lunes, 27 de mayo de 2019

Del olvido al desprecio



Cuando el Señor cambió la suerte de Sion, nos pareció soñar; la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares (Sal. 125)

Voy a contar una historia de Dios. Quizá una historia sin importancia para muchos; una historia poco notable, pero una historia al fin.

Pensando y meditando en el pueblo de Israel, llegué a la conclusión de que probablemente lo que fue su perdición constante fue el acostumbramiento que les llevó al olvido de Dios. Una y otra vez. Pasó, por ejemplo, con el maná que descendía del cielo diariamente durante tantos años, las aves que de arriba caían, y el agua que de la roca brotaba. Y, sin embargo, se olvidaron de Dios y adoraron al becerro de oro. Y el Señor con divina paciencia, contenía como un dique su torrente de Santa Ira para perdonar una y otra vez a tan olvidadizo pueblo. Si se olvidaron viendo lo que creían, ¿qué será de nosotros si lo que creemos no lo vemos?



Pero, ¿acaso la historia de Israel no es también la analogía de la historia de nuestra alma? ¿Acaso no es también la analogía de la historia de la Iglesia? Los Santos Padres así lo piensan. La Iglesia concibió la liturgia con el fin de dar gloria a Dios, con el fin de santificar al hombre, pero también con el fin de no acostumbrarnos, de no olvidar, de recordar que en ese aparente pedazo de pan está presente Dios Totipotente, creador y redentor nuestro. Pero ¿qué haremos nosotros para prevenir o poner freno a nuestro constante olvido de Dios? No lo sé, pero yo he decidido poner por escrito las bondades del Señor para conmigo, para retenerlas, para rumiarlas, para transmitirlas a mis hijos y nietos, para que vean la mano nítida de Dios en la vida de su abuelo.

Esto sucedió un día cualquiera, en absoluto destacable, salvo porque era Domingo. Mi familia se reunía en casa de uno de mis hermanos, previa Misa de 12:00, y me habían avisado para la Misa y la posterior comida familiar. Yo vivo en las lontanías, y eso implicaba ir con tiempo para agarrar el micro, que tarda sus cuarenta minutos hasta el destino, y de allí treinta minutos hasta la iglesia. La parada del micro está a hora y cuarto andando desde donde yo vivo, con lo cual decidí salir a las 9:40hs. Rápidamente, mientras comenzaba a andar, miré el celular en busca de los horarios del micro. Con pesar vi que el micro pasaba a las 10:30 por mi parada, así que empecé a andar a paso ligero con la esperanza de llegar.

Conforme avanzaba el camino, veía que el tiempo transcurría más rápido, y que cada vez era menos probable que llegara. Les pedí a mi ángel de la guarda y al de mi padre (y de la familia), que intercedieran por mí y me permitieran subir a ese micro. Al fin y al cabo, el Señor era el primer interesado en que llegase yo puntual a Misa. A cambio, ofrecí la semana entrante un esfuerzo fehaciente y una intención constante de no dejarme llevar por la pereza, sino de cumplir con mi deber de estudio.

Mientras bajaba, iba viendo la hora y repetía, «para Dios nada hay imposible», e intentaba recordar el pasaje evangélico en que esa frase aparecía, pero sólo me acordaba de eso. «Señor, tantas veces que me has auxiliado, ¿y hoy no lo harás? ¿Qué es para Ti atrasar un micro? Tú que abriste como un surco las aguas del Nilo, Tú que multiplicaste los panes y los peces, que transformaste el agua en vino, ¿no me harás este favor?»

Y en eso iba pensando cuando llegué a la parada. Eran las 10:45hs. El micro ya habría pasado haría mucho tiempo. Ya calculaba el tiempo para el siguiente. Consulté el celular, y pasaba a las 11:20hs. Ya no llegaba a Misa.

En ese momento, Poseidón la tomó contra mí, por si no tenía ya bastante, y agitó con violencia las quietas aguas intra-corporales, cual tormenta furiosa pidiendo salir. Como tenía tiempo, decidí liberar esa tormenta detrás de un arbusto, para que no volviera a molestarme. En ese preciso y exacto momento, vi que pasaba el micro que yo necesitaba, delante de mis narices, sin poder yo hacer nada.
Tuve esa reacción, que uno suele tener, que no es enfado, sino el siguiente nivel, que curiosamente consiste en una risa floja y desenfadada. Y, volviendo a sentarme en la parada le dije al Señor: «¡Te debo una! Fue culpa mía, pero Tú cumpliste con tu parte, así que yo cumpliré con la mía. Esta semana, nada de pereza».

Mientras sacaba el tabaco para pitar un cigarro me abordó el pensamiento: «Para Dios nada hay imposible. ¿Y si le vuelvo a pedir el favor?». Entonces dije: «Señor, que pase un micro ahora, y a cambio te ofrezco no fumar nada en la semana que viene». Esto rozaba ya el tentar al Señor, pero ese pecado se da si hay mala intención, y en mi caso no la había, así que pedí tranquilamente.

No había terminado de armarme el cigarro cuando apareció un micro, sin número alguno, que se paró en frente de mí a pesar de que yo no hice el gesto y que nadie del micro bajaba en mi parada. Se abrió la puerta y pregunté, «Disculpe... No aparece el número del bus, ¿hacia dónde va?». «Hacia el centro» respondió toscamente el conductor, quizá enojado porque el Señor le había obligado a pasar a buscarme. Eran las 10:47hs., dos minutos después del primer micro.

Tiré el cigarro al suelo, lo pisoteé con alegría y me subí. Y todo el trayecto fui pensando en la grandeza del Señor, que no abandona, que es fiel hasta en lo pequeño. Y en la bajeza del hombre que, a pesar de las constantes y evidentes gracias por Dios derramadas, se olvida de Él. Y es un olvido que se me hace desprecio.

Que Dios nos libre del acostumbramiento, que nos preserve del olvido, no vaya a ser que acabemos adorando a un becerro de oro.


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E.N.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Simplemente no te metas...



Simplemente no te metas. La Trinidad se encarga. "Pero es que..." "Pero ¡nada! Solo Dios basta." "Lo olvidaba..."

Desde mi muerte columbro una sola respuesta a todos los interrogantes de mi vida: la CONFIANZA.

Dos cosas hacen falta y son las únicas necesarias: FE y CRUZ. Aquí está todo, se resuelve todo. De aquí brota la luz y el calor para vivir... vida de Dios.

Mi lugar en el mundo siempre estuvo -y está- en la cruz; en Tú Cruz: desde aquí vivo, me muevo, existo y soy. Bajarme no puedo. Subir más es imposible. No hay otra opción. Sólo extender los brazos. Abrirme, dejarme, y mirar al Padre. Y esperar el día de la Resurrección. He aquí toda una guía de acción. He aquí la Pasión. Eso es la vida cristiana, y no otra cosa. Locura para los paganos. Va de vuelta: locura para los paganos. ¡Bendita locura que nos mantiene en pie!

"¡MÍRAME!", me grita Dios. ¿Hay algo que se le escape...? Pensamientos intrusos, torpísimos y tormentosos, que me desorientan... Pero la culpa es mía, siempre.

Es siempre la PAZ de Cristo, que nos da y nos deja, lo que cuenta, lo que está en juego, cualquiera sea la situación, el estado de vida, las circunstancias. Paz que va más allá de mí, que está más adelante, que va al fondo de mi ser; paz que me atraviesa y me engolfa enteramente.

Con o sin mujer, mientras ore, no Te perderé de vista. Perderte de vista... ¡ay, calamadidad moderna, problema tan hodierno!

Ir directamente a Ti es mi único fin. ¿Cómo? Viéndote.

Me devoraste y fui devorado y me seguirás devorando y ya nada ni nadie me sacará de Ti. ¿Que "Dios no pide tanto"...? ¡Desgraciado! Lo único que pide es que te dejes ser devorado por Él, consumido por Su fuego. El camino del corazón está en la zarza ardiente. Mi corazón pertenece a la zarza ardiendo; de allí sale y allí ha de permanecer... encendido.


lunes, 20 de mayo de 2019

A la Chica Desconocida.


"Sin cuerdas madera muerta;
pero encordada es querer.
Es la guitarra despierta,
el alma de la mujer.
Mujer, mujer porque fué..."

     Rumiando estos versos estaba en mi navío a la corta edad de 16 años cuando se me ocurrió escribirle a aquella con quién todo digno miembro del Misterioso Club de las Tinieblas sueña. Así comenzó un largo período de cartas, reflexiones; cuentos y poesías. Pero a la más bella he decidido transcribirla. Me disculparéis, espero, por la falta de ritmo y entonación ya que en aquellos tiempos recién comenzaba a navegar por las sinuosas aguas de la rima.


¿Dónde está aquella niña;
de ojos azules, marrones,
verdes o amarillos;
dulces como canciones?

¿Dónde está esa dama,
mi dulcinea perdida;
de pelo largo o corto
alta o pequeñita?

¿Dónde está aquella,
que el Creador me reserva?
¿Está en la ciudad,
o en el bosque y la hierba?

Aquella damita,
de blanco cantar.
Me pregunto, te pregunto,
¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

¿Dónde te has metido,
hermosa señorita;
con tu virtud que me ayuda,
y tu oración que santifica?

¿Dónde está ella,
a quien yo pueda amar?
Moviendo campos y cielos 
la voy tratar de hallar.

Pero si no te encuentro,
o si, en realidad, no existes,
pido a Dios me presente,
a alguien menos triste.

Alguien que me alegre,
que me enseñe a vivir.
Y que yo pueda siempre,
feliz, hacerla sentir.

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El Corsario Negro

miércoles, 8 de mayo de 2019

Una noche en la taberna del Fader








¿No te avergüenzas de preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la mayor fama y los mayores honores, y, en cambio no te preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible? -Apología de Sócrates (Pág. 17-18).


     Ya se intuía, hace más de dos mil años, un mal silencioso y solapado que acarreaba el alma hacia el fondo de un abismo. -¡Qué increíble y extraordinario es el hecho de que un mal que acontecía hace más de 2500 años siga atacando actualmente! ¡Y a veces no nos percatamos! ¡Muchas veces!- pensaba melancólicamente para sus adentros Don Calixto. Luego de llenar una copa de vino y tomar con su mano una pipa europea dijo en voz alta -¡Cómo desearía no estar solo en esta velada!- y con una mueca en el rostro como cuando a uno lo apena un tema en particular encendió su pipa tallada por ángeles provenientes de República Checa.
Puff! Paff! Eehhh!- de pronto se escuchó un golpe y la vieja taberna del Fader se llenó de incienso. Entre el humo apareció un personaje particular, con boina en mano y su bolsito turco de tabaco. ¡Era el manchita, Don Ábila, el políticamente correcto! -¡Medina! ¿Cómo le va?- dijo a viva voz el del Godoy.
-Manchita, grato es para mi alma que usted esté aquí presente. Una amargura comenzaba a apoderarse de mis pensamientos, y creo que hasta peor, estaba empezando a invadir mis entrañas. ¡Bienvenido!- y señalando a la mesera con la cortesía que se merece, Don Medina le indicó que bajara a la cava y trajera un Cabernet Suavignon 2009. La bodega no importaba, no existía un mal vino en esa taberna.
Muy silenciosamente, Don Ábila se acomodó y empezó a armarse un cigarrillo. Mientras realizaba esa dedicada labor  interrogó -¿Qué sucede amigo mío? No me diga que se separó de su china.
-No no, en absoluto. No sé cómo expresarlo, me retiene un nudo en la garganta. Hace varios meses que ando vagando solo las viñas cerca de mi campo sin horario de regreso. Allí suelo andar…
La voz de Don Calixto se detuvo, se vio interrumpida por la llegada de dos personajes muy peculiares. Habían ingresado a la taberna sin pedir permiso ni golpear, realizando un estruendoso ruido. Luego de eso, siendo melancólicos los dos, pidieron las respectivas disculpas por la entrada imprudente.  A veces el fervor interior no puede controlarse.
Don Camilo, el de siestas interminables!¡Melanchólicus L. Redemptus, el de extenso vocabulario pero carente de él cuando quiere cautivar una elfa!- vociferó el de la Mancha -¿qué los trae por estos pagos?
-Amigos, me pasó algo extraordinario. Estaba en el balcón de mi estancia contemplando el atardecer bajo mis viñedos cuando, sin preámbulo, se posó sobre la baranda de raíz de nogal, un pájaro azul. Estaba un poco mojado y cansado. Al momento empezó a hablar, me dijo que Don Calixto me necesitaba- expresó Don Camilo mientras situaba su esbelta guitarra, llena de sentimientos y recuerdos.
-Yo estaba sentado en mi sillón de terciopelo combinado con cuero, leyendo al lado de la chimenea frente a la gran biblioteca. Luego mi sirvienta me dijo que Don Camilo estaba afuera, necesitando mi presencia con urgencia- agregó el Melan mientras se acariciaba su frondosa barba.
-Siéntense, pónganse cómodos- ordenó amablemente Don Calixto. Mientras los suyos se instalaban indicó al cantinero que encendiera el fuego y cocinara unas entrañas acompañadas de una ensalada criolla.
-Adláteres míos, estoy muy apenado. Mi alma está vacía, como árida. Es difícil de explicar, ténganme paciencia- empezó a relatar el Medina.
-¿Se siente con una sequedad espiritual acaso?- preguntó Don Ábila.
-Si si, va por ahí la cosa- respondió Don Calixto -siento que he perdido el hábito de contemplar un bello atardecer, escuchar una buena zamba o hacer una obra de caridad.
-¡Ay Medi! ¿Cómo no entenderlo? A mí me ha sucedido lo mismo. Largos meses sin escribir o siquiera leer. Es una tortura, no se la deseo a nadie- dijo el di Benedetto con cierta melancolía en la voz.
Se hizo un silencio largo, se sirvieron copas de vino. Se encendieron pipas y cigarros. Una línea gruesa de angustia empezó a reinar en el ambiente. La música dejó de sonar y empezó a venirse abajo el cielo bajo la forma de una tormenta. Nadie se animó a esbozar ningún discurso, sabían que el tema era delicado y que estaban hablando del alma de un amigo.
Tomando valor el melancólico-colérico expresó -estoy indignado, este mundo y esta vorágine está descontrolada. Hace perder la belleza de las cosas. Por ejemplo uno puede estar viendo una película en la televisión y al llegar el momento de la propaganda, 9 de cada 11 de éstas están dirigidas al cuerpo. Las arrugas, las celulitis, los músculos, el pelo lacio, y un sinfín de etc.- sentenció.
-¡Sí! Es verdad. Estamos inmersos en un ambiente que lo único que importa es el bienestar del cuerpo. De lo fugaz, de lo mortal…- agregó Don Ábila.
Pensativo mirando un cuadro de la República Argentina, casi con una lágrima en los ojos, Don Camilo interrogó en voz alta -¿Estamos perdidos? ¿Existe alguna solución? Basta con llegar el lunes a cursar y escuchar las noches de boliches y de mala borrachera de nuestros compañeros. Lo único que nos plantea el mundo es el placer y el mínimo esfuerzo. ¿Cómo hacer para que esto no nos afecte? No quisiera caer en desesperanza pero no puedo ver.
En ese instante se arrimó con cautela el cantinero con una tabla de cedro paraguayo debajo de un magnífico e inigualable trozo de entraña.



-Menos mal- dijo el Medina- ya me estaba por poner a lagrimear. La buena comida siempre hace bien. ¡Gracias!- y siguió -Esto me recuerda a lo que Sócrates les espetaba a los atenienses “¿por qué os preocupáis, atenienses, por las riquezas y el cuerpo; y no os preocupáis por el bien de su alma?”- en este punto, se pudo notar en la voz de Calixto un tinte de resignación.
-Así es, bien has dicho.
Todos quedaron taciturnos, perplejos. La columna de roble oscuro junto a la mesa se había transformado, de pronto, en un anciano. Era alto y flaco, con una mirada perdida y poseedor de una sutil barba blanca. Acompañado de una larga pipa traída específicamente de la comarca. El viejo prosiguió:
-Soy Dr. Macchianot, no se asusten. Ustedes me han llamado con sus lamentos. Por favor Camilo, sírvame un poco de vino.
Tembloroso, como cuando una elfa te habla por primera vez en la secundaria, Camilo le sirvió un poco. Mientras le acercaba la copa le preguntó con enojo en la voz -¿quién eres y por qué estás aquí? ¿No te das cuenta que estás interrumpiendo nuestro momento “melan”?
-¡Don Camilo, no te comportes como un cerdo!- gritó el de la Mancha -por algo dice que lo hemos llamado.
-Estimados y dramáticos melans, he venido porque los he estado escuchando un largo rato y quisiera, con la experiencia y sabiduría que los años me han brindado, contarles un par de “claves” para no caer en el juego del mundo- expresó cordialmente el Dr.
Hubo un expectante silencio, pues llegaba el cantinero con otra tabla de entrañas con un poco de limón.
-Gracias “Gordo”- dijo Medina a su fiel cantinero y parrillero.
-Queridos míos- comenzó su discurso Dr. Macchianot, en este punto su voz tuvo un vuelco y se transformó en algo de verborragia -las elecciones que hagan ustedes cada día van a ir conformando la conciencia de su alma. Imagínense la conciencia como un cristal por el cual uno ve la realidad. ¿Qué pasa si ese cristal está manchado, sucio?
-No se puede ver- dijo el Melan Redempthus.
-¡Exacto! Y lo que hace que ese cristal se manche son nuestras acciones malas. Una vez que elegimos el mal, cada vez se nos hace más fácil elegir el mal y por ende, más difícil hacer el bien.
-¿Cómo podemos hacer el bien en este mundo donde no hay felicidad?- interrogó el Calixto, un tanto agobiado.
Encendiendo su pipa que se había apagado, Macchianot respondió -Que bueno que hayas traído el tema de la felicidad en esta conversación, pues el bien y la felicidad van de la mano. El bien supremo es la FELICIDAD. El bien se desea y se atrae. La conciencia limpia (con cierta inocencia, alejado del pensamiento mundano) es lo que nos va a ir mostrando si algo es bueno o malo- tomó una bocanada de humo y siguió -La elección del bien hace que uno VEA bien. El que busca el bien y empieza a practicarlo, comienza a degustar la felicidad. La elección del bien me lleva a ser bueno y eso me llevará, por medio de elecciones, a la felicidad. Y como decía un sabio: “En esta vida prestada, el buen vivir es la llave, quien busca ser bueno sabe y el que no, no sabe nada.”

Luego de decir estas palabras, largó el humo de su pipa por la boca y se desvaneció.



Don Calixto Medina

lunes, 15 de abril de 2019

PAPEL Y TINTA

INTROITO
Fui a visitar, una mañana, a mi querida Galdrima, la madre de mi madre. Era una típica mañana de invierno, en la que los valles se tornan grisáceos y se desprende del cielo un chubasco que empapa los arbustos y los pastizales, dando esa sensación de que el mundo se ha entristecido. Bueno, en fin, ese fue el motivo de visitar a la vieja Galdrima.
Llegué como empañado a la puerta del viejo jacarandá, arcaica morada de mi abuela. Sacudí una de las ramas, ya que en invierno sus frutos secos suenan como la cola de la temida serpiente "Crotalus durissus", conocida como cascabel.

Quién es, preguntó la vieja haciendo sonar su bastón contra las raíces del árbol.
Alcandora, dije con la mandíbula bailando, ya que el frío me tenía estremecido.
Inmediatamente abrió el postigo e hizo señas de que entrara. Al verme con las manos violetas y el cuerpo casi como saltando, me ofreció una taza de chocolate caliente y unos pastelitos. Luego siguieron los mates que dieron pie a una larga conversación. No es mi interés contarles lo charlado, pero sí algo que sucedió cuando ella fue a calentar más agua. Se levantó de la silla y a sus pies se veía un viejo libro plateado.
Seguro la he visitado en horario de lectura, decía en mis adentros mientras tomaba un sorbo de mate. Pero qué, qué puede estar leyendo una vieja que en su larga vida ya se ha leído todo. Me lancé hacia el viejo libro como queriendo atrapar una mariposa y estando en el piso abrí la tapa. El título decía: "TINTA Y PAPEL". Nada más y nada menos que los escritos de un viejo en el lecho de su muerte.
Al instante se escuchó el pitido de la pava y supe que la vieja estaba por volver. Retorné a mi lugar en la mesa y sentándose ella, sin titubear y con el libro en mis manos, le pregunté: ¿Galdrima, sabia de los arboles, qué estáis leyendo? Se produjo un silencio rotundo, solo el crujir de las ramas del viejo árbol se oían. La vieja miró el libro unos instantes y noté una clara sensación de nostalgia en su rostro, luego se le fueron empañando los ojos hasta que desbordaron las lágrimas. Corrí a abrazarla e interrumpí el silencio diciendo como cuando de niño: ¿Qué sucede Mamama?. Me miró secándose las lágrimas y comenzó a relatar los últimos años de vida de mi abuelo.

Alcandora, pequeño, tu no lo sabes, pero... pero tu abuelo no sólo fue un extraordinario aventurero. Los últimos tres años de vida se la pasó encerrado en la copa del árbol, lugar de preferencia para escribir sus aventuras. No dejaba que nadie entrase y siempre se le escuchaba hablar solo. Desde entonces nunca volvió a ser el mismo.
Tuve la oportunidad de verlo dos veces en esos largos tres años. Él, fijaba la mirada en mi rostro, se acercaba lentamente y me besaba la frente, pero no decía palabra alguna. El resto de las veces cuando yo marchaba a los valles en busca de hierbas medicinales y de víveres, él escapaba y se abastecía con toda clase de comidas y bebidas para poder estar el mayor tiempo encerrado. Luego, en los días de primavera cuando cumpliría 109 años, no lo escuché más. Pasó un día, luego dos, hasta que decidí ir a la cúspide de mi hogar, allí, donde sus frondosas hojas se tornan violetas y las ramas se vuelven delicadas. Me atreví a entrar en su despacho y lo único que encontré fue este plateado libro. Los muebles ya no estaban, el cuarto: totalmente vacío, mi viejo marido había desaparecido…

Luego me dijo: Toma pequeño nieto, yo no he encontrado en este libro a tu abuelo. Tan solo tiene escritas unas pocas hojas y lo único que he entendido es que la cordura de tu abuelo se ha ido, dejando en este libro su  locura.

La vieja guardó el libro en mi alforja, se levantó, se dirijo a la cocina, prendió el fuego y empezó a preparar el almuerzo. En cuanto a mí: pensaba que conocía, en su totalidad, a mi abuelo. Pues había tenido la oportunidad de escuchar varias aventuras, narradas por él mismo, en mi pequeñez, y varias también las leía mi madre por las noches, antes de entrarme en sueño. Sin embargo, al parecer, cuando le llegó la vejez, su cabeza empezó a entrar en diferentes mundos. Él ya no viajaba, o mejor dicho, viajaba estando sentado. A dónde, no lo sé. Verdaderamente se habrá vuelto loco, me preguntaba una y otra vez, o quizá en sus aventuras descubrió algo que nunca pudo explicar y por eso perdió la cabeza. Tantas preguntas no podían quedar sin respuesta. Por lo que, inmediatamente, me adentré en la biblioteca y guardé todos los escritos “del loco” en mi alforja.
Algunos eran relatos de sus aventuras, otros, investigaciones sobre las hierbas, tabacos, bebidas, insectos y demás seres que se encuentran en la naturaleza. Al adentrarse la noche la alforja parecía reventar. Me despedí amablemente de Galdrima y partí rumbo a los valles del oeste, donde se encuentra mi acogedora morada.

Han pasado varios años desde aquel día nublado en el que visité a la vieja. Tuve el tiempo necesario para leer cada uno de los escritos y ahora he decidido sacar a la luz las primeras páginas del libro plateado. No dejan de ser palabras de un alocado hombre que pasó su vida descubriendo nuevos mundos, pues le decían el "Colón de los planetas”. Pero venga, ya todo este preámbulo se ha tornado largo. Les dejo las dos primeras hojas del “incompleto” libro “PAPEL Y TINTA”:



¡Se me ocurrían tantas cosas! Más, no podía escribirlas. ¿Cómo, me preguntaba una y otra vez, es posible plasmar las ideas en un papel; cómo centrarme en una sola, habiendo tantas merodeando por mí cabeza?

_¡Quizá debas concentrarte! Susurró suavemente la voz de mi conciencia.

_¡No! Gritaba algún diablillo en mi mente. No debes plasmar las ideas, pues serán nada en el papel. Nadie las entenderá. Cada uno entiende según lo vivido, según la experiencia.

¿Qué quieres decir con esto? Pregunté rápidamente.

_¡No hagas caso a este pensamiento! Decía la conciencia. Caerás en un pozo muy profundo... El hoyo del relativismo.

Silencio y dejad que este malvado, según crees, se exprese.

_ Pues en este momento, comenzó diciendo el pensamiento, estás escribiendo todas estas tonterías. Pero lo más ridículo es que no sabes qué idea quieres plasmar...

_Claro que lo sabe, interrumpió la conciencia.

Paciencia, amiga conciencia, él no sabe lo que estamos tramando. Dejad que hable para poder terminar esta idea.

Y e diablillo continuó diciendo:
_ Decía que no sabes qué idea quieres plasmar. Aunque lo supieras, nadie la entendería, o muy pocos, quizá.
Esto lo digo porque, como tú sabes, una idea surge en la mente como fruto de la contemplación de la realidad. Pues en este caso, si las personas no han contemplado lo que tú, entonces no podrán entender dicha idea.

_¡Falacias, mentiras, tonterías! Escápate de nuestra mente, estúpido pensamiento. Gritaba la conciencia.

Conciencia y diablillo siguieron discutiendo por largo rato. Yo escuchaba. Nada podía hacer, más que escabullirme en el ruido de los cascabeles del viejo árbol, silenciando a ambos. Pero esto no era lo que quería, pues deseaba escuchar. Escuchar silenciosamente en el silencio.

Quedé tildado, como dicen algunos, unos quince minutos, o eso creo. Volví en mí y comencé a escribir, reconstruyendo lo que habían hablado estos personajes:

_ Claro está, dijo la conciencia. Asunto terminado.

Espera, vayamos despacio, que no he sujetado aún la pluma.

_ Cierra los ojos y concéntrate, exclamó la conciencia.

Creo que eso ya me lo has dicho, dije un poco desconcertado. Al parecer estaba dando vueltas, una y otra vez, la misma idea en mí cabeza...

¡Lo recuerdo! Exclamé.

Conciencia argumentaba, que plasmando las ideas podemos hacer que los demás contemplen la realidad. Pues ese papel que contiene la idea no es más que un espejo de la realidad o una ventana que apunta hacia la misma.
Por otro lado el diablillo decía que nadie puede contemplar correctamente la realidad y por ende nadie logrará representarla de manera adecuada en un papel.
A esto la conciencia le muestra dos pinturas. La primera era una flor dibujada por un niño, mi nieto tal vez. La segunda, una obra de Velázquez. Ambos han reconocido y contemplado la realidad, pero solo uno tenía el talento de representarla. La realidad material es, quizá, la más sencilla de representar. Pero la realidad del dolor, amor, muerte, sentimientos, en fin, la realidad intangible o abstracta, sólo puede ser representada por unos pocos hombres de talento.
El pensamiento del diablillo iba desapareciendo con cautela de mí mente, a medida que hablaba la conciencia. Pues sus argumentos eran válidos y no daban cabida al falaz destructor de escritores.
Aclaró, también la conciencia, que es importante el talento y la virtud de poder representar la realidad. De lo contrario podría confundir a muchos y no ver una flor, sino un garabato en un papel.

Luego la conciencia se dirigió a mí diciendo:

"Carísimo mío, sé que dudas de vuestro talento. Está bien que dudes, pues has escrito largo rato y no veo nada claro en estas palabras. Más, que esto no te frene e intenta volver a las épocas en que todo lo dejabas tan bien plasmado, en las amarillentas hojas de papel. El talento y la virtud se alcanzan con la práctica.
Claro está que algunos no están hechos para esto. Puede ser, o no, tu caso. Por la edad quizá, no lo sabemos. Pero eso lo descubriremos con el tiempo."

Dejé pluma y papel sobre el decrépito escritorio. Quedé sentado pensando otro rato...

_¡Claro! Gritó alegre la voz de mi mente, interrumpiendo el silencio interior. Has logrado escribir.

Despertose el diablillo y dijo:
_ Has escrito, después de largo tiempo, eso está claro. ¿Pero... qué has dicho?

_ Descúbrelo tú mismo, entre carcajadas decía la conciencia, pues claro está. Asunto terminado.

No he dicho nada, solo he pensado. Y tú, sí tú, pequeño, te estás adentrando en el barullo de mi mente.

Gospodin Caputrrabid



Rápidamente di vuelta la hoja para seguir leyendo las alocadas palabras, empero no había nada escrito en ellas. Mejor dicho, lo escrito desaparecía. Como si mágicamente la tinta del plateado libro se mezclase con el humo que brotaba de mis narices, luego de haber dado una bocanada de pipa, dejando desnudas las arcaicas láminas de papel. Volví perplejo a las primeras páginas para transcribir en mi cuaderno lo que había leído, pues temía que también ellas desaparecieran del viejo libro. Coloque el último punto y… ¡Si, las palabras comenzaron a desvanecerse! La tinta cayó al piso como si el libro llorara unas espesas lágrimas negras. Abrí el cajón del escritorio y deposite, en un frasquito de cristal que estaba dentro, la mayor cantidad de tinta que pude. Luego sucedieron una serie de eventos que ya tendrán su momento de ser revelados.

Pero en fin, sin mas nada que decir, esas, nada más y nada menos que esas, queridos míos, fueron las palabras colocadas en las dos primeras hojas del misterioso libro de plata. Quizá, el viejo, verdaderamente perdió la cordura, y mi experiencia fue.... simplemente “un sueño”.  Pero yo se que esto no se trata de sueños o mentiras. La tinta está en el frasco y lo transcrito, escrito está. Ésta es la verdad.
"PAPEL Y TINTA"




A.T

sábado, 13 de abril de 2019

Mitología Cuyana: Revelaciones a Dom Abubba




“Las lágrimas de Azodnem por Ecipart”

El relator:
El otoño estaba dando comienzo en el reino sobre la montaña, el sol cálido de la tarde generaba en el ambiente una sensación de ternura de abrazo y el viento fresco una caricia en el rostro. Dom Abbuba paseaba por los caminos pedregosos del reinado luego de un acético almuerzo (dos gotas de rocío y un huevo de codorniz hervido en aguas termales) esta era de las horas favoritas del barbudo humeante, la tranquilidad en el reino lo inspiraban a reencontrase con el neuma.
Dom Abbuba miraba su alrededor como un niño mira un paisaje que se repite todos los días y exclamaba en voz baja, que para él eran gritos adrenalínicos que salían por sus ojos y oídos exaltados y decía:

“Ahhhh…. El reino, que lugar tan fermozo, que esplendido mejunje de cosas agradables a mi espíritu …. El sol que se asoma a través de las hojas agraciadas y juegan con mi visión con el aplauso de las hojas que ovacionan por el viento de la tarde… ¡vaya ja ja! desde cuando hablo con tanto léxico y de esta manera, será mejor callar y contemplar.”

Dom Abubba es y seguirá siendo uno de estos hombres que hablan consigo mismo, es como si hablaran con un compañero invisible y son de aquellos que se ríen de sus propias locuras…. es más, él considera muchas veces que pierde la cordura… la mayoría de las veces, está en lo cierto…dicen que es de los “polifacéticos”.

Ya terminaba su caminata por su recorrido cotidiano, Abubba silbaba melodías de épocas antiguas que hacían que las flores danzaran a la par de tal arcaico sonar. De pronto clavó en seco en el medio del camino y reflexionó: “Voy a ir por un viejo camino de regreso a mi morada, presiento que me voy a encontrar con un amigo”.  

Y así fue que el oriental decidió dar media vuelta y tomar el famoso camino que se encontraba atrás del palacio del Joven Baishka, amo y señor sobre la montaña. Este camino pasaba por un lugar llamado “El mundo de los Duendes”, cuentan las historias de las gentes que en ese lugar viven los duendes, estos son seres ancestrales que existen desde las altas épocas de Otlas (así se llamaba El Reino sobre la Montaña en antaño), seres mágicos que son metamorfos, es decir que no podríamos conocer realmente la forma que tienen ya que pueden tomar la disposición física que ellos requieran: hojas, arboles, conejos, etc. El Staretz había tenido la suerte de dialogar con alguno de ellos muchos años atrás pero él mismo decía que eran casi imposibles de encontrar.






Dom es un hombre de buen comer, muy equilibrado, que sabe cuándo y cuánto necesita alimentarse. Ya iba por mitad de camino cuando de pronto, paseando al lado de la acequia que llevaba al río, para refrescarse un poco, se cruzó un árbol bellísimo de hojas doradas que brillaban como diamantes gracias a las salpicaduras de gotas de la acequia y el reflejo del sol sobre ellas. Los ojos de Dom Abubba también brillaban, pero era porque veía con antojo unos hongos color caramelo sobre el pie del árbol. La lengua peinaba su bigote  y prolijamente retiró el hongo más grande que había, que habrá pesado unos cincuenta gramos. Rápidamente lo llevó a su boca y cuando comenzó a masticarlo y degustarlo; al cabo de unos segundos de placer con su sonrisa de oreja a oreja, vio que saltaban chispas de todos los colores de su boca, como si fuesen pequeños fuegos de artificio. Su piel se puso blanca, azul y violeta y sus pupilas se dilataron, luego cerro los ojos y cayó en seco al suelo áspero.



La revelación contada por Dom Abubba
Dom Abubba:

“¿Dónde estoy? Solo veo brumas… ¿he muerto? ¿Qué sucedió? ¿Los hongos estaban envenenados? ¿Beboyaga me tendió una trampa con brujería? “

Rápidamente me levanté y solo veía neblina y espacios en blancos y grises, pero pude percibir una silueta amorfa que se movía…esta me dijo:

“Abubba… Abubba…. Elige entre estas tres lámparas, cada una posee cenizas, cenizas de conocimientos invaluables, intangibles para los hombres comunes. Toma las cenizas de una de ellas y espárcetelas sobre la cabeza y veras lo que nosotros, los duendes milenarios hemos visto directamente de los daimons (δαίμων).
No sabía que pensar, el azar era lo único que me quedaba, o mejor la voluntad misma de Dios en mi elección. Opté por la lámpara de la derecha, tomé las cenizas y me las esparcí como se esparce la arena sobre la arena.
Relator: Nuevamente las pupilas de Dom Abubba se dilataron y cayó nuevamente en seco sobre el piso blanco como la nieve.

 La REVELACIÓN de la Revelación contada por Abubba:

Me volví a despertar, pero esta vez, no estaba sobre el suelo y la bruma …. Estaba sobre una bruma, sí, pero mis pies no tocaban tierra, estaba flotando, había llegado, a mi parecer a una especie de limbo, todavía no sabía que estaba sucediendo y por qué.
La niebla se fue esparciendo y mis lágrimas comenzaron a brotar, ¡estaba frente a algo jamás antes visto! Estaba frente a la gran Cordillera y al lado de ella estaban dos divinidades, ¡dos daimons! tenían las formas más hermosas que nadie podrá ver en sus vidas … mis ojos se humedecían por el esplendor de aquellas figuras que no podía terminar de abarcar en mi inteligencia, no podía parar de llorar.  Mi cuerpo se encontraba a mil pies del suelo, abajo era todo desierto.
Los daimons hablaban una lengua que no podía entender …. era una lengua onomatopéyica, solo podía escuchar como si un río chocara sobre las rocas o escuchar la madera consumida por el fuego, o el rechinar de los árboles o la brisa de la mañana. ¡Tenían el tamaño de titanes, eran más grandes que las montañas mismas!

De pronto siento un susurro de una mujer en mi espalda …. Una musa … una Elfa …. Yo no podía voltear a verla. Su voz era capaz de conquistar hasta al Sacro Imperio Romano con una silaba.
Ella me dijo: “Estas en una revelación …. Solo presta atención”
Yo no podía dejar de lagrimear y mover mis pies flotando en el aire. Tampoco pude contestar, y me calmé.
Ella: “Ellos dos, a los que vez parados ahí conversando son Azodnem y Ecipart, lo que estás viendo sucedió hace miles de años, pero sucedió… y fue luego de la caída del hombre.”
Lentamente y con la ternura de una madre me comenzó a contar una historia... 

Ella: “Hace muchos años, el Gran Dios mandó a proteger los extremos de la tierra a los daimons más poderosos y más amados por El. Su deber era sostener el equilibrio de estos puntos para que el planeta no colapsara físicamente ya que habiendo caído el espíritu los castigos corporales y terráqueos se harían presentes. Parte de la misericordia del Gran Dios se reflejó en que los daimons evitaran el quiebre de las montañas en esta región.
Azodnem era el encargado de proteger la zona de Cuyo, donde tú vives, ¡donde está Otlas! Y tenía un compañero de más baja categoría que era Ecipart, que pertenecía a otra casta, un poco más bajo que el primero, era como el escudero de Azodnem. La gran diferencia entre los dos y lo que hacía más poderoso a Azodnem era la capacidad de llorar. ¿Y porque digo esto? Porque aquí es donde se desenlaza este relato.
Las tierras de Cuyo eran de las tierras más fértiles del mundo entero, eran para los daimons, el segundo paraíso ya que ellos no sabían dónde estaba el primero (quizás era el paraíso). Con la caída de Adán, las tierras fueron devastadas y sustraídas de su inmensa belleza por las calamidades, las pestes y los desastres.
Ecipart sufría con dolor la ausencia de la belleza, pero no podía llorar y cantaba un epitafio que decía así en lengua de los hombres:



Triste es estar en donde hubo luz
Triste estar en donde hubo vida
Siempre Cuyo nos dio alegría
Siempre aquí se vio el paraíso a trasluz

El manantial refrescaba a los seres
El pasto calmaba el descanso del día
La tierra fértil nos sonreía
Siempre Cuyo nos dio alegría

¡El paraíso a trasluz!

Conmovido y sentidamente Azodnem decidió regalarle lágrimas a Ecipart para consolar tal sufrimiento e hizo brotar unas cuantas para el escudero. Azodnem no podía dejar que cayeran en tierra sus lágrimas así que coloco en las manos de Ecipart una jarra para que se volcaran allí y luego sepultarlas en el fondo del mar. Las lágrimas caían generosamente sobre la jarra, pero tres pequeñas gotas no entraron en el recipiente...

Otniev, el invisible, era otro daimon que merodeaba toda la tierra y transmitía con el permiso del Gran Dios la vida a todas las cosas, estaba presente escuchando el epitafio de Ecipart y observando las lágrimas de Azodnem, él también estaba conmovido. Así entonces, al ver las lágrimas del guardián de Cuyo, le pidió al Gran Dios si podía sacarle tres lágrimas a Azodnem antes de que cayeran al recipiente … esto se le fue permitido y siendo invisible a los ojos de los otros dos sustrajo tres lágrimas y las dejo caer en la tierra de Cuyo. Ya sabrás donde han caído … una de esas cayó en Otlas, la cual ustedes llaman El Reino sobre la Montaña. Las otras dos cayeron en …… y en ……”

Dom Abubba: Estas últimas se me dijeron en secreto y no las puedo revelar directamente por petición de Ella.
Luego del secreto solo sentía coscachos en la cabeza, ¿porque la dama me pegaría? no podía entenderlo …. todo se nublo.

El relator: Resulta ser que Dom Abubba fue encontrado por el Joven Baishka, amo y señor sobre Montaña, a orillas del río pedregoso al borde de ahogarse. Su ropa ya eran harapos mojados y Baishka golpeaba la cabeza del barbudo para que dejara de patalear. El señor sobre la Montaña tuvo que cargarlo en su caballo como a un borracho para llevarlo a que lo atendiera un médico en su palacio.

Abubba todavía no había recuperado la compostura, pero pudo ver el árbol de donde había sacado el hongo y vio unos pequeños zapatitos, del tamaño de un dedal, tirados en el suelo. Abubba se reía, lloraba y decía: “me he comido un duende, pues claro …. me lo he comido ja ja... pobrecito…debe haber sido el que conocí hace años atrás …ja ja”. Al parecer los duendes tenían propiedades que hasta para Dom Abubba eran desconocidas. El joven Baishka dejo a su amado consejero en la alcoba real y se arrodillo al lado del staretz esperando al médico mientras oraba.
De pronto Abubba recuperó todas sus fuerzas, sus ojos se abrieron como faroles y pegando un salto sobre la cama comenzó a gritar: ¡Revelación! ¡REVELACIÓN de la Revelación!
                                                               

Dom Abubba, el Staretz


Las Tres Edades de la Be-Vida Interior (PARTE I)

A mis malditos torpes:

En la siguiente carta los iluminaré acerca de la verdad. Si, y no habrá espacio a críticas, o al menos en cuanto a la esencia, pues este humilde servidor cojea siempre en la forma.
Un famoso escritor de Coquimbito, al cual todos ustedes deberían conocer, dice: "Ha llegado el tiempo de manifestar con violencia la verdad. Aquel que sepa y entienda, que se imponga. Pues cuando la ignorancia habita en las mayorías, el sabio será tenido por inicuo, y no lo dejarán hablar, rasgándose las vestiduras con grandes alaridos. Es menester entonces hacerse fuerte y empuñar la espada; asesinar a los herejes, incendiar las brujas, cortarle la lengua a los necios y quitar los ojos del impuro. Que el monje domine la lanza, que el poeta, el arco y la flecha, y que el músico construya catapultas".
Dicho esto, tendrán ustedes que hacer un alto, y pensar si estas palabras no comprometen su conducta, y aceptar con humildad que, si no está de acuerdo, probablemente es por culpa de su ignorancia... (o... ¿su mal gusto?). Al que le quepa el zapato, que se lo ponga.

Las tres edades de la vida interior, han sido manifestadas en reiteradas ocasiones por los Padres del Desierto y los Santos Místicos. Desde diversos puntos de vista a la cual está sometido cada individuo, todos coinciden, en rasgos generales, en tres etapas más o menos definidas (pero que no pueden ser dilucidadas en una línea temporal y sucesoria , ni rigurosamente detalladas). Y serían: La etapa del principiante, la purificación del sentido y la purificación del espíritu.

En esta bitácora vengo a contarles, mediante la analogía, estas tres etapas recorridas casi en tiempo récord por Don Virula, y tan sólo unos pocos de sus amigos.
Me tildarán de soberbio, de delirante, mas la convicción no vacilará. Y todo lo que esté fuera de estas etapas, sea anatema. Para el que escribe son, fueron y serán, las siguientes:
La conversión en la Cerveza, la purificación en el Vino, y la mística en el Whisky.

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1°. La Conversión en la Cerveza:

El principiante, al comenzar a dar sus primeros pasos, suele tambalearse y caer. Sus piernas están flojas y poco acostumbradas. Es menester entonces que el alcoholagogo no lo canse, y lo eduque a su medida. Que sea suave, y lo atraiga con el esplendor del sabor. Como un niño, aprende el iniciado a obedecer en pos de un caramelo, que lo lleva a olvidarse de si mismo, y superar sus debilidades mirando fijamente su recompensa.
No es casualidad que dicha noble bebida, posea una baja graduación alcohólica, de modo que nuestro organismo interior, pueda asimilarlo, sin grandes peligros de caer en el escándalo, o la vacilación por asiduidad del ejercicio. Bastan unos pocos mililitros para que el joven bebedor descubra los beneficios del consumo, y sienta alegremente la curiosidad en introducirse.
Si logras esto en tu discípulo, considérate un buen maestro, has concluido bien la primera etapa. Sin embargo, deberás prestar mucha atención a que tu hijo no caiga en la tentación de los paganos. Muchos son los pecados con que la sociedad mundana tienta a nuestros hermanos, repletos de maldad y contaminados por antiguas herejías. No hablaré aquí, mas que de las siete bebidas capitales que son: el freeze, cuba libre, mojito, daikiri, caipiroska, gin con tónica y margarita. En verdad, toda clase de "tragos" preparados, pueden seducir a nuestro iniciado, y enturbiar su mente y su convicción cual mujer perfumada.

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Estas perversiones, pueden tentarlo con sus psicodélicos colores artificiales, los excesos de edulcorantes, y el frescor insano del ácido fosfórico ( H3PO4). Quiero que entiendan, que estas bebidas proceden del modernismo instaurado en nuestra sociedad, que consume productos inventados por anglicanos, protestantes, nominalistas, enciclopedistas, revolucionarios de toda índole, la cual nos quieren atrofiar nuestro noble paladar, y lograr lo que los jóvenes de hoy cometen: beber artificialmente, sin aplomo ni verdadera alegría, a las apuradas, a oscuras y envueltos en el ruido. Todo esto hacen los paganos para olvidar por un rato su desesperante vacío interior. Si prestas atención a ellos, sus brindis, sus risas falsas y grotescas, no son más que "comamos y bebamos, que mañana moriremos".  Tú, en cambio, no bebas como ellos, mas bien deléitate en saborear la bebida, y educa tu paladar. No mezcles en tu copa dos bebidas, que para eso se elaboran por separado. Busca por sobre todo las bebidas que hayan creado los monjes en lo secreto de su soledad. La cerveza, por ejemplo, tal y como la conocemos ahora (a pesar de que los historiadores masones digan otra cosa), fue desarrollada por monjes de la Edad Media, como una forma de compensar los rudos ayunos de la cuaresma.
Habiendo aprendido el joven su primera lección, tanto del espíritu, la razón, y el ejercicio de sus sentidos externos, observa si persevera en el tiempo. Si logra el acometido, estará listo para sumergirse en la siguiente morada, morada como el racimo de la vid.

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CONTINUARÁ