domingo, 23 de julio de 2017

El Holgazán y la Plaga Silenciosa

Resultado de imagen para trigal

Había una vez, un joven llamado José que vivía en las afueras de la ciudad, en un campo. Allí vivía su familia, que se dedicaba a cuidar los cultivos de trigo.
Durante su infancia el niño creció feliz y seguro, ya que sus padres y sus dos hermanos más grandes hacían el trabajo pesado que se necesita para los cultivos. Él, por las mañanas asistía a clases y por las tardes jugaba con sus amigos de las estancias vecinas. Nada tenía de qué preocuparse, llegaba a la mesa, y la comida estaba preparada y lista.
Cuando el tiempo pasó, se acercaba la hora de tomar parte en los trabajos, pues ya tenía la fuerza suficiente. Sin embargo, vinieron épocas de guerra en el reino, y su padre tuvo que marcharse a la guerra, seguido de su hijo mayor. Ambos, murieron en la lucha. No pasó mucho tiempo para que su otro hermano, cansado de los trabajos, decidió buscar mejor fortuna en la ciudad. Allí quedó él y su madre, que fatigada por la angustia, falleció al poco tiempo. Es por esto que José, quedó a cargo del campo a los veinte años de edad. Rápidamente aceptó el desafío y asumió seriamente el gobierno y trabajo de aquellos pagos.
En su primer jornada, bien temprano y despuntando el sol, contempló seriamente su terreno. Había mucho que trabajar, las malezas cubrían hectáreas enteras, el trigo estaba mezclado con la cizaña, y debía terminar la siembra de los terrenos vírgenes antes de que llegaran las heladas. Todo lo asumió de buen ánimo, y a pesar de los costoso, trabajó muy duro día tras día. A veces sus amigos lo ayudaban, a veces no, y poseía tan solo un trabajador.
Poco a poco sus campos fueron tomando forma y color, los terrenos vírgenes se llenaban de brotes, las cizañas eran cortadas, y arrancó las malezas del campo. Ese año tuvo José una gran cosecha, de las mejores que había tenido aquel lugar, a pesar de que trabajaba casi el solo. Y así, año tras año fue multiplicando sus cosechas, hasta que tuvo el granero repleto.
Demás está decir que se sintió muy orgulloso de sí y de sus avances, todo marchaba muy bien, y en poco tiempo había aprendido el arte del cultivo. Es por esto que, inconscientemente, se reclamó a si mismo un descanso, para poder relajarse un poco, y no fatigarse demás, ya que todo funcionaba.
Al siguiente año, poco fue lo que intervino en sus trigales, ya que gracias a los buenos tratos anteriores, de igual modo iba a tener una abundante cosecha. Al año siguiente ocurrió igual, y al siguiente lo mismo.

Resultado de imagen para campesino durmiendo bajo un arbol

Lo que no fue notando, es que varias plagas malvadas fueron ingresando secretamente. La primer plaga, lentamente y sin ruido, se le fue incorporando a su espíritu, y si anteriormente había trabajado con esmero, ahora se había convertido en un holgazán, por creer que tenía ya el derecho a descansar. La segunda plaga fue un pequeño gusanito que se infiltraba en la planta, y la iba debilitando poco a poco. En tercer lugar, la cizaña fue recobrando lentamente su vigor.
Así pasaron un par de años más, y José fue notando que la cosecha disminuía tanto en calidad como en cantidad. Preocupado salió a recorrer el campo, y para su sorpresa, descubrió que su campo flaqueaba nuevamente, ahora, era menester volver al trabajo duro. Angustiado recordó todo el tiempo libre que había malgastado, en que tuvo tiempo de cortar la cizaña cuando esta era aún débil. Ahora, le faltaba el ánimo y el tiempo antes de la siega. Y por pensar que su trabajo lo justificaba por un tiempo, dejó crecer otras plagas silenciosas. Comprendió entonces a la fuerza que el trabajo debe ser constante y a tiempo. Que permanentemente hay que andar examinando el terreno, ver si el suelo está preparado para que germine la semilla, y tantas otras cosas. Que no hay tiempo de descanso en la vida del campo, pues se debe mantener a raya las plagas, y año tras años hay que insistir en la poda y demás cuidados.

Moraleja: Así Dios lo quiere, aún con más fuerza en esta juventud. Permanentemente se debe trabajar en el cuidado del alma. Debemos quitar la cizaña una y otra vez, mientras más uno se demore, más vigoroso se incrusta el mal. No sea que la cizaña termine por ahogar el trigo.
 No debe el cristiano ser holgazán en ningún tiempo, pues cuando se cree con cierto avance, válgame el cielo, que alguna peste silenciosa anda creciendo, y cuando uno se acomoda, el maligno hace estragos en el campo. El tiempo apremia, deben Los Gallardos no dejarse enfriar, y buscar con ansias el crecimiento del Reino en el interior.
Quiera el Señor que podamos volver a convertirnos con sinceridad en cada mañana.

Don Virulana de los Gamos

3 comentarios:

  1. Don Calixto Medina23 de julio de 2017, 22:51

    Don V! Que bella forma de aplicar alegorías a la hora de dar una enseñanza tan cierta y profunda pero también olvidada. Gracias por recordarlo de manera tan amena. Parece fácil, pero no lo es; sin embargo quien a Dios tiene, nada le falta.

    Siga enseñándonos, no nos abanone!

    Saludos

    Don Calixto Medina

    ResponderEliminar
  2. Gracias don Virula por tan aleccionadora entrada. Como ya es sabido (aunque poco aplicado a la práctica por los católicos entre los que me incluyo) "si no se avanza en la vida espiritual, se retrocede".

    Me ha encantado su publicación. Siga así, deleitándonos con sus escritos, y enseñándonos.

    A su servicio,

    E.N.

    ResponderEliminar
  3. Carísimo Do Virula,

    ¡Gran lección! Y muy bien elaborada.

    Ojalá aprendamos de una buena vez y mantengamos a raya la infecciosa plaga y, antes que eso, la demoníaca pereza que todo lo enturbia y arruina.

    Un abrazo fraterno,
    Hilario.

    ResponderEliminar