domingo, 4 de marzo de 2018

Inquisiciones sobre la fealdad


Corría el mes de julio. Una fina llovizna y el frío hostigaban a la ciudad de Buenos Aires. El gentío iba de aquí para allá, combatiendo el clima a fuerza de abrigos, concentrado cada uno en sus cosas y quehaceres. Unos, cabizbajos, caminaban apresurados, mirando de vez en cuando su reloj pulsera. Otros, andaban más lentamente, prendiendo un cigarro si el viento así lo permitía. Algunos, muy pocos, caminaban charlando entre ellos. Pero eran los más quienes iban y venían ensimismados en sus teléfonos celulares, ya sea mandando mensajes, o hablando por teléfono haciendo uso del practiquísimo invento de los auriculares “manos libres”.


-Aparato del demonio- murmuró Mr. James, quien desde la ventana de su departamento contemplaba el fatigoso andar matutino de las personas - si al menos usasen la mitad de tiempo que usan en esa basura en mirar un poco la realidad, el mundo sería diferente.

Pero en seguida rechazó esos pensamientos. No tenía ganas de enredarse otra vez en lo mismo y amargarse así el día. Ya suficiente discusión tenía con sus compañeros de trabajo sobre ese tema, como para discutirlo él solo. Además, ese día había decidido meditar sobre otra cosa. - ¿En qué estaba? - pensó en voz alta - ¡Ah sí! La belleza. “La belleza salvará el mundo”.

¡Cuánto le gustaba aquella verdad! El tema de la belleza, o la hermosura, como él prefería llamarla, le apasionaba en exceso. Herencia paterna tal vez. Y materna. Toda su vida había sido educado en ello. No de modo explícito. - No. Así no procede la hermosura – pensó. Siempre va acompañada de la sutileza, del silencio contemplativo, de la sencillez, de la simpleza. Aunque es profunda y misteriosa… - suspiró. Siempre llegaba a lo mismo. Siempre las mismas preguntas: ¿qué es la belleza? ¿Qué es lo que causa en uno?

Tenía muchas definiciones y respuestas en su cabeza, pero ninguna le satisfacía.

-Y no. ¿Cómo la inteligencia humana va a poder abarcar semejante objeto? Nunca en este mundo, querido colega, vamos a comprender ciertos misterios. Y es la belleza (o la Belleza, mejor dicho) uno de los misterios más grandes con el que Dios quiso bendecirnos. Y es grande tanto por ser belleza como por ser misterio- las palabras de don Pelayo resonaban aún en su memoria. ¡Tanto tiempo había transcurrido desde aquella conversación! Sin embargo, no se le borraría jamás de su alma. Había sido su primer encuentro con Pelayo. Un enero, en Madrid. Después de guitarrear largo y tendido, habían estado hasta el amanecer conversando sobre la belleza. Probablemente sin la ayuda del vino no hubieran charlado tan sueltos ni con tanta profundidad. Pero así lo hicieron. Otra prueba de la naturaleza élfica del vino.

Fue allí donde se enteró del blog. Gallardos sin gala. Mr. James rió para sus adentros. Más acertado no le podía parecer aquel nombre. Aunque más acertado le parecía el fin: simplemente buscar, desde la sencillez, hablar de la belleza. O, mejor dicho, dejar hablar a la belleza. A la Belleza.

-En fin- volvió a suspirar. La nostalgia lo invadía otra vez. Se levantó lentamente de su sillón, se prendió un Chesterfield, y se sentó frente a la computadora. Tenía que escribirle a don Pelayo. Había estado últimamente leyendo a ciertos teólogos alemanes, y había un interrogante que le daba vueltas por la cabeza: la fealdad. ¿Cómo se conjuga con la hermosura? ¿Es la fealdad parte de la hermosura? – Y si...- pensó - debería serlo… Si no, ¿qué es el sufrimiento? ¿Qué es la Cruz? ¿No es acaso fealdad? Sí, pero una fealdad hermosa tiene que ser… Hermosa e hiriente. Hiriente… -. Pelayo sabría contestarle sus dudas, y aclarar un poco la cuestión. Agregó a la lista de destinatarios a Virula y a don Hilario también. Estaba seguro de que alguno iba a poder echarle luz al asunto.



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Mr. James, el Oriental.

3 comentarios:

  1. Estimado Mr James: antes que nada le doy la cálida bienvenida al blog, y esperamos que su ánimo escritor permanezca en el tiempo. Bien necesario es escuchar voces del Oriente Cristiano, más concretamente, de la ciudad de la Santísima Trinidad.

    Respecto a su última duda nostalgiosa, me atrevo a dejar mi humilde opinión. Ya lo dijo el gran Dostoievski: la belleza salvará al mundo. Sospecho que la fealdad como tal, considerada en sí misma, no puede ser bella, a no ser que entre por la puerta de la hermosura-como gusta a Ud llamarla- por la vía del oximorón. De modo tal que podemos decir con cierta audacia que la Cruz y el sufrimiento son "feamente bellos", es decir, presentan otra arista de la belleza, otra cara de la moneda.
    Esta acepción de la belleza sin duda que no será alegre ni luminosa, en el sentido superficial del término, pero no por ello será menos real. Probablemente la Cruz no sea bella en la clásica definición del Aquinate (aquello que agrada a los sentidos), pero ¿acaso no hay otros sentidos, además de los sensibles? ¿No posee la inteligencia un sentido interior, una imaginación, y demás, que le permiten experimentar agrado por lo intangible? Diría el poeta Fernando Pessoa: "El teorema de Pitágoras es tan bello como la Venus de Milo, lo que pasa es que muy poca gente se da cuenta".
    Por tanto, considero que su intuición es correcta, y la fealdad forma parte de la belleza. Más tal vez debamos reconocer que en ese preciso momento, cuando la fealdad entra en el rompecabezas de la belleza, deja de ser fea. Tal vez sea como una suerte de bautismo de lo feo, que por el agua del entendimiento de la totalidad, pasa a ser bello.
    Espero de todos modos una respuesta mas técnica y contundente de Don Pelayo y los demás. Sin más, El Marques del Godoy.

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  2. Excelentísimo Marqués: muchísimas gracias por la bienvenida. Ser recibido de esta manera me enorgullece y me honra, y me alegra.
    Tarde respondo a su respuesta, pero ¿quién nos apura? Su comentario me dejo bastante para pensar. Muy claro, por cierto. De haber conocido su sabiduría le hubiese planteado mis dudas en aquel asado ecuménico en el que coincidimos.
    Hay algo de lo que dijo que me quedó dando vueltas: que la inteligencia tiene agrado por lo intangible, y que, citando al poeta, compara dos objetos bellos que, a mi entender, van por vías diferentes.
    No es esto exactamente una crítica o una corrección, simplemente son cosas que me vienen a la cabeza que alguna vez leí.
    Distingue Jacques Maritain, en una de sus obras, entre dos bellezas: una estética y otra trascendente. La una apunta a algo más físico o material (aquello que visto agrada), y la otra se refiere al trascendental pulchrum. Creo yo que el teorema de Pítagoras va por la segunda vía, mientras que la escultura va por la primera (también va por la segunda, ya que tiene belleza trascendente, porque es, pero al hablar de belleza de una escultura a lo primero que se refiere es a la belleza estética). Una es captada por los sentidos, y la otra por la inteligencia, como usted afirma. La belleza en cuanto pulchrum se define en la escolástica como el esplendor de la forma. Y es la inteligencia la encargada de conocer las formas, por lo cual coincido con ud. en que la belleza es objeto de la inteligencia.
    ¿A qué voy con todo esto? Que a mi entender cuando ud, al igual que lo hace el filósofo francés, introduce a la fealdad en el campo de la belleza estética, no la trascendente. Que es lo natural o lo que salta a primera vista, por así decirlo. Es decir, es cierto que es así. Y cuando se habla de fealdad en el plano trascendente uno suele referirse a una falta de ser, que en definitiva es falta de belleza, por lo que es fealdad. Y es en ese plano donde creo que entra el sufrimiento, la Cruz (no la Cruz plasmada en una obra de arte, que es otra cuestión ya que es algo estéticamente feo), sino que me refiero a la Cruz como sacrificio, como sufrimiento. ¿Es falta de ser ese sufrimiento? Porque es sufrimiento de Cristo. ¿Hay hermosura en él? Porque si el medio por el cual Cristo nos salva no es bello (en el plano trascendente), ¿entonces es feo? Sé que es una cuestión más teológica, y sé que Dios suele andarse con cosas que a nuestros ojos parecen paradójicas. Tal vez esa es la belleza que tiene. El misterio embellece creo yo.
    Aquí termino. Espero que mi duda haya quedad bien planteada. Tal vez esté errando a la pregunta, pero es algo que me tiene pensando bastante últimamente. Debería ponerme a estudiar un poco más para así poder llegar a formular bien la pregunta, y recién ahí ponerme a buscar la respuesta. Si es que hay que buscarla.
    Espero una respuesta, ya sea de ud o de alguno otro gallardo. Aunque no espero necesariamente la respuesta por este medio. Si Dios quiere nos estaremos viendo no muy tarde.
    Una cordial reverencia,
    Mr. James

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  3. Honorable Mr Jmaes el Oriental:
    Si su respuesta fue tardía, aún más es la mía. Sepa disculpar, mas, como bien dijo usted, quién nos apura...
    Como administrador casual y momentáneo de esta comunidad de gallardos, le doy una inmensa bienvenida a este sencillo y humilde blog, que más que vuelo de cóndor andino, lucha cual gallina por mantener unos segundo su altura. Es una gran alegría contar entre nosotros personas que puedan aportar algo más que un simple divague de "tradi-hippies" como nos llamaran alguna vez. Es por esto que nuestra alegría es realmente sincera, lejos de todo formalismo.
    Por otra parte, encontrar semejantes tan lejanos como Don Pelayo, o usted mismo, permiten a uno intuir, con humildad, que el cristianismo es el mismo, se esté donde esté. Se me viene a la cabeza la imagen de un fortín rodeado de enemigos, que en la soledad, recibe noticias de que los demás fuertes siguen en combate contra el mismo enemigo.
    En cuanto a su entrada, este humilde servidor no está en condiciones de aportar ni una miga. Sin embargo, se me ocurre, que el simple hecho de acercarse al misterio, ya es ganancia para la salud. "Persevera en la paradoja, y accederás al misterio" solía repetir Fray Don Hilario. El detenerse a tientas en aquella oscuridad, se me ocurre que permite al alma comenzar a irradiarse de aquello, aunque no lo perciba.
    Por otra parte, aquella nostalgia (bien entendida, lejos de toda melancolía humana) es una sana forma de experimentar esa incapacidad de poseer aquello tan sublime que es la Belleza, que al fin y al cabo, es Cristo.
    Don Pelayo sabrá hablar mejor sobre sus dudas, que son las nuestras también.
    Lo saluda con gran admiración,
    Don Virula de los Gamos.
    PD: Siéntase libre para escribir sin escrúpulos sobre lo que quiera.

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