viernes, 27 de marzo de 2020

Viaje a un Cuadro: ''El Caminante Sobre el Mar de Nubes''



‘’Maldita y aislante cuarentena, que has sacado lo peor y mejor de mí, hoy te doy la mano, pues me has hecho descubrir, entre nuevos pasatiempos, la excelencia simbólica de la belleza, plasmada en maravillosas obras de arte’’


Ya han pasados varios días de encierro, luego de que este mitológico virus nos obligara a detener el mundo por un instante para frenar su avance incontrolable. Es allí que con el pasar de los días, andaba buscando nuevos hábitos, lecturas y hasta hobbies para poder hacer mas pasajera esta tortura del encierro absoluto.

 Los días varían, un día despierto en cavilación melancólica existencial profunda, y otro, simplemente despierto de buen animo y con ganas de fumar un buen tabaco y jugar una buena partida de AOE (Para entendidos).
Escribiendo esta pequeña intro para contextualizar, paso a relatar el porqué de este post, un poco humilde de sentido y palabras, pero sincero en fin. Y es que esta misma mañana, hurgando entre cajas y ordenando un poco, encontré una vieja postal, amarillenta por su antigüedad, la cual estaba acompañada de su clásico aroma a papel empolvado. La sorpresa fue grande, ya que aquella postal procedente de la Alemania Oriental, tenía impresa una pintura que ya antes había observado y que ya había llamado mi atención anteriormente. La dedicatoria, para no dejarlos con intriga, escribía; ¡Estoy bien mamá! 21 de Marzo de 1985.

  Dio la casualidad de que en ese momento encontrabame un poco melan y pensativo y gracias a esto, instantáneamente se me ocurrió la maravillosa idea de pasar el tiempo buscando algunas obras de arte en particular que ya conocía y descubrir el simbolismo que esconden más allá de la pintura en si y su posible interpretación. Es decir, jugar un poco con lo que busca el pintor para con el espectador. Es una interpretación libre, cada quien puede ver cosas diferentes en la obra. A continuación, empezaré este primer post de varios, con la obra que me dio luz para con esta idea y es nada mas ni nada menos que la Obra de Arte de ‘’Caspar David Friedrich - El caminante sobre el mar de nubes’’.




Buscando información de este pintor, me topo con que Friedrich pensaba que el arte debía agitar el espíritu. Para lograrlo, partió de la tradición holandesa y germánica y rompió sus reglas. De familia luterana, creció a orillas del Báltico. Sus paisajes, cargados de simbolismo, muestran marinas brumosas, bosques, ruinas y acantilados. En ocasiones, la imposibilidad de representar lo absoluto o trascendente, le llevaba a rozar la abstracción.

Observo la pintura durante un largo tiempo, busco inspiración mientras fumo y bebo en el encierro cuasi monacal de mi cuarto. Pasados 10 minuto en silencio frente al cuadro, empiezo a escribir en un papel borrador;

Es probable que el sujeto de la pintura, haya partido de un pueblo antiguo, con pequeñas casas de Villa con caminos de piedra vista. Ha ascendido desde el valle por senderos, a través de los bosques. Se ha abierto camino bajo el canto de los pájaros y los sonidos de sus pasos que agitan la hojarasca. No hace frío. El verano ha diluido los restos de nieve. Como se puede observar, es posible que a partir de un punto, el camino se ha hecho abrupto y, frente a un risco, se ha desvanecido. El caminante ha trepado hasta lo alto del acantilado. Allí se ha detenido. La neblina se desliza entre los montes. Las cimas se elevan en el horizonte. Desde su torreta de piedra natural, la inmensidad le ha estremecido y lo ha dejado, tal vez, sin aliento ante la inmensidad del paisaje.

Para los románticos, lo sublime es una cualidad de la naturaleza, de lo que es demasiado grande para ser aprehendido por los sentidos. Consideran que, si lo bello nace del equilibrio, lo sublime rompe la armonía entre la imaginación y la razón. Lo bello produce placer, dicen. Lo sublime provoca inquietud, turbación, incluso terror.
Con el objetivo de extender los límites de la imagen física, nótese que el autor de esta obra juega con el tamaño de las figuras. En esta obra, sus personajes dan la espalda al espectador. Fuerza así a quien los contempla a adoptar su propia perspectiva e incluirse en el paisaje y verse como uno mismo retratado. El paisaje alrededor, montes altos, verdosos y neblina por doquier, me hacen creer que esta inspirado en los Alpes suizos, ya que Friedrich al ser alemán, seguramente conoció tales paisajes, siendo Suiza país limítrofe.  Los torreones de arenisca, cubiertos de vegetación verde, son característicos de esta zona. Emergen como islotes en el mar de nubes. En uno de sus textos, mientras buscaba en alguna pequeña biografía, Friedrich afirmó: <<“La niebla expande el paisaje y le da un tinte celestial. Como una mujer velada, la bruma despierta la imaginación. El ojo tiende a lo que no se distingue con claridad”>>.

Entonces, me atrevo a decir que el caminante se mantiene firme frente a tal manifestación o epifanía. Su rostro podría denotar nostalgia, quizás desosiego o incomodidad, pero su pierna izquierda adelantada mientras observa, denota cierta tenacidad o firmeza. Podría transmitir que hay una afirmación o seguridad. Su cuerpo con atuendos oscuros se eleva sobre la superficie rocosa, serena, mientras el viento agita su cabello. Hay engaño... o tal vez, impostura y teatralidad en su actitud desafiante. Reclama su superioridad desde un pensamiento que aspira, posiblemente, a lo Divino.

De todos modos, jamas sabremos realmente que buscaba el autor al pintar esta obra maestra. Friedrich jamas relató una pintura de su autoría, y creo que pues fue por la simple razón de hacernos una picardía y dejarnos un final abierto...

Para ir concluyendo; Buscando más cuadros de Fiedrich, para encontrar semejanzas en sus pinturas, me tope con uno de un pintor discípulo de el: Carl Gustav Carus ‘’Mujer en un balcón’’




No pude no meditar que ambos personajes en sus respectivas pinturas se muestran en actitud contemplativa a simple vista, con el rostro observando hacia el paisaje. Pero mientras el caminante refleja el temblor y el éxtasis, la mujer aparece sentada, tranquila y en calma. Y esta diferencia en ambos es por una razón; La intensidad ante lo trascendente pertenece a lo masculino y por otro lado, 
la luz del atardecer define con claridad las montañas que observa la mujer desde la fortaleza posiblemente Gótica. Para ella, la naturaleza es visible, nítida, bella, concreta, terrenal. Femenina. No busca la revelación. El perímetro del balcón y el volumen del castillo establecen, el límite entre naturaleza y hogar. Su espíritu tan solo se asoma, pero no concreta. Pertenece a la vida doméstica.

¡Hasta aquí llego yo, quien anime sus capacidades a darle tal vez una mirada más profunda u observación desde otra perspectiva bienvenido sea! Espero que esta idea sea de su gusto, creo que este tipo de trabajos de poner en practica la imaginación nos hace mas sensibles, mas humanos.

El Peregrino Libanés

domingo, 8 de marzo de 2020

El Séquito


La noticia de la muerte del Santo Padre viajó en forma inmediata a todas partes del mundo, teniendo por primera vez en la historia, el uso de las redes sociales como enzimas catalizadoras del proceso.  Los "mass media" del globo entero se hicieron eco del hecho, y así pues desde el New York Times hasta el diario El País, pasando por Der Spiegel en Alemania y La Stampa en Italia, ponderaban el pontificado del difunto papa. Evaluaban también, como si supiesen, que figura pontifical necesitaba la Iglesia Católica si tenía intenciones de conservar un mínimo de fieles que permitiera sostener la inmensa infraestructura de la institución.


Don Camilo de Benedetto, recostado en su diván de cuero, arrojó el ejemplar diario de La Vanguardia que acababa de terminar de leer. Pensaba para sus adentros que estúpidos eran los periodistas que dirigían la opinión pública de todo el planeta.


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Así pues, para un idiota del diario Clarín, "el próximo Papa tendrá que ser un gran diplomático. Nunca antes la crisis migratoria ha llegado a puntos tan álgidos" y además "el cambio climático exige una respuesta nunca antes vista en la Santa Sede, como es la eliminación de todas las estufas en todas las parroquias del mundo, en orden a dejar de consumir combustibles fósiles como el gas natural". El otro zopenco del London Times solicitaba enérgicamente al próximo Pedro "a meaningful change in the LGBT questions", y el que sin dudas más había hecho reír al menor de los Gamos, una periodista de Costa Rica, exigiendo la creación de un nuevo dicasterio: la Sagrada Congregación para la Adopción de Caninos Domésticos en Nunciaturas Apostólicas.

Afortunadamente, don Virula abrió la puerta de su habitación y lo sacó de su furor, recordándole que debían salir al castillo del Marqués, para la reunión mensual de representantes distritales del Godoy. A los 15 minutos, los delegados de Los Gamos, Abbuba, Don Ábila de la Mancha, y los veedores del Cacique don Ojota Fonsé, Hilario de Jesús, y el Hijo del Perla tocaban la gran puerta de madera con zafiros engarzados. 

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"Ábreles de inmediato, y no te olvides de ir a buscar personalmente a Evilio el Confesor" ordenó adentro el Marqués al jefe de guardia. Este, asintiendo secamente, se retiró con pasos largos y ensayados, dejando el gran comedor en la sola presencia del Señor feudal. Tal vez no hiciese falta que supiesen sus leales servidores y amigos todos sus propósitos, ni sus estratagemas, pero al menos lo fundamental debían de entender. Si las cosas no resultaban como esperaba al final de ese día, el plan se desmoronaría, más no había ningún mal augurio que anticipara algo así, por lo que, fiel a su estilo, el Marqués del Godoy reanudó el toca discos en el segundo movimiento del concierto para dos violines de J.S. Bach, que bien sabía que ambientaría adecuadamente la reunión.


"¡Querido Marqués! He traído sencillos presentes en nombre de toda la comunidad de Villanueva".- exclamó Fonsé inmediatamente luego de atravesar el vestíbulo.-"Aceitunas recién procesadas, traídas de la gloriosa finca Don Gino."

Y así, uno por uno, fueron dejando las tradicionales dádivas. Este gesto, tan olvidado en nuestros días, era el ABC de la vida de estos hombres. Hilario Cruz con El Hijo del Perla unieron sus esfuerzos financieros y entregaron generosamente un barril de cerveza de malta, importado desde un monasterio cisterciense del norte de Europa. El starets del violín, por el contrario, optó por un presente más pedagógico y así pues recitó en un perfecto castellano antiguo aquel magnífico fragmento de Pemán, que hace decir a Xavier en el Divino Impaciente:

"¡Pronto!, que como un carbón,
 me quema el alma tu ultraje,
y me tarda la ocasión,
de enseñarte quienes son
los hombres de mi linaje" 

y responde Iñigo el de Loyola:

"Hombres que nacen y mueren,
como todos los demás,
y si les hieren en su orgullo,
quizás peores que animales"

"¡No olvide Señor Marqués de estas altísimas tierras, que polvo eres y a él has de volver, no caigas en la vanagloria, no sea que la vanidad que el sabio Qohelet describió tan magistralmente te agarre desprevenido!" completó el divino y santo Starets del Violín.

Con solemnidad, el Marqués se postró frente a sus amigo, dejando apoyar la orla de su manto de púrpura en el suelo: "Que nunca suceda. Amén. Amén."

Ya sentados todos a la mesa, comenzó el grandioso festín. Aves asadas, pescados, carnes a la olla y pastas; tentempiés, brochetas de cerdo y empanadas de camarón. Todo estaba fabuloso, y la amical reunión adquirió un rumbo especialmente gozoso cuando apareció entre ellos Evilio, el confesor de almas. ¡Cuántas veces había dado su bendita absolución a los allí reunidos! Probablemente era quien más conocía las almas de aquellos pecadores.

Levantando su brazo en señal de anuncio, se dirigió al Marqués:

"Mi señor, el heraldo me ha informado su deseo de confesaros, he procurado venir lo antes posible, más en la fila del templo he absuelto a 20 mil personas el día de hoy. A pesar de todo, aquí estoy, para brindarle mis humildes servicios."

El Marqués, desplegando sus casi dos metros de altura, abrazó al confesor de almas, y dijo a los reunidos: "¡Ea pues! Aquí tenemos un verdadero sacerdote de Cristo, en quien no hay doblez. Administra los santos sacramentos y predica el Evangelio del Dios Altísimo. Ora por su grey, y no deja a nadie sin consuelo."

Don Virula y Don Camilo, por la terrible cercanía que tenían desde hace décadas con el pastor, lagrimearon abundantemente. Para acallar el incómodo momento, el Señor del Godoy continuó:

"Don Evilio, quería pedirle confesión pública. Es bueno que la autoridad se acuse de sus pecados frente a los súbditos. Lo hizo el Rey David con el profeta Natán, y más en nuestro tiempo, el General Juan Domingo cuando se disculpó con Pío XII por la quema de las iglesias. También yo, venerable anciano, deseo mostrar que de carne estoy hecho, y sumergir mi alma y corazón en el océano bendito de la misericordia de Dios."

El padre Juan María, como le decían algunos, inmediatamente buscó una silla y un reclinatorio (sacado del oratorio privado del Marqués), y antes que los demás pudiesen entender, el Marqués arrodillose y se escuchó en alta voz a la reencarnación del Padre Vianney: 

-¿Hace cuánto no se confiesa?.-

-Dos semanas, Padre.- contestó el de largas extremidades.

-¿Y de qué cosas le quiere pedir perdón a Dios?.-

-Padre...tan sólo una cosa. Es...es Tatiana padre. Tatiana Gorocheva. La he vuelto a contratar ocasionalmente.- reconoció humildemente el Marqués del Godoy. La chica traída de Crimea para satisfacer a las cortes del Godoy se había vuelvo muy popular en las confesiones con Elvirilacio.

-¡Recuerda que el verdadero amor implica renuncia! ¿Algo más? ¿Te acuerdas de rezar todos los días? Es muy importante, en la mañana y en la noche.-

-Si padre. Nada más que yo recuerde.- acortó el Jefe de Estado.

-¿Le pides perdón a Dios de todos tus pecados?- interrogó finalmente el santo cura. Ante el asentimiento del Marqués, dió la absolución y culminó con la tradicional despedida:

-¡Da gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia! El Señor ha perdonado tus pecados, vete en paz. Que te vaya bien...- y así como había llegado de rápido, el nuevo cura de Ars salió despedido por la puerta. Todos contemplaron la escena con ternura, admirándose de ese cura tan humilde y pobre en luces humanas, pero tan sabio a los ojos de Dios.

El Marqués se sentó lentamente en la cabecera de la larga mesa. Estaba ruborizado. No es que ellos no conocieran a Tatiana, pero les sorprendía que alguien de la raigambre del señor feudal pudiese caer en tales vicios. Es que no todos estaban al tanto de la imperiosa necesidad de mujeres que experimentaba el del Godoy cuando cortaba con sus usualmente largos y emotivos noviazgos. El silencio se podía cortar un cuchillo, y de prontó el de los Gamos, el mayor, carraspeó fuertemente:

"Ejem! Bueno gran Señor, creo que es hora de que nos ponga al tanto de las noticias ocurridas en el interlunio", sentenció Don Virula con decisión.

Y así fue como el Marqués del Godoy relató la historia del favor pendiente del último papa de la Iglesia Católica hacia el Señor de la noble y siempre gracil tierra de Godoy Cruz. El rostro de Hilario Cruz estaba desencajado, sin dar crédito a sus oídos. Don Ojota, El Hijo del Perla, y Dom Abbuba reían entre dientes, admirados de ver el soborno del Marqués. Los de los Gamos, por el contrario, brindaban con grandes cantidades de vino blanco "Torrontés", de la viña de Jimmy el Cazador.

"De forma tal- culminó finalmente el Marqués- que esta misma mañana mis informantes del Correo Argentino me han hecho llegar que una carta procedente desde la Ciudad del Vaticano se encuentra en manos del Nuncio Apostólico de nuestro país, y debería estar llegando- ¡GONG! El tañir de la gran campana se hizo escuchar furibundo esta vez- precisamente ahora" finalizó el Señor del Godoy con una sonrisa súbita en los labios.

"Dimitri-ordenó de pronto al maestresala-llena las ánforas de piedra caliza traídas de Qumrán con 18 galones del mejor vino que tengamos procedente de Bordeaux. Si no me equivoco, debiera ser la cosecha 1842/1843, pero que primero pase por la criba de Don Virula! Traigan además los faisanes fritos, y los habanos robados a Castro durante la expedición a Cuba del '61 mandada por mi padre. Por último, que el cuarteto de cuerdas siga a dom Abbuba con la interpretación de 'Fatto per la notte di Natale' de Arcangelo Corelli".

El rostro del ruso asintió secamente, y mientras los presentes se abrochaban los sacos y ajustaban sus botas de cuero, 12 vasallos del Castillo se pusieron en paralelo con la gran puerta de madera, desenvainaron sus espadas, y formaron el ya conocido túnel de honor para los grandes invitados. Las dos hojas de madera se desplegaron lentamente, y un hombre alto y corpulento con traje talar ingresó dando grandes zancadas en el salón. Uno más bajo, gordo y feo, lo acompañaba, con un clergyman cubriendo el último botón de la camisa, y con una carta en sus manos. Era el heraldo del Nuncio. Parándose encima de la mesa del gran salón, en medio de un silencio sepulcral, abrió la misiva y comenzó a leer:

                                                            Resultado de imagen de sello vaticano

"Ciudad del Vaticano, 15 de Mayo del 2020:

Al muy alto y noble Señor de las tierras fértiles y fecundas del Godoy: paz y bien.

 Como Camarlengo de la Santa Sede durante el período de Sede Vacante, y por tanto máxima autoridad de la Iglesia Católica en estos momentos, le informo que deseo llevar a cumplimiento en obediencia la última voluntad del Papa fallecido días atrás. Esto es, que sea Ud creado Cardenal de la Santa Romana Iglesia. 

Respecto a la controversia surgida en torno a su corta edad y estado laical, no veo más solución que dar por abolidas las hasta ahora vigentes constituciones apostólicas del siglo XX que prohíben la nominación de un cardenal con vuestras características. Bien sabe Ud que en otras épocas, más felices tal vez, se coronaba príncipes de la Iglesia sin tanto prurito, dado que es una dignidad eminentemente honorífica, sin ninguna connotación sacramental. 

Por tanto, bajo el tácito deseo del último Vicario de Cristo, quedan formalmente anulados todos estos impedimentos. Dispongo entonces:

1. Sea llevado a cabo un consistorio de Cardenales el día 20 de Mayo del 2020, en la ciudad de Roma.

2. Sea Ud creado Cardenal de la Iglesia Católica en el mismo, con la designación de la titularidad de la Basílica de San Clemente.

3. Dispone Ud de 10 pasajes de avión, así como otros tantos lugares en los hoteles de la ciudad Eterna, para su séquito. Este deberá ser informado de inmediato al despachante de esta carta. 

4. En el improbable caso en que Ud. resulte electo Papa en el próximo cónclave del 25 de Mayo, se dispondrá a su inmediata ordenación episcopal, previa a su salida a la Logia de la Basílica Vaticana para el saludo a los fieles. 

Sin otro particular, lo saluda afectuosamente, 

                                                                      Angelo Card. Sodano, Camarlengo de la Sede Pontificia"


Nuevamente, el silencio reinó de forma absoluta en la sala. Todos las miradas se encontraban fijas en la cabecera de la mesa, donde el Marqués del Godoy acariciaba la cabeza de su animal favorito, el felino Aquiles. Lentamente, se levantó de la silla, respiró hondamente, y dijo en alta voz:

"Acepto la designación. Se suman al séquito, además de los aquí presentes, el Emigrante Nostálgico, Zaqueus de la Guerma, El Corsario Negro, y Jimmy el Cazador. Ahora, con el permiso de ustedes, me retiro. Tengo mucho que reflexionar. Dimitri, encárgate de la despedida de todos los reunidos, y avisa a Tatiana que me espere en la alcoba" sentenció con un dejo de cansancio en la voz.

Mientras desaparecía por la puerta lateral, los amigos y vasallos del Marqués no se atrevían a emitir palabra. Solo se escuchaba de fondo el segundo movimiento del magnífico concierto de Navidad. De pronto, dom Abbuba, dejando la batuta en la mesa, exigió:

-"Dimitri, de inmediato, trae un vino de la cosecha 4800 a.C. procedente de Ur de los Caldeos".-

-"Pero Señor, ese es el vino que bebió en su borrachera el Patriarca Noé. Solo quedan 4 botellas, únicamente en ocasiones especialísimas su amigo el Marqués..."- empezó a decir el oriundo de Leningrado.

-"¡Dimitri!"-cortó el divino instrumentista-"Esta es una de esas ocasiones. Haz lo que se te pide."

Nuevamente, Pavluchenko hizo una profunda reverencia a la mesa de los comensales, y dándose vuelta, enfiló hacia la cava de vinos del Señor del Godoy.


Continuará...














martes, 25 de febrero de 2020

OSTROV: Una película para Cuaresma.

Queridos Gallardos, como todos saben, mañana comienza un nuevo tiempo litúrgico: Cuaresma. Tiempo fuerte de conversión a Dios. Lo que quizás algunos todavía no saben es que existe una película, tal vez lo mejor en arte cinematográfico en su género, propicia para ver en el inicio de esta etapa cuaresmal. O, ¿por qué no?, para verla varias veces durante este tiempo penitencial. Sí, porque OSTROV ("La Isla") es una de esas películas que hay que ver muchas veces, que hay que habituarse a ver todos los años, como "La Pasión de Cristo" de Mel Gibson. Son películas para rezar, para meditar, para contemplar. Hagan la prueba, y comprobarán que no exagero. Y no digo más con respecto a la misma porque a continuación compartiré un texto escrito hace ya tiempo donde transcribo las impresiones que la película rusa me dejó en el alma, luego de haberla visto unas cuantas veces. Pero primero, póngase cómodos mañana y vean recogidos la película (¡sin pororó, eh!). Después, el que quiera, lea tranquilo el extenso comentario a la película, y anímese a comentar luego del mismo sus propias impresiones -si es que alguna impresión profunda les dejó el inspirado film...

¡Santa Cuaresma para todos!

Cuaresma sufrida; Pascua florida.





Una reflexión a partir de la película "Ostrov".


La película rusa OCTROB (La isla) es una obra maestra del arte cinematográfico. De temática religiosa, es un film que provoca la oración. De difícil acceso, su interpretación hay que hacerla también en clave orante y hasta, quizás, es menester sumergirse en su ethos místico para lograr descifrarla acabadamente.

La trama permanecerá apenas oculta a lo largo de todo el roadaje. Mas, aunque su argumento pueda aparecer claro hacia el final -la théosis de un hombre aparentemente loco, o más preciso “bromista”- esto no significa que el mensaje central de la obra podamos asirlo y empaquetarlo, como si se tratase exactamente de una película más. De hecho, a medida que uno más veces la contempla, más y nuevas noticias se descubren. No interesa saber quién es su director y cuál haya sido la inspiración del mismo al escribir su magnífico guión para animarse el simple aficionado al buen cine a sacar sus conclusiones, o al menos intentar explicar el sentido del mismo. Sea como fuere, dado que he mirado dicha película ya varias veces, me arriesgaré a compartirles algunas intuiciones.

La obra rusa en cuestión es un ascenso místico. Una redención del tenor de obras como la de aquellos otros inmensos rusos de la literatura -Dostoievsky y Tolstoi- que gustan de patentizar en sus escritos. En necesario prestar suma atención a todos los detalles del film, aunque nos parezcan algunos tal vez demasiado nimios o insignificantes. Hay que verla con “muchos ojos” y atesorar todo lo que va aconteciendo desde el principio hasta el fin. Puesto que todo en la película significa algo, señala algo, sugiere algo. Desde la música, pasando por los colores y las tomas de los paisajes, hasta las acciones de todos sus personajes y los trascendentes diálogos entre ellos. Todo es elocuente, aún las pausas de silencio, y nada se puede echar por tierra por mera distracción (…probablemente sea ésta una de las causas por las que poca gente se tome el tiempo de pensar y contemplar la susodicha película).

Pero volviendo a la primera idea, este ascenso se comienza a desvelar en la primera imagen del relato: la caldera de fuego ardiendo. El protagonista -Anatoly- no es más que un pobre muchacho, enfermizo y raro, cuya labor es ser carbonero. Sí, en esta primera escena se ve el estado de su vida -en el fondo, de su propia alma-: el infierno. Miserable como es en donde se encuentra, muy pronto se lo verá lloriqueando en una actitud cobarde y deplorable, traicionando a su supuesto amigo y capitán -Thikon Petrovich-, para finalmente darle un tiro de puro miedoso y vil; y todavía más, regocijarse luego como un lunático de semejante crimen hecho a su camarada y a su patria. Así se muestra a las claras como un ser desgraciado que se merece lo peor; tanto que la explosión ulterior del barco repleto de carbón donde Anatoly había quedado sólo y con vida, vendría a ponerle un justo fin a ese mozalbete canalla y chillón.

Sin embargo, en la escena siguiente, se lo ve a Anatoly arrojado sobre una playa llena de barro y turba, siendo rescatado por tres monjes… ¡El Brazo de la gracia providente entraba en Acción! Cuando se está como el joven Anatoly, en trances de morir, en ese preciso instante, aparecen misteriosamente los Tres para salvarte: la Trinidad Santísima. Cuando se está tendido sin esperanza, “con el agua hasta el cuello” y todo deshecho, el Dios Unitrino se encarga de hacer de tu lodazal donde postrado estás una isla de misericordia divina. Y una vida nueva comienza…

Pasan, pues, los años -poco más de 33 años, lo que hace de la cifra numérica quizás otra sugerencia- y vemos al mismo…loco. Pero, ¿por ventura es éste el mismo chiflado de la juventud oscura? Poco a poco iremos descubriendo que el protagonista, ya viejo, sigue rematadamente loco; no obstante, su locura, ha mudado de sentido. ¿De qué locura se trata? Responder a este interrogante tal vez sea el único enigma real e importante a desentrañar en el curso de todo el film. ¿Habrá que enloquecer como el ahora Starets Anatoly para comprenderlo cabalmente? Sin duda que durante la vida de éste supuesto demente y siempre “bromista” -como lo apodaban en la comunidad de monjes que lo había rescatado tiempo ha y donde a partir de entonces moraba y trabajaba como…carbonero- nadie lo supo comprender. Ahora bien, después de su muerte -sublime-: ¿lo habrán comprendido, al menos, los Padres Filaret y Job? Es algo que no podríamos terminar de saberlo con certeza, pero que bien podríamos sospechar que sí. Que finalmente el misterio del personaje -en su doble sentido- de Anatoly fue develado para sus superiores monjes.

La locura, o mejor dicho, la santidad de Anatoly es el tema central de la película. Pero hay más… Que continúe el mismo oficio de carbonero, antes y después de su metanoia, es ilustrativo para destacar que su cambio completo y total, su metamorfosis, se producirá en las mismas condiciones y con los mismos elementos que cuando se hallaba en la “fosa infernal”. Es un signo de que por más que la Gracia de la conversión impacte en el alma con fuerza, no quiere decir esto que uno quede transfigurado de golpe y que ninguna mancha ya se asome en el rostro. Anatoly seguirá sucio y negro por mucho tiempo hasta que al fin llegue el día en que su cara quede limpia y resplandeciente, y su corazón en paz. “Hay ángeles cantando en mi corazón”, exclama con júbilo nuestro protagonista terminando la película. Pero vamos despacio…

También se puede colegir, en el hecho de que siga siendo carbonero, que él quiere borrar su delito quemando todo el cuantioso carbón que se había conservado en el barco que, ciertamente, estaba destruido por la explosión producida por el buque de guerra de los Nazis en la segunda Gran Guerra (42´). Este mismo barco atracó precisamente en esta minúscula isla de monjes perdidos. Y así se pasó más de 30 años echando el mismo carbón, más negro que la noche cerrada, sobre el fuego de otra caldera que arde. Así figuran las dos calderas. La primera era estéril  y cruel; esta segunda acrisola para hacer relucir el oro precioso en la Eterna Vida. En la primera el carbón obscurísimo nunca se acaba y las puertas de hierro jamás se cierran. En la segunda sí se cierran, una vez que el carbón del buque de carga averiado es totalmente incinerado. Entonces no seremos más carboneros, ni vestiremos más de luto ni andaremos más mugrientos…

Además de todo lo anterior, hay un Anatoly taumaturgo y profeta, que a su vez admite otras tantas lecturas. Vale aclarar, antes de que siga el comentario -un tanto extenso, es cierto- que en boca de Anatoly hay más palabras de la Sagrada Escritura, especialmente de los Salmos, que de su propia autoría. Y en esto también -el “loco por Cristo”- se distingue, en que su dicción tenga más Palabra Divina que palabra humana. Desde que se levanta -como lo vemos en una de las primeras escenas- hasta que se acuesta, lo primero que profiere en sus labios es: “Gospodi”, ¡Señor!

Pero volviendo a este perfil profético y milagrero de Anatoly, pareciera que su celo estará en que no se lo tenga por tal. Evita con violencia y con todo tipo de artificios extravagantes exhibir sus dones sobrenaturales (…¿o mostrarlos?). A priori uno constata que Anatoly miente por este afán de ocultarse, pero si uno observa detenidamente el Starets termina dando a entender que él es el Profeta y el Taumaturgo. Vale la pena insistir que, entre milagro y milagro, o profecía y profecía, la oración todo lo envuelve. Anatoly ora continuamente, siempre recurre a la oración y es en ella y desde ella que obra prodigios. Cierto es que lo prodigioso de su obrar no se debe pura y exclusivamente a la oración, o mejor expresado, en verdad sí se debe a ello el que acontezcan maravillas en virtud de su plegaria pero esta misma poco podría sin una vida penitente detrás que la respalde. Es así que, por sobre todo y ante todo, Anatoly es un orante y un penitente. Y es viviendo así, en intensa oración y penitencia, durante tantos años, que terminó convirtiéndose hacia el final de su historia en Exorcista… “porque a esta casta se la expulsa solo con oración y ayuno.”

Entonces allí lo vemos -ahora sí que vamos concluyendo- erguido, hidalgo, con “espíritu de príncipe”, dispuesto a batirse por última vez con el peor de sus enemigos, con el más mortal, y dañino y malvado; con el mismísimo Satán. Podríamos suponer que el enemigo del Mundo muy atrás quedó, que el de la Carne lo había dominado recientemente con la quema de todos los carbones -testimonio de toda una vida ejemplarmente ascética-, y que, entonces, solo un Enemigo le faltaba derrotar definitivamente. A éste último lo “conocía personalmente” por lo que se deduce que se ha cruzado en pugilato con este Adversario en otras ocasiones. Pero hasta aquí, el último round, el último cuerpo a cuerpo. Como así eran las cosas, Anatoly, cual caballero medieval, debía ponerse una armadura nueva y vestirse con austera elegancia para el lance final. El miserable Anatoly con su impertinente y continua toz, hecho una piltrafa humana entre el hollín y las brasas, yace ahora ínclito, vertical, todo pulcro y refulgente, con ganas de acabar con todos sus feroces enemigos y tenderse sereno en una “caja” para dormir…, y despertarse en el Paraíso. Y así lo ejecuta; como fue “preordenado”. Triunfa sobre el Diablo como un campeón. Se merece la “corona de gloria”. Esta escena, a mi juicio, es la mejor de todas.

 Mas luego de la lucha final, y aunque cueste reparar en ello, Anatoly se sabe purificado por entero. Por eso se desviste de su arruinado hábito negro y se pone una túnica blanca e inmaculada. Hay mucho para comentar en el escueto consejo final que le da a Job, pero eso quedará para otra instancia. Parte nomás en paz a su Gospodi. “Peleó un buen combate, corrió una noble carrera, conservó la fe”, pero pudo hacerlo todo por la gracia divina que nunca lo abandonó y siempre estuvo presente a lo largo de toda la magnífica película (… ¡la nieve!).

¡Que el Dios de los locos y de los bromistas tenga piedad de todos nosotros, pobres pecadores!

Amín.
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sábado, 22 de febrero de 2020

Requiescat in pace

Godoy Cruz, 18 de Marzo de 2003

"Pueden correr, más no atraparme!"-gritó don Hilario de Jesús, mientras salía disparado hacia el portón verde del colegio de la calle Tucumán a toda velocidad. El Hijo del Perla, Abbuba, don Virula y el Marqués se precipitaron como pudieron hacia los límites de la "Schola Francisci Xavieris", pero al llegar, descubrieron que Hilario estaba quieto, con los ojos muy fijos en una misiva que sostenía con sus destructivos dedos.

"Se van"-añadió el Rafi con voz queda. El resto del grupo se asomó por la puerta de salida y vieron como con presura una flota de 5 vehículos Mercedes Benz Clase B se alejaban hacia calle Beltrán. Llevaba cada uno pequeñas banderas en sus vidrios retrovisores, distinguiéndose en ellas una barca en el mar, y una paloma.

Hilario, mirando en el impecable papel el destinatario, leyó: A MdG. Pensando en la ya conocida salutación de los jesuitas en sus márgenes de hojas, Hilario musitó: "Para mayor honra y gloria de Dios". El Hijo del Perla, arrebatando la carta de las entonces salvajes manos del de Jesús, explicó:

-"No es eso lo que dice, hay una separación entre la primera y segunda letra."- acotó pausadamente y luego continuó: "Es para ud, Marqués del Godoy".

El Marqués tomó con sus manos el pergamino, lo desenrrolló, y leyó en alta voz:

Estimadísimo Marqués del Godoy: El cheque de donación de 20 Ha de sus feudos para la promoción del colegio San Ignacio de Loyola ha sido acreditada en nuestra cuenta bancaria el pasado Viernes. Según lo convenido en su momento, Ud dispondrá en el futuro de un único favor, a demandar al responsable principal de toda esta operación, cuyo nombre Ud ya conoce. Úselo sabiamente, saludos cordiales. 
                         
                       Arzobispado Metropolitano de la Provincia de Buenos Aires, 17 de Marzo del 2003

El grupo se miró consternado. ¿Que podían significar palabras tan misteriosas como las leídas? Sin embargo, el Marqués guardó la hoja en su guardapolvo gris con corbatín rojo, y dando media vuelta, marchó de prisa hacia la Honda Odisey roja, modelo '96, donde Horash, el vigote andante, lo esperaba desde hacía rato.

Ciudad del Vaticano, 13 de Mayo del 2020

Las campanas de la ciudad eterna tañeron durante más de media hora, desde la lejana Basílica de San Lorenzo Extramuros, pasando por la maravillosa Iglesia de Santa Inés, en Piazza Navona, hasta el corazón de la Plaza de San Pedro, donde las gemelas de bronce no dejaban de repicar por detrás de los relojes de la fachada principal de la Basílica del Pescador.

La multitud, abrazada por la columnata de Bernini, comenzó al unísono el rezo del Santo Rosario, y de todas las letanías a los santos. Concordando todos en que el Latín era lo más universal que aún les quedaba, se escuchó un voz múltiple y única a la vez: "In nomine Patris, et Filii, et Spiritui Sancti".

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Mientras tanto, en el Palazzo Regio, a tan solo unos 150 metros de distancia, el jefe de la guardia suiza, Hans Edberg, tocaba a la puerta del despacho del Cardenal Sodano, entregando por debajo de la puerta un sobre con una pequeña nota adherida con pegamento, firmada por la Secretaría del Santo Padre. Del otro lado, el purpurado recogió el sobre con impaciencia, y leyó la nota:

"Ante la reciente muerte de Su Santidad el papa, queda Ud encargado como Camarlengo del poder Ejecutivo de la Santa Sede, durante el plazo en que se extienda el período de Sede Vacante, iniciado hace 13 minutos, con la partida a la eternidad del Vicario de Cristo. Todas las facultades pontificias le quedan transferidas, así como la disposición del Óbolo de San Pedro, el Banco Vaticano, y el Instituto para las Obras de Religión. Como último deseo, el papa Francisco dejó este paquete a Ud como único destinatario, exigiendo el cumplimiento inmediato de lo que en el se pide."

Rasgando con ansiedad el papel madera, el Cardenal se sentó en el sillón del escritorio principal, cortó la punta del habano que estaba por encender, y llenó su vaso con una medida del whisky japonés que le había regalado Ho Chi Min a su abuelo paterno, durante la alianza de las potencias del Eje. El sobre únicamente contenía una vieja hoja "Rivadavia", probablemente con más de 15 años de antigüedad, en donde podían leerse unas palabras escritas que parecían salidas de las manos de un niño:

"Al Señor Arzobispo metropolitano de la ciudad de la Santísima Trinidad y el Buen Ayre.

 Exigo una sola cosa: que utilice todas sus influencias curiales y religiosas que posee para que en algún momento del futuro sea yo creado Cardenal de la Santa Iglesia Católica.
Saludos Cordiales, 
                                     MdG"

De pronto, otro sonido deslizante. El Cardenal, sobresaltado, miró de nuevo hacia la puerta. Un sobre blando esta vez, sellado por cuero de Florencia. Desabrochando los botones que cerraban el envoltorio, Sodano retiró el contenido del paquete: era un Capelo Cardenalicio.

El vaso rodó de sus manos, cayendo estrepitosamente al suelo. El Whisky nipón penetraba en la alfombra dorada a borbotones, mientras un metro más a la izquierda un habano encendido producía una quemadura al sillón del purpurado...

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Continuará











viernes, 7 de febrero de 2020

Surco abierto.

por El Alpataco.


Por la vieja plaza del pueblo andaban algunos en medio de la luz moribunda del crepúsculo. Entrado estaba el invierno: era fines de Junio. Estaba frío, eran las siete, hora en que muchos salen del laburo. Cubiertos hasta el mentón, apuraban sus pasos sin advertir mi presencia: andarían inmersos en sus negocios, seguramente. ``He aquí una ciudad que se agita, un cuerpo que se dispone dormir´´, pensé. Y ellos, sin saber cómo, nutrían al hombre que los vigilaba. En ese momento, los árboles perdían su estampa y comenzaban a confundirse sus formas y colores, lo mismo que los hombres. Un canto perdido en una copa, un revoloteo de alas al pasar un caminante, eran interrupciones insignificantes en medio de un cuerpo extenso que se dormía. Y, de repente, un silencio prolongado en la navidad del frío.

Todavía no se encendían las luces, por no sé qué olvido de placero; e inundome una tristeza gris en ese instante. Nada había que pudiera distraerme. Vi entonces el estado de mi alma. ``Con urgencia necesita operación´´, me dije.

Ya no sentía los pies: las alpargatas son pésimas para el frío. Refregué mis manos, las introduje en mi bolsillo, me apreté todo contra mis abrigos. Por fin el placero se dignó encender los faroles. Aún deambulaba alguno en la otra vereda de la plaza. Dispuse entonces levantarme y, al hacerlo, miré por última vez alrededor antes de retornar hacia mi casa. ``He aquí el hombre´´, musité. Fue así como sonrisa y lágrima llegaron a tocarse, como moja la garúa la corteza de los árboles.

Abrió escampada el cielo rebozado poco antes por las nubes, como el placero por su abrigo, y un cedro secular se dibujó exacto como una sombra. Había sido plantado durante la primera fiesta por manos acostumbradas a la tierra. Habían entregado aquellos hombres una posta que debió haber sido continuada, pero se había amortizado en nuestras manos. Uno a uno habíanse retirado de la plaza, y yo estaba con el cedro solamente. De pie, aún muerto de frío, ahora confundido, exclamé: ``¿Dónde están los hombres?´´. Ellos se habían ido con el último canto de los pájaros. Quedó todo tan mudo, como la simiente…

Al cubrirse el cielo nuevamente, avanzaba pocos pasos cuando emergieron estas palabras, incontenibles ya, como una profecía: ``¡Oh ciudad, yo te entrego lo que puedo: te entrego mi silencio!´´. Fuime al punto rumiando cosas graves, tal vez la manera de desaparecer frente a los hombres, para fecundarlos en mi tierra.

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miércoles, 5 de febrero de 2020

Leyendas del Mar Desconocido II "El Pintor de Piazza Navona"


Acaecía los años cincuenta cuando, en uno de los rincones más bellos y destacados de Roma, Italia, se asentaba un joven pintor de cuadros ambulante. Deseoso de compartir su arte con los millares de turistas y de paso, ganarse lo que necesitaba para vivir.
Comenzó, pues por presentar su trabajo en la famosísima Piazza Navona, lugar en el que, muchos cientos de años antes, se había alzado el gran Stadium del emperador Domiciano. Y, como parecía en esos tiempos una idea original y maravillosa, tuvo en ese entonces mucho éxito. Decenas de turistas se agolpaban frente al joven pintor para verlo trabajar en su arte y muchos peleaban por sus pinturas hasta el punto de que se llegaban a formar pequeños remates entre los visitantes. 
Pero poco a poco el joven comenzó a tener competencia y, a medida que los años avanzaban, la gran Piazza, como muchos otros lugares en las grandes metrópolis europeas, comenzó a llenarse de cientos de vendedores y artistas ambulantes que molestaban a los ciudadanos y aturdían a los turistas. Se llegó al punto en que se sacaron leyes que hacían ilegal la venta de cucherías en algunos lugares y la policía iba de aquí para allá verificando a quienes las vendían.
Tal caso no fue el del pintor, que, sin embargo, perdió gran parte de su clientela y comenzó a tener problemas para conseguir el pan de cada día. Llegando ya a la treintena, las cosas se le complicaban para conseguir trabajo y pintar al mismo tiempo y hubiese dejado ya su "hobbie" de no ser por un extraño admirador que permanecía fiel a él.
Y es que todas las mañanas una joven de unos venticinco años solía sentarse en uno de los bancos de la Piazza dirigiendo la mirada hacia el cuadro de nuestro pintor. Llevaba lentes negros y un chal de cuero y, como perro faldero, parecía admirar durante horas la obra del maestro.
El pintor, por su parte, la observaba de reojo, preguntándose repetidamente la causa de su interés. Pronto comenzó a fantasear con ir a hablarle y agradecerle su atención y, tal vez, con un café de por medio, conversar de arte y gustos. Del barroco y el siciliano. De la pintura francesa, de la alemana y la inglesa. 
Durante varias semanas el pintor mantuvo esta idea, siempre rehuyendo a causa de la vieja e inocente timidez por la que nunca se había casado. Pero un día de otoño, cuando las hojas coloradas todavía sembraban el suelo de la Via Appia se resolvió a conocerla. Y acercándose lentamente a ella, siempre guardando un retazo de temor, le preguntó.
-¿No son hermosos los colores del cielo esta mañana?
-Disculpe señor -dijo ella sorprendida y algo avergonzada mientras le acercaba un pequeño bastón -es que soy ciega de nacimiento.

sábado, 18 de enero de 2020

De farra en farra (capítulo segundo)



2. La agradable compañía

Ahí estaba, tirado en la cama sin poder dormir. Siempre caía en profundo sueño cuando se trataba de la siesta. Pero no hoy. Hoy no podía pegar ojo. Seguía cavilando sobre la noche anterior. Se levantó, entonces, y se encaminó, dando un rodeo, hacia la tranquera.

Ahí se sentó, todavía estaban mate y termo tirados. La vista era ciertamente agradable. El sol se filtraba entre los brazos del sauce haciendo de su interior un lugar mágico. El olor a pasto seco que la tierra desprendía a la hora sexta era de las cosas que más placía a Don Pelayo. Sólo acontecía en las tardes de verano. Sentía la calidez del suelo en la planta de sus pies. Las chicharras discutían acaloradamente entre sí. Céfiro, por su parte, tomaba agüita del arroyo a escasos metros de Don Pelayo, inmediatamente fuera del cobijo del buen sauce.

Terminó de armar el cigarro y lo prendió. La primera pitada era la mejor. Retuvo el humo en su interior, cerrando los ojos, disfrutando del ambiente. Lentamente lo soltaba y veía las extrañas formas que adoptaba en el aire.

‒¿Fumando? Te vas a destrozar los pulmones –dijo su caballo Céfiro.

‒¡Increíble! ¡Lo sabía! ¡Es que lo sabía! –gritó Pelayo‒. Ni dos pitadas pude dar y ya estás otra vez con lo mismo. Ya sé que no te gusta, pero no hace falta que cada vez que prenda un cigarro me arruines el momento. Ya hablamos de esto, ¡basta de molestarme cuando fumo!

‒¡Eeeh! ¿Estamos alterados hoy? Está bien, ya no te digo más nada ‒relinchó medio molesto Céfiro.

‒No, es que ya cansa. Siempre lo mismo, día tras día, cigarro tras cigarro. Déjame morir como quiera, che, poco a poco o de una vez. Este mundo se va al carajo, y hacerme el harakiri sería muy violento, además que sería pecado. Si voy haciéndolo así, pasa desapercibido ‒comentaba entre risas mientras tosía por haberse atragantado‒. Lo único que me queda es redactar la carta de despedida y ya estaría todo listo.

‒Sigue haciendo chistes con eso todo lo que quieras, pero sabes que tengo razón.

‒Bueno, déjame disfrutar, quedémonos en silencio un rato.


El castor había tejido un laborioso embalse en el arroyito; y el arroyito, al llegar al embalse, se ralentizaba para contemplar detenidamente la obra del castor. Era en ese pequeño remanso de quietud líquida que, sentada en la orilla, los observaba Krathis con rubor, la náyade que le daba nombre al arroyo. Rara vez se dejaba ver, pero esa mañana había escuchado las cavilaciones de Pelayo y venía en su ayuda.

‒¡Pssst! Está Krathis ‒le susurró Céfiro a su amigo mientas le tocaba con el hocico el hombro.

Inconscientemente tiró Pelayo el cigarro al piso y se giró nervioso buscando con la vista a su preciada náyade. Y allí se alzaba, delicadamente formidable, magníficamente discreta la dueña de las aguas dulces. Un largo, blanco y fino peplo cubría su femenino cuerpo, y una cerúlea cinta abrazaba su fina cintura. Una frágil flor de cristal recogía su pelo por la derecha, y por la izquierda caía libre y dorado en pequeña cascada. El azul intenso y profundo de sus ojos era lo que ruborizaba a Pelayo, no podía sostenerle la inocente y virgen mirada. El vigoroso personaje nuestro se sentía vulnerable ante la grácil presencia de Krathis que yacía sentada al otro lado de la orilla.

Se asomó Pelayo entre las ramas de su amigo el sauce observando detenidamente, queriendo memorizar cada detalle, cada suspiro, cada movimiento de aquella ninfa.

‒Acércate, no tengas miedo…‒murmuró Krathis.

‒Perdón…‒atinó a decir Pelayo mientras se acercaba a la orilla.

«¿¡Perdón!?» se decía a sí mismo, «Seré torpe…».

‒Quiero decir que es un gusto verla, que me gusta estar con usted. No que me guste usted… Bueno, no quiero decir tampoco que no me guste, porque claro está que es usted sublime y hoy está exquisita… Como el resto de días, claro, nunca está usted fea sino todo lo contrario. Lo que quiero decir es que…

‒Pelayo, siéntate en la orilla, quisiera hablar contigo.

‒Sí, señora.

Se arremangó hasta media canilla los pantalones para introducir los pies en el agua y se sentó. Céfiro se recostó a la derecha de su amigo, aunque un poco más atrás. Al equino también le fascinaba aquella elegante ninfa de dulces aguas. Ambos dos estaban embelesados y esperaban que las palabras saliesen de aquellos rosados labios para poder escuchar y retener el dulce timbre de su voz.

martes, 14 de enero de 2020

De farra en farra (capítulo primero)


1. El despertar del letargo

El sol ya quemaba la cara de Don Pelayo, era ya pasado el mediodía. Ya tocaba levantarse, aunque desde luego podía dormir cuatro horas más y hasta un día si no sintiese remordimientos por hacerlo. Así que se levantó. Y fue tan terrible el dolor de cabeza que tenía, que casi perdió el equilibrio. Pero se mantuvo.

Se vistió como pudo y fue a lavarse la cara con agua bien fría. Tardó sus tres minutos en enjuagarse la faz, apoyado en el lavabo, dejando correr el agua de la canilla, casi sin capacidad de reaccionar. Se secó a duras penas porque sus brazos vagamente le respondían. Fue a desayunar algo, pero lo cierto es que no podía ni tomar agua. Tenía el gaznate como comprimido, a duras penas podía tragar, y mucho menos agua. Un ardor muy fuerte le revolvía el estómago, así que tomo un poco de leche tibia para intentar poner solución a aquello. Seguía mareado, y los sentidos estaban como embotados, como disminuidos en su capacidad. Se sentía un auténtico torpe. Pasó su santa madre por allí diciendo con tono pícaro:

-¿Qué tal anoche, Pelayo…?

«¿¡Qué tal anoche!?» pensó. No alcanzaba a recordar mucho y, tal y como estaba, tampoco quería esforzase.

Al fin se armó de valor para poner agua a calentar en la tetera y preparar un mate. Caminando despacito, termo bajo el ala y mate en mano, salió de la casa para pasear por la estancia. Fue a dar en la tranquera, su lugar favorito para pensar. Así estaba: sentado a la sombra del triste sauce, con el murmullo lejano del arroyito que por su finca pasaba. Se veía reflejado en la melancolía de su amigo el sauce. Sentía como que el árbol entendía sus penares, y él los suyos. Además, pastaba a unos metros su corralero Céfiro, ese caballo fiel, color gris tenue con crines bien renegridas. Tenía confianza con él, y a veces le develaba sus más hondos pensamientos.


Estaba inquieto por reconstruir la completa noche que había pasado con sus amigos. Quería recordar. Dispúsose, entonces, Don Pelayo a cebar un mate y, clamando en alta voz, dijo:

-¡Oh, Musa de las Musas, yo te invoco! Eres la Musa de los desvelos, auxilio del que estudia, concordia de los amigos. Tú que habitas entre las yerbas del campo, que te escondes del Olimpo para vivir tranquila, entre tranquilos hombres, con tranquilas aspiraciones; tú que arrojas lucidez sobre el entendimiento del que te invoca, permíteme recordar lo que aconteció anoche, ¡oh Musa Matígona!

Y en el acto le pegó un sorbido profundo al mate que tenía cebado. Y la Musa empezó a alumbrar.

Se habían juntado los compadres la tarde anterior a jugar al truco, habían comprado carne en abundancia por si caía algún invitado sorpresa. Ya era la tercera vez en esa semana que se reunían sin más objeto que festejar. ¿Festejar qué? Diría que la amistad. Y también era la tercera semana que se reunían tres veces, y el tercer mes que se reunían tres semanas. Y esto, desde hacía tres años.

El vino no faltó. Diría que sobró, pero no lo sé a ciencia cierta, creo que lo terminaron todo. Hubo comilona, guitarreada, recitados y peleas, lo de siempre. Esta vez se habían propuesto llegar a tocar cien cuecas para probar su memoria y conocimiento de la música tradicional argentina. Lo pasaron francamente bien. Bebieron, chuparon y se mamaron hasta que salió el sol, momento en que usualmente tenían pactado disolver el festejo, así podían decir (sin mentir) a los preguntones indiscretos que habían terminado temprano la farra. No fallaba. Siempre el mismo proceder. Y estaban contentos de poderse mirar a los ojos y decirse que habían combatido hombro con hombro en mil farras. ¡Pero la frase es en batallas, no en farras! No importa.

Estaba satisfecho, había logrado reconstruir la práctica totalidad de la noche anterior, con la ayuda, claro está, de la Musa Matígona. Pero esta Musa es conocida por no dar puntada sin hilo, por eso a algunos les resulta amarga. Ésos intentan edulcorarla para quedarse con la puntada y desechar el hilo.

Don Pelayo la aceptaba tal cual era, así que después de iluminarle la memoria, le iluminó el juicio, aunque esto no fue tan satisfactorio. De repente, una sombra cubrió su frente, y un pesar su corazón. Sentía la mirada grave del buen Céfiro, y la rigidez plomiza de las ramas de su amigo el sauce. Hasta el arroyo dejó de murmurar. ¿Qué le inquietaba de la noche anterior? ¡Si todo había estado bien! Las conversaciones, sanas; los amigos, fieles; la música, tradicional. ¿Qué le remordía? La brisa incluso dejó de soplar, como esperando a que Don Pelayo se diera cuenta de una vez para poder ella seguir su trayecto.

-¡Me voy a comer! –gritó enojado sin poder soportar la tensión del ambiente.

-Ya después nos vemos –murmuró tirando el termo y mate al pasto mientras corría buscando refugio en su casa.

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E.N.

sábado, 11 de enero de 2020

Soneto marino.

El consuelo del mar.

Por Teonóstos.

Fui yo quien, en la noche tan oscura,
oh, Ponto, en tus acompasadas undas,
oh, Piélago, en tus aguas muy profundas,
quise encontrar consuelo a la amargura.

No hallé al primer momento en tu espesura,
ni en las pesadas olas en que abundas,
más que ese frío horror con que circundas 
la fértil tierra plena de hermosura.

De pronto, empero, te mudó un fulgor: 
Mi negro mar, entero te alboreas,
y en un instante envuelves todo en oro.

Que lumbre se haya vuelto tu terror,
y, sin querer, de luz espejo seas,
reaviva en mí la sed de lo que añoro. 



jueves, 9 de enero de 2020

"Vacare Deo"

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"Para los amigos de este mundo no hay nada más trabajoso que no trabajar."
San Agustín

"Aquí nos acucia un descanso muy ocupado y nos inmovilizamos en una tranquila actividad."
San Bruno


Y llegaron las vacaciones... ¡Por fin! ¿Pero de qué (o de quién)? Del trabajo y de los deberes habituales. Eso está muy bien y así tiene que ser. ¿Pero hay más? Es decir, hay un descanso necesario y merecido por la labor bien hecha durante un año corriente, pero este concepto lo maneja también la gente del mundo. Mas, como suele ocurrir y también es bueno que así suceda, para el cristiano hay un significado más hondo de lo que son las vacaciones, o sencillamente otro significado. Veamos…

Antiguamente para los judíos el famoso “Sabbat” significaba un descanso para vacar de todo trabajo y también, para vacar en Dios, para Dios. Que mundanos y cristianos entendamos y compartamos el primer sentido de la rica palabra “vacar”, resulta evidente. Sin embargo, hilando más fino, no es fácilmente comprobable que el cristiano actual se destaque por vivir este segundo sentido del término “vacar”, tan caro para los judíos de antaño -y para cristianos que vivían en una sociedad donde reinaba Cristo.

Es un hecho, entre cristianos que quieren progresar en la vida espiritual, que haya cierta inquietud cuando se está acabando el año y se estén acercando las vacaciones. Esta inquietud consiste en “dejarse estar” en lo que respecta a la religión.  Esto es porque, sobre todo los jóvenes, saben muy bien que las vacaciones son un tiempo especial para el placer -sin coto, a veces. Sí, para darse el lujo de ciertas licencias que en el trajín de las obligaciones cotidianas hay más dificultad de que se den. Ciertamente el trabajo o el deber, cualquiera que sea, exigen orden y disciplina que ayudan y sirven para cumplir los deberes religiosos. Cuando esta estructura o esta dinámica de la jornada laboral no existe, o existe pero en menor grado de intensidad y de extensión, comienza a agrandarse el “hombre viejo” y a achicarse el “hombre nuevo”, el interior. Si esto ocurre -¡y ocurre, lamentablemente!-, cabe una posibilidad alarmante digna de atender. Y es la siguiente:

Las vacaciones son una piedra de toque, indudablemente, para examinar nuestra relación con Dios, especialmente con Jesús. Si entra en crisis fácil y rápidamente el cumplimiento de mis deberes para con Él y su Iglesia, evidentemente hay algo que no funciona bien. ¡Atención! No se trata de que se vaya a aflojar en el cultivo y cuidado de la virtud solamente. Puede que esto pase, pero no es lo más importante aunque tenga su gravedad. Lo realmente peligroso es que uno, terriblemente, se olvide de Dios. Esto no suele ser fácil de captar, de percibir. Existe como una cierta atmósfera soporífera que lleva a la inercia y a la desidia. Es sutil el aire vacacional -el veraniego, claro está. El verano tiene otras connotaciones, además de ser el tiempo privilegiado para vacacionar, que son el calor apabullante que debilita subrepticiamente las fuerzas del espíritu. No suele ser un aliado esta estación para la vida de oración y para la liturgia. El estío atenta contra el orante.

Acaso este fenómeno del descuido -u olvido- de la cosas divinas se deba a que inconscientemente se considere estas cosas como un deber más a realizar en el tráfago de los quehaceres diarios. O sea -a modo de ejemplo-, tengo que atender los asuntos de mi empresa o de la facultad, tengo que hacer fútbol o tenis, tengo que estar un rato en casa, tengo que salir con mis colegas o amigos, tengo que acompañar a mi mujer o a mi novia, tengo que leer algo informativo, tengo que respirar un poco, tengo que recrearme en algún hobby… y, además, tengo que rezar o ir a misa. Sí, soy oficinista o estudiante, soy hijo, hermano, novio o esposo, soy futbolista, soy paseador, soy civil, y… -¡ah, casi lo olvidaba! soy cristiano también. Por supuesto que todo esto descrito así parece espantar por su crudeza y ni bien se lee esta descripción se toma distancia como si esta realidad estuviera lejos, muy lejos, de lo que yo soy y vivo y hago.

No obstante, ¡pasa! No me doy cuenta, claro. No me expreso así y no creo ser… eso, ese tipo de creyente. Pero la verdad, dura y pura, es que en la práctica pasa. Y pasa con frecuencia, en muchas vacaciones. Es difícil, por nuestra común mediocridad -al menos, me refiero a la mía- mantenerse alerta, atento, despierto a todas las exigencias de la vida cristiana durante las vacaciones. Al revés de ser un tiempo de enfriamiento en mi relación con el Señor, debería ser el tiempo ideal, propicio para avanzar en dicha relación, para concentrarme aún más en su Palabra, en su Sacrificio, en su Virtud y en su Amor. Para permanecer, en suma, junto a Él, sin ninguna -o muy pocas- solicitación que me distraiga en dicho ejercicio o intervenga en este cristiano vacar; en este preciosísimo y olvidado vacare Deo. Teniendo esto presente, meditándolo, procurando vivirlo mientras el fugaz -y por momentos, interminable- tiempo de las vacaciones va pasando es clave para mantenerse con la guardia alta y vivir profunda y provechosamente las vacaciones. Solo así le damos un sentido -o mejor dicho, le devolvemos su sentido- a las vacaciones.

Me parece que no hay medias tintas en este planteo, en este tiempo de vacar. O se viven unas vacaciones cristianas, o se disfrutan de unas vacaciones paganas. O se vale de gran parte del verano para crecer en oración y en virtudes, o… se retroceden varios casilleros. Si acontece, por gracia del Altísimo, lo primero: hay esperanza para un año de mayor amor a Dios y de mayor compromiso apostólico. Pero si se da la segunda opción -¡Dios no lo permita!-, es poco prometedor según la Fe el año ya iniciado.

¡Que se escandalicen los hombres serios del siglo porque dicen que vivo de vacaciones!

¡Yo más me preocuparé y sufriré por la infidelidad a este enjundioso y necesarísimo vacar para y en Dios, Nuestro Señor!

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María de Betania, ruega por nosotros en estas vacaciones. Amén.

jueves, 2 de enero de 2020

Paz y un 2020.

DIA VI

El año pasa… el mar queda.
El año se va -se fue- pero el mar permanece.
El año 2019 no existe más mientras que el mar continúa como ajeno a las efemérides, de tan antiguo.

Y yo lo contemplo, y aprendo de su indiferencia ante el tiempo. El mar se burla del Cronos, o pareciera hacerlo. Inmutable como es, no lo alteran los cambios de años. No sabe de fuegos de artificio, de brindis con champán, de augurios sentimentales, de regalos con fecha de vencimiento. Él sigue allí, inconmovible, al margen de las hueras fiestas civiles de los hombres...
Pero yo soy un hombre, no un mar. No puedo -pretenderlo sería vano- sustraerme a este tipo de acontecimientos. Un año es un año, y hay que dar gracias por haberlo vivido -con sus desgracias- y quedar expectante al siguiente -con ilusión-...

Sin embargo.

Yo busco el mar entre el clamor de la celebración humana. Se aceptan los buenos deseos -no hacerlo sería descortés-, pero yo quiero que el mar me diga algo para esta fecha. Procuro y hasta ruego sus deseos, sus noticias. Por eso lo observo, largamente, esperando una señal. No un hueco “feliz año”. ¡No! El mar sabe -se lo he confesado- cuál es mi felicidad. Sospecho que lo sabe; al menos supongo que no errará al comunicarme una buena nueva, un saludo para este tránsito anual.

Y entonces…

¡La paz! Eso me muestra y me regala. La paz marina. Paz de aguas abiertas, paz de aguas profundas. Ese clamor incesante de las aguas salinas ondeando calmosamente. Ese horizonte amplio, tan amplio, que manifiesta una serenidad inalcanzable.

¡Oh apacible mar, que me pones melancólico, tráeme tu paz que la preciso!

Este mundo maquillado de paz me empuja hacia ti, que tienes un rostro poco pacífico. Pero yo sé que tu paz es distinta; es real y verdadera; es fiel. Tanto que aún en medio de borrascas y tornados mantienes tu paz y la compartes para el que sabe ver, para el que sabe oír. Para el que sabe y quiere y desea profundamente recibir tu paz.

Esa paz que el 2019 no me dio, entrégamela en este 2020 que comienza.