martes, 19 de enero de 2021

Otra crónica cuyana

 

Mi historia con el "Dúo Nuevo Cuyo". 


No guardo recuerdos de la música cuyana en mi infancia. Difícilmente podría evocar la primera tonada, cueca, gato o valsesito cuyano.  Sin embargo, al llegar la adolescencia, sí que podría acordarme de cómo dos hermanos pudieron conducirme a una experiencia estética completamente desconocida para mí hasta entonces. A través de la música y del canto, las Musas de estos artistas lograron apoderarse de mi corazón. Y no conformándose con tenerme cautivo, esas Musas implacables provocáronme una herida que no cicatriza…

Los hermanos de los que hablo son Gustavo y Guillermo Micieli. Juntos, conforman el grupo musical “Dúo Nuevo Cuyo”. Todavía me acuerdo abandonando la niñez, con imágenes imprecisas, sosteniendo el disco “Cariño bonito” para luego escuchar canciones, por entonces aburridas y lejanas, grabándoseme con especial intensidad “A mi compadre”. Con todo, a pesar de haberlos escuchado en casa desde un equipo de música vetusto, nunca me atrajo ese conjunto. Hasta que…

Un buen día asistí a una peña folcklórica organizada por un grupo de amigos. Entre estos amigos se encontraba el no menos conocido guitarrero y cantor Cilantro Berlín -de hecho, él fue quien había invitado a los dos Micieli-. Yo tenía alrededor de 15 años. Aún puedo rememorar el impacto que produjo en mi alma la aparición en el escenario de estos personajes singulares que vestían de negro y que poseían largas cabelleras. También puedo acordarme la introducción que el compadre Berlín hacía, contándonos de modo ameno, sobre cómo estos hermanos se “convirtieron” a la música cuyana al escuchar una tonada sentida, luego de haber incurrido por otros ritmos musicales, incluyendo el Rock pesado. Decía con jocosidad el presentador: “Lo único que han conservado del Rock son las pilchas y las mechas”. Efectivamente, no podía dar crédito a que esas dos personas frente a mí con guitarra en mano pudiesen tocar y cantar música cuyana…

Contrariando mis prejuicios y estrecheces de adolescente imberbe, estos dos sujetos vestidos de noche y con sus melenas al viento, robaron mis ojos por un tiempo inconmensurable. Captaron esa mi atención furiosamente dispersa de mis años más tiernos. Es conocido el desgano constitutivo del puberto que busca desesperadamente su identidad y la libertad. Pocas cosas lo entusiasman. Se requiere de un arte sublime para conquistar a un mozalbete. En mi caso, jamás olvidaré cómo el Duo Nuevo Cuyo pudo hacer eso conmigo: ¡extasiarme! ¿Cuál fue el embrujo de antaño, aquel hechizo intempestivo?

No fueron, decididamente, las vestimentas susodichas porque si bien suscitaron curiosidad, la inquietud de aquella época me sugería volver a mis naderías. Y cuando estaba por regresar a las ocupaciones de zagal en una peña cualquiera de un día soleado, pude oír lo siguiente que despertó en mi interior unos duendes extraños, y, al mismo tiempo, familiares:

“Este canto cuyano, señores…”

Aunque hubiese querido proseguir la marcha, no hubiera podido: el caballo de Troya hallábase en los antemurales de mi castillo interno. El asedio fue de un prodigio inexplicable, maravilloso. Supe que estaba derrotado. Las Musas cuyanas lo habían incendiado todo, hasta la recámara más escondida. Por culpa del Dúo Nuevo Cuyo sufro de esta locura transida de nostalgia que se llama Cuyanismo o Cuyanía. O más sencillamente, Cuyo. 

Desde entonces, mi vida cambió. Todo tiene aire de vendimia, olor a vino, perfume a jarilla, forma de acequia, sabor a despedida, gusto de amistad. Todo lo someto al lirismo de nuestra poesía peculiar. El mismo sentimiento de patria se actualizó al contacto con el ritmo de nuestra música regional. El canto de nuestra tierruca movilizó las fibras más íntimas de mi ser. Empecé a dejar de estar tan desorientado por entrar en comunión con mi raíz. Lo que estaba aconteciendo no lo podía racionalizar. Con el tiempo, lentamente, fui descubriendo dos cosas…

La primera fue la importancia y el significado profundo de todo lo cuyano en mi vida. Lo segundo -y aquí está mi gratitud emocionada- fue la influencia que ejercieron estos dos mendocinos en mi vida: Gustavo y Guillermo. Tal vez ellos jamás se enteren de mi secreta admiración y hondo agradecimiento. Ellos me inspiraron, es decir me transmitieron el gusto por la belleza, lo que constituyó un hito para mi andadura de peregrino. Por ellos vislumbré algo más elevado, entreví algo superior que me empujaba al ascenso. ¿A ascender de qué o hacia qué? No lo sé muy bien. Quizás alzarme de la inmundicia de nuestra música actual, ajena a nuestros orígenes y derroteros. Música que nos aleja de nosotros mismos y de nuestros hermanos es la música que no es cuyana. Como joven sospecho que mi testimonio es todavía más fuerte -¡y confío en ello!- puesto que quisiera exclamar que nuestra música de Cuyo no es “para viejos”. No. Es para corazones en búsqueda apasionada de vida y de verdad. Quizás hacia algo más verdadero y genuino elevaban -y todavía elevan- las voces y guitarras de estos hermanos solidarios.

Y en este punto, el Dúo Nuevo Cuyo, desde hace más de 20 años, ofrece un servicio impar que hasta la fecha no ha sido justipreciado. Mientras la gente frívola sigue su curso ligero, estos aedas del canto cuyano deleitan a un puñado de paisanos que se resiste a ser inauténtico y banal como melodía comercial. Por todo ello -y más cosas que pensaría y aun diría en un fogón de compadres-, brindo por el Dúo Nuevo Cuyo; hermanos mayores míos que guían sin saberlo, que consuelan sin buscarlo, que confortan sin quererlo. 






viernes, 1 de enero de 2021

Carta al Niño de la cueva belenita.

《La adoración de los Reyes Magos》de Rubens
 

"HOY NOS HA NACIDO UN SALVADOR, EL MESÍAS, EL SEÑOR".

 

Querido Niño Jesús:

Escribo estas humildes palabras, en acción de gracias por tu venida. ¡Qué misteriosa es la vida de la Fe cuando las cosas no salen como uno lo espera!

Hace ya tiempo que la oscuridad del corazón me llevó a un viaje inesperado, a las profundidades inhóspitas del abismo. ¡Tú lo sabes bien, Niño de Belén! Yo no lo presentía, pero siempre estuviste conmigo.

En aquellas frías cañadas fui descendiendo lentamente. La soledad y la ceguera, lo envolvían todo. Tuve cientos de intentos arrebatados por encontrar la salida, mas, el resultado era lo contrario: tropezaba, y caía más y más.

Recuerdo cuando en mi confianza pensaba: “Ya es hora de otra prueba Jesús, mi corazón está listo…” Qué tonto, qué ignorante fui, casi como cuando Pedro te aseguraba que iría incluso a la muerta contigo. Así fue como, a la hora de la tempestad, desesperé y me enfurecí contra el cielo.

En aquellas profundidades, abatido y herido el orgullo, una vez más, como de costumbre, adopté la actitud equivocada. No esperé con mansedumbre que venga el buen pastor, sino que me afirmé en mi soberbia, y en un acto de rebeldía decidí yo mismo buscar la salida.

Medito ahora sobre esto, y me resulta difícil imaginar la ternura con que me mirabas.

Pero el camino fue empeorando. La huella se convirtió en barro, y el barro en una fétida ciénaga de miserias. La podredumbre me envolvía, y se fundía con mi alma.

¡Qué pronto nos corrompemos, Jesús, si tú nos sueltas la mano! ¡Qué hábiles somos para el odio, y la soberbia! Pero tú callas, y esperas, con amor de Padre, sabiendo cuál es el final de camino.

Un día, la ciénaga me vomitó a un costado, y habiendo perdido toda esperanza, sucedió tu milagro. Al fondo de una pequeña cueva, hubo una luz; y en medio del guano y el fango del pesebre de mi corazón, encontré a un niño. ¡Te encontré a Ti, Niño Jesús, tan humilde, tan manso, tan bello!

Desnudo y sucio, con la vergüenza genuina de Adán, me acerqué hasta Ti. Estaba tu hermosa Madre, a la que no me atrevía ni a mirar. Ella, con grave ternura y una cálida sonrisa, te depositó en mis brazos. También estaba José, quien guardaba un silencio contemplativo, con una luz de gratitud en su mirada. No había nada que decir allí, ustedes ya lo sabían todo. Al sostenerte, por primera vez en mucho tiempo, tuve paz.

¡Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor! ¡Y lo he encontrado donde no lo esperaba! Has decidido nacer aquí, has venido a desposarte con mi alma para siempre. Sí, Jesús mío, así lo has querido. No te has fijado en la multitud de mis pecados, antes bien, los has tomado contigo para redimirme. Tú eres el único Fiel, el que cumple su Palabra. Me lavas, me pones un traje de bodas, y me llevas al seno de tu Trinidad Santa. Por pura iniciativa tuya.

Es por esto, que te alabaré eternamente, bendito Niño de Belén. ¡Que todos los pecadores te alaben, porque hoy nos ha visitado la luz que viene de lo alto!

Mi amado Jesús, enséñame a quererte cada día un poquito más.

Mi excelsa Madre Santísima, gracias te doy por tu sí ante el Ángel, muéstrame siempre a tu Hijo.

Mi venerado Patriarca San José, ayúdame a ser custodio del Niño Dios que ha nacido en mi corazón.

Animales y fango, que sepa adorar al niño aceptando mis miserias.

Santos Pastores, que nunca deje de velar mi alma.

Magos del Oriente, que pueda ofrendar mi vida entera a Jesús

Amén. 


Firma: Don Virula de Los Gamos

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

Soneto peregrino.



Soneto peregrino

A los papás de Jauja


Horizonte en el alma y en la aurora.

Se enarbolan banderas y canciones,

se encienden y desnudan corazones

contritos en su marcha alentadora.


Sudor de gracia y una voz que implora

perdón, que ríe o llora a borbotones

y agradece una plétora de dones

delante de la Cruz y la Señora.


Cuanto más inminente la llegada

se ensancha el gozo como un cielo abierto

donde se alzan amigos en bandada…


Ya no importa el dolor del peregrino

si entrevió la Piedad en su desierto

y al mismo Amor en un altar divino.


-J.A.F.-

lunes, 30 de noviembre de 2020

Olor de amor (prosa poética).


OLOR DE AMOR 

Para Vos.


Cierto día me hallaba en el jardín.

No en cualquier lugar sino en la galería.

¿Qué hacía? Contemplaba.

(Contemplar… esa palabra violada.)

Estaba contemplando, digo, hasta que un sentido se despertó:

El olfato.

Y con él, el entendimiento intuitivo.

Porque lo que olía no eran solamente los diversos aromas que allí concurrían;

Los azahares narcóticos, los perfumes invasivos.

Todo lo que allí estaba, deleitaba:

La hoja de limón derramando su elixir,

La flor del laurel ofreciendo su fragancia,

La gracia de las rosas con su inconfundible esencia,

El poderoso incienso que envuelve con su efluvio,

Y el mismo terruño mojado entregando el petricor.

 

El olor del blanco jazmín estallando en los setos.

 

Festín del alma son los aromas de mi jardín,

Bálsamo gratuito que desciende en primavera

Y que perdura hasta el estío.

Pocos son los que se detienen para aspirar las pisadas del ángel;

Pocos, quienes palpan las brisas del florecimiento primaveral;

Pocos, quienes oyen el rumor de aromáticos susurros.

(Sinestesia producida por la magia escondida de mi vergel.)

 

Pero más allá de la locura soporífera de estas plantas mías,

Todavía más allá del delirio de los sentidos,

Hay una sustancia que percibe el corazón enamorado

Que no renunciará hasta descubrir aquello que lo invoca.

 

La puesta en marcha por aquello inteligible que yace en algún rincón del delicioso huerto,

Es irrevocable.

¡La flecha fue lanzada!

 

El alma atraída se despega de la materia y persigue con sus potencias las señales de ese mundo circundante.

Implacable persecución.

Se suceden formas y formas y formas;

Colores, tonos, melodías, registros, sonidos, líneas; todo se agolpa en un caos inasible de difícil control.

La luz se oculta. La luz juega.

La luz que supo encandilar, eclipsada está.

Cantar de cantares reproducido en cada éxtasis poético o amoroso o místico.

La luz de las criaturas también toca, hiere e inflama el ánima,

Para luego escaparse entre las plantas y las flores y los árboles de mi jardín.

 

Y yo, sin testigos, no cedo a conformarme con la embriaguez de mis sensaciones.

¡No!

No abandonaré la galería hasta que no le haya arrebatado el secreto al angélico ser que me provoca.

No es ficción. Es búsqueda.

En este prado o en cualquier otra parte.

No podría quedarme sin esa perla inmaterial;

Sin esa luz espiritual más luminosa que los rayos del sol.

 

De tanto porfiar, el canino de esta caza, encuentra su presa.

¡Cómo no me di cuenta antes!

Siempre estuvo allí la respuesta,

Desde el principio de mi maniática andadura.

De hace tiempo que estaba así,

Esperándome.

Esperando a ser nombrada.

Y una vez nombrada, elegida,

Para luego ser domesticada.

Y por fin, amada.

 

Siempre estuvo aquí, conmigo, desde mi adolescencia, y yo no lo advertía.


***


El Jazmín de Leche que cercara mi hogar,

Ya no olía a jazmín;

Olía al Amor.


Si el amor tiene un olor, amada mía,

Ese olor no es otro que el de la flor de Yasmín.








lunes, 26 de octubre de 2020

Llueve en las sierras.


 


Llueve en las sierras

Malvinas (Mdz.)

No cejaba la tarde en su imperio azul: el yuyo se apretaba a las piedras; la tierra, crujiente y hervorosa, se retraía bajo la cruel tiranía del sol. Era una tarde cualquiera en tiempo de verano. Apenas se divisaba en la cuesta la firme silueta de un jinete. Descendía éste perezosamente arreando un piño de chivas, que copiaba los movimientos de su pastor de forma deshilvanada hacia el zanjón, como una prenda desgarrada. Debajo de un toldo observaba el descenso una mujer. Al arribo de las madres, en compañía de sus crías, salieron al encuentro un pelotón de perros ladrando. Pero tras los gritos impacientes de un jinete fatigado se dispersó el tropel a través del jarillal. Desmontó y desensilló, con la misma parsimonia con que bajara la cuesta. Finalmente, se desplomó a la vera de su mujer que lo observaba y aguardaba mate en mano.

-                    Si el tiempo no cambea, la van a pasar fiero.

-                   ¿Queda pasto en la mesilla? -pregunta la mujer.

-                    Casi no hay.

Y un silencio prolongado se hizo de repente. Algún que otro chivato osó balar desde el corral, implorando leche a una madre reseca y esquilmada. Ni siquiera los pájaros tenían ánimo de cantar. Hacía días que el arroyo apenas humedecía la tierra, brotando recién de noche en un delgado filo de agua. El cielo era un pozo azul, terrible y despiadado.

La tarde llegaba a su apogeo, y se esperaba ya la mengua del calor. Cuando el poniente traía la noche a remolque, como un mar oscuro poblado de buques, por fin la tierra respiraba, la hacienda se trasladaba, había vida. Ocurrió entonces que una brisa liviana sacudió el acacio. Al momento pasó otra, y otra, y una más. Se aflojó la tensión del aire, los animales comenzaron a desentumecerse. Por encima de la loma, a espaldas del rancho, un vellón entre blanco y aplomado se asomó y avanzaba tempestuoso, como tirado por una cuadriga de corceles. Tronó. Junto al susto puso el trueno en marcha al matrimonio que desaladamente guardaba y cubría cosas, ponía orden a un desbande de pollos, a la yegua bajo techo, y no mucho más. Se desató el viento y aguacero.

Ahora ambos, un poco mojados, contemplaban la cortina de lluvia radiantes, con una expresión feliz en el rostro y una pureza jovial en la mirada: dos niños se asomaron agradecidos en medio de una piel tostada que no desmentía la solidez de la piedra, ni olvidaba los rigores de la labor. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, entonaban un niño y una niña metidos en su juego. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, parecían cantar los animales. ¡Oh, bendición del cielo!

Pasado el aguacero, todavía oyéndose algunas cascadas y el torrente del zanjón, salieron ambos rancho afuera, libertados; y el único tono, la nota dominante era una exhalación profunda de la tierra, dilatada, como un cuerpo que al fin encuentra su alivio después de una jornada intensa de labor.

No fue otro aquel día caluroso de febrero, cerca del Nevado, hará dos años ya.


El Alpataco

lunes, 12 de octubre de 2020

Hispanidad y posmodernidad.

¿DÓNDE ESTÁ ESPAÑA?

Vindicación del ser hispano en el alma frente al hombre posmoderno desde la mirada de Anzoátegui.

Introito.

  "¿Dónde está España?"[1] es un poema del comunista converso José Antonio Balbontín. En dicho poema su autor -varón enamorado de España- plantea el drama de un anciano que es interpelado por su nieto sobre el lugar que ocupa España en el mapa, y que, a raíz de semejante interrogante, el abuelo se deja llevar por el abatimiento y la melancolía de ver a su Patria hundida, arrancándole de sus entrañas la siguiente exclamación: “¡España ha muerto, hijo mío! No la busques en el mapa. ¡España yace sin pulso sobre la estepa agostada!”[2]

  Con estos versos del poeta madrileño hemos querido dar inicio a esta reflexión dado que el drama allí representado -drama que intencionadamente hemos dejado abierto para arribar a la solución hacia el final de estos pensamientos- es el mismo que nos queremos plantear en nuestros días, pero desde una óptica diferente. Todos nosotros bien podríamos ser el niñito del poema que otea a su patria en el mapa y pregunta por ella ingenuamente, pero no es ya su ubicación física la que nos estaría interesando ahora, sino su lugar en la geografía interior de nuestro ser. Trataremos de explorar el espacio metafísico y espiritual que ocupa la España inmortal en nuestros corazones. La exploración será somera por defecto del novel escritor y en razón de los límites establecidos de la bitácora. (De hecho, no podremos hacer  siquiera un resumen de porqué entendemos al hispano y la Hispanidad en continuidad directa con la Medievalidad y la Antigüedad, teniendo que presuponer esta realidad histórica). Y para esta aventura -o urgente vindicación- tendremos que interrogar gravemente a un anciano sabio sobre el ubi íntimo de esta España. Me refiero al cabal hispanoamericano Ignacio Braulio Anzoátegui. Este inmenso poeta argentino hará las veces de abuelo nuestro para orientarnos, ahora superando pesimismos, sobre el verdadero lugar de España en el alma.

  Ha sido el mismo Anzoátegui quien nos ha inspirado a través de dos libros fundamentales suyos para el presente artículo: Tres ensayos españoles[3] y Genio y figura de España[4]. En ambos libros, pequeños pero sustanciosos, nos muestra el autor toda la grandeza del hombre español o del ser hispano y toda la excelencia de España o de la Hispanidad como ideal. Aquí hago una aclaración: cuando Anzoátegui habla del hombre español se refiere al hombre hispanista o hispanófilo de raigambre medieval ; asimismo, cuando habla de España es aquella misma que amó Primo de Rivera quien proclamaba en uno de sus grandes discursos: “Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.”[5] En contraposición a este elogio hispánico se encuentra la figura del hombre moderno que será dura  y genialmente puesta en ridícula por la pluma lírica y marcial del poeta trinitario. En este ocurrente y agudo contraste se pone de manifiesto con total originalidad la nobleza y la vileza de los dos tipos modélicos en pugna constante: el hispano y el moderno.

Escueta distinción entre el hombre moderno y el hombre posmoderno.

  Con todo, nosotros bien sabemos que en la sociedad actual el modelo que ha triunfado es este último, que ya ni siquiera lo llamamos “moderno”, sino que con Guilles Lipovetsky lo venimos a nombrar como “posmoderno” (o también “hipermoderno”)[6]. En efecto, este filósofo y sociólogo contemporáneo es un paladín a la hora de analizar los rasgos más significativos de nuestra era posmoderna. Entre muchas maneras que la define, dice el pensador francés en sus ensayos: “la cultura posmoderna es un vector de ampliación del individualismo.”[7] Entiéndase aquí al individualismo como sinónimo de aquel grandísimo mal de la época moderna: el antropocentrismo, compendio de todo lo moderno, opuesto al cristocentrismo o teocentrismo que marcó la época medieval y antigua. Para Lipovetsky el hombre posmoderno viene a extremar o a enfatizar las taras del hombre moderno anterior al siglo XXI. Por caso, si el moderno era narcisista, el posmoderno es ultranarcisista, con todo lo que esto conlleva. Aunque no solamente el diagnóstico del crítico de la Francia se reduce a detectar los frutos maduros -siempre frutos ponzoñosos- de la Modernidad en nuestra época, sino también a destacar que se ha producido -o está aconteciendo en este momento histórico- un cambio radical entre lo que fuera el hombre moderno de antaño y lo que es -o está comenzando a ser- el hombre posmoderno de hogaño. La  Posmodernidad, apoteosis de la Modernidad, es también el inicio de una nueva era que se ha dado en llamar “la era del vacío” (así titula el mismo Lipovetsky el libro en que recoge algunos de sus muchos ensayos sobre el tema en cuestión.) Si hasta ayer el moderno soñaba en la Revolución, luchaba en la vanguardia por sus convicciones y anhelaba un paraíso terrestre conforme a sus ideales, el hombre “posmo” de hoy, también conocido últimamente como “millennial” (y no aludo aquí exclusivamente a los jóvenes puesto que hay millennials de cuarenta años), vive en la indiferencia total ante la existencia, sumido en la apatía más amarga y desoladora frente a la vida, sin puntos de referencia ni horizontes esperanzadores. En una palabra, el posmoderno le rinde culto a la nada misma; su vida es pura vacuidad... Y todavía la profecía davídica sigue resonando para éstos que fabrican y adoran ídolos: “Semejantes a ellos serán quienes los hacen, quienquiera confía en ellos.”[8]

  Sin embargo, sabemos que ríos de tinta se han gastado en autores de alto vuelo para denunciar todos los problemas y los males del espíritu y la mentalidad modernos. Como a su vez, también, no se nos escapa la cantidad de escritores de talla que han ponderado las perfecciones de la Tradición y la estatura espiritual-moral del hombre tradicional y antiguo. Nuestro objetivo es sumarnos en esta encomiable tarea, sobre todo para estar alerta en una atmósfera soporífera. La nada a la que sirve el posmoderno y la vacuidad en la que se mueve, como señalábamos recién, no son dos realidades claramente discernibles. La nada y la vacuidad coetáneas son dos fenómenos huidizos, mutables, alucinógenos y alienantes. Son los peores males contemporáneos, indudablemente, pero están disfrazados y enmascarados de mil formas. Por esto mismo, para no permitirnos que se nos filtre el hombrecillo posmoderno y para que se reanime -si es que yacía postrado- ese sujeto hispano que llevamos en el pecho, presentaremos un paralelismo antitético entre éste último y aquel otro. De este modo, quedarán resaltadas las cualidades o virtudes propiamente españolas, y se podrá  apreciar cómo son éstas mismas las que más frontalmente chocan con las características de los posmodernos. Así las cosas, con fines didácticos utilizaremos este recurso hermenéutico-estilístico, que ojalá sea adecuado para realizar el cometido que nos hemos propuesto. Por último, cabe aclarar que sólo nos detendremos en cuatro notas antagónicas entre cada paradigma que nos han resultado de especial interés.

Hombre hispano Vs. Hombre posmoderno

  1) En los escritos de Anzoátegui sobre nuestro tópico, lo que más resalta y lo que atraviesa toda su obra en conjunto, es el sentido sobrenatural del hispano frente al sentido naturalista del moderno, devenido sentido antinatural en el posmoderno. El hispano vive de cara al Padre; el moderno, de cara a un lejano Arquitecto; el posmo, de cara a la Nada. El hispano vive según las virtudes teologales; el moderno vivía las caricaturas de estas virtudes: confianza en el hombre, optimismo mundano y filantropía hacia la humanidad; ya el posmo ni siquiera vive estos “valores” modernos. El hispano sabe que su corazón es campo de batalla entre Dios y el Diablo, entre los Ángeles y los Demonios, y así lo ofrece resignadamente. El moderno le hacía la guerra a Dios o al Diablo, o a los Dos desde el parapeto de su corazón ensoberbecido. Pero, el posmo, sencillamente se olvida que tiene un corazón… Veamos cómo nos ilustra el poeta Anzoátegui en este primer punto. “España, eterna e inmóvil, vive de cara al cielo y de cara al infierno, que es una manera de alcanzar el cielo”[9]. Después, refiriéndose al orden social del imperio español, dice que era un “orden de santidad y de pecado, donde la santidad está al servicio de la gloria y el pecado está al servicio del arrepentimiento, porque todo en España está ordenado al cielo.”[10] En otra parte insiste en la misma idea cuando afirma que “el sentido de la realidad española […] cuando es verdaderamente española, no es otra cosa que una viva y decidida conmemoración de la Redención.”[11] También afirma sobre la madre patria que siempre tuvo una imperiosa inquietud: “la inquietud de la caridad, que, para España, más que una virtud es una necesidad nacional.”[12] En síntesis, España tenía una conciencia y es que “Ella se sabía eterna.”[13]

  2) Del punto anterior, por ser axial, se desprenderán todas las siguientes comparanzas. Ahora bien, con respecto a la conciencia de pecado y del estado de hombre caído, urge hacerse a un costado y dejar que el mismo Anzoátegui dé cátedra al exponer lo siguiente: “El hombre medioeval sentía el olor del pecado; el hombre moderno se empeña en ponerle al pecado olor a desinfectante. El hombre medioeval hacía penitencia después de pecar; el hombre moderno adopta precauciones antes de pecar.”[14] Y así prosigue en esta línea el ingenioso escritor, pero ahora pasemos a otros fragmentos del mismo donde nos muestra aún mejor la conciencia hispano-católica. “Toda la vida del español oscila entre la aventura del pecado y la aventura de la santidad. […] Él sabe que su última aventura pertenece a Dios. Por eso tiene confianza en la vida, porque tiene confianza en la muerte.”[15] “El español peca por tres razones: porque tiene ganas, porque no quiere arrepentirse de cometer el pecado y porque quiere arrepentirse pronto de haberlo cometido. Su caída tiene algo de salto; su pecado tiene un trampolín situado en el abismo, que lo devuelve a la altura.”[16] “El santo español sabe de qué manera debe abofetear a cada instante al pecador que lleva consigo y el pecador español sabe con qué firmeza debe resistir al santo que lleva dentro de él.”[17] Como se ve, el hombre hispano es un hombre de Fe, un ser profundamente religioso, “porque el español sabe que Dios ha creado al hombre para que le sea leal.”[18] Y por esto mismo “constantemente el español tiene miedo de que Dios se arrepienta de haberle llamado a la santidad.”[19]

  3) Bien. Para esta nota nos apoyaremos fehacientemente en el genio de Anzoátegui. A causa de su liberadora trascendencia, el hombre hispano vive sufridamente como un exiliado en este mundo. En cambio, a causa de su angustiante inmanencia, el hombre posmo intenta vivir displicentemente como un ciudadano del mundo. De aquí que el hispano sea un caballero nostálgico y el posmo un ensimismado melancólico. De aquí que el hispano conciba su vida como una novela escrita por el Gran Novelista y el posmo crea que su existencia es una vulgar comedia o una mera tragedia bajo el sello del anonimato más cruel y despiadado. De aquí que el hispano sea un apasionado y un enamorado de la vida, que sabe vivir y que sabe morir, porque sabe Quién es el que da y toma la vida cuando Le place. Tan consciente es de estar hecho a imagen y semejanza de la Santa Trinidad, y tan decidido está en pelear por alcanzar ese destino divino, que termina resultando en este destierro una auténtica paradoja -o como dirá Anzoátegui: “un escándalo irresistible, una preocupación actual.”[20] Todo lo contrario le sucede al hombre posmo que hoy contemplamos con lástima y desagrado. El posmo es un desalmado que nada ni nadie lo conmociona, que todo le da igual, y que no le importa saber vivir y morir porque no le interesa pensar bien: ésta es su principal enfermedad. Por eso, por abolir su vocación a la grandeza y descuidar el designio sempiterno, el posmoderno deviene un ser contrahecho; un ser vertiginosamente absurdo.

  4) Finalmente, confesamos que ambos arquetipos, el hispano y el posmoderno, están locos. Rematadamente locos. No obstante, la diferencia de ambas locuras radica en que el posmo “es el único animal razonador que emplea su razón para engañarse a sí mismo”[21], es aquel “hombre tranquilo [que] es la negación del hombre. Es el hombre que vive en el equilibrio del hombre y de la bestia, porque ignora que la salvación no puede alcanzarse sino por el desequilibrio del hombre que triunfa sobre la bestia. Es el hombre que acalla su exigencia de cielo y su horror de infierno para no desvelarse con las exigencias del cielo ni con los horrores del infierno. Es el hombre que en nombre de la humanidad renuncia a su propia naturaleza humana…”[22] Contrariamente a esta chifladura, “España vive […] en el servicio del buen amor o del loco amor, pero en el servicio siempre del amor enloquecido. La vida y la muerte son para ella la locura de la vida y la locura de la muerte. Esta es la grandeza de la España de ayer y de la España de hoy […]. Es el ejemplo que la vieja España lega a la nueva España. Don Quijote muere con toda la grandeza de su locura; muere realizando los cuatro actos que el mundo considera como los cuatro actos cardinales de la locura de un hombre: confesando su pecados, pidiendo perdón a sus enemigos, perdonando a sus ofensores y repartiendo sus bienes.”[23] ¡Queridos amigos, esta es la bendita locura quijotesca que todavía nos mantiene en pie! ¡Sea!

Conclusión

  A pesar de todo, aquí estamos… vindicando a este ser hispano en peligro de extinción. Aquí estamos tratando de fustigar sin piedad el arquetipo de hombre posmoderno que se nos propone en todas partes. Aquí estamos, como niños que todavía no están huérfanos y que cierran los puños para decir con el Poeta: “¡No quiero que muera España!”[24] Aquí estamos, en suma, para concluir este análisis oyendo en lo más profundo de nuestro ser lo que Balbontín junto al Cid, al Quixote, a Santa Teresa y a Alfonso el Sabio, junto a los mártires de Barbastro y a todos los monjes del Valle de los Caídos, nos dice aquí y ahora, con voz portentosa:

“¡Hijo de mi entraña!,

tu enojo me desenoja y tu indignación me agrada.

España vive de nuevo y nadie podrá matarla.

España alienta y renace como una llama

en la ilusión de tus ojos y en el candor de tu alma.”[25]

 



[1] BALBONTÍN, José Antonio. Romancero del pueblo. Madrid, Imprenta Juan Pueyo, 1931.

[2] Ibíd..

[3] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Tres ensayos españoles. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[4] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Genio y figura de España. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[5] Discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el Cine Madrid, de Madrid, el 19 de Mayo de 1935.

[6] LIPOVETSKY, Guilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona, Ed. Anagrama, 1986.

[7] La era del vacío… p. 11.

[8] STRAUBINGER, Juan. El salterio. Buenos Aires, Club de lectores, 1949.

[9] Tres ensayos españoles… p. 11.

[10] Ibíd.. p. 53.

[11] Genio y figura de España… p. 32.

[12] Ibíd.. p. 40.

[13] Ibíd.. p. 37.

[14] Tres ensayos españoles… p. 63.

[15] Tres ensayos españoles… pp. 62-62.

[16] Ibíd.. p. 55.

[17] Ibíd.. p. 54.

[18] Genio y figura de España… p. 26.

[19] Ibíd.. p. 33.

[20] Genio y figura de España... p. 14.

[21] Tres ensayos españoles… p. 62.

[22] Tres ensayos españoles… pp. 48-49.

[23] Ibíd.. p. 50.

[24] Poema ¿Dónde está España?, de José Antonio Balbontín.

[25] Ibíd..


HILARIO

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Fragancias primaverales (prosa poética).

 Primero de Octubre, fiesta de santa Teresita del Niño Jesús, bar Cachavacha, pasada la medianoche.

                      

  FRAGANCIAS PRIMAVERALES 


Otra vez la bruja primaveral convocaba dos corazones hechos de ilusión y juventud...


¿Y si acaso fuera el llamado cordial que nos hiciera la lira de la milagrosa Florecilla?

    

***


Fue una agradable vivencia la que tuve aquella noche mientras te contemplaba despacio durante horas imprecisas…


Palpitante encuentro de registros edénicos y de canciones esperanzadoras.


¡Conmoción profunda, seguro delirio, rapto inesperado, vital inspiración, fuego irrefrenable!


Yo descubría en cada minúsculo espacio de tu rostro universos maravillosos jamás explorados,


Hallaba una luz nueva en cada rincón de tu semblante feliz en el que me detenía plácida y atentamente;


Y buscaba la magia blanca que me diera la clave de tan armoniosos y delicados rasgos faciales.


Con mis dos ojos cual corceles bien adiestrados perseguía distintas bellezas en una cara que parecía no tener fronteras,


No me daba cuenta que mis pupilas iban de arriba abajo, de un extremo a otro, sin hacer reposo en ningún punto exacto;


Y en el fascinante recorrido que realizaba me asombraban las agraciadas facciones que adoptabas: tus perfiles únicos, tus formas elegantes.


Tu nariz de oro me socavaba todo el candor que alojaba en mi pecho y en mí suscitaba una franca hilaridad.


Tu sonrisa fresca con su indefinible rictus me generaba un sin fin de sensaciones sabrosas y exquisitas;


Esa tu eterna dentadura, ¡tan blanca!, me causaba una placentera impresión que vos no advertías;


Y me divertía con tu frente de niña, tus triunfales mejillas, tus finas cejas y tus dulces pestañas que me colmaban tranquilamente.


Contemplación en la que concursaban animosamente los cinco sentidos; actividad recreativa de un alma peregrina.


Toda tu angelical figura -nacarada, limpia, amplia e infante- me sugería una crónica justa y detallada;


Me susurraba la brisa nocturna que jugueteaba con tu melena dorada que escribiera un poema,


Y mientras vos me mirabas encendidamente con tus cautivadores ojos pardos y me conversabas,


no eras capaz de sospechar mi ejercicio sutil propio de contemplador romántico o de trovador escondido...


***


Yo procuraba arrebatar el secreto de tus perfectas líneas y los arcanos de tu faz bendita, que al fin de la cita, se me hacía familiar.


La aventura de contemplarte sin testigos se acababa, mas yo adivinaba detrás de tu figura risueña, una promesa de primavera.


Felix Ehrlich, "Der Musikant".


[Manuscrito de un bardo del siglo XXI]

jueves, 17 de septiembre de 2020

REALIDAD


Pues urge al ánimo despabilar,

despierta de este sueño vida mía,

presta los oídos en esta fría 

mañana de trama primaveral. 


¡Sal corazón! Huye de esa modorra,

permítele al fuego de hoy quemarte,

no quieras de este tu dolor librarte:

no hay en tu sien espinosa corona.


¡No temas! Pues ni caminos marcados

ni anchos manuales para ti tienen;

sencillamente, un gran cauce insinuado.


¡No temas! Pues las armas que tu lleves

No van por tu cuenta, van de regalo.

Lo tuyo: que por la Hermosura veles.