lunes, 26 de octubre de 2020

Llueve en las sierras.


 


Llueve en las sierras

Malvinas (Mdz.)

No cejaba la tarde en su imperio azul: el yuyo se apretaba a las piedras; la tierra, crujiente y hervorosa, se retraía bajo la cruel tiranía del sol. Era una tarde cualquiera en tiempo de verano. Apenas se divisaba en la cuesta la firme silueta de un jinete. Descendía éste perezosamente arreando un piño de chivas, que copiaba los movimientos de su pastor de forma deshilvanada hacia el zanjón, como una prenda desgarrada. Debajo de un toldo observaba el descenso una mujer. Al arribo de las madres, en compañía de sus crías, salieron al encuentro un pelotón de perros ladrando. Pero tras los gritos impacientes de un jinete fatigado se dispersó el tropel a través del jarillal. Desmontó y desensilló, con la misma parsimonia con que bajara la cuesta. Finalmente, se desplomó a la vera de su mujer que lo observaba y aguardaba mate en mano.

-                    Si el tiempo no cambea, la van a pasar fiero.

-                   ¿Queda pasto en la mesilla? -pregunta la mujer.

-                    Casi no hay.

Y un silencio prolongado se hizo de repente. Algún que otro chivato osó balar desde el corral, implorando leche a una madre reseca y esquilmada. Ni siquiera los pájaros tenían ánimo de cantar. Hacía días que el arroyo apenas humedecía la tierra, brotando recién de noche en un delgado filo de agua. El cielo era un pozo azul, terrible y despiadado.

La tarde llegaba a su apogeo, y se esperaba ya la mengua del calor. Cuando el poniente traía la noche a remolque, como un mar oscuro poblado de buques, por fin la tierra respiraba, la hacienda se trasladaba, había vida. Ocurrió entonces que una brisa liviana sacudió el acacio. Al momento pasó otra, y otra, y una más. Se aflojó la tensión del aire, los animales comenzaron a desentumecerse. Por encima de la loma, a espaldas del rancho, un vellón entre blanco y aplomado se asomó y avanzaba tempestuoso, como tirado por una cuadriga de corceles. Tronó. Junto al susto puso el trueno en marcha al matrimonio que desaladamente guardaba y cubría cosas, ponía orden a un desbande de pollos, a la yegua bajo techo, y no mucho más. Se desató el viento y aguacero.

Ahora ambos, un poco mojados, contemplaban la cortina de lluvia radiantes, con una expresión feliz en el rostro y una pureza jovial en la mirada: dos niños se asomaron agradecidos en medio de una piel tostada que no desmentía la solidez de la piedra, ni olvidaba los rigores de la labor. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, entonaban un niño y una niña metidos en su juego. ``¡Llueve! ¡Llueve!´´, parecían cantar los animales. ¡Oh, bendición del cielo!

Pasado el aguacero, todavía oyéndose algunas cascadas y el torrente del zanjón, salieron ambos rancho afuera, libertados; y el único tono, la nota dominante era una exhalación profunda de la tierra, dilatada, como un cuerpo que al fin encuentra su alivio después de una jornada intensa de labor.

No fue otro aquel día caluroso de febrero, cerca del Nevado, hará dos años ya.


El Alpataco

lunes, 12 de octubre de 2020

Hispanidad y posmodernidad.

¿DÓNDE ESTÁ ESPAÑA?

Vindicación del ser hispano en el alma frente al hombre posmoderno desde la mirada de Anzoátegui.

Introito.

  "¿Dónde está España?"[1] es un poema del comunista converso José Antonio Balbontín. En dicho poema su autor -varón enamorado de España- plantea el drama de un anciano que es interpelado por su nieto sobre el lugar que ocupa España en el mapa, y que, a raíz de semejante interrogante, el abuelo se deja llevar por el abatimiento y la melancolía de ver a su Patria hundida, arrancándole de sus entrañas la siguiente exclamación: “¡España ha muerto, hijo mío! No la busques en el mapa. ¡España yace sin pulso sobre la estepa agostada!”[2]

  Con estos versos del poeta madrileño hemos querido dar inicio a esta reflexión dado que el drama allí representado -drama que intencionadamente hemos dejado abierto para arribar a la solución hacia el final de estos pensamientos- es el mismo que nos queremos plantear en nuestros días, pero desde una óptica diferente. Todos nosotros bien podríamos ser el niñito del poema que otea a su patria en el mapa y pregunta por ella ingenuamente, pero no es ya su ubicación física la que nos estaría interesando ahora, sino su lugar en la geografía interior de nuestro ser. Trataremos de explorar el espacio metafísico y espiritual que ocupa la España inmortal en nuestros corazones. La exploración será somera por defecto del novel escritor y en razón de los límites establecidos de la bitácora. (De hecho, no podremos hacer  siquiera un resumen de porqué entendemos al hispano y la Hispanidad en continuidad directa con la Medievalidad y la Antigüedad, teniendo que presuponer esta realidad histórica). Y para esta aventura -o urgente vindicación- tendremos que interrogar gravemente a un anciano sabio sobre el ubi íntimo de esta España. Me refiero al cabal hispanoamericano Ignacio Braulio Anzoátegui. Este inmenso poeta argentino hará las veces de abuelo nuestro para orientarnos, ahora superando pesimismos, sobre el verdadero lugar de España en el alma.

  Ha sido el mismo Anzoátegui quien nos ha inspirado a través de dos libros fundamentales suyos para el presente artículo: Tres ensayos españoles[3] y Genio y figura de España[4]. En ambos libros, pequeños pero sustanciosos, nos muestra el autor toda la grandeza del hombre español o del ser hispano y toda la excelencia de España o de la Hispanidad como ideal. Aquí hago una aclaración: cuando Anzoátegui habla del hombre español se refiere al hombre hispanista o hispanófilo de raigambre medieval ; asimismo, cuando habla de España es aquella misma que amó Primo de Rivera quien proclamaba en uno de sus grandes discursos: “Nosotros amamos a España porque no nos gusta. Los que aman a su patria porque les gusta la aman con una voluntad de contacto, la aman física, sensualmente. Nosotros la amamos con una voluntad de perfección. Nosotros no amamos a esta ruina, a esta decadencia de nuestra España física de ahora. Nosotros amamos a la eterna e inconmovible metafísica de España.”[5] En contraposición a este elogio hispánico se encuentra la figura del hombre moderno que será dura  y genialmente puesta en ridícula por la pluma lírica y marcial del poeta trinitario. En este ocurrente y agudo contraste se pone de manifiesto con total originalidad la nobleza y la vileza de los dos tipos modélicos en pugna constante: el hispano y el moderno.

Escueta distinción entre el hombre moderno y el hombre posmoderno.

  Con todo, nosotros bien sabemos que en la sociedad actual el modelo que ha triunfado es este último, que ya ni siquiera lo llamamos “moderno”, sino que con Guilles Lipovetsky lo venimos a nombrar como “posmoderno” (o también “hipermoderno”)[6]. En efecto, este filósofo y sociólogo contemporáneo es un paladín a la hora de analizar los rasgos más significativos de nuestra era posmoderna. Entre muchas maneras que la define, dice el pensador francés en sus ensayos: “la cultura posmoderna es un vector de ampliación del individualismo.”[7] Entiéndase aquí al individualismo como sinónimo de aquel grandísimo mal de la época moderna: el antropocentrismo, compendio de todo lo moderno, opuesto al cristocentrismo o teocentrismo que marcó la época medieval y antigua. Para Lipovetsky el hombre posmoderno viene a extremar o a enfatizar las taras del hombre moderno anterior al siglo XXI. Por caso, si el moderno era narcisista, el posmoderno es ultranarcisista, con todo lo que esto conlleva. Aunque no solamente el diagnóstico del crítico de la Francia se reduce a detectar los frutos maduros -siempre frutos ponzoñosos- de la Modernidad en nuestra época, sino también a destacar que se ha producido -o está aconteciendo en este momento histórico- un cambio radical entre lo que fuera el hombre moderno de antaño y lo que es -o está comenzando a ser- el hombre posmoderno de hogaño. La  Posmodernidad, apoteosis de la Modernidad, es también el inicio de una nueva era que se ha dado en llamar “la era del vacío” (así titula el mismo Lipovetsky el libro en que recoge algunos de sus muchos ensayos sobre el tema en cuestión.) Si hasta ayer el moderno soñaba en la Revolución, luchaba en la vanguardia por sus convicciones y anhelaba un paraíso terrestre conforme a sus ideales, el hombre “posmo” de hoy, también conocido últimamente como “millennial” (y no aludo aquí exclusivamente a los jóvenes puesto que hay millennials de cuarenta años), vive en la indiferencia total ante la existencia, sumido en la apatía más amarga y desoladora frente a la vida, sin puntos de referencia ni horizontes esperanzadores. En una palabra, el posmoderno le rinde culto a la nada misma; su vida es pura vacuidad... Y todavía la profecía davídica sigue resonando para éstos que fabrican y adoran ídolos: “Semejantes a ellos serán quienes los hacen, quienquiera confía en ellos.”[8]

  Sin embargo, sabemos que ríos de tinta se han gastado en autores de alto vuelo para denunciar todos los problemas y los males del espíritu y la mentalidad modernos. Como a su vez, también, no se nos escapa la cantidad de escritores de talla que han ponderado las perfecciones de la Tradición y la estatura espiritual-moral del hombre tradicional y antiguo. Nuestro objetivo es sumarnos en esta encomiable tarea, sobre todo para estar alerta en una atmósfera soporífera. La nada a la que sirve el posmoderno y la vacuidad en la que se mueve, como señalábamos recién, no son dos realidades claramente discernibles. La nada y la vacuidad coetáneas son dos fenómenos huidizos, mutables, alucinógenos y alienantes. Son los peores males contemporáneos, indudablemente, pero están disfrazados y enmascarados de mil formas. Por esto mismo, para no permitirnos que se nos filtre el hombrecillo posmoderno y para que se reanime -si es que yacía postrado- ese sujeto hispano que llevamos en el pecho, presentaremos un paralelismo antitético entre éste último y aquel otro. De este modo, quedarán resaltadas las cualidades o virtudes propiamente españolas, y se podrá  apreciar cómo son éstas mismas las que más frontalmente chocan con las características de los posmodernos. Así las cosas, con fines didácticos utilizaremos este recurso hermenéutico-estilístico, que ojalá sea adecuado para realizar el cometido que nos hemos propuesto. Por último, cabe aclarar que sólo nos detendremos en cuatro notas antagónicas entre cada paradigma que nos han resultado de especial interés.

Hombre hispano Vs. Hombre posmoderno

  1) En los escritos de Anzoátegui sobre nuestro tópico, lo que más resalta y lo que atraviesa toda su obra en conjunto, es el sentido sobrenatural del hispano frente al sentido naturalista del moderno, devenido sentido antinatural en el posmoderno. El hispano vive de cara al Padre; el moderno, de cara a un lejano Arquitecto; el posmo, de cara a la Nada. El hispano vive según las virtudes teologales; el moderno vivía las caricaturas de estas virtudes: confianza en el hombre, optimismo mundano y filantropía hacia la humanidad; ya el posmo ni siquiera vive estos “valores” modernos. El hispano sabe que su corazón es campo de batalla entre Dios y el Diablo, entre los Ángeles y los Demonios, y así lo ofrece resignadamente. El moderno le hacía la guerra a Dios o al Diablo, o a los Dos desde el parapeto de su corazón ensoberbecido. Pero, el posmo, sencillamente se olvida que tiene un corazón… Veamos cómo nos ilustra el poeta Anzoátegui en este primer punto. “España, eterna e inmóvil, vive de cara al cielo y de cara al infierno, que es una manera de alcanzar el cielo”[9]. Después, refiriéndose al orden social del imperio español, dice que era un “orden de santidad y de pecado, donde la santidad está al servicio de la gloria y el pecado está al servicio del arrepentimiento, porque todo en España está ordenado al cielo.”[10] En otra parte insiste en la misma idea cuando afirma que “el sentido de la realidad española […] cuando es verdaderamente española, no es otra cosa que una viva y decidida conmemoración de la Redención.”[11] También afirma sobre la madre patria que siempre tuvo una imperiosa inquietud: “la inquietud de la caridad, que, para España, más que una virtud es una necesidad nacional.”[12] En síntesis, España tenía una conciencia y es que “Ella se sabía eterna.”[13]

  2) Del punto anterior, por ser axial, se desprenderán todas las siguientes comparanzas. Ahora bien, con respecto a la conciencia de pecado y del estado de hombre caído, urge hacerse a un costado y dejar que el mismo Anzoátegui dé cátedra al exponer lo siguiente: “El hombre medioeval sentía el olor del pecado; el hombre moderno se empeña en ponerle al pecado olor a desinfectante. El hombre medioeval hacía penitencia después de pecar; el hombre moderno adopta precauciones antes de pecar.”[14] Y así prosigue en esta línea el ingenioso escritor, pero ahora pasemos a otros fragmentos del mismo donde nos muestra aún mejor la conciencia hispano-católica. “Toda la vida del español oscila entre la aventura del pecado y la aventura de la santidad. […] Él sabe que su última aventura pertenece a Dios. Por eso tiene confianza en la vida, porque tiene confianza en la muerte.”[15] “El español peca por tres razones: porque tiene ganas, porque no quiere arrepentirse de cometer el pecado y porque quiere arrepentirse pronto de haberlo cometido. Su caída tiene algo de salto; su pecado tiene un trampolín situado en el abismo, que lo devuelve a la altura.”[16] “El santo español sabe de qué manera debe abofetear a cada instante al pecador que lleva consigo y el pecador español sabe con qué firmeza debe resistir al santo que lleva dentro de él.”[17] Como se ve, el hombre hispano es un hombre de Fe, un ser profundamente religioso, “porque el español sabe que Dios ha creado al hombre para que le sea leal.”[18] Y por esto mismo “constantemente el español tiene miedo de que Dios se arrepienta de haberle llamado a la santidad.”[19]

  3) Bien. Para esta nota nos apoyaremos fehacientemente en el genio de Anzoátegui. A causa de su liberadora trascendencia, el hombre hispano vive sufridamente como un exiliado en este mundo. En cambio, a causa de su angustiante inmanencia, el hombre posmo intenta vivir displicentemente como un ciudadano del mundo. De aquí que el hispano sea un caballero nostálgico y el posmo un ensimismado melancólico. De aquí que el hispano conciba su vida como una novela escrita por el Gran Novelista y el posmo crea que su existencia es una vulgar comedia o una mera tragedia bajo el sello del anonimato más cruel y despiadado. De aquí que el hispano sea un apasionado y un enamorado de la vida, que sabe vivir y que sabe morir, porque sabe Quién es el que da y toma la vida cuando Le place. Tan consciente es de estar hecho a imagen y semejanza de la Santa Trinidad, y tan decidido está en pelear por alcanzar ese destino divino, que termina resultando en este destierro una auténtica paradoja -o como dirá Anzoátegui: “un escándalo irresistible, una preocupación actual.”[20] Todo lo contrario le sucede al hombre posmo que hoy contemplamos con lástima y desagrado. El posmo es un desalmado que nada ni nadie lo conmociona, que todo le da igual, y que no le importa saber vivir y morir porque no le interesa pensar bien: ésta es su principal enfermedad. Por eso, por abolir su vocación a la grandeza y descuidar el designio sempiterno, el posmoderno deviene un ser contrahecho; un ser vertiginosamente absurdo.

  4) Finalmente, confesamos que ambos arquetipos, el hispano y el posmoderno, están locos. Rematadamente locos. No obstante, la diferencia de ambas locuras radica en que el posmo “es el único animal razonador que emplea su razón para engañarse a sí mismo”[21], es aquel “hombre tranquilo [que] es la negación del hombre. Es el hombre que vive en el equilibrio del hombre y de la bestia, porque ignora que la salvación no puede alcanzarse sino por el desequilibrio del hombre que triunfa sobre la bestia. Es el hombre que acalla su exigencia de cielo y su horror de infierno para no desvelarse con las exigencias del cielo ni con los horrores del infierno. Es el hombre que en nombre de la humanidad renuncia a su propia naturaleza humana…”[22] Contrariamente a esta chifladura, “España vive […] en el servicio del buen amor o del loco amor, pero en el servicio siempre del amor enloquecido. La vida y la muerte son para ella la locura de la vida y la locura de la muerte. Esta es la grandeza de la España de ayer y de la España de hoy […]. Es el ejemplo que la vieja España lega a la nueva España. Don Quijote muere con toda la grandeza de su locura; muere realizando los cuatro actos que el mundo considera como los cuatro actos cardinales de la locura de un hombre: confesando su pecados, pidiendo perdón a sus enemigos, perdonando a sus ofensores y repartiendo sus bienes.”[23] ¡Queridos amigos, esta es la bendita locura quijotesca que todavía nos mantiene en pie! ¡Sea!

Conclusión

  A pesar de todo, aquí estamos… vindicando a este ser hispano en peligro de extinción. Aquí estamos tratando de fustigar sin piedad el arquetipo de hombre posmoderno que se nos propone en todas partes. Aquí estamos, como niños que todavía no están huérfanos y que cierran los puños para decir con el Poeta: “¡No quiero que muera España!”[24] Aquí estamos, en suma, para concluir este análisis oyendo en lo más profundo de nuestro ser lo que Balbontín junto al Cid, al Quixote, a Santa Teresa y a Alfonso el Sabio, junto a los mártires de Barbastro y a todos los monjes del Valle de los Caídos, nos dice aquí y ahora, con voz portentosa:

“¡Hijo de mi entraña!,

tu enojo me desenoja y tu indignación me agrada.

España vive de nuevo y nadie podrá matarla.

España alienta y renace como una llama

en la ilusión de tus ojos y en el candor de tu alma.”[25]

 



[1] BALBONTÍN, José Antonio. Romancero del pueblo. Madrid, Imprenta Juan Pueyo, 1931.

[2] Ibíd..

[3] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Tres ensayos españoles. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[4] ANZOÁTEGUI, Ignacio Braulio. Genio y figura de España. Buenos Aires, Ed. Nueva Hispanidad, 2000.

[5] Discurso pronunciado por José Antonio Primo de Rivera en el Cine Madrid, de Madrid, el 19 de Mayo de 1935.

[6] LIPOVETSKY, Guilles. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona, Ed. Anagrama, 1986.

[7] La era del vacío… p. 11.

[8] STRAUBINGER, Juan. El salterio. Buenos Aires, Club de lectores, 1949.

[9] Tres ensayos españoles… p. 11.

[10] Ibíd.. p. 53.

[11] Genio y figura de España… p. 32.

[12] Ibíd.. p. 40.

[13] Ibíd.. p. 37.

[14] Tres ensayos españoles… p. 63.

[15] Tres ensayos españoles… pp. 62-62.

[16] Ibíd.. p. 55.

[17] Ibíd.. p. 54.

[18] Genio y figura de España… p. 26.

[19] Ibíd.. p. 33.

[20] Genio y figura de España... p. 14.

[21] Tres ensayos españoles… p. 62.

[22] Tres ensayos españoles… pp. 48-49.

[23] Ibíd.. p. 50.

[24] Poema ¿Dónde está España?, de José Antonio Balbontín.

[25] Ibíd..


HILARIO

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Fragancias primaverales (poema).

 Primero de Octubre, fiesta de santa Teresita del Niño Jesús, bar Cachavacha, pasada la medianoche.

                      

  FRAGANCIAS PRIMAVERALES 


Otra vez la bruja primaveral convocaba dos corazones hechos de ilusión y juventud...


¿Y si acaso fuera el llamado cordial que nos hiciera la lira de la milagrosa Florecilla?

    

***


Fue una agradable vivencia la que tuve aquella noche mientras te contemplaba despacio durante horas imprecisas…


Palpitante encuentro de registros edénicos y de canciones esperanzadoras.


¡Conmoción profunda, seguro delirio, rapto inesperado, vital inspiración, fuego irrefrenable!


Yo descubría en cada minúsculo espacio de tu rostro universos maravillosos jamás explorados,


Hallaba una luz nueva en cada rincón de tu semblante feliz en el que me detenía plácida y atentamente;


Y buscaba la magia blanca que me diera la clave de tan armoniosos y delicados rasgos faciales.


Con mis dos ojos cual corceles bien adiestrados perseguía distintas bellezas en una cara que parecía no tener fronteras,


No me daba cuenta que mis pupilas iban de arriba abajo, de un extremo a otro, sin hacer reposo en ningún punto exacto;


Y en el fascinante recorrido que realizaba me asombraban las agraciadas facciones que adoptabas: tus perfiles únicos, tus formas elegantes.


Tu nariz de oro me socavaba todo el candor que alojaba en mi pecho y en mí suscitaba una franca hilaridad.


Tu sonrisa fresca con su indefinible rictus me generaba un sin fin de sensaciones sabrosas y exquisitas;


Esa tu eterna dentadura, ¡tan blanca!, me causaba una placentera impresión que vos no advertías;


Y me divertía con tu frente de niña, tus triunfales mejillas, tus finas cejas y tus dulces pestañas que me colmaban tranquilamente.


Contemplación en la que concursaban animosamente los cinco sentidos; actividad recreativa de un alma peregrina.


Toda tu angelical figura -nacarada, limpia, amplia e infante- me sugería una crónica justa y detallada;


Me susurraba la brisa nocturna que jugueteaba con tu melena dorada que escribiera un poema,


Y mientras vos me mirabas encendidamente con tus cautivadores ojos pardos y me conversabas,


no eras capaz de sospechar mi ejercicio sutil propio de contemplador romántico o de trovador escondido...


***


Yo procuraba arrebatar el secreto de tus perfectas líneas y los arcanos de tu faz bendita, que al fin de la cita, se me hacía familiar.


La aventura de contemplarte sin testigos se acababa, mas yo adivinaba detrás de tu figura risueña, una promesa de primavera.


Felix Ehrlich, "Der Musikant".


[Manuscrito de un bardo del siglo XXI]

jueves, 17 de septiembre de 2020

REALIDAD


Pues urge al ánimo despabilar,

despierta de este sueño vida mía,

presta los oídos en esta fría 

mañana de trama primaveral. 


¡Sal corazón! Huye de esa modorra,

permítele al fuego de hoy quemarte,

no quieras de este tu dolor librarte:

no hay en tu sien espinosa corona.


¡No temas! Pues ni caminos marcados

ni anchos manuales para ti tienen;

sencillamente, un gran cauce insinuado.


¡No temas! Pues las armas que tu lleves

No van por tu cuenta, van de regalo.

Lo tuyo: que por la Hermosura veles.

martes, 25 de agosto de 2020

CRISTIANISMO PASADO POR AGUA

 

“Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18-8)



 Sacerdote da misa en solitario ante las fotos que le mandan sus ...

 

Estimados amigos, en el siguiente escrito intentaré describirles un mal que vengo meditando hace tiempo. Como bien saben, quien les escribe suele ser bastante torpe para describir los asuntos que lo motivan, sobre todo tratándose de realidades sutiles, las cuales han sido ya denunciadas por grandes autores. Mas, como bien me aconsejó un amigo, no hace mal intentar repetirlas, ya que los buenos libros no se leen.

 

En esta ocasión, busco gritar, quizás a modo de queja, un mal que se infiltra en nuestros entornos, en nuestras familias y nuestra Iglesia.

Ya no hablaré aquí, de quienes han decidido deliberadamente no ser cristianos; no denunciaré aquí al mundo corrompido y diabólico. Intentaré reavivar los corazones de buena voluntad, quienes confundidos por la misma Iglesia, pueden perder el rumbo de la Verdad.

 

Se trata amigos míos, de todos aquellos cristianos que viven alrededor nuestro, y no están viendo los hechos con claridad, y por consiguiente obran mal, y lo que es peor, acusan a los que con sus miserias intentan ser fieles a Jesucristo.  Todo lo que intentaré balbucear a continuación tiene una misma raíz, es parte del mismo problema que viene hace años promovido en la iglesia por los malos espíritus. La Iglesia ha abandonado la enseñanza apostólica, inspirada por el Espíritu Santo, y ha cedido a tener una conducta y un pensamiento mundano, humanista, a la medida del hombre, y no de Dios. Peldaños históricos como el protestantismo, la revolución francesa, el marxismo (o el legado de Antonio Gramsci), el modernismo, y todas las herejías, han ido modificando y contagiando el buen pensar cristiano, haciéndole perder terreno en todos los planos (social, cultural, teologal, moral, antropológico, etc…). Nosotros, recibimos en herencia una sociedad diametralmente opuesta a nuestra fe, que nos contagia profundamente, tanto, que no nos damos cuenta que pensamos mal.

 

Me preguntaba cómo es posible que hoy en día, con la realidad de esta pandemia en que vivimos, en el pueblo de Dios haya tantas visiones distintas, tantas opiniones contrarias, tantas acusaciones internas y tantos desbarajustes. Verdaderamente son tiempos confusos, pero con la luz de la Verdad, la cosa es tan evidente y grotesca, que para quienes quieran verlas con humildad, no habrá ya lugar a dudas.

 

Pues bien, intentemos destruir algunos engaños que nos tientan hoy en día.

 

Lo primero que quisiera comentar, es que ya no se conocen las verdades de fe más simples. Parece increíble que la Iglesia desconozca su catecismo. Pregúntale a un católico normal, en qué se funda su fe, y no sabrá responder. Entonces, ¿quién ya considera que nuestra fe se basa en las Sagradas Escrituras, que estas son explicadas a la luz del Magisterio, y que al mismo tiempo, esto es sostenido por la Tradición de la Iglesia?  Resulta alarmante el desconocimiento culpable de los fieles. Los fieles ya no conocen en qué creen, y lo que es peor, no les interesa. El catecismo dice claramente que los fieles están obligados a conocer su Fe.

Las Sagradas Escrituras, que suelen estar juntando polvo en un rincón olvidado del hogar, es la primer desconocida. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor…” Hermanos en la Fe, ¿creen o no creen en esta verdad? Si creemos, ¿nos alimentamos cotidianamente? ¿No creen que la Palabra es VIVA Y EFICAZ y que es inspiración divina para mí, para hoy, para mi tiempo?

Por otra parte, a las Sagradas Escrituras la interpreta el Magisterio de la Iglesia, pues, si yo la interpreto a mi gusto, eso sería protestante. Para esto nuestra Madre la Iglesia se ha encargado, a través de tantos Doctores, Teólogos, Santos y Concilios, de llegar a la plenitud de la Verdad, que el Espíritu Santo ha querido enseñarnos. Y por último, la Tradición es la que nos garantiza este magisterio, y nos cuidad de los engaños subjetivos y de las falsas interpretaciones. Es realmente penoso ver cómo se desprecia la tradición de la Iglesia, como si fuera algo del pasado, oscuro, y no el pulso vivo que nos une en la comunión de toda la Iglesia de todos los tiempos. ¡Cuántos tesoros tirados a la basura, cuánta belleza, cuanta sublimidad despreciada! ¡Ante la confusión reinante, quien quiera buscar la verdad, acuda a estas tres fuentes seguras! !Qué triste es observar cómo, cuando uno menciona palabras como tradición, modernismo, la gente te mira con lástima, como si uno fuera un pobre trasnochado, idealista del pasado y ni siquiera conocen de qué se trata!

Ahora bien, sabiendo estas verdades que todo católico debería aprender en su primer año de catecismo, ¿Cómo diantres es posible que haya tanto desprecio por estas tres? ¿Cómo puede la gente ser tan soberbia, de despreciar siglos enteros de sabiduría y alimento espiritual, y priorizar su opinión personal, basado en los infantilismos sensibles enseñados por los párrocos? Esto, es realmente gravísimo. En el fondo, esa gente cree estar por encima de los santos y doctores de nuestra Iglesia. Probablemente estas personas, jamás se hayan tomado el tiempo de leer un poco.  Pero para quienes se toman el tiempo, con honestidad intelectual, descubren poco a poco verdades fundamentales, que elevan al alma por los cielos, y que hoy son bastardeadas.

 

En segundo lugar, creo que lo recién dicho sucede por varios motivos. Uno de ellos es que se ha perdido el “teocentrismo”, que pone a Dios como centro del universo, centro de las sociedades, centro de la Fe, centro de la Verdad, centro de nuestras vidas y centro de nuestro Culto. “Amarás a Dios sobre todas las cosas” ¿Quién medita esto? Y cuán profundo es. Dios está por encima de absolutamente todo, y por lo tanto, su Iglesia, su doctrina y todo lo que referente a Dios, también.  Tiene prioridad ante todo. Pero el modernismo ha hecho estragos, y ahora el centro de mi vida soy yo. Mi prioridad es la realización de mi vida, y la fe la dejamos para el tiempo libre, como algo más de las tantas cosas que hacen a mi vida. Hago la voluntad de Dios, en tanto y en cuanto se amolde a mis gustos.

Tener a Dios y la fe como centro de nuestra vida y nuestra principal búsqueda cotidiana, cura de vivir y pensar subjetivamente la Fe.  ¿No resulta evidente que vivir la fe a mi manera es falso? Si cada uno vive y piensa la fe a su manera, ¿no tendríamos una fe distinta en cada persona? Por consiguiente, ya no sería la Fe verdadera. La Iglesia es UNA, SANTA CATÓLICA Y APOSTÓLICA. No interesa lo que pienses u opines, la Verdad fue, es y seguirá siendo la misma. Nuestro deber es descubrirla, y Dios se la regala a los humildes y sencillos que la desean intensamente y con una constancia comprobada.

Esto se ha metido de raíz y no lo vemos. La Fe, no se vive a nuestra medida, la fe se vive a la medida de Dios. No puedo vivirla como me parezca. Tengo que amoldarme a Dios, y eso, a nuestro mundo visible, es incómodo. Si la fe nos resulta cómoda en nuestros aspectos humanos, estamos en problemas. ¿No es acaso Dios infinitamente más sabio que nosotros? Entonces… ¿Quién debe seguir a quién? El diablo nos ha convencido que eso de ser piadoso, llevar la cruz y buscar las virtudes heroicas ya no existe, la maravillosa vida de la iglesia ahora se ha amoldado a los tiempos, y es todo color de rosas, no hay de qué preocuparse. 

 

Otro problema es tener una visión humana y terrenal. Todo lo juzgamos desde lo económico, lo social, etc... Se lo puede llamar como “un cristianismo pasado por agua”.  Todo se analiza según los efectos de las consecuencias humanas y los resultados terrenales. Resulta ahora que, a las verdades de fe, tan simples y hondas a la vez, respondemos con un “no es tan así”, y mediante razonamientos terrenales, disolvamos con agua la gravedad de cada enunciado de Cristo, y todo quede en la nada. Curiosamente esto lleva siempre a la salida más fácil y cómoda para el hombre, y jamás induce a la puerta estrecha, aquella que pocos dan con ella. Incluso, hemos humanizado a Dios, quitándole lo divino y sagrado, y despreciamos el don del Espíritu Santo, que es el Temor de Dios, bajo pretexto de "las formas no importan"... Así estamos. Ahora el culto es para el hombre, no para Dios, le tiene que gustar al hombre, no a Dios. 

La modernidad, y el liberalismo “católico” se han encargado de disolver la fe, y han hecho que todos los cristianos la vivan con soda. Todo se charla, no hay que ser fanáticos, hay que ser buenos tipos, ir a Misa el domingo y nada más. Lo importante es ser buen padre, buen trabajador, no pleitear con nadie y punto. ¿No es acaso esta, una visión meramente humana de la Fe? ¿Por qué, quienes tratan de vivir conscientes con las verdades invisibles, respondiendo a Dios antes que los hombres, quienes buscan la verdad, y viéndola la defienden a muerte, son acusados de fanáticos? ¡Entiéndanlo! ¿Quién vive mejor la realidad, el que considera todas verdades celestiales y terrenas o el que se pasa la vida solo atendiendo asuntos terrenos, perdiendo el tiempo en tonteras? Sumado a esto, vivir las realidades invisibles, jamás ha implicado el incumplimiento del deber de estado. Hoy, se hace al revés, somos observadores en el deber de estado, pero... ¿en nuestro deber para con Dios? ¿Acaso no saben que la virtud de la justicia implica devolverle a Dios lo que nos dio? Esto no es para el que quiera y le guste las cosas religiosas, TODOS tienen el deber. 

La realidad es, que pareciera que la vida de la Iglesia, las palabras de Jesucristo, el culto digno y agradable a nuestro Dios, fuera como un cuento, una leyenda antigua que no hay que tomarla tan enserio. “¡No me vengan con rúbricas antiguas, no me vengan con la moral, hay que vivir tranquilos!...” Esto es un simplismo barato o falta Fe, de quien le da pereza buscar lo mejor para el Señor, porque en el fondo saben que no quieren joderse la vida. Luego nos preguntamos por qué sobran sacerdotes homosexuales, y por qué en cada parroquia se cometen tantas estupideces, y se enseñan cosas tan distintas.

Queridos amigos, nada más real que las verdades que no vemos. Este cielo y esta tierra pasarán, nuestro cuerpo se va a descomponer, la muerte nos alcanzará y, qué quedará entonces, ¿lo que vemos o lo que no vemos?

 

El católico actual no quiere ser consciente de esta verdad, no quiere pensar que se puede condenar. La vida es un drama, donde se juega la eternidad. Quien no vive con esto, se aboca a los ídolos de la tierra, y su corazón se afana en las promesas perecederas del mundo.

 

Otro síntoma palpable, es el desprecio por la moral cristiana. Nadie duda que hay observadores de la ley, que piensan que el cristianismo es un mero cumplimiento de normas. Y claro que no es así, el cristianismo es Amor, es libertad de espíritu, es una aventura apasionante, pero eso se consigue únicamente cumpliendo la ley, como base que nos garantiza las virtudes y el camino recto. ¿Si no eres fiel en lo poco, cómo podrás serlo en lo mucho? La realidad de los que desprecian la ley, suele demostrar lo contrario, ya no cumplen ni los preceptos más sencillos.

 

Otro peligro es el racionalismo que se respira en estos días. El racionalismo es un sistema cerrado, que tiene supuestas respuestas para todo, que no admite el misterio, que no puede abrir la mente a la sabiduría de Dios, que a los ojos humanos es locura. Esta se basa en un conocimiento enciclopedista, en una acumulación de datos, mas se cierra al conocimiento divino y profundo, a esa sabiduría silenciosa y mansa que se otorga en la contemplación. 

 

Una gran falencia de nuestro tiempo, es la democratización de la verdad. Pareciera que lo que hacen y dicen las mayorías de los católicos, es lo verdadero. ¿Cómo diablos podemos pensar esto? ¿Acaso la verdad se construye?

 

Por todas estas cosas, la gente esta adormecida y ciega. Seguirán pasando atrocidades, seguirán los escándalos y seguiremos amoldándonos bajo una falsa obediencia, a la destrucción que nos conduce la autoridad de la iglesia. Pero claro, quien no quiera ceder, lo tildarán de soberbio. Se piensan que uno lo hace para llamar la atención. ¿No es más fácil quedarse en el molde, y disfrutar tranquilo de la vida? El amor verdadero a la Iglesia Santa de Dios, no produce una alegría sensiblona y boba, mas bien, produce profundos tormentos, arranca graves lágrimas y llantos, ya que esta camina por el calvario, con dolores de parto hasta el retorno de nuestro Señor.  Amar la Iglesia atrae persecuciones, desprecios, burlas y soledad. Y si no me creen, revisen la historia de los santos. 

 

Amigos míos, si tuviera que seguir relatando cada problema, no terminaríamos más. Sencillamente quiere decirles que todo es parte de lo mismo, responde a si tenemos fe o no. Esa fe simple, sencilla, que todo lo recibe sin peros, sin rodeos. Esto no es simplismo, sino hondura.

Son tiempos difíciles, el enemigo ya no está de frente. El enemigo se ha metido entre nosotros. El gran problema nuestro, es que hemos nacido en una sociedad hedonista y superficial, que pasa el tiempo en chusmeríos y banalidades.

 Lamentablemente la Iglesia no nos ha dado el sustento seguro de su enseñanza, por lo que estamos obligados a realizar un esfuerzo intelectual por intentar comprender cuál es la verdadera Fe, que es la misma de los primeros apóstoles y mártires. Y para esto, hay que primero anhelarlo y pedirlo. Quien no siente sed de Dios, y esa sed no lo alumbra y lo mueve, está expuesto a grandes peligros insospechados. Dios concede estas gracias a quienes se lo piden humildemente, reconociendo sus miserias. La sabiduría es un Don. 

 

No nos dejemos llevar por la seducción del mundo, que es enemigo del alma. Nuestro Señor ya lo dijo, el mundo nos odiará. Y en mi opinión, el mundo no solo son los no creyentes. Las personas que quieren cargar la cruz y seguir al Señor, molestan mucho, y cada vez más. ¿Acaso pensaron, que iban a descubrir una fórmula nueva de estar bien con Dios y con todo el mundo? Eso no existe, y no existirá jamás. 

 

La iglesia se desmorona, y hasta aquí hemos tenido siempre una actitud de defensa tímida, moviéndonos en secreto, sin hacer barullo. Pues, creo que es hora de manifestar a cuatro vientos la Verdad. Hay que amarla y defenderla en todos los aspectos, las burlas no faltarán, pero al final de la vida, Dios cumple sus promesas.

¿En qué momento empezamos a tener vergüenza de ser católicos? ¿Por qué nos cuesta decirlo?  ¿Cuándo tendremos un fuerte sentido de pertenencia? Defendamos todo lo que la Iglesia siempre defendió, sintámonos orgullosos de ser cristianos. Tenemos un legado cultural magnífico, manifestado en la música y todas las artes. Busquemos el bien, busquemos y gustemos de la belleza manifestada en todo. La apuesta debe ser magnánima y viril.  Hay que jurarse a uno mismo no ceder ni lo más simple de nuestro cristianismo.  Por la falsa prudencia humana, hemos perdido terreno en todos los campos. El acomodarse a este mundo, es un mal que nos azota. Somos cristianos, no pertenecemos a este mundo, somos la sal de la tierra. Si no somos de este mundo, nuestra conducta no es de este mundo. No teman a los que matan el cuerpo, sino a los que matan el alma.

 

Queridos amigos, busquemos ante todo el silencio que se da en la soledad. Solo allí se encuentra a Cristo. Cristo está vivo, y vive entre nosotros, si no caemos en la cuenta de esto, no somos cristianos. Somos templo del Espíritu Santo, no podemos darnos a la chabacanería. Basta de ser tan mediocres, la iglesia nos necesita, si nuestros pastores no cumplen su función, debemos nosotros ser apóstoles, aunque seamos rudos y torpes como los pescadores. Sursum Corda, olvidémonos de este mundo, aquí no hay más que engaños y seducciones.

Creo firmemente que los tiempos actuales, son tiempos que anticipan los finales. Y mi gran temor, es pensar que Cristo vuelva, y que quizás muchos cristianos no lo reconozcan. Esto debido a que no vieron los signos, no velaron, y que la misma Iglesia vuelva, como al principio, crucificar al Señor en su cuerpo místico, que es la verdadera Iglesia incorruptible, compuesta por los fieles verdaderos. De hecho, ya ha comenzado el abandono de la misma. ¿Estaremos fieles como el apóstol San Juan, fieles hasta la cruz?


Por último, hay mucha gente que verdaderamente erra por ignorancia. Uno debe ser lumbrera, y los que quieran creer, creerán. Para nada esto debe llevar al desprecio, o la falta de caridad, sino mas bien lo contrario. Hay serios riesgos de ser hipócrita, motivo de escándalo, piedra de tropiezo. Creo que todo comienza con aceptar humildemente la misión que nos toca en estos tiempos, no por nuestros méritos, sino solo porque Dios así lo ha dispuesto. Si uno ve estas cosas, es únicamente por gracia de Dios, pues todo lo bueno viene de Él. 

Que Dios nos de la gracia de verlo, de ver, y habiéndolo visto, no renunciar jamás. 


 

CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA



Don Virulana de los Gamos

sábado, 11 de julio de 2020

Oración a la Virgen de los Dolores


                                             Compartiendo por amor: Virgen Dolorosa




Madre de los Dolores, enséñame aceptar la espina lacerante que traspasa el alma entera. Hazme ver cuánto bien se halla en soledad, donde sólo habita tu Hijo.
Que permanezca el candente hierro que purifica las malezas de mi alma. Instrúyeme en el arte del dolor, que recuerda lo importante, y el camino lento hacia la muerte.
Que pueda yo besar la cruz, que acerca al Divino Sufriente, y sentir el olor de la madera ensangrentada.
Que descubra tras las horas de sollozo, el lugar del huerto y la agonía. Llévame Madre Santa, por el camino estrecho del amor doliente, y muéstrame la puerta oculta que conduce a lo escondido.
Que se queme entonces el corazón hasta inflamarse, que comprenda el lenguaje del andar peregrino.
Insísteme en apurar el paso por este mundo de miserias, y que solo me atraiga la voz profunda, escondida en la montaña.
Que bendiga los dolores de parto, que presagian una vida nueva, un mundo de luz perpetua.
Que entienda de una vez y para siempre, que el polvo es polvo, y la sombra, sombra.
Por todo esto, recibo Madre las horas y los días tristes que doblaron hasta el suelo mis rodillas, la destrucción total de torpes y bajos anhelos.
Madre Dolorosa, mira que soy flaco, no permitas que vacile, que no enturbie la vista los afanes pasajeros. Y aunque me valga la vida entera, mantén mi corazón en las alturas, amén.





Don Virulana de los Gamos

sábado, 4 de julio de 2020

Carta de Maryam.



  Por Johanan.


  Querida Eugénie: 

  Que la paz de Dios y las bendiciones de mi Hijo sean contigo y los tuyos, hija mía.

  Nunca olvidaré el regalo grande de tu amistad, de tu devoción y de tu filiación en esos días tristes y sombríos en que tu voz angustiada y quebrantada me llamaba casi a los gritos para que te diera mi ánimo pues las tristezas de tu alma te consumían por entero. Me alegro mucho que goces de la compañía de tu esposo, de tus hijos y demás familiares como así de tus amigos y allegados que desean tu bienestar. Déjame ser tu paño que enjuge tus lágrimas, el bálsamo que sane tus llagas y la consolación que borre sin vacilar tus pesares y tus suspiros. Presta atención ahora, lee con cuidado lo que tengo que revelarte en esta carta. Quizás estas palabras te las lleves en tu corazón y te sirvan de tanto provecho cuando necesites leerlas en otro instante de desesperación.

  Continuábamos escondidos en el hogar de Juan Marcos y nos juntábamos a comer en la mesa del Cenáculo y de ese modo reflexionar sobre las futuras misiones que tendríamos. Mis hermanas y mis amigas servían tortas y pescado mientras Felipe nos recordaba con convicción las promesas del Redentor. Fueron horas magníficas y sumidas en un acogedor silencio. Pasaron ocho días de la aparición de Jesús en la casa y todos seguíamos ansiosos de que Él regresara. El dubitativo Tomás se quedó con nosotros en actitud de alerta y oraba a nuestro lado, se veía serio, nervioso, agotado por tantas emociones. A pesar de sus dudas, tenía una débil esperanza de verlo resucitado. Recuerdo que Nicodemo y José de Arimatea me comentaron que también recibieron visitas de Cristo en sus hogares en el cual obtuvieron instrucciones de dejarlo todo por su Mesías. 

  Fueron tan numerosas las visiones que cientos de seguidores tuvieron que no podría explicarte todo en una sola carta. Al recibir las nuevas de la gloriosa resurrección del quien venció a la muerte me invadió una enorme felicidad. La gracia del gran Yahvé nos llenaba de una paz desmedida que serenaba a los que conformaban la enorme familia del Vencedor. Sólo puedo contarte que el Libertador de nuevo nos visitó esa noche y le pidió al Dídimo que se acercara a tocar las heridas y de esa forma creyera en la verdad indiscutible. Reconoció tembloroso como su Rabí al que tenía delante de él y ya no necesitó otras evidencias. Su alma palpitó de gozo y se echó a los pies de su Maestro exclamando ante el asombro de los presentes "¡Señor y Dios mío!". Al convencerse de la realidad, el miedo huyó de su ser y el terror se desterró de su mente. Mi Hijo le reprendió con dulzura "¿Crees ahora porque me has visto? Bienaventurado el que cree sin haber presenciado". Desde ese momento su confianza se recobró y no volvió a sentir incredulidad ni escepticismo jamás. Su espíritu reencontró al Amigo que creyó perdido, al que por un instante vio morir en el madero del Gólgota. 

  Mi corazón maternal acogió a mi querido compañero al igual en las demás ocasiones y me alegré en su regocijo. Sus mejillas brillosas de pura emoción retornaron al camino que siempre seguiría y se fundió a mí en un tierno abrazo en un ambiente gozoso, libre de aflicción y de desconfianza. Su fe convencida a ojos cerrados lo llevaría a muchos lados y pueblos del mundo predicando las frases de su Salvador cosechando miles de fieles y creyentes para la viña del Eterno. Sabía que este buen apóstol admiraba y honraba cada vez más a aquel que era tan amorosamente misericordioso con los pecadores y al mismo tiempo tan justo. Amaba a su Instructor en demasía por ser firme y a la vez cariñoso. Lo estimaba por ser afectuoso, dado a la caricia sin melosidad, lo quería al conocer en un intimidad única su templanza y su pureza. Esas cosas se las atesoraría en sus recuerdos tan insondables hasta su último suspiro. 

  Salimos rumbo a Galilea en la mañana sin llamar la atención por las puertas principales de la Ciudad Santa cumpliendo el mandato del Señor. Nos marchamos en tres pequeños grupos sin que los soldados o los guardias del Templo lo advirtieran. El viaje se tornó tranquilo, entre risas y charlas animadas. Los apóstoles conversaban alegres y las santas devotas hablaban sin que la sonrisa se les borrara del rostro. En la senda veía los arbustos que crecían en los rincones, la brisa que nos refrescaba el cuerpo. Por momentos sentía tristeza puesto que Jesús no estaría muchos días más con nosotros físicamente. Lo echaría de menos y sentiría su ausencia pero viviría eternamente en mí y con eso me bastaba. No lo perdería sino que lo ganaba para siempre. 

  Además, no me quedaba sola, Juan se encargaría de mí y junto con algunas allegadas de confianza viviríamos en una pequeña casa que serviría como un hogar de oración, un pequeño sagrario. Humilde, limpio, verdadero. Tendríamos un patio con un bello oasis, un auténtico vergel, haríamos crecer flores por doquier. Lirios, rosas, azucenas. Parecido al jardín que mi madre Ana tenía en Nazareth y al que cuidaba con tantísimo esmero. Esos proyectos se los contaba a mis fieles muchachas y ellas se ofrecieron a ayudarme. A mi sobrino nada le comenté, a los varones poco les interesa esas cosas de mujeres. Se dedicaría a predicar y trabajar por el Reino de los Cielos y me escribiría con la intención de relatarme sus aventuras en los pueblos que visitaría. No le faltarían las pruebas ni las adversidades. Sin embargo, de la mano del Autor todo le sería posible. Comprendía que muchas veces el Amado no hallaba con frecuencia las palabras adecuadas al expresarme su cariño prodigado a mí que le acogí con tanto afecto en la lobreguez del Calvario. No obstante, me daba cuenta que al vislumbrar con su enternecido corazón vuelto hacia el mío, su mirada en mis ojos y su deseo, estable y delimitado, de mirar en mi semblante a mi Hijo, le ayudaba a quererme así, cada día con mayor intensidad.

  Nuestro viaje nos llevó tres jornadas en arribar hacia Galilea y al llegar, nos quedamos en Cafarnaúm con la designio de esperar a Jesús, en esa temporada permanecí en casa de mi hermana Salomé en Betsaida. Ella se quedó conmigo todo ese tiempo y en nuestras charlas le contaba mis sentimientos. Tenía miedo de separarse de mí después de la Ascensión, vivimos tantas cosas juntas junto al Maestro, pasamos toda la predicación, pasión, muerte y resurrección unidas. Pocas hermanas en el universo existieron tan ensambladas como nosotras dos. Asimismo, el adiós se produciría únicamente con mi llegada a los brazos de mi Creador. Todos esos temas lo platicábamos en la terraza cuando el sol se ocultaba. Su destino era estar a mi lado incluso en el final. Estaríamos por épocas separadas por las persecuciones. Sin embargo, volveríamos a juntarnos y nunca temer la ausencia de una de la otra. 

  Observaba a mi querido Pedro, conmovido por la captura milagrosa de pescados que recibió de su amado Rabino en las orillas del mar, con sus carrillos húmedos y acuosos por la emoción. Vestido de marino junto con otros compañeros, albergó en su ser el regalo de reencontrarse con lo tan preciado a sus ojos que era El. La noche era encantadora y Simón, que todavía apreciaba mucho sus botes y la pesca, propuso salir al mar y echar sus redes, sin necesidad de hacerlo por una cuestión laboral, sino quería recordar sus viejas épocas de pescador. Contemplé sus lágrimas que no eran de pesar cuando comió los enormes peces con mi Hijo y compartió una charla que le enseño a redescubrir su vocación de apóstol. Fue triste la forma en que el amigo había negado a su Maestro, le carcomía su conciencia y en el fondo no se sentía capaz de ser perdonado. Posiblemente creía que perdió la confianza de toda nuestra familia. Con su buen Pastor entendería que cuyo amor por Él fue más grande que el mayor error y que fue absuelto por su pecado por su Confesor al responder a la triple pregunta de que si lo amaba. Era llamado nuevamente a pastorear a sus ovejas de la misma manera que a pescar hombres. Tres veces desmintió el tozudo discípulo abiertamente a su Señor pero Jesús obtuvo de él la seguridad de su ternura y su lealtad, haciendo penetrar en su corazón esta punzante interrogación, como un yelmo de espinas que afectaba su lesionada alma. 

  Mi Hijo jamás buscó hombre perfecto ni santo, no precisó de la compañía de sanos sino del fervor de los enfermos. Buscó a Mateo que era un marginado cobrador de impuestos, curó a la Magdalena de su atormentado dolor y la hizo irse con Él, le dio esperanza a Simón, el Zelote de encontrar un camino que le llenaría de paz. De ese conjunto de desvalidos, marginados y postergados se construyó la primera Iglesia y se sonó por todo el mundo el mensaje del Nazareno. Este grupo fue designado a ministrar a aquellos que fuesen jóvenes en la fe, a enseñar a los iletrados y a los deseosos de creer, a presentarles las Escrituras e instruirlos en el amor ser útiles en el servicio a Cristo. 

  En esos días en la aldea de Cafarnaúm pudimos contemplar a mi Hijo y conversar con Él en reiteradas oportunidades, nada me hacía tan feliz y dichosa que tenerlo a mi lado, llevarme en mi memoria su voz, sus palabras de consuelo y de alivio, su dulzura al tomarnos de la mano y abrazarnos como nunca nadie nos estrechó jamás. En una Madre tan cercana a su Retoño tan estimado, el gozo me sobrecogía mis entrañas maternas y me daba una avenencia inescrutable. Inclusive en frente de más de quinientos seguidores y creyentes, venidos de todos los poblados de Galilea que se reunieron por el anhelo de verlo triunfante. En esa reunión, la gloria memorable e inmortal del Eterno se manifestó ante nuestras retinas y sembró el árbol que germinaría por toda la humanidad. 

  El triste recuerdo de la cruz jamás se me borraría de la mente, una madre no debe en la vida olvidarse de tal tragedia. La confianza en Dios no me ahorró el sufrimiento en ese sentido, pero me enseño a aprender de él. Acogí esos sucesos en mis brazos y así conseguí de mi Yahvé una mirada de afecto. Luego, Jesús me comentó sus intenciones y sus planes con el propósito de continuar la tarea maternal de cuidar de mis apóstoles, discípulas y amistades próximas. Mi deber era reflejar la luz del Mesías a todos los pueblos donde su mensaje llegara, ser el alivio de los que están cansados y agobiados, la que les toma de la mano y les ofrece mi compañía en la vía que los lleva al Padre por medio de mi Señor y la que ora por sus ansias, tribulaciones y esperanzas. En lo presencial o en lo espiritual mis sentimientos estarían con ellos, yendo con sus almas a las travesías que nunca imaginaron. 

  El mayor tesoro de mi presencia terrenal era Jesús y nada más que Él. Ya se estaban terminando las visitas de Cristo a sus familiares y sus amigos. Asimismo, teníamos que prepararnos para esa despedida, esa Ascensión que no volvería a presenciar en otra ocasión, al encuentro del Hijo con el Padre y así se sentaría en la diestra del Creador. Debíamos marcharnos nuevamente a Judea y regresar a la casa de Juan Marcos. No era un adiós sino una separación física temporaria pues moraríamos en aquellas habitaciones cuando pasáramos a la nueva vida. El Maestro nos recordó que esperáramos al Espíritu Santo que nos consolaría y nos revestiría con su gloria. Era seguro que pasaríamos por dudas, por sinsabores, por atribulaciones y por persecuciones o por miedos, que los poderosos nos perseguirían sin conmiseración y se resistirían a nuestro mensaje. 

  El recado de la liberación seria anunciado por nuestros embajadores en las villas y las poblaciones de todo el continente y muchos que estaban esclavizados por el pecado y por los dominios de los poderosos se apreciarían libertados por las palabras del Hijo de Dios y la salud quebrantada sin duda se vería restaurada. Mi misión de ser Madre de los creyentes y de los fervorosos comenzó desde la cruz salvífica junto al pequeño Juan, la Magdalena, mis hermanas y a las otras amigas que fueron mi sostén inquebrantable en la dura circunstancia. El deseo de Jesús dejó la huella en mí y en quienes me acompañaron. Me di cuenta que regalaría mi maternidad a aquel que se sintiera huérfano y desamparado de los suyos, que padeciera el desamor, el rechazo o el destrato de los demás de la misma forma que lo hizo mi Muchacho. Amar con dulzura a todos como lo ha hecho El, consolar a los tristes y ayudar a los desalentados.

  El pequeño Juan me comentó en el camino con dirección al poblado de Betania que pronto retornaríamos a Nazareth con la intención de que me llevase algunas cosas preciadas que quisera conservar en el traslado a la nueva casa donde viviríamos. Ese hogar al igual con las herramientas y los muebles que fueron de mi marido se los dejaría como heredad a mi sobrino José para que allí viviese con su esposa y sus hijos. Ni Miriam, ni Salomé, ni los demás familiares, ni yo regresaríamos a aquella morada pues debíamos dejar el pasado atrás y comenzar de nuevo. Sería la última vez que contemplaría esas paredes que nos traían tantos recuerdos. Los habitantes del vecindario no volverían a saber de mí tampoco. Mi Santuario se ubicaría en otro lugar. Mi terreno, mi casita y mi jardín con flores y hierbas se hallarían en una zona distinta en el cual la paz y el sosiego reinaría junto con mi Maestro de mi lado. Los apóstoles y los discípulos no se desentenderían de su madre que les quería con todo el sentimiento. En la lejanía me llenarían de cartas y de notas y mientras leería sus correspondencias en mi habitación rezaría por ellos en compañía de las allegadas de confianza que permanecerían cerca mío. En el monte en el que fuimos citados, el viento nos refrescaba nuestras almas y nos atraía hacia mi Hijo. Todo se cumpliría en ese segundo que en otro momento te contaré.

  Querida hija, por hoy es todo, no te preocupes que te mandaré otra carta dentro de algunos días. Sé paciente y no dudes nunca de que estoy contigo. Ten confianza en Dios y jamás te olvides de hacer oración cada día por los pecadores y por los que no quieren saber de Jesús y de ayudar a quien precisa de tu auxilio. Recuerda que no existe mayor dolor en el mundo que tu Madre no pueda consolar, aférrate de mi Inmaculado Corazón que triunfa sobre toda adversidad y calamidad. Te abrazo con el alma y te cubro con mi manto. 

Tuya en Cristo.
Maryam.