lunes, 15 de enero de 2024

Nueva creación, nueva creatura.

 Mc 2, 21-22

A Evangelio: cuerpo nuevo, mentalidad nueva, corazón nuevo.

El Evangelio tiene que necesariamente hacer reventar la personalidad antigua; la bestia pasada y pesada de cargas y rutinas -convencionales, insulsas, extenuantes, absurdas...
Se pierde la Gracia al tiempo que se derrama y extravía aquel "buen nombre" que intentaba atolondradamente y cándidamente acoger la Buena Noticia: el nombre de aquel hombre viejo debe morir, aquella reputación mundana del Yo vanidoso tiene que perecer antes de la decisión total y del riesgo seguro por vivir el Evangelio completo: el vino fuerte y fresco que revitaliza todo el ser. Y que salva.

Siempre habrá tirantez, siempre habrá tensión extrema, siempre el conflicto y hasta la contradicción en el hombre interior que busca pero que no acaba de rasgar ese ropaje de miserable bufón que lleva desde la temprana adolescencia, de quitarse por fin el vestido viejo de su existencia -creyente, social, ideológica, afectiva...-, de desnudarse a la vista del mundo en la plaza pública ofreciendo un espectáculo digno de lástima mas también digno de gracia e incluso de escándalo. Una escena que cause risa y confusión, sí, y furias contenidas... Por saberse desnudo, pero antes por haberse animado a arrojar lejos de sí el aspecto andrajoso y lamentable de una indumentaria que no es hecha a la medida de uno, de una vestimenta inferior al hijo del hombre creado a imagen de Dios. Porque más ridículo y patético, profundamente trágico, es el continuar zurciendo el vestido viejo con retazos de paño nuevo; con arranques creativos que se frenan, con instintos santos que no se siguen como fiel sabueso de olfato distante, con tímidas reformas de hábitos esenciales, con impulsos vitales que no logran sostenerse ante el opresivo Cronos, y, sobre todo, con aspiraciones absolutas que no devienen estilo y destino humano y divinos.

Así transcurren los días y los años como vino joven y poderoso que amenaza con estallar y echar a perderlo todo: fervor del Espíritu que se va apagando e historia personal que corre el peligro de la frustración y del rechazo subterráneo a la sostenida Gran Propuesta: la entrevista Jauja. Posibles y terribles pérdidas de una desatención a las llamadas superiores de la Consciencia. Negligencia blanda y sombría que no permite el ingreso de lo incondicional y supremo en lo cotidiano y pequeño. Triste escenario -¿¡y posible!?- de haber fallado al Propósito único e irrepetible de la propia biografía a fuer de continuas dudas, de incertidumbres mal asumidas y, fundamentalmente, del repetido aplazo a una Conversión que cada vez se torna menos impostergable -que nunca lo debió ser- y cada vez, más ardientemente perentoria.

El despojo radical es tan irrevocable como el cambio permanente.
La plaga del prejuicio se termina con la apertura valiente y sincera a lo distinto, y con la sacrificada aceptación de la Realidad -la propia y lo que hay.
La infecunda rigidez estructural se detiene -o se enfrenta- con la renovación y reivindicación de la singularidad de la persona humana, hija amada de Dios.
Tal perspectiva choca con la lógica de la ilustre mundanidad, o la del severo Fariseo de turno.
Es tan revolucionaria esta posición como usar odres nuevos para vinos nuevos o de ofrecer el vino mejor al final de las Bodas..., son las ocurrencias de un Maestro danzante que cautiva y enamora a cada paso, con su sola presencia, con sus infinitas locuras...

Y detrás está siempre la diabólica Tentación que obstaculiza el ascenso y la transformación: el angosto camino ascendente y la metamorfosis del nuevo Tabor.
Es la primordial Tentación que subrepticiamente nos adhiere más a la piel el vestido viejo y rotoso que impide la auténtica liberación.
Es la Tentación que refuerza los cueros viejos; demonios del odre ajado que no retiene el vino puro del Reino de los cielos, que es inminente, más aun, que está presente.

¡En vano sufres, alma mía, la rotura de lo nuevo con lo viejo!
¡Sal de aquella vil hendidura!
Deja de zurcir ansiosamente... la misma lastimadura.
Deja el cuero feo y viejo que te angustia.
¡Rompe el rancio odre que en nada aprovecha!
El vino de la parábola, si no se renueva, se envenena.
La vid añosa, que no se poda y se cuida, se vuelve cargosa y apestosa.

Nueva creación: nueva creatura.


H.

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