lunes, 14 de octubre de 2019

Leyendas del Mar Desconocido (I)

Muchas historias y leyendas suelen habitar en los confines más íntimos del Mar Desconocido, mi hogar. Bajo cada roca cubierta de musgo en la Isla de los Corsarios puede hallarse un mito escondido; al pie de cada pino un cuento olvidado toma forma y el viento mismo parece cantar mientras roza los afilados peñascos de aquel pedazo de suelo olvidado.

Pero de estas leyendas no hay una más soprendente que la mítica pelea entre el corazón y la mente.
Y fue que un día,  por diferencia de razones y argumentos, el corazón decidió abandonar a la inteligencia. Pues ella tenía grandes deseos de grandeza y éxito. Y se la pasaba encerrada razonando. Actitud, en verdad, insípida y estúpida.
No había nada mejor que perseguir el amor y es por ello que emprendió el viaje por montañas y mares. Siempre siguiendo el rastro de aquel que parecía eludir todas sus trampas y emboscadas.
Mucho tiempo lloró el corazón, pues no podía abrazar aquello que quería; y mucho tiempo también viajó, pues gozaba de una vigorosidad y voluntad constante. Conoció ciudades y castillos, entró en mercados y plazas pero nunca encontró aquello que deseaba.
Y fue un día, meta suspirar y latir, que cayó en un pozo del que no pudo salir por más de que lo intentó varias veces. Pues estaba lloviendo y el borde era resbaloso. Pero el corazón siguió  y siguió intentándolo durante mucho tiempo. Tan ofuscado estaba en su tarea que no se dio cuenta que en el fondo del pozo había una soga.
Ahora bien, la mente había quedado en casa, contenta de la ausencia de su compañero. "No más cursilerias" se decía "ahora me concentraré en lo importante. Y compró papel y lápiz con los que hizo millares de planes y mapas... en unos se concentraba en como lograr ser rey mientras que otros trataban sobre la correcta colocación de los cubiertos en la mesa. Tomando la Filosofía Tomista hacía las mas curiosas averiguaciones y teorías y pasaba noches en vela discutiendo consigo misma sobre si debía echar uno o dos cerrojos a la puerta, o si Platón mostraba la apología de Socrates de una manera exagerada.
Pero nada de estas cosas servían en absoluto, pues la mente no tenía en su ser el movimiento ni la voluntad. Podía debatir durante años la brillantez del sol, pero nunca salir al jardín a admirarlo. Pues a ella no le interesaban tales cosas.
Fue entonces que, un día, un cirujano pasó por la casa de la mente y la vio toda enterrada en papeles escritos y arrugados. Y como era hombre respetuoso no intervino en aquello ni llamó a la puerta, pues sabía que la mente no podría abrirla y aquello solo serviría para importunarla. El doctor siguió entonces su camino. Recorrió muchos caminos y pasó por muchas ciudades ofreciendo sus conocimientos a los necesitados.
Un día caminando por el campo, le pareció oír un sordo sonido como de rasqueteo en la  tierra. Y, asomándose al pozo, vio que el corazón se encontraba allí, el pobre todavía intentaba subir por el borde.
-Buen día- dijo el médico.
-Para usted- respondió el otro sin detenerse en su trabajo inutil.
-¿Porque rascas el borde? 
-Pues, para salir.
-¿No ves que allí, en el suelo, hay una soga con la que puedes salir?
-Oh- dijo el corazón contrariado- no lo sabía, pero de nada sirve aquello.
-¿Por qué es eso?- preguntó interesantísimo el doctor.
-Pues, porque no sé como se usa. La mente sabría, pero no me cae bien. Es muy orgullosa.- dijo el corazón cruzándose de brazos y deteniendo por un momento su tarea.
El doctor dijo entonces:
-Si te ayudo a salir ¿vendrás conmigo?
-Por un tiempo al menos, porque tengo que buscar al amor- respondió el otro.
-Pues bien entonces- dijo el médico estirando una mano.
Y, habiéndolo sacado, lo llevó a la casa de la mente. Al ver a donde se dirigían, el corazón quiso huir, pero el hombre lo sostuvo con fuerza y lo llevó cargado. Al llegar a la casa, buscó hilo y aguja y unió a las dos partes como una. Puso al corazón debajo para que caminara y se moviera. Y puso a la mente encima para que viera el camino.
Y desde aquel día se dice que el hombre no es solo inteligencia ni solo sentimiento pues uno nunca existirá en esta tierra uno sin el otro.


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El Corsario Negro

lunes, 7 de octubre de 2019

Oración para ser otro Jesús.

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Conviérteme y yo me convertiré, porque Tú, Señor, eres mi Dios.

Jer 31, 18.

16 Pero al que se convierte al Señor, se le cae el velo. 17 Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. 18 Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu.

II Cor 3, 16-18.

 (Oración colecta)
Dios todopoderoso y eterno,
que con amor generoso
sobrepasas los méritos y los deseos de los que te suplican,
derrama sobre nosotros tu misericordia
perdonando lo que inquieta nuestra conciencia
y concediéndonos aún aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

(Oración después de la comunión)
Dios todopoderoso,
sácianos con el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo,
para que nos transformemos en aquello que hemos recibido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

XVII Domingo “durante el año”.

513. La catequesis, según las circunstancias, debe presentar toda la riqueza de los Misterios de Jesús. […] 514. Muchas de las cosas respecto a Jesús que interesan a la curiosidad humana no figuran en el Evangelio. Casi nada se dice sobre su vida en Nazaret, e incluso una gran parte de la vida pública no se narra (cf Jn 20, 31). Lo que se ha escrito en los evangelios ha sido “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31). 515. Los evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf Mc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena.

Catecismo de la Iglesia Católica, Primera parte (“Los misterios de la vida de Cristo”).

Pero toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande misericordia. ¡Dame lo que me pi­des y pídeme lo que quieras!

San Agustín; Confesiones, Libro 40.

La diferencia entre Cristo y san Francisco es la que da entre el Creador y la criatura, y por cierto no ha existido criatura alguna con mayor conciencia de tan colosal contraste como el mismo san Francisco. Pero, admitida este verdad, es cabalmente cierto y de brutal importancia decir que Cristo fue el dechado que Francisco se propuso imitar, que en muchos puntos las vidas humanas e históricas de ambos fueron curiosamente coincidentes y, por encima de todo, que, comparando a Francisco con nosotros, fue cuanto menos una aproximación muy sublime a su Maestro y, con todo y ser intermedio y reflejo, un espléndido y aún así misericordioso espejo de Cristo.

Chesterton; San Francisco de Asís, Cap. VIII: “El espejo de Cristo”.

“El que me siga, no andará en tinieblas” (Jn 8, 12), dice el Señor. Son palabras de Cristo que nos exhortan a imitar su vida y sus ejemplos, si queremos ser verdaderamente iluminados y liberados de toda ceguera interior. Por eso, nuestra máxima preocupación debe ser meditar la vida de Jesucristo. 2. La enseñanza de Cristo es superior a la de todos los santos, y quien posea su espíritu encontrará en ella un maná escondido. Pero acontece que muchos, aunque escuchen con frecuencia el Evangelio, sienten poco deseo de practicarlo, porque no tienen el espíritu de Cristo. Por lo tanto, el que quiera comprender y saborear plenamente las palabras del Maestro debe asimilar toda su vida a la de Cristo.

Tomás de Kempis; Imitación de Cristo, Libro primero.

 ***

ORACIÓN PARA SER COMO JESÚS

Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre,
Dame tu imagen y tu semejanza.
Dame tu santidad.
Dame el reproducirte fielmente.
Dame tu inteligencia para tener tu lógica y tus criterios.
Dame tu voluntad para hacer tus obras y tus acciones, hasta las más pequeñas.
Dame tu corazón para poseer tus sentimientos y tus afectos todos.
Dame tu psiquis para ser sano y equilibrado como tú.
Dame tu vida para vivir como viviste y vives.
Dame tu Espíritu para vivir tus Misterios.
Dame tu Navidad y tu Pascua.
Dame tus experiencias en el Tabor y en el Gólgota.
Dame tu existencia para existir conforme a ti y mostrar tus rasgos al mundo entero.
Dame todos tus secretos para que los rumie y paladee.
Dame tus bienaventuranzas para que las cante y actúe.
Dame tus fatigas y tus labores para trabajar idéntico a ti.
Dame tus lágrimas tres veces benditas.
Dame a tu Madre, te lo ruego, Jesús mío, dámela.
Dame tus caricias para sea cariñoso a tu modo.
Dame tu pasión para vivir apasionadamente como tú y testimoniarte con esa misma pasión.
Dame todos tus sentidos internos para alcanzar tu verdad.
Dame tu humildad para hacerme de tu sabiduría.
Dame tu sentido común para andar tus huellas.
Dame tu memoria para que recuerde siempre a tu Padre.
Dame tu imaginación para que me adentre en tus fantasías.
Dame tu cogitativa para que tenga tu percepción.
Dame tus sentidos externos para que capte tu realidad.
Dame tus ojos para ver lo que tú ves y como tú ves.
Dame tus oídos para oír todo lo que sólo tú oyes y puedes oír.
Dame tu olfato para oler tus aromas y fragancias.
Dame tu gusto para saborear tus manjares.
Dame tu tacto para palpar las cosas como tú las palpas.
¡Dame tu cara!
Dame tus palabras para hablar tus palabras a los mortales.
Dame tus silencios para hacerme silencio y así comunicarte.
Dame tus testimonios para manifestar tu acontecimiento al universo.
Dame tu oración para orar como tú oraste y oras desde toda la eternidad.
Dame el convertirme en tu oración para atraer a todos hacia ti.
Dame tu fuego para incendiar la Tierra como tú lo pediste.
Dame el transformarme en tu fuego para quemar a los corazones.
Dame tu luz para ver la luz de la Trinidad y para iluminar a mis hermanos.
Dame tu fe, tu esperanza y tu caridad para ser divino como tú.
Dame tus virtudes para ser perfecto como tú.
Dame tus gustos y aficiones para disfrutar de tus juegos y recreaciones.
Dame tu entusiasmo sagrado.
Dame tu risa y tu sonrisa y que se me grabe en el rostro ahora y por siempre.
Dame tu locura para que experimente la locura de tu Encarnación y de tu Evangelio.
Dame tu Cruz para sufrir como tú y para clavarme allí, y allí permanecer.
Dame tu sangre preciosísima, y que viva ebrio en tu santísima embriaguez.
Dame tus latidos para hacerlos míos, míos, míos.
Dame tu cuerpo todo entero.

Dame toda tu forma de ser y de pensar, de sentir y de hablar, de modular y de andar, tus temperamentos y tus humores dámelos también, dame tus capacidades, dame completamente todo lo que atesores en “los más escondidos meandros de los oscuros laberintos que rodean las luminosas profundidades de tu Sacratísimo Corazón”.

Dame la transfiguradora obsesión de pensarte todo el tiempo, de buscarte, de perseguirte incansablemente, de querer poseerte y asimilarte y encarnarte; en una palabra, dame la divina manía de no poder vivir sin tu presencia y sin tu nombre.

Dame el saberte mi absoluto, mi dueño, mi hacedor, mi todo, mi vida, mi centro, mi cumbre, mi amor, mi felicidad, me encanto, mi paz, mi pasión, mi delirio, mi nostalgia…

¡Cuántas cosas más podría pedirte que me des… de ti, Señor Jesús!

Dame todo lo que, en verdad, ya me has dado pero que no siento, no vivo, no experimento, no poseo, no tengo, no alcanzo, no descubro, no veo. Eso, eso que necesito, que eres tú mismo, en toda tu humanidad y en toda tu humanidad; tu Persona: ¡eso dame! Entrégateme, “y no seré yo quien viva…”

Y todo esto que te pido, oh Señor mío, dámelo ya, ahora, en cuanto antes, en este siglo malo, en este mundo aparente, en esta tierra desolada, en esta vida pasajera.

Amén. Que así sea. ¡Ven Señor Jesús!

domingo, 29 de septiembre de 2019

Jesús en la amistad: ¿un problema o una fuente de consuelo?



*

-Se trata de Cristo Jesús -me dijo Gilberto, con voz rendida-. ¡Eso es todo!

-¿Y quién es ese tal Cristo para que yo crea en Él? -le pregunté. (Más tarde me enteraría que esta misma  pregunta se la había hecho un ciego de nacimiento al hombre llamado Cristo Jesús que aún no conocía.)

Me responde mi amigo gordo con sus enormes ojos marrones bien abiertos:

-El amor te indicará el camino-. Y allí concluyó la conversación, pero comenzó la búsqueda…

*

Todavía recuerdo aquella memorable experiencia -experiencia que aún continúa- con vivísima impresión. Fue la aurora de una mañana que me dio el secreto de un amor desconocido. Nacía en mi corazón un impulso, una inquietud, una ignorada sed. Me sentía atraído poderosamente por ese mágico Nombre que mi amigo mencionaba con tanto afecto, como si se tratase de su amada esposa, o de su adorable madre, o de algún entrañable amigo. Sí, cada vez que nombraba ese Nombre las pupilas se le iluminaban y los hoyuelos de sus mejillas manifestaban un gozo misterioso; completamente misterioso y arcano para mí. Me dolía no tener parte en ese gozo profundo. Qué tenía ese Nombre que le hacía sonreír de esa manera, casi lunática. Qué significaba ese Nombre para que lo pronunciase con tanto sentimiento y con infante emoción. Algo me explicaba Gilberto sobre Aquel a quien invocaba o evocaba con fuerte nostalgia pero yo no comprendía, no me explicaba el porqué de tanta dulzura, de tanta ternura por Ese nombrado.

Por eso, un buen día mi amigo estalló y me dijo firmemente que si yo no conocía a ese Hombre nunca podría comprenderlo cabalmente a él. Éramos amigos, amigos de verdad. Sin embargo, nuestra amistad pendía de un hilo pues ya nos habíamos hecho grandes y la relación tenía que dar un salto para ser profunda y definirse… o bien perderse lentamente hasta morir de la misma manera que la historia de la semilla que creció y con el tiempo fue sofocada entre abrojos y espinos. La muerte era inminente -y yo en ese momento no sospechaba en modo alguno que también la resurrección de la amistad lo era…

A mi amigo Gilberto yo lo quería de corazón, y aunque me costase reconocerlo, cada vez nos alejábamos más existencialmente. Él vivía una vida oculta de la cual yo no era siquiera capaz de vislumbrar. Por esta razón aumentaban las incomprensiones y las agresiones en nuestra relación. Claro, decididamente las cosas habían cambiado y ya el trato no era amistoso como lo era en la infancia donde primaba la sencillez y el júbilo, o como lo era en la adolescencia donde reinaba la compinchería y la deliciosa rebeldía. A partir de los 15 años, si mal no recuerdo, ya empezábamos a plantearnos temas serios y a cuestionarnos un montón de cosas. La diferencia entre Gilberto y yo era que él no se conformaba fácilmente de las respuestas provisorias que le daban; en cambio yo, debo confesar de que tales temas me aburrían y no me interesaba indagar más sobre los mismos. Así fue que un curioso día él se replanteó completamente la fe de sus padres y se dio cuenta, vertiginosamente, que no conocía al Cristo de su fe. Así, pues, inició todo un itinerario que a mí jamás me interesó conocer. Con todo, los años pasaban,  y yo a él lo veía cada día más distinto, más profundo y hasta más serio.

Por todas estas cosas -y más cosas- no me extrañó que él pegara el grito en el cielo, como quien dice, con respecto a mi indiferencia total ante su creencia. Yo me decía a mí mismo que lo respetaba si él creía en ese Jesús y lo amaba locamente, como decía que lo hacía. Pero la verdad era muy otra: no soportaba el hecho de que él estuviese tan obsesionado con esa Persona llamada Jesús y que a la menor oportunidad lo sacara a la luz en las conversaciones que teníamos. Y esto último no lo hacía sólo conmigo sino también con otros amigos presentes. Hasta en frente de mi familia y de mi novia lo hacía, y eso me encolerizaba. Pero yo por pura convención mundana me hacía el respetuoso y el abierto con Gilberto, como podía hacerlo con otros amigos ateos y judíos que tenía. Mas, ¡ay!, la realidad se hacía cada más intolerable; la amistad, casi impracticable.

Empero, yo a Gilberto lo conocía desde toda la vida y secretamente lo prefería a todos mis otros amigos. ¿Qué diablos tenía Gilberto que los otros no tenían y que me atraía poderosamente? Él siempre me trató bien, y si se equivocaba conmigo me pedía perdón sinceramente y con rapidez. ¡Cómo sufría yo, sin que él se enterase jamás, que no pudiera aceptarlo cordialmente como era! ¡Tan solo si ese Jesús no se hubiera metido en nuestras vidas seríamos grandes amigos y las cosas marcharían de pipas! Pero ¡qué importuno ese Jesús, qué metiche y qué asesino de francas amistades! Temía, sí, siempre temí que ese Ser invisible, lejanísimo, malograra la amistad que con Gilberto traíamos desde la dorada niñez. Ahora bien, la veracidad -o quizás el cariño genuino, ya no lo sé- pudo conmigo y me llevó a confesar que si tanto me molestaba ese Nazareno del siglo I es porque evidentemente existía. Debía de existir, porque de otro modo no podía explicarme tanta rabia y cierto malestar en mi relación amical. Tuve que confesar, no sin cierta humillación, que desde lo hondo de mí ser había alguien o algo que se rebelaba contra ese Sujeto que se había interpuesto entre Gilberto y yo.

Entonces -como apunté al principio- en una noche confidencial, mi amigo Gilberto, a quien no quería perder, habló con toda claridad y pasión, y luego de eso, me abandonó. Quedé sólo. Confundido, aterrado y aturdido. Con un amargo sentimiento de soledad inescrutable. Lo que me dijo, y todavía más, lo que obró mi amigo al haberme dejado en la más negra soledad fue lo que me llevó a iniciar el viaje que ahora les contaré…

*

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CONTINUARÁ

martes, 24 de septiembre de 2019

La amistad y los amigos: ¿un consuelo o un problema?


CARTA I

***

24.09.2019 - Cuyo
Querido amigo:
        Movido por una inspiración he decidido contestar por carta a todas tus inquietudes y cuestiones que me vienes planteando sobre la amistad de un tiempo a esta parte. La inspiración me movió a la idea de escribirte en vez de hablarte sobre estos temas que nos preocupan, pero has de saber que la razón última que anima estas líneas es el sincero amor que tengo por ti y por el resto de los amigos entrañables,  y también un profundo afán por encontrar la luz que ponga fin a las sombras que acechan nuestra bella -y ya un poco añeja- relación amical. Ojalá que esta íntima y pobre carta ilumine nuestra amistad, especialmente para que crezca el amor genuino entre nosotros, de corazón a corazón.
        Y bien. Me dices, con cierto pesar y melancolía, que la amistad nuestra ya no es lo mismo que antes. Que desde cuándo se ha tornado la amistad un problema. Que porqué hay cada vez más rencillas que antes no existían, o si existían eran pocas y se resolvían con rapidez. Que cómo es posible que ya no exista una confianza total entre todos, que cada uno se refugie en su caparazón y mida al otro con tanta distancia. No puedes creer tampoco que abunden tantos prejuicios, que existan resentimientos y susceptibilidades, que se manifiesten a menudo destratos y agresividades, que haya tanta incomprensión, y en consecuencia, tan poca compasión con el amigo de siempre. Y por último, que los deseos y el entusiasmo por los altos ideales estén en peligro de extinción. Estos interrogantes que te agobian y que hemos conversado algunas veces son los que ahora intentaré hacerles frente procurando vislumbrar alguna respuesta satisfactoria que remedie, al menos como punto de partida, los males y errores que se han deslizado en el seno de nuestra preciosa amistad.
        Sin mucho orden dejaré que mis cavilaciones sobre estos caros temas broten de mi alma y tiñan esta carta confesional, y, al mismo tiempo, pertinente -si es que no es urgente-. Por eso, lo que me falte en la misma, por escribir así de excitado, te ruego que lo atribuyas a mi impulso amical y a mi deseo de hacerte saber todo lo que siento y veo al respecto. Es importante que leas entrelíneas mi recta intención y mi cariño auténtico, para que así puedas completar lo que a mí me faltare en este mensaje, y juntos podamos arribar a una verdad común para bien de la amistad y consuelo de nuestros corazones.
        Así las cosas, amigo, lo primero que se me ocurre decirte es que quizás el problema de fondo en esta amistad y en toda amistad sea la falta de amor o del desamor fruto del desconocimiento o de la ignorancia. Para que haya amistad verdadera tiene que haber primero verdadero conocimiento del otro; tiene que reinar la verdad de la otra persona tal y como es, y de la relación en sí. Te sonará verdad de Perogrullo lo que te digo pero desgraciadamente esto sucede en toda relación humana y mucho más de lo que uno cree. Podremos decir con San Agustín incansablemente que “nadie ama lo que no conoce”; no obstante, pareciera ser que no nos molestamos demasiado en conocer bien, en conocer profundamente la “res”, la cosa, la realidad -en nuestro caso, al amigo-. Puede conspirar contra esta verdad elemental -que sin conocimiento total del otro no llegaré a amarlo de verdad- varios factores. Por ejemplo, y sin un orden de prioridad, los prejuicios minan este conocimiento real, y, por ende, dañan el trato amical -viril, franco, sincero-. Es extremadamente fácil y frecuente prejuzgar o juzgar precipitadamente al ser querido -todavía más, aunque resulte contradictorio, que al extraño-. Entonces sucede que me fabrico una idea de mi amigo que no existe, o que existe parcialmente  -lo que equivale a decir que tampoco existe porque la verdad es íntegra y no fragmentada-. Así es como llego a temer y reverenciar la idea de amigo que tengo sobre alguien, o llego a rebelarme y pelear con la idea de amigo de otro, o llego incluso a querer y respetar la idea de amigo de otro más que habita sólo en mi mente. En definitiva, el problema es siempre el mismo: la falta de conocimiento real y experiencial del amigo de carne y hueso que tengo en frente. Le quito o le añado cualidades que no tiene. Claro que generalmente tiendo a sumarle errores y vicios, que adornarlo de virtudes y talentos. Pero ambas cosas suelen suceder, y si es lo último se trata de una ramplona idolatría o adulación. Más si se trata de lo primero, generalmente es envidia o egoísmo a secas. Como sea, siempre es dañino anidar prejuicios sobre el amigo, y nunca mientras éstos existan se podrá avanzar en la amistad real fundada en la verdad completa y en la caridad cristiana.
        Otro atentado a este hondo conocimiento del amigo es el resentimiento. El resentimiento es una pasión corrompida y peligrosa, insaciable y desproporcionada, que me lleva a defenderme de todo aquel que me ha inferido algún mal o algún agravio. Los amigos se tratan asiduamente, y por lo mismo, se rozan continuamente. Si no manejo bien esta pasión que nace de la ira, tarde o temprano terminaré encapsulándome y dejándome intoxicar por el rencor que les tengo a todos aquellos “amigos” que me han herido a lo largo de los años de amistad. ¿Cómo se llega a tenerle rencor-resentimiento a un amigo de la tierna juventud? Por muchas razones, pero diré algunas. La primera seguramente, y creo no equivocarme, es el orgullo, el terrible amor propio. Éste no me permite ver con ojos limpios y con buen corazón la “buena leche” de mi amigo, o incluso las fallas reales de mi amigo pero que son inintencionadas. Entonces mi amor propio queda profundamente herido y no acepta lo que hizo el otro, ya sea hace 8 años, o ya sea hace una hora. Lo mismo da, porque la memoria del resentido es vivaz e implacable: no deja pasar una. Y no perdona, no sabe perdonar y olvidar los choques del pasado para que las heridas cicatricen  y la relación renazca con nuevo vigor y frescura.
        Hay más para decir sobre los prejuicios y el resentimiento, pero esta carta no ha de terminar en un ensayo, querido amigo. La cura a estos males son siempre el realismo humilde, o dicho de otro modo la humildad y la veracidad -que casi se confunden estos términos entre sí-. Mientras más consiente soy de “mi” verdad ante Dios, ante mí mismo y ante el universo, más fácil se me hará tratar a los hombres, especialmente a los más cercanos. Y sin afectaciones, ni trabas ni reparos, ni dobleces de ningún tipo. Los trataré sencillamente -sin actuaciones-, espontáneamente -sin cuidar demasiado mis palabras y mis gestos-, directamente -sin premeditar sobre lo que piensa o siente el otro con respecto a mí-. En una palabra, verazmente. La veracidad en el trato cura, sana, ayuda al pensar bien y al sentir bien. Es sinónimo también de transparencia -¡cuántas cosas se ocultan entre amigos!- y hasta de candidez: sin llegar a ser inmaduro y niñato, puedo tratar al amigo con sana infantilidad. Y este modo de proceder me llevará a la humildad, y viceversa. Trabajaré la humildad, primero, en la soledad de mi relación con el Creador: allí me reconoceré y me confesaré criatura pecadora una y mil veces -hasta la muerte-, y desde allí se expandirá la magia y el remedio de saberme nada y de necesitar al amigo sabiéndolo también un miserable pero alguien indispensable que me ayuda a ser feliz y a “llegar en bondi al Cielo” juntos. Es dulce contemplar esta verdad e intentar -y alentar a- vivirla entre amigos parejamente. ¡Cuánta libertad da!
        Pero debo seguir, querido amigo, para no cansar. Tomando lo último que anoté, la libertad, ¡qué necesidad hay de caer en la cuenta que la vera amistad se da entre hombres libres! Y volviendo aún más atrás, ¿acaso el prejuicioso o el resentido o el orgulloso pueden ser libres? ¿Acaso no están encarcelados en las construcciones fantasmales que se han hecho de sí mismos y de los otros? Y no exagero si pienso que por momentos, más que una cárcel, debe ser un infierno para el que es víctima de sus temibles fantasmas. En este caso de la amistad, es una desdicha ser así y vivir con esto porque sencillamente me va dejando sólo, me va aislando de los amigos: de aquellas personas que más me quieren y me conocen. Me encierro cada vez más dentro de mis muros impenetrables y me torno más insoportable, más arisco y menos amable. Me vuelvo incapaz de dar y recibir ternura, de dar y de oír un consejo, de dar y recibir misericordia, de abrirme y dejar el corazón al descubierto entre los íntimos… Obrando así, ¿quién querrá ser amigo mío? O bien, ¿qué clase de amigo puedo ser? No puedo ser amigo de nadie si ni siquiera puedo ser amigo de mí mismo. Si no estoy en paz conmigo mismo. Como dice Aristóteles, lo primero en la amistad es ser amigo de uno mismo. Puede pasar que uno mismo no se comprenda, ni se aprecie correctamente ni se sepa tratar como corresponde. ¿Y cómo es que desemboqué a semejante aislamiento y orfandad en la amistad? Por error y por vicio. Por no ver con la inteligencia y no obrar con toda la voluntad: ver la realidad e ir tras ella con todas mis fuerzas. Los afectos me jugaron una mala pasada y me terminaron desequilibrando, incapacitándome para ser un buen amigo. Las susceptibilidades me derrumbaron. Las pasiones me tienen dominado. Y con todo esto nos relajamos y conformamos amistosamente creyendo que podemos así “ir tirando”…
        No quisiera, querido amigo, que a esta altura de la carta te vayas tomando ciertas cosas que expreso a modo personal. Para empezar, todo esto que te confieso es porque lo veo primero en mí como un gran riesgo, y como una carga que tengo que soportar y como una serie de obstáculos que debo superar. Lejos estoy de ser un ejemplo de amigo y de estar libre de todos estos errores y vicios que voy mencionando en el transcurso de la carta. Es importante que esto te quede bien en claro para que juzgues correctamente lo que quiero decir y para que saques provecho de lo que diga. Aclarado esto, avanzo tecleando...
        Ya cité a Aristóteles como autoridad en este tema, quien también ha dicho un montón de cosas más sobre la amistad que son de una claridad impresionante y que son, además, una lección siempre actual. Es para aquí y ahora, para nuestra amistad, y todo se puede y se debería aplicar sin inconvenientes. Entonces, por ejemplo, dice el Filósofo que hay tres grados de amistad fundados en: la virtud, el placer y el interés. Si la amistad está fundada en lo primero, es una amistad profunda -traducida a nuestro idioma, es católica-. Si está fundada sobre lo segundo y tercero, es amistad, pero una amistad superficial. Dentro de la amistad fundada en la virtud siempre se puede crecer de más en más, como castillo cimentado sobre columnas firmes y seguras. También dice el Filósofo que la amistad se dará entre semejantes o los hará semejantes. Claro, porque si la amistad es verdadera, y entonces hay amor, el amor es unificador: acá está el secreto por el que decían los Antiguos que la amistad “es un alma en varios cuerpos” (como de los Santos Basilio y Gregorio Nacianceno, o la de David y Jonatán). La amistad primera y mejor empieza a decaer o a corromperse cuando pasan a predominar el placer y/o el interés sobre la virtud. ¡Y no es tan difícil que esto pase, querido amigo, porque lo difícil  radica precisamente en ser virtuoso y amigo de la virtud! Ser amigos en y por la virtud es arduo y áspero pero sólo en ella es que se cumple lo primero que decían Aristóteles y los Antiguos al hablar de la amistad: que es “una ayuda para la Felicidad” y “el Don más grande que los dioses les han otorgado a los mortales”.
        ¡Qué bien haría volver a leer a los grandes que nos han iluminado con respecto a la amistad! Mucho más hay para aprender de Aristóteles, por caso cuando habla de la virtud de la “urbanidad” o “finura de espíritu”. Por desconocer y/o descuidar esto es que muchas veces nos hacemos daño en los encuentros amicales y malogramos una noche de ocio y eutrapelia. Ésta virtud, que está relacionada con la cortesía y el buen humor, se refiere a la elegancia, dignidad y decoro en el trato con los demás. Tiene que ver con los buenos modales en público, y a la atención y respeto que le debo al próximo. Se despega de sus dos extremos opuestos, según el Filósofo, de la bufonería/frivolidad y de la rusticidad/hurañía. El primer caso es de aquel amigo que siempre se la pasa haciendo chistes y  hablando de temas superficiales. El segundo caso es de aquel amigo amargo que no tolera humoradas y que es de pocas y secas palabras. Ambos tienen en común que no saben hacer bromas (ubicadas, atinadas, oportunas) al otro y que no aceptan ser objetos de chanza y “tomadura de pelo” entre amigos. Al menos en lo social, ¡cuán repetidas veces caemos en estos extremos por faltarnos fineza de espíritu o simplemente delicadeza!
        Me fui un poco, pero así como se dice que “Dios está en los detalles”, también podríamos decir que “la amistad se define en los detalles”. En torno a un fogón, entonados y con mucha bulla, “todos somos amigos”. Ahora bien, la amistad se afina y se pule en el contacto personal y directo entre un amigo y otro. Allí se manifiesta, de hecho, lo más propio, lo más hermoso y puro de la amistad. Allí está la realidad, en todo su esplendor, y a veces, en toda su crudeza. Pero siempre la verdad es lo que me hará libre, feliz, sano y bueno. ¡Ojo!, aunque duela y cueste, pues siempre la amistad real entre hombres de verdad tiene su precio y su prueba. Sin embargo, prefiero mil veces sufrir lo que haya sufrir cuanto de la amistad y de mis amigos se trate con tal de degustar y disfrutar -desde ahora, y ni qué hablar con el tiempo- a amigos virtuosos, auténticos y, si Dios lo quiere, santos.
        Amigo querido, siéndote honesto, tengo mucho más para compartirte y comunicarte al respecto, pero ahora sí que podría abusar de tu benevolencia y de tu paciencia. Dime, primeramente, tu parecer con esta misiva confiada, y luego vemos si continuamos este intercambio epistolar.
        Cordialmente,
tu amigo y hermano.  

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domingo, 8 de septiembre de 2019

Soy zamba: una mirada reflexiva (II).

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  En una entrada allá por Marzo relatamos en esta bitácora la aparición misteriosa de un ser mágico que, aunque creíamos en su esencia, nunca imaginamos su existencia. Y así fue que, en una noche memorable, este ser tomó una carnadura que nos dejó absortos. Nos referimos a la Zamba, que aunque su artículo sea femenino, su ser está más allá de los géneros. De hecho, adoptó la figura de un anciano tan antiguo como la organización de las capas geológicas de nuestro suelo argentino. Sin embargo, Zamba volvió a ausentarse por varios meses hasta que nuevamente se volvió a aparecer en este mes de Septiembre en todo su esplendor, casi desafiando al calendario para que adelante la primavera. Con todo, no relataremos aquí cómo fue que se apareció, en qué contexto y a quiénes se les apareció (vale aclarar que el número de discípulos de la Zamba aumentó notablemente desde el último encuentro zambero; y sigue en aumento...) Lo que haremos, a modo de continuación del último relato zambero, será reflexionar un poco en torno a Ella, la Zamba, y a su universo maravilloso oculto a los ojos curiosos.

   Pues, bien. No exageraríamos primero al afirmar que: la zamba es el amor, el amor es la zamba. Difícilmente haya una zamba que no mencione el tópico del amor, o al menos, no haga alusión a dicho tema. El amor atraviesa todas las zambas; las de ayer, las de hoy y las que vendrán. El amor siempre es el motivo para escribir una zamba. El amor es el motor que me impulsa a tomar una guitarra y rasguear una zamba. El amor es a la zamba lo que la generosidad es a la chacarera. Y con el amor, la melancolía es a la zamba lo que la cólera es a la chacarera -doble-. En verdad, la zamba se da con todos los temperamentos. Se hace con todos. No excluye ella de por sí, aunque sí exige atención y dedicación. Se abre al que guarda silencio y vigila su pathos. Su poder lo da al amante peregrino: cura heridas, consuela corazones, alegra espíritus, ilumina mentes y fortalece a los débiles. Uno al retirarse de su presencia magnética, reparadora y liberadora, queda mejor: más bueno, más simple, más contemplativo. Su efectos son muchos pero pocas veces se perciben, lamentablemente. Si supieran los secretos de su magia muchos acudirían a ella. Ella se entrega; no obstante, existe una disciplina para recibir sus bienes. Los discípulos de la zamba cada vez son menos...

  Y al tema del amor -el cual se podría reflexionar mucho más, pero baste lo dicho como disparador para futuras cavilaciones-, se le añade el de la nostalgia. Decir que la zamba es esencialmente nostalgiosa es decir casi una verdad de Perogrullo. Alcanza sólo con oír los primeros acordes de una zamba cualquiera para experimentar ese sabroso sentimiento de plenitud y de insatisfacción al mismo tiempo, paradojalmente. Esa sensación quemante, hiriente, que a uno lo hace suspirar profundamente o sencillamente taparse la cara con la boina en señal de rendición, o mejor dicho, de abandono. El término nostalgia mismo puede ser que escasee en el denominado "zamboral" [de santoral], pero todos sabemos que la nostalgia es el pneuma que sopla zamba tras zamba, con aires edénicos, con promesas "farrusíacas"[de parusíaco]...

  La zamba también es un gran antídoto contra el espíritu que hemos dado en llamar "farrusaico" [de farisaico]. La zamba te obliga a apegarte de lo tuyo, a la tierra en la que naciste y a la que has de volver, a todo lo que te define como persona y te hace ser lo que sos: tu patria, tu familia, tus amigos. Por eso la zamba bien puede ser la verdad, o la que lleva a la verdad. En las zambas hay verdades terribles, agudas, patentes. La zamba tiene su "zambanario" [de leccionario]. Uno si lee y rumia y oye las zambas no puede vivir más tiempo en la ignorancia. Y el espíritu del zambero se ha de ir afinando e iluminando a medida que más zambas se vaya aprendiendo. Éste acopio de zambas que se va atesorando en el corazón es un arma y un escudo para los tiempos de "zambapostasía" que estamos viviendo. Cuando se necesite refutar a los enemigos de la zamba se hallará en las mismas letras zamberas la respuesta precisa, o bien cuando se urja una defensa a tanta música siniestra y corruptora se tendrá versículos de zamba en el alma para el solaz y la recreación. La zamba, en medio de un mundo tan bullanguero y chabacano, es un ancla y un refugio. Y predispone a lo que recientemente se ha nombrado como "farresía" [de parresía]: virtud o cualidad del hombre que sabe farrear a tiempo y a destiempo, con franqueza y con coraje,  sin importar el qué dirán y el cuánto son, farreando sin cesar hasta el hermoso canto del zorzal.

   Para ir concluyendo estas tímidas -y atrevidas- reflexiones, somos consientes que mucho más podría comentarse sobre la zamba o, sencillamente, pensar la zamba (y no solo cantarla). De hecho, algún zambero por allí sugirió que podría escribirse como un vademécum zambero que podría titularse "Para zambarte" [de "Para salvarte"; del padre Loring]. En este libro estaría el catálogo de todas las zambas existentes, con sus historias, sus etimologías; todo. Clasificadas inteligentemente: por ejemplo: aquella zamba insuperable, que se rebele violentamente a cualquier etiqueta, se la llamaría "zamborombón"; o aquella que produzca una vehemencia romántica y belicosa al mismo tiempo se la nombraría "zambón" o "zambomba" o "zambonazo"; la que tuviese un aire mítico, "zambómbur"; la que sonara melifluamente (Cfr. zambas de "Los del Portezuelo") se le diría la "zambala"; la que fuera tímida, sencilla y pequeña, la "zambita"; y así sucesivamente. Además de esto, habrían patrones y padres de las zambas, como Zambasilio, Zambeda o Zambuenaventura. Habrían zambas ortodoxas y zambas herodoxas, zambas canónicas y zambas apócrifas. Toda la historia de los concilios zamberos. Una guía para aprender a contemplar zambas y dejarse llevar por sus alas (¿la santa escala zambera?). Incluirá un "zambómetro". En fin, un índice mucho más amplio podría tener este proyecto apostólico zambonero. Pero se trata de una idea peregrina, nomás...

   Conclusión: quedó en el tintero desarrollar lo que se habló en el último encuentro zambero sobre la relación entre el zambero, la zamba y el tiempo o el Cronos. Pero quizás otro teórico de la zamba se anime a exogitar esta significativa vinculación. Por lo pronto, nos animamos a invitar y a alentar para que haya más gallardos unidos en la pasión por las zambas o por La Zamba. ¡Que un puñado de leales zamberos es suficiente para que la llama de la Gallardía zambera no se apague!

¡Salud por la Zamba!


Ps: a continuación van las dos listas de zambas ejecutadas en los dos últimos encuentro zamberos, respectivamente.

Primer encuentro zambero (Marzo):
1.       Guitarra prestada- José Adolfo Gaillardou - Roberto Rimoldi Fraga
2.       Amor y distancia- Cabeza/ Saravia
3.       Jamás- Juan Carlos Speciale
4.       Mi Luna Cautiva- Chango Rodríguez
5.       Sapo Cancionero- Jorge Chagra 
6.       Yo vendo unos ojos negros- Cecilia Echeñique
7.       Campanitas- José Razzano
8.       Esquina al campo-  Juan Carlos "Canqui" Chazarreta
9.       De mi madre- Chango Rodríguez
10.   Zambita para llegar- Marcelo Ferreyra
11.   La Salorenceña- Jaime Dávalos
12.   Zamba adentro-  Ernesto Cabeza/Víctor Zambrano
13.   Paisaje de Catamarca- Rodolfo "Polo" Giménez
14.   Mis sueños- Peteco Carabajal
15.   Entre la noche y yo- Facundo Saravia
16.   Zamba como las de antes- Ica Novo
17.   Zamba de abril- Chango Rodríguez
18.   Zamba del tiempo lejos- Arturo Dávalos
19.   En mi recuerdo- Pancho Figueroa
20.   Zamba para decir adiós- Argentino Luna
21.   Coplas del olvido- Patricio Quirno Costa/ Angel Dimeo
22.   Niña de Salta- Chocobar
23.   Para quedarme en vos- Intérpretes: Los Chillado Biaus
24.   La bandeña- Félix Dardo Palorma
25.   Zamba para Javier- Ignacio Anzoátegui
26.   Zamba de marzo- Pancho Figueroa/ Luis B. Zamora
27.   La recordada- Zaraik Goulu/ Figueroa
28.   Para volverte a querer- Figueroa/ Zaraik Goulu
29.   No hay nada como una Zamba- Facundo Saravia
30.   La cerrileña- Saravia
31.   Caminito de mi pueblo- Polo Gimenez
32.   Viento lento- Julio Reynaga
33.   Tiempo cereal- Letra: Jaime Dávalos/ Música: Ernesto Cabeza
34.   Tiempo dorado- Ernesto Cabeza/ Jaime Dávalos
35.   Zamba y acuarelas- Raly Barrionuevo
36.   Zamba de un verano-  Daniel Paz
37.   Camino hacia la Puna-  Víctor Hugo Barrojo
38.   Himno a Tucumán-  Carlos Rodríguez Drake
39.   No quieras abrazarme-  Damián José Paz
40.   Siendo tan linda la vida-  María Wernicke
41.   Cosas nomás-  Lalo Herrera
42.   Para que cantes conmigo-  Mariano Coll
43.   La Misma Estrella-  Ernesto Cabeza
44.   Salta te canto-  Los Chalchaleros
45.   Mi Cielito-  Oscar Valles
46.   Zamba del tiempo amor- Marcelo Ferreyra
47.   La Llamadora- Felix Dardo Palorma
48.   Hacia el final-  Pancho Figueroa
49.   Te dejo mi verdad-  Pancho Figueroa
50.   (La 50) Muero lejos de ti- Roberto Ternán
51.   Miéntele a mi corazón- Luis Reinaldi
52.   Zamba para la noche- Juarez
53.   A Pepe Guirro- Payo sola
54.   De ausencias-Raúl Carnota
55.   Zamba de Usted-Félix Luna
56.   Si por Jujuy- Juán Ernesto Gonzalez
57.   La Nochera- Letra: Jaime Dávalos/Música: Ernesto Cabeza
58.   Zamba para mi tristeza-Leónidas de Jesús Corvalán
59.   Zamba por vos- Alfredo Zitarrosa
60.   La López Pereyra- Artidorio Cresceri
61.   Zamba de un triste - Jaime Dávalos 
62.   Recordandote- Alfredo Zitarrosa
63.   A Ernesto Cabeza- José Ferrari
64.   Zamba de ella-  Hugo Rados-Félix Saravia-C.E. Uriburu
65.   Cosas de mi soledad- Fernando Arnedo
66.   Provinciano en B.A. - Félix Luna
67.   Vivo en tu amor- Letra: Jaime Dávalos/Música: Ernesto Cabeza
68.   La Guitarra perdida- Letra: José Ríos/Música: Ernesto Cabeza
69.   Zamba para mis amigos- Robustiano Figueroa Reyes
70.   Mientras bailas- Roberto Cantos
71.   Esplendor del dia- Zaqueus de la Guerma
72. La tempranera- León Benarós

Segundo encuentro zambero (Septiembre):
1. Zamba de mi esperanza
2. Zamba por vos
3. Sapo cancionero
4. Yo vendo unos ojos negros
5. Luna cautiva
6. Jamás
7. La llamadora
8. A los chalchas
9. Zamba de los Chalchaleros
10. Lloraré
11. Esquina al campo
12. Campanita
13. La nochera
14. Zamba y acuarela
15. La López Pereyra
16. Zamba para mi hijo
17. Tiempo cereal
18. Niña dormida
19. Zamba de un atardecer
20. La algarrobera
21. Dos en un sueño
22. Zamba de un triste
23. Vivo en tu amor
24. Zamba del tiempo amor
25. El amor se va
26. Zamba enamorada
27. Para quedarme en vos
28. Para que cantes conmigo
29. La sanlorenceña
30. Pa´ don Rosendo
31. Zamba de Abril
32. Mi cielito
33. De mi madre
34. La federala
35. Pulso de jazmín
36. En esta ausente
37. Coplas a la luna
38. Cosas nomás
39. Mientras bailas
40. Zambita para llegar
41. Himno a Tucumán
42. Si por jujuy
43. Zambita del nochero
44. De ausencias
45. Zamba de Marzo
46. Zamba adentro
47. Zamba de la soledad
48. Tiempo dorado
49. Tierra Salteña
50. Zamba para la noche
51. A que volver
52. A Pepe Guirro
53. A tu ausencia
54. Me muero lejos de ti
55. Para que escuches
56. Miéntele a mi corazón
57. Patio de la casa vieja
58. Engañera
59. Zamba de los yuyos
60. Partir
61. Querencia de mi sentir

62. Zamba de acción de gracias