viernes, 7 de julio de 2017

Alcoholoquios: el sabio


Practicaba puntería. Llevaba días haciéndolo. Ciertamente, el arte de tirar con honda no se adquiría de la noche a la mañana. Iba un tiro, e iba a parar en el arbusto; iba otro tiro, le daba al tronco del pino con un seco sonido; el tercer tiro apenas daba en el blanco, en un lateral. No se conformaba, seguía ejercitándose. En el fondo de su alma tenía la esperanza de poder adquirir dicha destreza, y así poder derribar a los gigantes, como lo hiciera en otro tiempo el rey David con Goliath. Era Jimmy quien pacientemente enseñaba al Panzón de Sancho el arte de tirar con honda, pues era muy resabido en dicha materia el Cazador. Muchas gacelas habían sucumbido al hondazo lanzado por su vigoroso brazo.

El Hidalgo no se adiestraba, al menos físicamente, pues últimamente algo le decía que la batalla más importante era la inmaterial, es decir, la espiritual y la intelectual. Que el combate en el terreno material y sensible era un combate de las consecuencias, también necesario. Pero lo que él anhelaba era erradicar el mal, como le prometiera a su dama Galadriel, y para ello debía combatir las causas. Por supuesto, ambos combates se complementan: al igual que hizo bien la Madre Teresa de Calcuta en luchar contra las consecuencias al dedicarse a los pobres, hizo mejor, si se me permite, el Papa San Pío X en luchar contra las causas, reformando seminarios, nombrando buenos obispos…

Entonces, como decía, no se entrenaba físicamente el Quijote, pero sí intelectual y espiritualmente, como expliqué que hacía con don Camilo, su buen amigo. Por aquellos días había surgido un pequeño debate entre don Camilo y el Manchego, y decidieron llevarlo al foro gallardo.

El foro gallardo lo constituían los ya afamados Alcoholoquios. Los Alcoholoquios tenían pocas reglas, sencillas y buenas. La primera de ellas consistía en que sólo se podía beber alcohol del de más de 35º, y debía beberse puro, sin mezcla, como hombres. Cada cual podía elegir la bebida a su gusto, siempre y cuando tuviese esa característica y se bebiese de ese modo. La segunda regla consistía en que debía fumarse allí. Podía elegirse pipa o puros (también puritos). Caso de que insistentemente pidiera alguno llevar cigarrillos, debía ser en chala o de pitar, pero nada de industrial, pues en el foro gallardo se fomentaba la manufactura por sobre la industrialización. La tercera y última regla consistía en el objeto del Alcoholoquio, que era fundamentalmente debatir y charlar temas que preocupasen a los gallardos.

Esas eran las reglas, sencillas como digo, pero cabales.

Y allí que estaban todos reunidos al día siguiente, sentados. Don Hilario bebía ginebra, muy a su estilo, un Brockmans con hielo. Bebía lo mismo don Virula, muy anglófilos los dos. Esto lo digo porque ya algo habían hablado con el Hidalgo sobre la conveniencia de beber o no ginebra. No reproduciré ahora esa pequeña charla, pues no es el objeto de lo que hoy quiero contar y, sobre todo, porque fijaron debatir extensamente el tema después de discutir el primero en el orden del día (otro día hablaré de lo que sobre la ginebra se debatió). Don Camilo bebía un Brandy Lepanto, bebida excelsa donde las haya por provenir de la mismísimo vino (divino líquido). Jimmy se aventuró con el tequila Herencia Mexicana, bebida de mártires cristeros, muy noble también. No habían podido asistir a la reunión el resto de gallardos, hacía tiempo no se los veía. El Hidalgo bebía whiskey Macallan de 12 años, su bebida favorita por ser inventada por monjes irlandeses. Los irlandeses eran los únicos que habían conseguido mantener el rumbo en aquellas pérfidas islas, no habían sucumbido al anglicanismo, quizá por obra de esta divina bebida que los mantenía cuerdos. Por eso gozaban de especial aprecio por parte del Quijote. En fin, eso bebían. Y, en el orden en que he descrito, fumaban: pipa los dos primeros, puros “San Luis Rey” los dos segundos, y pipa el último también.

Y, como decía, estaban sentados, ya debatiendo.

-Yo creo firmemente que gente como Hugo Brandigamo y Rubén el Perito no son sabios. ¡Y lo sostendré hasta que muera! –Expresaba efusiva y grandilocuentemente el Hidalgo, golpeando con su puño bravo la mesa.

-Calmaos Quijote… -don Virula apaciguaba así el furor del Manchego, que a veces asustaba por pensar uno que pasaría a las manos. Pero sobre todo, lo tranquilizaba por temor a que algún día, dada su edad, por el excesivo furor y emoción puesto en su hablar y obrar, el corazón le jugase una mala pasada y se lo llevase de las apariencias de este mundo.

-Veamos –dijo don Camilo tomando un trago de su Lepanto-, creo que primero habría que distinguir qué es un sabio y cuáles son sus aparentes.

Después de un silencio pensador y fumador, habló calmo el anciano don Hilario:

-Un sabio no es necesariamente un inteligente ni un erudito.

-¡Coincido! –dijo el Quijote impulsivamente- Yo creo que el sabio es prudente.

-Pero no se puede identificar la sabiduría con la prudencia, pues una es virtud intelectual especulativa, y la otra es práctica. No son lo mismo, una busca conocer, la otra obrar –dijo matizando Jimmy el Cazador.

-Estoy con él –dijo don Camilo.

-Pero los sabios suelen ser prudentes ¿o me van a negar eso? –replicó el Manchego- Si no miren a Sócrates, o a Antonio Camponeto, o a Juan Antonio Windows, son tipos sabios, y prudentes.

-Eso es porque la sabiduría florece en el consejo, porque la verdad es difusiva de sí. Y, si se acuerdan de lo que estudiamos con el Pancho Anchoa, una parte importante de la virtud de la prudencia es el consejo, que se refiere tanto al darlo como al pedirlo –acotó don Hilario.

-O sea que, según eso, un síntoma de que una persona es sabia es, no sólo el ser prudente, sino también el hacer prudentes a los que lo escuchan, porque reciben su consejo –aventuró don Virula.

-Así es –respondió el caballero andante-, y eso no lo tienen personajes como José Juan Escandell o Rogelio Rovira. Esas personas saben mucho de poco, y poco de mucho.

-Esos son eruditos o, como mucho, inteligentes, aunque tampoco –volvió a introducir don Hilario el matiz entre sabios, eruditos e inteligentes.

-¿Y qué diferencia hay? –Preguntó Jimmy.

A lo que contestó el preguntado:

-La diferencia hay que verla en las virtudes intelectuales especulativas. El inteligente es aquel capaz de ver relaciones entre las cosas con facilidad, relaciones de razón. Relaciones que pocos ven. Tal es la genialidad de Chesterton, deslumbra su inteligencia en sus escritos, y con ella abre los ojos a los lectores a un mundo desconocido hasta entonces por ellos, o mejor dicho, conocido a medias. El erudito, sin embargo, es aquel que tiene ciencia, que conoce al detalle una materia y se mueve como pez en el agua en ella. Tal es el caso de los personajes antes mentados, o el de autores como Royo Marín, gran estudioso de teología y repetidor sistemático de la misma, divulgador esclarecedor podría decirse, al igual que Verneaux con la filosofía. Y el sabio… el sabio es quien conoce en cada momento lo que el hombre debe hacer, siempre a la luz de su Causa primera, de su Fin último y de su esencia. El sabio tiene respuestas para cualquier pregunta honda; el sabio no va al detalle, va a lo esencial; el sabio tiene experiencia; el sabio escucha la tradición e ilumina con su palabra; el sabio no tiene por qué saber mucho de poco, ni poco de mucho, pero sí sabe lo esencial de todo (no es cuestión cuantitativa, sino cualitativa). Tal es el caso de un Rafael o su hijo José Miguel Gamba, o de Camponeto, o de Windows, o de Castellani.

-Yo creo que Castellani fue un híbrido de los tres –interrumpió don Quijote-, pues divulgó como un erudito, descubrió como un inteligente, y respondió cuestiones como un sabio. Uno, cuando lee al Padre Leonardo, sale más inteligente y prudente.

-Es verdad todo lo que se ha dicho, coincido –dijo don Camilo-, pero quiero hacer hincapié en un punto, y es en el de la experiencia. Quiero decir, que aunque Rubén el Perito y Hugo Brandigamo (que fue por quienes empezó el debate) no sean sabios, pueden llegar a serlo cuando avancen en años y experiencia.

-Eso es –respondió el Manchego- Pero el hecho de que solo sean sabios en potencia yo creo que es suficiente para que el oído que se les preste no sea el mismo que a los sabios en acto, y la veneración que se les dé, lo mismo.

-Veo que hemos llegado a un acuerdo –dijo el Cazador-. Para ser sabio hay que tener experiencia, conocer lo esencial para la perfección del hombre y su salvación, y todo ello se ve traducido en una prudencia en el obrar, y en un aconsejar prudente a los demás.

-Queda claro –añadió don Virula. Y tras una larga pausa acompañada de un trago de su Brockmans añadió:

-Ahora quisiera que cambiásemos de tema. Querría saber el porqué de la acusación del Quijote hacia mí y mi compadre don Hilario de que somos anglófilos por el hecho de beber ginebra.

Todos callaron, y esperaron en silencio sepulcral y observador la respuesta del Quijote.



------Continuará-------


(Este es el primero de muchos relatos en que describiré lo que mis ojos vieron y mis oídos oyeron en los muchos Alcoholoquios en los que estuve presente como persona encargada de recoger en acta lo que allí se hablase, para que el mundo supiese y mejor entendiese los intríngulis de los Gallardos sin Gala)

2 comentarios:

  1. ¡Without words!
    He comentado su último escrito sobre la Ginebra no porque me pareciera superior a este -aunque fuese realmente superior, como ya elogié-, sino porque sencillamente no me había percatado de este otro escrito suyo también superior y de mucha gracia -por no decir, estilo-. Veo cómo va adelantando a trancos en este arte de la escritura y eso me llena de gozo y entusiasmo. Por tres motivos. Primero por la obviedad -y no tan obvia- de que Ud. vuela y cada vez va más alto. Segundo, porque nos recreamos, y al mismo tiempo, nos nutrimos con sus bellos y veros escritos. Tercero y último, porque el corazón gallardo se ilusiona con que algún día estas tertulias acontecerán y serán más mágicas que las ricamente detalladas en esta bitácora.

    En otras palabras, no me arrepiento de haberlo hecho partícipe de tan humilde blog...

    En cuanto al tema en cuestión, nada para agregar. Solamente añadir que conocí a ese tal José Miguel Gamba para saber con certeza si es o no un sabio. Pero por su encantadora casa estacional que tiene en "El Espinar" (Segovia), debe de serlo,

    ¡La nave quiere más de sus alcoholoquios!

    Un apretón de manos,
    Hilarious.

    PS: la próxima vez llevo un licor de las colinas nórdicas de Italia denominado "Frangelico". Fue un ermitaño del siglo XVI quien lo crea y está a hecho a base de avellanas silvestres. La forma de la botella es todo un poema. Por aquellas turbulentas épocas Trento hizo lo suyo... y parece que una ermita del Piamonte también.

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  2. Don Nostalgioso,
    He leído más de una vez su escrito, ya que trato de comprender bien palabra por palabra. Noto muchos matices filosóficos y eso me gusta. Me pareció sumamente interesante todo y me ha dejado un intenso reflexionar en "el bocho".

    Lo felicito por la creación de los "Alcoholoquios" realmente un genialidad total. Con este formato tan humano y natural como antiguo también que los gallardos tenemos al debatir se pueden esclarecer miles de temas de relevancia, como suele hacer cualquier filósofo al preguntarse las causas y fines de su objeto de estudio. Piense usted: cuántas buenas discusiones y debates habrán tenido aquel Sócrates, Aristóteles, Tomás de Aquino con sus amigos o, por qué no, consigo mismo.

    Siga así, y siguiendo con lo que dice Don Hilario "¡estamos sedientos de más Alcoholoquios!"
    Lo felicito nuevamente pues se lo merece, y como dicen por mis pagos "para sacarse el sombrero".

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