miércoles, 26 de junio de 2019

Pinta al paso (I).

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  Se hallaban, como de costumbre, en el bar London. Esta saludable y agradable costumbre la habían inaugurado un buen día cuando se interrogaron del siguiente modo: "¿Y por qué no nos tomamos una sola pinta después del laburo si es lo que se estila hacer en todo Europa, o al menos en Inglaterra, y tan bien hace a la psiquis?". Así fue como nació el hábito titulado "Pinta al paso". Este consistía, básicamente, en tomarse una buena pinta de cerveza después del trabajo antes de volver al hogar. Eran estos encuentros ocasiones propicias para reanimar el corazón herido y seguir adelante en la vida con semblante alegre, pero también servían de ámbito ideal para la intimidad y las charlas decisivas, serias y profundas que a los Gallardos siempre les atañen. Por supuesto que la idea comenzó con ´una´ pinta al paso, para que realmente fuera de paso casi como un tente en pie y sigo mi ruta, pero a veces el desarrollo de los acontecimientos o el cariz que tomaban las conversaciones hacían que dichas pintas se prolongasen (léase, que una pinta inicial virara en dos, tres o hasta cuatro pintas, si el contexto así lo exigía).

  No entraremos a detallar si el temple de los Gallardos que habían abrazado este nuevo hábito -verdaderamente justo y necesario- se reducía generalmente a solo una pinta, durando la plática tabernera una hora aproximadamente. Pero sí diremos que se había optado por un lugar encantador que predisponía a profundos diálogos, o bien, a risueñas charlas de pub. El sitio escogido es el mencionado London, ubicado en unas coordenadas estratégicas para que todos los Gallardos que salieran de sus respectivos trabajos a la hora del crepúsculo se pudieran reunir allí con facilidad y rapidez. En este barcito de estilo inglés, naturalmente, había un balcón pequeño con una mesa baja y algunas sillas en rededor. ¡Rincones pintorescos, si los hay! Allí podíamos beber tranquilamente mientras contemplábamos en la lejura al sol caer tras las montañas andinas. Si bien el bar se hallaba en el centro, la ubicación de éste era justa para amortiguar los ruidos infernales de la ciudad, aunque tampoco se trataba de un campo sosegado en completo silencio (además, si así fuera, dejaría de ser una taberna con todo lo que esto significa).

  Y bien. Como decía, allí en London se encontraban los dos Gallardos: Don Hilario de Jesús y Don Virula de los Gamos. Más tarde irían cayendo el resto de los Gallardos, pero estos solían ser los primeros en arribar al mencionado balcón mítico e iniciar todo el ritual: pedirle a las camareras que nos pusieran "nuestra" música (irlandesa, celta o rock and roll), pedirles el chop con manís (generalmente blonda para el de los Gamos y morocha para el de Jesús) y finalmente encender los tabacos (pucho para el ruludo, pipa para el barbudo.) Una vez dispuesto todo, empezaba la plática serena, relajada, descontracturada, desestresada...; en una palabra, feliz.

Imagen relacionada  Aquella tarde la charla se tornó filosófico-mística. Es decir, grave. Por eso rogaban ambos interiormente que no llegara toda la banda de Gallardos hasta pasado un buen tiempo para que se pudiese avanzar fácil y deleitablemente  en todos los senderos posibles del diálogo en cuestión, hasta que se hiciera la luz de tanto charlar. Como dijera el viejo Aristóteles tantísimo tiempo ha: es más fácil llegar a la verdad entre muchos. Y efectivamente, los Gallardos muy a menudo terminaban arribando a alguna verdad de tanto conversar, debatir, intercambiar ideas o impresiones, o manifestar intuiciones o sencillamente dar la contra así como así. O quizás no siempre se trataba de verdades lo que alcanzaban, pero al menos eran atisbos de luz que esclarecían la mente o inundaban el corazón de una secreta convicción que consolaba y alegraba... ¿Psicólogos? No, gracias, entre dinosaurios nos entendemos...

  -Compadre -lanzó Hilario luego de pitar su pipa con vehemencia-, lo notó apesadumbrado.
  -Acierta, compadre -contestó Virula con desánimo.
  -¿De qué se trata esta vez?
  -Del pathos...
  -Saque el rollo.
  -Hace tiempo que ando como apagado, o estancado, o (como dicen ahora) "malpegado". No logro saber el motivo de mi insatisfacción constante, frustración, impotencia o el malestar que sea que tenga. De por fuera pareciera que todo marcha bien en mi vida. Pero por dentro, siento cierto tedio. En las juntadas me muestro contento y positivo, pero confieso que fuerzo la máquina un poco, o mucho, ya no sé... ¿Ha observado eso?
  -A ver...
  -Sí -interrumpió el Virulana-, tiene su dureza lo que digo, pero es así -y sorbiendo un trago de su Pilsen, pregunta el huesudo-: ¿Usted qué piensa?
  -Vea, cumpa, puede ser preocupante lo que plantea, como a su vez no puede ser grave en lo más mínimo y esté dramatizando las cosas al pedo. -Y respirando hondo, éste empieza su nuevo discurso- Hay pathos y pathos. Si se refiere a tener que actuar siempre como un payaso en todas las reuniones sociales, no me preocupa demasiado. No siempre este  pathos tiene que llevarnos a estar enérgicos, sonrientes, animosos y graciosos. Hay veces que podemos estar bien interiormente, en paz y contentos, pero afuera por ahí mostramos cierta melancolía en el rostro que la gente, sobre todo la gente frívola, juzga mal.

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  En esto se detuvo el viejo para beber un generoso trago de su pinta negra, y así refrescar el gargero, para luego seguir pronunciando su discurso inspirado por las Musas de la malta y la cebada, y por el Daimon de su tabaco latakia:

  -Lo que sí temo, querido amigo, es aquel pathos, digamos, metafísico-espiritual, o cultural, o como puta lo llamemos. Aquel que se enciende ante el bonum-verum-pulchrum; aquel que no descansa, no se sacia y siempre anda en búsqueda de una vida más plena, más auténtica, más mágica. Este no debe apagarse jamás y hay que por eso mismo cuidarlo y cultivarlo. Es esta una tarea de todos los días, full-time, y consiste en alimentar esta llama de pasión por los altos ideales, por todo lo noble, por lo excelente. Y se alimenta a través de la oración continua, de reflexiones, de buenas conversaciones, de lecturas claves, de caminatas por la naturaleza, de música clásica, de poesías, de seleccionada compañía... En suma, compadre, en el fondo es la contemplación lo que nos mantendrá sanos y salvos.

  -La contemplación... ¿Cómo es eso? -volvía a interrogar inquieto, el flaco, mientras se encendía un cigarrillo.
  -Mire -reanudó el discurso el viejo mientras jugueteaba con su barba-, nosotros, estamos signados por la vocación a la contemplación. Sí, sonará raro lo que digo, pero espere. Nosotros ya hemos experimentado que cuando nos entregamos a las diversiones de modo exagerado e incontrolado, descuidamos precisamente todo lo que le acabo de mencionar: oración, lectura, pensamientos, etc. O dicho de otra manera, dejamos de estar a solas. Y ya de esto hemos hablado, de lo dañino que es no hacerse espacios para estar en soledad y hacer lo que nos gusta o lo que deseamos, o sencillamente para hacer lo que necesitamos y debemos hacer. Ahora comienza a ver la relación estrecha que hay entre la soledad y la contemplación, ¿verdad?
  -Ciertamente. Prosiga...
  -Bien. Decir entonces que estamos signados por la contemplación, es decir que estamos llamados a ser solitarios. Y acá también te sonará extraño lo que te digo, pero no se apresure mi amigo. Sin nosotros elegirlo, sabemos en lo profundo que no podemos, de algún modo, vivir como vive el resto de los mortales. La gente de mundo, o incluso la gente de nuestra aldehuela que nos es tan querida, pareciera que pueden vivir sin demasiados conflictos internos. Se divierten tranquilamente, cumplen sus deberes religiosamente, y luego vuelven a divertirse despreocupadamente. No se plantean demasiadas cosas, no sufren tantas otras, no cambian demasiado sus proyectos y el curso de la existencia para estos sigue su rumbo cual canoa en el río Paraná, sin sobresaltos... ¿Me va siguiendo?
  -Lo sigo, como la canoa que acaba de evocar...   
  -Bárbaro. Pero espere, ¿quiere otra pinta?
  -Meta.

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  Levantan la mano los dos taberneros con los vasos vacíos y la camarera se percata de las señas. Al rato vendría ella con dos pintas más, llenas al tope con espuma idílica, para completar el primer "happy-hours" de la jornada.

  -Como le decía -continuó el pipero-, hay personas que pueden ser, y lo son de hecho, felices en el marco de una vida sencilla, simple, llana. ¿Son menos que nosotros? Pues no. ¿Acaso menos santos? Claro que no. No van por ahí los tiros... Lo que quiero decir es que nosotros no somos como ellos, sencillamente. No somos como la mayoría. Y descubrir esto, primero, y luego asumir esta realidad no nos pone en una posición especial ni salimos favorecidos. No al menos en una primera instancia... ¿Entendés?
  -Sí -respondió el interlocutor jurásico, entre bocanadas de humo.
  -Bueno. Entonces, si me ha ido siguiendo, tal vez el problema de Usted, que puede ser el mío o el de aquellos amigos que tengan estas características o inclinaciones que compartimos, es que ha desatendido la flor de la contemplación. No ha sido fiel al fuego contemplativo que lo habita. Se ha derramado hacia fuera, vertido hacia el exterior, y está pagando ese derroche y esa imprudencia. Por eso se anda sintiendo mal, con tirria en el pecho, con decepciones y amarguras. Y por eso mismo intenta agradarle a este mundo torpe y vacuo, sin aceptar que en él, tipos como Usted o como yo, no tenemos cabida.
  -La verdad que es cierto. -Exclama el melancólico profesional, entre asombrado y dolido. Mas, luego de golpe, éste cuestiona con violencia:- Pero, y entonces, ¡cómo carajo viviremos, cuál será nuestro destino, si hemos de ser contemplativos en un mundo "anti-contemplativos"! ¡Cómo nos desenvolveremos en una sociedad exitista, activista y materialista! El mundo del trabajo actual nos marginará.  Y el día de mañana, decime, ¡qué calidad de vida tendremos, cómo alagaremos a nuestra mujer, cómo nutriremos a nuestros hijos, en dónde diantres viviremos! Si tu planteo es real y verdadero, el panorama que me pintás, hermano, es desolador y sombrío... -Terminó estas palabras con una voz ahogada, con unos ojos vidriosos y con el ceño fruncido. Había tristeza y bronca al mismo tiempo en aquella expresión de desamparo total.

  Hilario observaba a su amigo con detenimiento. Lo comprendía, lo compadecía y lo quería entrañablemente. Sentía la misma orfandad, signo ineludible del siglo que les tocaba enfrentar. Padecía la misma desazón ante la posmodernidad desesperante que imperaba en el mundo. Sufrían a la par la desorientación, la ausencia de faros en el camino que alumbraran el paso decidido del peregrino. Sin embargo, para eso y por eso eran amigos, entre otras cosas: para reconfortarse mutuamente, para ponerse en pie y alzar la testa, ya que los dos estaban enteramente convencidos de que dicho mundo pasaba y de que el Señor ya, pero ya, volvía. A pesar de tanta oscuridad, se alentaban para no ceder en su primera obligación: vigilar y otear el horizonte para ver volver a Aquel que prometió volver. Y si el camino se hacía largo, pues allí estaba siempre London -o cualquier refugio de turno-, para reavivar entre los amigos la llama de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad.

Y últimamente, de la dulce Contemplación.   

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(Rembrandt, Filósofo meditando).

martes, 18 de junio de 2019

Virtudes y Vicios discuten en el origen de "Tellus".

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("Las hilanderas" de Velázquez.)

En una Estancia llamada "Tellus" aconteció esta discusión entre unas Antiguas Señoras, algunas decrépitas, otras lozanas, pero todas ancianas de un tiempo inmemorial.
Se encuentran disputando sobre la propiedad de Tellus con sumo interés y vehemencia. Hay gran alboroto en la inmensa sala claroscura. Mientras, hilaban e hilaban quién-sabe-qué.

(Interrumpe violentamente tanto sainete la primera Señora.)
GUERRA: Enviada soy del Obscurísimo Amo de esta antiquísima Estancia y vengo a reclamar nuestros derechos, junto a mis crueles e indeseables hermanas, de poseer todo este pedazo de tierra sin vuestra presencia, arrugadas señoras.

PAZ: Te equivocas, incorregible Guerra, al llamar "hermanas" a las que son tus aliadas en el plan perverso que andan tejiendo, pues nada sabes tú de hermandad.

VIOLENCIA: Ya sales con tus discursos melifluos, estúpida Paz, que todavía no te das cuenta que a nadie convences con tus habladurías. Este lote será nuestro y por la fuerza, naturalmente.

VERDAD: Ay, Violencia, Violencia... te alteras por nimiedades y lanzas amenazas sin sentido. Aunque te sea dificultoso, razona un poco, y dime: ¿acaso este enorme espacio no se viene a la ruina cuando está al "cuidado" de vosotras? Ya hemos ensayado esta opción de dejarles esta pertenencia por un período -luego de que nos desalojaran bruscamente- y nosotras contemplamos desde afuera, con horror, espanto y tristeza, cómo destrozaban todo lo existente en esta Estancia. Ha llegado la hora de que se vayan, sí, y para eso hemos venido por mandato del poderoso Señor de este recinto.

HIPOCRESÍA: Bla, bla, bla... siempre tan seria la apestosa Verdad. ¿A quién crees que asustas, debilucha? Nuestro poder es mayor que el de tu "terrible", ¡ja!, Amo. En nuestro cinismo está nuestra victoria, sépanlo. Basta de solemnidades y ceremonias que aburren. Esta lugar será nuestro, sea dicho. ¡Bah!, ¡qué digo!, ya es nuestra... ¡Ja-ja-ja!

LUZ: Doña Hipocresía, por momentos logras causar miedo. Mas, al verte bien de frente, provocas lástima. Eres una pobre criatura que deshace todo lo que encuentra. Pero no dejaré que generes más daño de aquí en adelante. ¡Ea!

TINIEBLAS: Descuida, Hipocresía, que nosotras nos encargaremos de la potente Luz si intenta poner un mano sobre ti.

JUSTICIA: Me impacienta, hermanitas mías, por ver fuera de nuestra Casa a estas detestables usurpadoras. Vano es que las hagamos pensar, y más vano creer que obraran conforme a nosotras. Están destinadas a la perdición. ¡Son malparidas!

MENTIRA: Justicia, pero ¡qué bruta eres! No te has enterado aún que lo que más deseamos con mis venenosas compañeras es vuestra aniquilación y la perdición de este sitio horrendo.
ángel virtud
BIENAVENTURANZA: (La más joven de las venerables Damas interviene en la disputa con especial autoridad.) ¡Callaos, tontas y malas mujeronas, callaos! Más que venir a perderos y a destruir nuestro Hogar, son vosotras las que están perdidas por propia elección vuestra. Yacen derrotadas y humilladas desde mucho tiempo ha. Fue nuestro Padre quien hizo esta maravilla por el bien de Tellus y de sus habitantes. Pero vosotras sois porfiadas e insisten con su proyecto de iniquidad. Él venció, desgraciadas, a vuestro Engendrador siniestro. Por lo tanto, pues, (y levantando la voz) ¡Alejaos de aquí!
  
DESESPERACIÓN: (La más fea y contrahecha -y también la más joven, aparentemente- de todas las marchitas féminas entra en escena. Aparece desde las penumbras de la gran habitación con aspecto verdaderamente temible, y se abalanza con sus largos y filosos colmillos hacia la Dama Bienaventuranza.) ¡Te mataré, cretina inmunda, no te soportooo...!

(Se interpone la Dama FIDELIDAD y es ella la que recibe el fatal mordisco quedando herida de muerte. En esto ingresa gravemente el Padre y Rey de toda la grandiosa propiedad. Su nombre es Don Amor.)
(Don Amor primero se acerca a Fidelidad y la cura a la vista de todas. Las despiadadas Ancianas quedan pasmadas y aterradas, e inician la agitada retirada huyendo despavoridas.)

AMOR: Huid, malvadas, y decidle a ese Perro cobarde que nada pueden ni vosotras ni él contra mí. Soy el Amor primero que reina en Tellus y más allá de esta pequeña Estancia. Soy yo el Padre de estas hijas mías, guardianas ellas de esta conflictiva morada. Soy yo, el Amor, que vengo a poner orden y a dar vida abundante a este lugar sombrío y gélido.
(Pausa expectante.)
Que comience la Fiesta.

(Mientras tanto, las mujerucas rabiosas salen disparando de la Estancia, dando escalofriantes alaridos. A lo lejos, en un rincón ignoto, una sombra misteriosa espera a sus torpes enviadas con una ira indescriptible...)


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("Sueño" de Doré.)

lunes, 10 de junio de 2019

La Partida

Terminaba la madrugada… Los rayos del sol hacían aparecer las horas del amanecer. Una gran tiniebla protegía la ciudad, bastante frío al sentir, escarcha por todo el verde pastizal. ¡Hora de levantarse! Más de uno en esta situación diría “un ratito más”…, pero ¡no! Un gran día los esperaba a ellos dos.


Luego del aseo cotidiano pusieron la tetera en el fuego, y los mates aparecieron. La mochila ya estaba preparada de antemano, así que estaba todo listo para partir. Tenían que llegar a la embarcación antes que zarpara el barco; de lo contrario, no tendría sentido después que el barco hubiese partido. Pero no era el problema el horario pues tenían mucho tiempo, sino el camino y lo que éste les deparaba. De la ciudad al puerto habían dos etapas: primero una gran parte a pie hasta llegar a la ruta; luego un vehículo los llevaría directamente al barco.




Los dos, despacio, salieron contentos sabiendo cuál era el destino. Después de unos pasos donde cada uno iba pensando en silencio, Don Theresiano le preguntó:

-¿Qué será más: lo que dejamos o lo que buscamos?

-¿Qué dejamos? -le responde Don Hilario.

-“¿Qué dejamos?” -inquiere Theresiano-. Muchas cosas: amigos, familia, trabajos, costumbres, farras, bellos momentos… no sé, muchas cosas buenas que nos han pasado en la vida, en esta ciudad, y otras no tan buenas pero siempre de algo nos sirvió todo en sí.

-¿Qué buscamos entonces? -vuelve a insistir el De Jesús.

-Te diría que a Dios… -comenzó a contestar el Campos-, pero si lo pienso mejor se me ocurre que en las cosas que dejamos también estaba Dios. Porque para mí, en todas esas cosas pasadas de mi vida, la Presencia divina era manifiesta.

-Volvamos, entonces. Para qué alejarnos demasiado si la tenemos tan fácil -contesta impetuoso el Hilario.

-No depende de nosotros, ya lo hemos hablado. Tenemos que ir, es el momento. Algún día nos iba a tocar -dice con melancolía el Theresiano.

-Entonces no piense tanto en el pasado, mi querido amigo. -Y elevando la voz, continúa el viejo- Fueron momentos muy felices los que supimos vivir. No hay que pensar qué será de los demás tampoco, o qué pasará de ahora en adelante con la ausencia de los seres queridos. Piense más, en cambio, a dónde iremos que eso lo pondrá contento.

-Eso es precisamente lo que me preocupa: no saber de ese lugar más de lo que se comenta, pero como son todas cosas buenas, la gente y demás, el lugar me resulta magnifico. -Aspirando el suave aire matutino, exclama el nadador:- ¡Sí, es verdad, quiero habitar en aquel lugar!

Los dos siguieron caminando hasta encontrarse con un viejo amigo, del cual no es conveniente siquiera pronunciar el nombre ya que era conocido por tener costumbres “non sanctas”, aunque le tenía un gran respeto tanto a Hilario como a Theresiano, y apreciaba mucho a ambos. Tomaron unos mates y charlaron un buen rato con este personaje, además de aprovechar para descansar las piernas.

Sabiendo el amigo oportuno hacia dónde se dirigían Hilario y Theresiano les aconsejó que lo acompañaran a él que conocía un camino mejor. Pero los dos viandantes se miraron rápidamente y acto seguido le dijeron que no, a una sola voz. Sabían acerca del camino que los quería llevar. Desdichado era aquel hombre que caminaba por dos sendas. El pecador anda dos caminos cuando su conducta contradice sus palabras. Lo que busca, a la postre, pertenece al mundo y a sus vicios.

Retomando el camino los dos peregrinos se allegaron a la parte más difícil del trayecto. Cada paso hacía que el barro les llegara hasta las rodillas y había que hacer un gran esfuerzo para proseguir la marcha. Las mochilas cada vez pesaban más y el frío descendía a medida que pasaba el tiempo. Se les caían gotas de agua, que no se sabía si eran de resfrío o de lágrimas. Bastante mal la estaban pasando...

En este trance engorroso el pregunta vacilante Theresiano a su compañero de viaje:

-¿Será necesario pasar por esto? ¿Estaremos en lo correcto?

-No lo sé del todo -contesta el interrogado-, pero recuerda lo que hemos leído en las Sagradas Escrituras: “Camina en mi presencia, hijo mío, y sé perfecto”.

-Sí, claro, si no sería imposible -comenta Don T., que volvía a interrogar inquieto-, aunque… ¿habremos elegido el destino o el camino adecuado?

-Y, pensándolo bien, Dios nos ha dado la inteligencia para que conozcamos al Verdadero -remata Don H. en seco, prologando un silencio contemplativo.

Por fin, cuando todo parecía tinieblas, se vio a lo lejos la ruta, y súbitamente, casi sin darse cuenta, estaban en el vehículo que los llevaría al puerto lejano. No hablaron ni una palabra con el chofer durante el camino. Sólo pensaban en sacudirse la tierra de las botas y frotarse las manos para pasar el frío crudelísimo.

-¡Acá es! -dijo el chofer, un gordo parecido con candado y gafas anchas.

Se bajaron con sus bolsos y se quedaron atónitos. Jamás en sus vidas vieron ni el mar ni un barco tan grande, capaz de pasar por grandes olas del océano profundo como si nada.

Apresuradamente, revisaron sus boletos y subieron a bordo…




-CONTINUARÁ-


Don Theresiano Campos

lunes, 3 de junio de 2019

Espontaneidad, libertad, caridad, vida...: pensamientos sueltos.


(Fra Angelico, El Juicio Final.)


"La voluntad persigue la beatitud con libertad, pero la persigue necesariamente."
Santo Tomás de Aquino

"¿Cuál es el objeto del vivir sino la vida?
¿Y de qué sirve la vida sino para darla?
¿Y por qué atormentarse en darla siendo tan simple obedecer?"
Paul Claudel, La Anunciación a María.


Suma espontaneidad y gratuidad es Dios para amar... El amor de Dios es supremo, pleno, gracioso y misterioso. Misterio de amor que extasía. Ilapso que conmueve por entero al "mediano" creyente y pensante. Temblor sagrado provocado por este Amor sin límites que se expande y se expande estallando cualquier frontera, reventando lindes insospechados. Despierta el ser y queda apabullado ante el susurro terrible de ese derrochador Bien que nada ni nadie puede frenar. Sí, abrumadora realidad  que sacude por completo al hombre. Este Dios-Amor todo lo atraviesa, todo lo traspasa, todo lo invade, todo lo baña, todo lo preña, todo lo arrasa y lo abrasa. Todo... incluso el pecado. Es precisamente el pecado lo que malogra la circulación de esta santa energía. El pecado es la luciferina pretensión de resistirse ante este bendito y violento dinamismo. Es la diabólica osadía de desafiar la ráfaga divina con un aliento macilento a muerte y a nada... Pero cuesta caer en la cuenta de esta tremenda y vertiginosa verdad. ¡Vaya si cuesta!

Dios siempre está naciendo y creciendo en mi alma gratuitamente. El Verbo siempre está encarnándose en mis entrañas y desde allí me salva; me está salvando continuamente. Ahora bien, lo dramático y lo obscuro del pecado es, pues, interrumpir esa misteriosa gestación. Pecar es abortar. Aborto cuando mato a ese Dios que estaba gestándose, que estaba por nacer. He aquí el peor de los abortos: abortar al Creador de nuestras vidas. He aquí la más importante manifestación: ser pro-Vida en esta dimensión es algo que se nos pierde de vista -trágicamente... Si no interrumpiera esta mística preñez posiblemente ya hubiera cumplido el deseo paulino: Cristo formado en mí. Pero constantemente estoy abortando a la Trinidad de mi existencia cotidiana... Abismos de iniquidad, de miseria propiamente humana...

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(Gustave Doré, El Paraíso Perdido.)
Maldito pecado el de Adán y de toda la humanidad con él que nos trajo la expulsión del Edén. Polarizados y extremosos contrastes los de esta vida exiliada que hacen de mis días una sucesión ininterrumpida de cielo e infierno -más infierno que cielo, helás. Así de inestable es el corazón humano. Hay que aprender a vivir y a padecer esta inocultable veleidad -tortuosa- para conocer nuestra esencial pobreza. En cambio, ¡qué inmutable, imperturbable e inalterable es el Amor Divino! Toda una tarea vislumbrar -y aceptar- estos dos polos diametralmente opuestos... Poseer a los Tres en el alma y minutos después dejarlos ir, o provocar que se vayan, o desalojarlos de mi interior. ¡Lastimera hospitalidad la del humano ante la Deidad! "Es que no puedo soportar a Dios". "No, efectivamente no puedes. Sólo Dios soporta a Dios. Únicamente Él se soporta a Sí mismo.  Tú solo sopórtate a ti mismo, soporta la insoportable pesadez de tu amor propio y de tu genética soberbia, soporta la impotencia de no saber soportar a tus semejantes y de no aprender a portar a Dios... para que Él te soporte, para que Él sea Tu único soporte y te enseñe a soportarte y a soportar a los demás".

Sin embargo, la altura necesita hondura. Lo más alto busca y procura lo más bajo. Y aquí yazgo postrado, abajado y hundido en mis miserias, las de siempre generalmente o también las de estreno eventualmente. Así me encuentro y me quedo quieto, sin hacer nada -otra vez: sin hacer nada-, más que esperar a que el Bonum arrollador y difusivo y explosivo me levante y me ascienda entre aclamaciones. Esperando y clamando a que la Lux que no dobla y que todo lo mejora me saque del país de las tinieblas donde acostumbra a pasear el hombre caído, y me restablezca en la claridad primordial.
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(Jan van Eyck, El Cordero Místico.)
Por eso te adoro con mi pecado, ¡O Bonitas! Te adoro gracias a mi pecado, Luz de mi ser, y celebro Tu misericordia sempiterna y vencedora que todo lo dora ya que al fin, al fin, solo esto es lo que importa. Esto es lo que Tú quieres... Mas en el Cielo te amaré sin pecado, porque allí el pecado no entra. La miseria de la humanidad no ingresa en el Paraíso. El pecado que has quitado del mundo como Cordero degollado no tendrá cabida en la Eternidad. Lo que has aniquilado aquí no estará Allí. Todos mis pecados -y los de todos los hombres de todos los tiempos- los has borrado ante la vista del Padre. Pero, entonces, ¿dónde está lo terrible de volver a pecar, de reincidir en el infinito delito? En la ingratitud, en el desamor y en la desobediencia. O en el mal uso y abuso de la libertad. Hago enojar al Padre cuando no aprovecho y vivo de la Sangre del Cordero. No tendré parte en el cántico nuevo si ahora desentono con mis infidelidades, insufribles y detestables. ¿Tan difícil es ser libre cuando la verdadera libertad brota de la intimidad de mi ser que persigue la Beatitud? ¿Dónde radica la dificultad de ser fiel al Creador cuando esto es lo propio de mi naturaleza humana ("infidelitas est contra naturam")? El Cordero me compró, y ¡a qué precio! ¡Es su Sangre, imbecillitas intellectus! Repito: es su Sangre preciosísima y purísima; no es broma, ni oro ni plata. Fue un negocio grave, un intercambio admirable. Soy su propiedad: no me pertenezco -¡oh falacia del libre albedrío secular!-.

"Arcilla en manos del alfarero": eso soy. 

(Caravaggio, San Juan el Bautista.)