho, un vellón entre blanco y aplomado se asomó y avanzaba tempestuoso, como tirado por una cuadriga de corceles. Tronó. Junto al susto puso el trueno en marcha al matrimonio que desaladamente guardaba y cubría cosas, ponía orden a un desbande de pollos, a la yegua bajo techo, y no mucho más. Se desató el viento y aguacero.

Ahora ambos, un poco mojados, contemplaban la cortina de lluvia radiantes, con una expresión feliz en el rostro y una pureza jovial en la mirada: dos niños se asomaron agradecidos en medio de una piel tostada que no desmentía la solidez de la piedra, ni olvidaba los rigores de la labor. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, entonaban un niño y una niña metidos en su juego. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, parecían cantar los animales. ¡Oh, bendición del cielo!

Pasado el aguacero, todavía oyéndose algunas cascadas y el torrente del zanjón, salieron ambos rancho afuera, libertados; y el único tono, la nota dominante era una exhalación profunda de la tierra, dilatada, como un cuerpo que al fin encuentra su alivio después de una jornada intensa de labor.

No fue otro aquel día caluroso de febrero, cerca del Nevado, hará dos años ya.


El Alpataco

lunes, 12 de octubre de 2020

Hispanidad y posmodernidad.

¿DÓNDE ESTÁ ESPAÑA?

Vindicación del ser hispano en el alma frente al hombre posmoderno desde la mirada de Anzoátegui.

Introito.

  "¿Dónde está España?"[1] es un poema del comunista converso José Antonio Balbontín. En dicho poema su autor -varón enamorado de España- plantea el drama de un anciano que es interpelado por su nieto sobre el lugar que ocupa España en el mapa, y que, a raíz de semejante interrogante, el abuelo se deja llevar por el abatimiento y la melancolía de ver a su Patria hundida, arrancándole de sus entrañas la siguiente exclamación: “¡España ha muerto, hijo mío! No la busques en el mapa. ¡España yace sin pulso sobre la estepa agostada!”[2]

  Con estos versos del poeta madrileño hemos querido dar inicio a esta reflexión dado que el drama allí representado -drama que intencionadamente hemos dejado abierto para arribar a la solución hacia el final de estos pensamientos- es el mismo que nos queremos plantear en nuestros días, pero desde una óptica diferente. Todos nosotros bien podríamos ser el niñito del poema que otea a su patria en el mapa y pregunta por ella ingenuamente, pero no es ya su ubicación física la que nos estaría interesando ahora, sino su lugar en la geografía interior de nuestro ser. Trataremos de explorar el espacio metafísico y espiritual que ocupa la España inmortal en nuestros corazones. La exploración será somera por defecto del novel escritor y en razón de los límites establecidos de la bitácora. (De hecho, no podremos hacer  siquiera un resumen de porqué entendemos al hispano y la Hispanidad en continuidad directa con la Medievalidad y la Antigüedad, teniendo que presuponer esta realidad histórica). Y para esta aventura -o urgente vindicación- tendremos que interrogar gravemente a un anciano sabio sobre el ubi íntimo de esta España. Me refiero al cabal hispanoamericano Ignacio Braulio Anzoátegui. Este inmenso poeta argentino hará las veces de abuelo nuestro para orientarnos, ahora superando pesimismos, sobre el verdadero lugar de España en el alma.

  Ha sido el mismo Anzoátegui quien nos ha inspirado a través de dos libros fundamentales suyos para el presente artículo: Tres ensayos españoles[3] y Genio y figura de España[4]. En ambos libros, pequeños pero sustanciosos, nos muestra el autor toda la grandeza del hombre español o del ser hispano y toda la excelencia de España o de la Hispanidad como ideal. Aquí hago una aclaración: cuando Anzoátegui habla del hombre español se refiere al hombre hispanista o hispanófilo de raigambre medieval ; asimismo, cuando habla de España es aquella misma que amó Primo de Rivera quien proclamaba en uno de sus grandes discursos: “Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.”[5] En contraposición a este elogio hispánico se encuentra la figura del hombre moderno que será dura  y genialmente puesta en ridícula por la pluma lírica y marcial del poeta trinitario. En este ocurrente y agudo contraste se pone de manifiesto con total originalidad la nobleza y la vileza de los dos tipos modélicos en pugna constante: el hispano y el moderno.

Escueta distinción entre el hombre moderno y el hombre posmoderno.

  Con todo, nosotros bien sabemos que en la sociedad actual el modelo que ha triunfado es este último, que ya ni siquiera lo llamamos “moderno”, sino que con Guilles Lipovetsky lo venimos a nombrar como “posmoderno” (o también “hipermoderno”)[6]. En efecto, este filósofo y sociólogo contemporáneo es un paladín a la hora de analizar los rasgos más significativos de nuestra era posmoderna. Entre muchas maneras que la define, dice el pensador francés en sus ensayos: “la cultura posmoderna es un vector de ampliación del individualismo.”[7] Entiéndase aquí al individualismo como sinónimo de aquel grandísimo mal de la época moderna: el antropocentrismo, compendio de todo lo moderno, opuesto al cristocentrismo o teocentrismo que marcó la época medieval y antigua. Para Lipovetsky el hombre posmoderno viene a extremar o a enfatizar las taras del hombre moderno anterior al siglo XXI. Por caso, si el moderno era narcisista, el posmoderno es ultranarcisista, con todo lo que esto conlleva. Aunque no solamente el diagnóstico del crítico de la Francia se reduce a detectar los frutos maduros -siempre frutos ponzoñosos- de la Modernidad en nuestra época, sino también a destacar que se ha producido -o está aconteciendo en este momento histórico- un cambio radical entre lo que fuera el hombre moderno de antaño y lo que es -o está comenzando a ser- el hombre posmoderno de hogaño. La  Posmodernidad, apoteosis de la Modernidad, es también el inicio de una nueva era que se ha dado en llamar “la era del vacío” (así titula el mismo Lipovetsky el libro en que recoge algunos de sus muchos ensayos sobre el tema en cuestión.) Si hasta ayer el moderno soñaba en la Revolución, luchaba en la vanguardia por sus convicciones y anhelaba un paraíso terrestre conforme a sus ideales, el hombre “posmo” de hoy, también conocido últimamente como “millennial” (y no aludo aquí exclusivamente a los jóvenes puesto que hay millennials de cuarenta años), vive en la indiferencia total ante la existencia, sumido en la apatía más amarga y desoladora frente a la vida, sin puntos de referencia ni horizontes esperanzadores. En una palabra, el posmoderno le rinde culto a la nada misma; su vida es pura vacuidad... Y todavía la profecía davídica sigue resonando para éstos que fabrican y adoran ídolos: “Semejantes a ellos serán quienes los hacen, quienquiera confía en ellos.”[8]

  Sin embargo, sabemos que ríos de tinta se han gastado en autores de alto vuelo para denunciar todos los problemas y los males del espíritu y la mentalidad modernos. Como a su vez, también, no se nos escapa la cantidad de escritores de talla que han ponderado las perfecciones de la Tradición y la estatura espiritual-moral del hombre tradicional y antiguo. Nuestro objetivo es sumarnos en esta encomiable tarea, sobre todo para estar alerta en una atmósfera soporífera. La nada a la que sirve el posmoderno y la vacuidad en la que se mueve, como señalábamos recién, no son dos realidades claramente discernibles. La nada y la vacuidad coetáneas son dos fenómenos huidizos, mutables, alucinógenos y alienantes. Son los peores males contemporáneos, indudablemente, pero están disfrazados y enmascarados de mil formas. Por esto mismo, para no permitirnos que se nos filtre el hombrecillo posmoderno y para que se reanime -si es que yacía postrado- ese sujeto hispano que llevamos en el pecho, presentaremos un paralelismo antitético entre éste último y aquel otro. De este modo, quedarán resaltadas las cualidades o virtudes propiamente españolas, y se podrá  apreciar cómo son éstas mismas las que más frontalmente chocan con las características de los posmodernos. Así las cosas, con fines didácticos utilizaremos este recurso hermenéutico-estilístico, que ojalá sea adecuado para realizar el cometido que nos hemos propuesto. Por último, cabe aclarar que sólo nos detendremos en cuatro notas antagónicas entre cada paradigma que nos han resultado de especial interés.

Hombre hispano Vs. Hombre posmoderno

  1) En los escritos de Anzoátegui sobre nuestro tópico, lo que más resalta y lo que atraviesa toda su obra en conjunto, es el sentido sobrenatural del hispano frente al sentido naturalista del moderno, devenido sentido antinatural en el posmoderno. El hispano vive de cara al Padre; el moderno, de cara a un lejano Arquitecto; el posmo, de cara a la Nada. El hispano vive según las virtudes teologales; el moderno vivía las caricaturas de estas virtudes: confianza en el hombre, optimismo mundano y filantropía hacia la humanidad; ya el posmo ni siquiera vive estos “valores” modernos. El hispano sabe que su corazón es campo de batalla entre Dios y el Diablo, entre los Ángeles y los Demonios, y así lo ofrece resignadamente. El moderno le hacía la guerra a Dios o al Diablo, o a los Dos desde el parapeto de su corazón ensoberbecido. Pero, el posmo, sencillamente se olvida que tiene un corazón… Veamos cómo nos ilustra el poeta Anzoátegui en este primer punto. “España, eterna e inmóvil, vive de cara al cielo y de cara al infierno, que es una manera de alcanzar el cielo”[9]. Después, refiriéndose al orden social del imperio español, dice que era un “orden de santidad y de pecado, donde la santidad está al servicio de la gloria y el pecado está al servicio del arrepentimiento, porque todo en España está ordenado al cielo.”[10] En otra parte insiste en la misma idea cuando afirma que “el sentido de la realidad española […] cuando es verdaderamente española, no es otra cosa que una viva y decidida conmemoración de la Redención.”[11] También afirma sobre la madre patria que siempre tuvo una imperiosa inquietud: “la inquietud de la caridad, que, para España, más que una virtud es una necesidad nacional.”[12] En síntesis, España tenía una conciencia y es que “Ella se sabía eterna.”[13]

  2) Del punto anterior, por ser axial, se desprenderán todas las siguientes comparanzas. Ahora bien, con respecto a la conciencia de pecado y del estado de hombre caído, urge hacerse a un costado y dejar que el mismo Anzoátegui dé cátedra al exponer lo siguiente: “El hombre medioeval sentía el olor del pecado; el hombre moderno se empeña en ponerle al pecado olor a desinfectante. El hombre medioeval hacía penitencia después de pecar; el hombre moderno adopta precauciones antes de pecar.”[14] Y así prosigue en esta línea el ingenioso escritor, pero ahora pasemos a otros fragmentos del mismo donde nos muestra aún mejor la conciencia hispano-católica. “Toda la vida del español oscila entre la aventura del pecado y la aventura de la santidad. […] Él sabe que su última aventura pertenece a Dios. Por eso tiene confianza en la vida, porque tiene confianza en la muerte.”[15] “El español peca por tres razones: porque tiene ganas, porque no quiere arrepentirse de cometer el pecado y porque quiere arrepentirse pronto de haberlo cometido. Su caída tiene algo de salto; su pecado tiene un trampolín situado en el abismo, que lo devuelve a la altura.”[16] “El santo español sabe de qué manera debe abofetear a cada instante al pecador que lleva consigo y el pecador español sabe con qué firmeza debe resistir al santo que lleva dentro de él.”[17] Como se ve, el hombre hispano es un hombre de Fe, un ser profundamente religioso, “porque el español sabe que Dios ha creado al hombre para que le sea leal.”[18] Y por esto mismo “constantemente el español tiene miedo de que Dios se arrepienta de haberle llamado a la santidad.”[19]

  3) Bien. Para esta nota nos apoyaremos fehacientemente en el genio de Anzoátegui. A causa de su liberadora trascendencia, el hombre hispano vive sufridamente como un exiliado en este mundo. En cambio, a causa de su angustiante inmanencia, el hombre posmo intenta vivir displicentemente como un ciudadano del mundo. De aquí que el hispano sea un caballero nostálgico y el posmo un ensimismado melancólico. De aquí que el hispano conciba su vida como una novela escrita por el Gran Novelista y el posmo crea que su existencia es una vulgar comedia o una mera tragedia bajo el sello del anonimato más cruel y despiadado. De aquí que el hispano sea un apasionado y un enamorado de la vida, que sabe vivir y que sabe morir, porque sabe Quién es el que da y toma la vida cuando Le place. Tan consciente es de estar hecho a imagen y semejanza de la Santa Trinidad, y tan decidido está en pelear por alcanzar ese destino divino, que termina resultando en este destierro una auténtica paradoja -o como dirá Anzoátegui: “un escándalo irresistible, una preocupación actual.”[20] Todo lo contrario le sucede al hombre posmo que hoy contemplamos con lástima y desagrado. El posmo es un desalmado que nada ni nadie lo conmociona, que todo le da igual, y que no le importa saber vivir y morir porque no le interesa pensar bien: ésta es su principal enfermedad. Por eso, por abolir su vocación a la grandeza y descuidar el designio sempiterno, el posmoderno deviene un ser contrahecho; un ser vertiginosamente absurdo.

  4) Finalmente, confesamos que ambos arquetipos, el hispano y el posmoderno, están locos. Rematadamente locos. No obstante, la diferencia de ambas locuras radica en que el posmo “es el único animal razonador que emplea su razón para engañarse a sí mismo”[21], es aquel “hombre tranquilo [que] es la negación del hombre. Es el hombre que vive en el equilibrio del hombre y de la bestia, porque ignora que la salvación no puede alcanzarse sino por el desequilibrio del hombre que triunfa sobre la bestia. Es el hombre que acalla su exigencia de cielo y su horror de infierno para no desvelarse con las exigencias del cielo ni con los horrores del infierno. Es el hombre que en nombre de la humanidad renuncia a su propia naturaleza humana…”[22] Contrariamente a esta chifladura, “España vive […] en el servicio del buen amor o del loco amor, pero en el servicio siempre del amor enloquecido. La vida y la muerte son para ella la locura de la vida y la locura de la muerte. Esta es la grandeza de la España de ayer y de la España de hoy […]. Es el ejemplo que la vieja España lega a la nueva España. Don Quijote muere con toda la grandeza de su locura; muere realizando los cuatro actos que el mundo considera como los cuatro actos cardinales de la locura de un hombre: confesando su pecados, pidiendo perdón a sus enemigos, perdonando a sus ofensores y repartiendo sus bienes.”[23] ¡Queridos amigos, esta es la bendita locura quijotesca que todavía nos mantiene en pie! ¡Sea!

Conclusión

  A pesar de todo, aquí estamos… vindicando a este ser hispano en peligro de extinción. Aquí estamos tratando de fustigar sin piedad el arquetipo de hombre posmoderno que se nos propone en todas partes. Aquí estamos, como niños que todavía no están huérfanos y que cierran los puños para decir con el Poeta: “¡No quiero que muera España!”[24] Aquí estamos, en suma, para concluir este análisis oyendo en lo más profundo de nuestro ser lo que Balbontín junto al Cid, al Quixote, a Santa Teresa y a Alfonso el Sabio, junto a los mártires de Barbastro y a todos los monjes del Valle de los Caídos, nos dice aquí y ahora, con voz portentosa:

“¡Hijo de mi entraña!,

tu enojo me desenoja y tu indignación me agrada.

España vive de nuevo y nadie podrá matarla.

España alienta y renace como una llama

en la ilusión de tus ojos y en el candor de tu alma.”[25]

 



[1] BALBONTÍN, José Antonio. Romancero del pueblo. Madrid, Imprenta Juan Pueyo, 1931.

[2] Ibíd..

[3] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Tres ensayos españoles. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[4] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Genio y figura de España. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[5] Discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el Cine Madrid, de Madrid, el 19 de Mayo de 1935.

[6] LIPOVETSKY, Guilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona, Ed. Anagrama, 1986.

[7] La era del vacío… p. 11.

[8] STRAUBINGER, Juan. El salterio. Buenos Aires, Club de lectores, 1949.

[9] Tres ensayos españoles… p. 11.

[10] Ibíd.. p. 53.

[11] Genio y figura de España… p. 32.

[12] Ibíd.. p. 40.

[13] Ibíd.. p. 37.

[14] Tres ensayos españoles… p. 63.

[15] Tres ensayos españoles… pp. 62-62.

[16] Ibíd.. p. 55.

[17] Ibíd.. p. 54.

[18] Genio y figura de España… p. 26.

[19] Ibíd.. p. 33.

[20] Genio y figura de España... p. 14.

[21] Tres ensayos españoles… p. 62.

[22] Tres ensayos españoles… pp. 48-49.

[23] Ibíd.. p. 50.

[24] Poema ¿Dónde está España?, de José Antonio Balbontín.

[25] Ibíd..


HILARIO