Bajo un cielo encapotado de nubes, la ciudad, sin apuro, emprendía el camino hacia un crepúsculo plomizo. La gente caminaba de aquí para allá. El viento, como cantando poesía, siseaba rumores de lluvia. Ella, a mi lado, frenaba su paso para no dejarme atrás. Mi corazón, volando, apresuraba mi caminar para no perderla.
Había olor en el ambiente. Algo dulzón, embriagador. ¿Era el olor del amor? ¿de la confianza? ¿la seguridad? ¿la belleza? No, nada de eso. O todo eso junto. Dudo que haya concepto que pueda encerrar completamente la esencia de ese olor.
Era un olor que se captaba no sólo por el olfato. Los ojos también lo veían, y los oídos creían escucharlo. ¿Era entonces un color además, o un sonido? Puede ser. Pero si era un sonido, entonces era el de alguna melodía de antaño, suave, mayor, clara. Y si era un color, entonces era un color verde, opaco, fuerte, profundo.
Era una sensación que trascendía los sentidos, quienes, saturados por alguna característica excelsa de lo captado, pedían a gritos colaboración de la inteligencia.
La voluntad, advertida por ésta última, también era sometida por los poderes de aquella sensación. Las potencias anímicas, como dos borrachos o como dos niños, hacían sus aportes a esta aventura. La primera, embriagada por un ser desconocido, divagaba por el mundo ideal, bebiendo reminiscencias de las formas esenciales. La segunda, atraída por un amor profundo, se determinaba con afinidad hacia el mencionado aroma.
Mi ser entero se encontraba como en éxtasis, sin poder (y sin querer) comprender el por qué. Había algo que lo superaba. Ese aroma, o ese color o ese sonido lo superaban. Parecía ser algo que participaba calibradamente de la hermosura, ya que no había potencia alguna para asimilarlo propiamente.
Pero una cosa era evidente: mi alma estaba cautivada por esa sensación. Y ese cautiverio era el fundamento de una intuición. Intuición confusa, pero cierta. Intuición difusa, pero profunda. Y esa intuición estaba intencionada hacia la causa de la sensación: el encuentro. Encuentro entre mi alma y la suya. Un encuentro que se daba a partir de una mirada, de una cercanía espiritual, de un roce de manos, de una degustación de su voz. Encuentro apadrinado por el brillo asombrado de sus ojos y por el rostro de su sonrisa.
Mi ser entero, sin tener noción clara de lo que estaba viviendo, se dejaba lacerar por aquel encuentro. Y desgarrado por aquella sensación, se dejaba elevar hasta las cumbres de lo poético, para, desde allí, entregarse al perfume del amor vivencial.
Había olor en el ambiente. Algo dulzón, embriagador. ¿Era el olor del amor? ¿de la confianza? ¿la seguridad? ¿la belleza? No, nada de eso. O todo eso junto: era el aroma de un encuentro.
Ella, a mi lado, frenaba su paso para no dejarme atrás. Mi corazón, embriagado y silente, apresuraba mi caminar para no perderla.
Tres blogs para los Frikis de la blogósfera. Siete para los Neos de la caverna. Nueve para los Progres de la Tierra. Y Uno para don Hilario y sus amigos, condenados al penar y al dolor. Un blog para animarlos a todos, un blog para que se encuentren y se cultiven, un blog para que ironicen y recreen en un mundo desencantado.
jueves, 25 de julio de 2019
jueves, 18 de julio de 2019
Noviazgo en palabras del Curita
Cierta vez le preguntaron a un excelente padre sobre el verdadero significado del noviazgo. Este, echando un sorbo de un buen malbec respondió:
-Poco ha de saber de vinos, quien nunca probó la uva. Pero el noviazgo visto de un modo más esencial... Bueno, puede que sepa una o dos cosas.-
Dio el siguiente sorbo y comenzó diciendo:
-Hoy en día la gran mayoría de las personas, hombres y mujeres; gallardos o progres de la tierra, suelen tener en la cabeza que la idea de estar de novio es pura y llanamente sentimental. Muchas canciones, películas, libros o artículos nos muestran el amor entre un hombre y una mujer como algo totalmente cursi: el chico que corre hasta el aeropuerto para impedir que su enamorada tome el avión que los separará para siempre; la amante que llora porque su amado no le corresponde en lugar de afrontar el problema maduramente; las famosas habladurías de "éramos el uno para el otro pero las circunstancias nos separaron"-
El sacerdote hizo una pausa entonces, mirando a todos en la sala y continuó diciendo: -Pues yo pregunto: ¿Cuándo fue que se perdió la esencia de lo que significa amar a alguien? (Me disculparéis pero todos los ejemplos anteriores me parecen una sarta de estupideces.)¿Cuándo se perdió la sencillez y sacralidad del noviazgo?¿Cómo fue que la cursilería barata reemplazó tan ampliamente a los verdaderos actos románticos?. El noviago mundano es puramente físico: gente que se conoce en una fiesta tras un encuentro amoroso y que sigue en contacto. Hombres que ven a una chica en las redes sociales y comienzan a hablarle, arrastrándose por el físico de esta y rogando una muestra de atención. Mujeres vanidosas, mostrando su cuerpo y cambiando de novio como si de vasos descartables se tratase. Inmadurez y terror a la seriedad y el compromiso que flotan cada vez mas por nuestra mente.-
Y continuó diciendo: -Para estar de novio uno debe ser maduro, no imprudente; romántico, no cursi; responsable, no inconsciente. Porque el noviazgo es un compromiso para con el otro, tanto terrenal como espiritual. Debe ser visto como un acto de amistad, como una aventura (en el mejor sentido de la palabra); o mejor,como dos compañeros que caminan por tierras oscuras, ayudándose mutuamente (con Dios al lado, por supuesto). Estar de novio significa que te den un sopapo cuando te equivoques y que tu contra-parte te haga rabiar, te moleste y te agobie por tu propio bien. Porque es una preparación para el matrimonio.-
Uno de los discípulos preguntó entonces:
-Maestro, ¿Qué es ser romántico?-
-Lo romántico no es cursi- respondió el sacerdote dando otro trago -lo romántico es sincero, es una poesía, una llamada, ver juntos las estrellas. Enseñarle al otro las cosas bellas que uno descubre en el mundo y que este haga lo mismo; es compartir y amar lo aprendido. Lo romántico se trata de hacer, no de decir. No es decir cosas como "prefiero morir a no estar contigo". Se es romántico cuando se muere por ella (llegado el caso) sin decir palabra alguna.-
Para finalizar el Maestro dijo:
-Pero siempre deben tener en cuenta a Dios, recen para que les muestre a su amada, oren por su alma aunque todavía no la conozcan, pídanle a la Virgen por su familia, y por sus hijos. Y rueguen por ustedes mismos, para estar listos cuando el Padre se las muestre.-
El Corsario Negro
viernes, 12 de julio de 2019
Niño- Poeta- Corazón Enamorado
Es probable que el hombre que se considere bueno, o más
bien, tenga deseos de serlo, se arrepienta de muchas cosas en su vida de
juventud. O en algún que otro caso reconozca que una vez decidido a cambiar
para ser una persona recta vea que toda su vida fue algo de que avergonzarse,
principalmente durante la etapa más jovial.
Permítanme re-ordenar mi análisis de una manera más sencilla:
todo Varón se avergüenza de muchas cosas de su adolescencia o temprana juventud.
Estará avergonzado de algunas actitudes, hechos cometidos,
expresiones dichas o amistades tenidas y obviamente de sus pecados; pues si
quiere ser hombre bueno (no mirándose a uno mismo, sino mirando a Dios) estará arrepentido
de todas sus faltas.
Por segunda vez sintetizo el análisis: Hombres y jóvenes
deseosos de virtud, saben que en la adolescencia hicieron cosas o actuaron como
hoy de seguro no harían.
A pesar de lo introducido, se deben hacer varias salvedades.
Uno sabe que en aquella etapa no tenía la conciencia ni el mínimo de
experiencia o madurez que, pasados algunos años ya se adquiere. Siendo así, que
hay también un cúmulo de cosas de las cuáles no se arrepiente, o ni
consideraría examinar porque son parte de esa etapa de la vida.
Es por aquello que recuerda, cual epopeya digna de ser
rememorada por juglares, las hazañas realizadas con amigos para tomar la
primera cerveza, fumar el primer cigarrillo o escaparse de la clase más
monótona con el más vil de los profesores. O venera, cual canto de musas y
sirenas, el relato de alguna piñadera o un gol marcado de la forma más
extraordinaria en algún potrero.
(Dom Abubba junto al Marqués años atrás con sus amigos del Godoy)
Muy bien, afirmado todo esto, considero que (en un gran
porcentaje de casos) es para todo hombre deseoso de virtud cosa muy seria el primer
amor. Para los gallardos, en su gran mayoría espero, es tema de
grandísimo rigor.
Trataré de explicar, sin mucha capacidad, el porqué de mi
anterior afirmación. Ya que analizándolo puedo pensar que es así en la mayoría
de las ocasiones, aunque de seguro no en su totalidad, por lo que dejo el
entero análisis a todo tipo de observación. Pero un verdadero varón nunca se
avergonzará de su primer amor.
Uno cuando niño tiene todos los sentidos puestos en el jugar
y le parece bochornoso el tener que dirigirse a una niña, ese indescifrable ser
del sexo opuesto. Sólo la referencia a ellas puede llegar a ser cómo la de
“jugadora” cuando se decide incluirla en la “escondida”, “mancha” o “ladrón y
policía”, ya que es necesaria su participación para alcanzar el número suficiente
para ejecutar el juego, no porque su intención sea contactarse y relacionarse
con tal criatura.
Pues bien, cuando adolescente, la cosa cambia. Es en esta
etapa donde la inocencia se mezcla con las emociones, quién fue enteramente
niño ya no lo es; y se cree potencialmente capaz de interactuar con una fémina
e incluso llegar a enamorarla.
Y se concretan aquellas fascinantes interacciones donde
comienza a brotar el niño-caballero,
o más precisamente, el niño-poeta-corazón
enamorado. Porque no posee el aplomo que da el frecuentar trato con mujeres
y su inocencia es su principal virtud. Sentirá por primera vez reacciones que
nunca antes había tenido, las que luego se repetirán con los próximos amores.
No sé si logro expresar con gran exactitud el tema indagado.
Será porque son cosas del pasado y los pocos recuerdos certeros son el decir
“Me gustas” y tras unos eternos segundos, sumado a un cálido sonrojarse, oír
las gloriosas palabras “Y vos a mí también”. O traer a la mente aquellos dos
meses (¿o fueron tres?) en que ambos sabían que debían interactuar el uno con
el otro, con la perfecta convicción de que la otra persona estaba ansiosa de
esa pequeña conversación.
Uno por ahí no se acuerda bien cómo paso, o no trae a la
memoria el por qué pasó. Pero de seguro no olvida que la gran victoria del año
era decirle con el mayor coraje del mundo “Que linda que sos”, haciendo un
sobrehumano esfuerzo para mirarla a la cara y no hacerlo con el rostro
tembloroso mirando el suelo y rascándose la nuca. O saber que, la mayor proeza
que uno había realizado, había sido tomarla de la mano en las más extensas e
interminables dos cuadras y medias del mundo que caminaban para acompañarla a
la parada del colectivo. Y porque no, transpirar de los nervios cuando en
aquella fiestita de 15 sonaba la música bailable de a pareja (ojalá hubiese
sido un “lento” o un baile colonial, o mejor aún, una zamba) siendo esa la gran
e irrepetible oportunidad de mostrarse juntos delante de todo el mundo.
De seguro habrá sido por aquella niña que uno descubrió en
su interior las capacidades poéticas. Por ella la cabeza habrá dado muchas
vueltas añorándola, hasta tener el coraje de agarrar pluma y papel para plasmar
torpes versos que luego casi como trabalenguas se recitarían delante de ella.
Cabe preguntarse si aquella primera niña no fue la razón de
conocer que dentro nuestro había un hombre de letras; y me arriesgo a decir un
futuro gallardo.
(imagen de Don Virula en una de sus primeras conquistas)
En fin, concluyo que es de vital importancia aquella primera
“noviecita” porque al conquistarla en una época de total simplicidad y
sencillez, sumada a una cuota de ingenuidad y cabal inocencia, convierten lo
que suena a travesura en una gesta inigualable, regidora del más sincero e
inigualable enamoramiento, que para el futuro del niño-poeta-corazón enamorado será el cimiento perfecto del futuro y
verdadero amor.
Y fundamental la primera porque es cuando uno por fin conoce
la emoción de ser correspondido, sentimiento que entrará de la forma más pura.
Escalofríos nunca antes sentidos. Sin duda estos se repetirán en el futuro,
pero con la gran experiencia de aquella primera vez.
Puede que tenga una cuota de inmadurez, puede que en muchas
ocasiones uno hubiese realizado las mil y un tratativas y estrategias para
realizar la conquista, sin el fruto deseado o con un gran rechazo, digno de ser
mofado y vituperado por todas sus amigas. Pero cuando aquel pequeño niño poeta comienza a explorar aquellos
tenues destellos de virilidad forma la base de lo que en el futuro serán
instrumentos de loar a cualquier dama, mejor dicho, a su dama.
Luego los caminos de todos son insondables, y hasta aquí
llega mi análisis, puesto que puede pasar que en algunos sea a los 12 años, en
otros a los 15,16 o más edad. Aunque permítanme darle una muestra de aquella
nobleza que se escondía en el primer amor de quien hoy escribe:
Si el sol mira el río lo ilumina,
Si mira tu rostro, se encandila
Las estrellas alumbran la noche
Tus ojos como faroles hacen la noche día
Me gusta que canten las aves
Pero tu risa es un contagio de alegría
Si algo impresionante es pisar la luna,
Para mí lo más increíble es ver tu sonrisa
(uno de los
primeros poemas escritos por el torpe escritor, que se le entrego a aquella
pequeña dama y elemental para ganar su “Y vos también me gustas a mí”)
Puede ser
criticado de imberbe, inmaduro o patán, supongo que depende el caso. Tengo la
convicción de que aquella gesta que se realiza por los pequeños niños-poetas es
la base fundamental de futuras gallardías.
Dedicado a los inocentes primeros amores, cimientos de
gallardía
Don Ábila de la Mancha
lunes, 1 de julio de 2019
Luz en las tinieblas...
Luego de mis oraciones vespertinas y de la lectio diaria, salgo al patio a meditar sobre el paisaje melancólico que se me presentaba: un paisaje triste que llevaba inexorablemente a la Santa Nostalgia (...y aquel que diga que este tipo de vista hace mal, pues no ha entendido nada.) Pero había algo que resonaba en mi interior, algo que generaba tanta inquietud que ya no podía meditar como lo hacía siempre. Algo pasaba… Por lo tanto, aquella tarde de contemplación, la había perdido a causa de mi malestar...
Después vuelvo a entrar, molesto, a mi celda, y me dispongo a comenzar mi sano ritual… saco de mi escondite un Johnny Walker robado del ancestral armario de mi viejo, saco mi pipa de boca larga tallada por los enanos de Erebor y la lleno hasta el tope de una mezcla exquisita: Latakia con Black Danish. Luego de haber volcado como una cascada perfecta aquel liquido color caramelo y de haber atizado bien el tabaco, me siento en el cómodo sillón que tengo en mi cueva - ya un poco gastado por las horas de uso en meditación o en tertulias que terminan en el amanecer con amigos frikis-.
Todo estaba en orden: la celda llena de humo y mi paladar deleitado por aquella deliciosa combinación de tabaco y whisky. Pero no logré encontrar la paz interior que habitualmente encontraba… Y la razón de esto fue lo que sucedió esa misma mañana en mi casa de estudios, en mi facultad. Era por esto que me encontraba inquieto sin saber qué hacer, hasta que una voz se oyó en mi interior, una voz salvífica, la cual me dijo con suavidad: ¡Escribí, estúpido! Podríamos abrir otra discusión sobre el origen de esta voz pero no es el tema que hoy he de tratar. Obediente a esta voz me senté en el escritorio, saqué mi pluma y comencé a derramar la tinta sobre las amarillentas hojas, en las cuales se lee lo siguiente:
Viernes 17 de mayo. Luego de rezar Laudes me dispongo a partir hacia la facultad, cansado y apesadumbrado, no por ser el último día de cursado sino por lo que vivo allí adentro en ese pozo de alimañas. Harto de analizar escritos y posturas nefastas como las de Marx o Hegel y de los tontos útiles que no paran de hablar sobre los derechos humanos y bla bla bla... entro al aula, cabizbajo, y me siento lo más lejos posible de aquellos orcos. Saco mis cuadernos y me preparo para tomar apuntes.
Llega la hora de comenzar la clase y algo raro sucede. No escucho los pasos pesados y lentos del troll que habitualmente entra a enseñar estupideces creyéndose un gran profesor o intelectual. Esta vez se escuchaba un caminar suave y musical, y un dulce silbido que alguna vez había escuchado... Ya esto me había asombrado, pues alguna vez leí al célebre autor de hermosos libros, Alejandro Dolina, que decía que la gente ya no silbaba y eso reflejaba la tristeza del mundo.
El silbido cada vez se escuchaba más cerca, volteo para ver quién era aquel místico hombre que iba a entrar a la clase y cuando llega a la puerta, semi abierta ,una luz blanca poderosa impide a mis ojos ver aquella figura; esta persona irradiaba una luz elfica. Se plantó delante del curso y pude verlo. Era él, el grandote calvo que había sido profesor mío en el secundario y luego se convertiría en mi mentor. Me miró y sonrió, como entendiendo mi padecer. Llevaba la misma sonrisa que antes, esa sonrisa esperanzadora que dice que todo está bien. Yo no lo podía creer, no podía creer que aquel hombre siguiera con la misma presencia de antes en aquel espantoso lugar, en “Mordor” diría algún compadre mío. Los ojos se me empañaron al recordar lo que aquel gigante había hecho conmigo, pues él me había introducido en el mundo del misticismo y de la literatura, había despertado en mi corazón las ansias del conocimiento, de llegar a la Verdad de una forma más romántica.
Pero yo seguía ciego, seguía sin entender lo que hacía este excelentísimo profesor allí dentro, y mil pensamientos oscuros se introdujeron en mi cabeza: comencé a pensar que estaba atrapado, que estaba encadenado como un prisionero allí adentro y que no podía ayudar en nada a aquellas bestias. La acedia se había apoderado totalmente de mí. Pero observé a mi alrededor, el aula oscura empezó a iluminarse, los ojos rojos encendidos por el fuego del odio de los orcos empezaron a tomar su color natural. Observé por las ventanas que la lluvia pesada desaparecía y el sol empezó a asomarse entre las nubes, creando por consecuencia un arcoíris en el cielo. Claro, este hombre irradiaba belleza, la Belleza que a todos nos salva.
Estaba predicando, predicando a Dios a través de la verdad y de la belleza, pues cumplía con su apostolado. Cualquiera a quien la desesperanza lo haya dominado podría decirme que esto es inútil porque no hablaba de Dios explícitamente y no predicaba el evangelio a viva voz, y que todo su trabajo era en vano porque los corazones de aquellas bestias eran de piedra, pero yo no me atrevería a afirmar esto tan rápidamente. Simone Weil alguna vez escribió: "En todo lo que despierta en nosotros un sentido auténtico y puro de belleza, ahí se encuentra, en verdad, la presencia de Dios. Hay una especie de encarnación de Dios en el mundo, de la cual la belleza es señal". Este místico hombre había entrañado e interiorizado este juego de la verdad, belleza y amor, para así en un ambiente podrido, de almas extraviadas, mostrar el verdadero Camino que conduce al Padre.
Claro que él estaba luchando donde Dios le había pedido, había entendido que era un “ruso contemporáneo” como señala Dostoievski en “El sueño de un hombre ridículo”.Se podría haber quedado en la escuela en donde hablar del Evangelio no sería una cosa nueva, pero eso sería escapar de su misión divina. Soplos, soplos de belleza daba este hombre, haciendo volver a su hábitat natural los rostros tumefactos, distorsionados, difusos de aquellos que niegan la Verdad. Yo estaba impresionado desde la lejanía de mi lugar, boquiabierto como un niño cuando conoce algo nuevo y se deja llevar por el sano asombro. Peleando solo en medio de bestias feroces, dando palizas de sabiduría a los necios, pero con el fin de limpiar sus almas, de sacarles la viga de los ojos, de Se podría haber quedado en la escuela en donde hablar del Evangelio no sería una cosa nueva, pero eso sería escapar de su misión divina. Soplos, soplos de belleza daba este hombre, haciendo volver a su hábitat natural los rostros tumefactos, distorsionados, difusos de aquellos que niegan la Verdad. Yo estaba impresionado desde la lejanía de mi lugar, boquiabierto como un niño cuando conoce liberar el anhelo del corazón humano, despertar la santa inquietud por el conocimiento de lo Bueno. Porque había entendido que la belleza, ya sea del universo natural o del arte, justamente porque abre y extiende los horizontes de la conciencia humana, apuntando a más allá de nosotros, trayéndonos frente a frente con el abismo del Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios. Luego de que terminó de dar su prédica, ya que eso fue y no una simple clase, me acerqué hasta su escritorio y sin poder formular palabra alguna lo abracé, le di las gracias y me fui.
En fin, este es el relato de un hombre que todavía no se da por vencido. Dejé caer mi pluma sobre el grueso papel, recargue mi vaso de whisky, encendí el tabaco de mi pipa medio quemado y salí a contemplar el cielo una vez más. Noté que había cambiado, salió el sol, y las nubes que lo escondían ahora estaban naranjas porque Aquel las había pintado...
Y así como el paisaje espiritual interior se refleja exteriormente, del mismo modo el paisaje Nostálgico del cielo iba de acuerdo con mi relato.
CONTI D. FLORES
miércoles, 26 de junio de 2019
Pinta al paso (I).
No entraremos a detallar si el temple de los Gallardos que habían abrazado este nuevo hábito -verdaderamente justo y necesario- se reducía generalmente a solo una pinta, durando la plática tabernera una hora aproximadamente. Pero sí diremos que se había optado por un lugar encantador que predisponía a profundos diálogos, o bien, a risueñas charlas de pub. El sitio escogido es el mencionado London, ubicado en unas coordenadas estratégicas para que todos los Gallardos que salieran de sus respectivos trabajos a la hora del crepúsculo se pudieran reunir allí con facilidad y rapidez. En este barcito de estilo inglés, naturalmente, había un balcón pequeño con una mesa baja y algunas sillas en rededor. ¡Rincones pintorescos, si los hay! Allí podíamos beber tranquilamente mientras contemplábamos en la lejura al sol caer tras las montañas andinas. Si bien el bar se hallaba en el centro, la ubicación de éste era justa para amortiguar los ruidos infernales de la ciudad, aunque tampoco se trataba de un campo sosegado en completo silencio (además, si así fuera, dejaría de ser una taberna con todo lo que esto significa).
Y bien. Como decía, allí en London se encontraban los dos Gallardos: Don Hilario de Jesús y Don Virula de los Gamos. Más tarde irían cayendo el resto de los Gallardos, pero estos solían ser los primeros en arribar al mencionado balcón mítico e iniciar todo el ritual: pedirle a las camareras que nos pusieran "nuestra" música (irlandesa, celta o rock and roll), pedirles el chop con manís (generalmente blonda para el de los Gamos y morocha para el de Jesús) y finalmente encender los tabacos (pucho para el ruludo, pipa para el barbudo.) Una vez dispuesto todo, empezaba la plática serena, relajada, descontracturada, desestresada...; en una palabra, feliz.
Aquella tarde la charla se tornó filosófico-mística. Es decir, grave. Por eso rogaban ambos interiormente que no llegara toda la banda de Gallardos hasta pasado un buen tiempo para que se pudiese avanzar fácil y deleitablemente en todos los senderos posibles del diálogo en cuestión, hasta que se hiciera la luz de tanto charlar. Como dijera el viejo Aristóteles tantísimo tiempo ha: es más fácil llegar a la verdad entre muchos. Y efectivamente, los Gallardos muy a menudo terminaban arribando a alguna verdad de tanto conversar, debatir, intercambiar ideas o impresiones, o manifestar intuiciones o sencillamente dar la contra así como así. O quizás no siempre se trataba de verdades lo que alcanzaban, pero al menos eran atisbos de luz que esclarecían la mente o inundaban el corazón de una secreta convicción que consolaba y alegraba... ¿Psicólogos? No, gracias, entre dinosaurios nos entendemos...-Compadre -lanzó Hilario luego de pitar su pipa con vehemencia-, lo notó apesadumbrado.
-Acierta, compadre -contestó Virula con desánimo.
-¿De qué se trata esta vez?
-Del pathos...
-Saque el rollo.
-Hace tiempo que ando como apagado, o estancado, o (como dicen ahora) "malpegado". No logro saber el motivo de mi insatisfacción constante, frustración, impotencia o el malestar que sea que tenga. De por fuera pareciera que todo marcha bien en mi vida. Pero por dentro, siento cierto tedio. En las juntadas me muestro contento y positivo, pero confieso que fuerzo la máquina un poco, o mucho, ya no sé... ¿Ha observado eso?
-A ver...
-Sí -interrumpió el Virulana-, tiene su dureza lo que digo, pero es así -y sorbiendo un trago de su Pilsen, pregunta el huesudo-: ¿Usted qué piensa?
-Vea, cumpa, puede ser preocupante lo que plantea, como a su vez no puede ser grave en lo más mínimo y esté dramatizando las cosas al pedo. -Y respirando hondo, éste empieza su nuevo discurso- Hay pathos y pathos. Si se refiere a tener que actuar siempre como un payaso en todas las reuniones sociales, no me preocupa demasiado. No siempre este pathos tiene que llevarnos a estar enérgicos, sonrientes, animosos y graciosos. Hay veces que podemos estar bien interiormente, en paz y contentos, pero afuera por ahí mostramos cierta melancolía en el rostro que la gente, sobre todo la gente frívola, juzga mal.

En esto se detuvo el viejo para beber un generoso trago de su pinta negra, y así refrescar el gargero, para luego seguir pronunciando su discurso inspirado por las Musas de la malta y la cebada, y por el Daimon de su tabaco latakia:
-Lo que sí temo, querido amigo, es aquel pathos, digamos, metafísico-espiritual, o cultural, o como puta lo llamemos. Aquel que se enciende ante el bonum-verum-pulchrum; aquel que no descansa, no se sacia y siempre anda en búsqueda de una vida más plena, más auténtica, más mágica. Este no debe apagarse jamás y hay que por eso mismo cuidarlo y cultivarlo. Es esta una tarea de todos los días, full-time, y consiste en alimentar esta llama de pasión por los altos ideales, por todo lo noble, por lo excelente. Y se alimenta a través de la oración continua, de reflexiones, de buenas conversaciones, de lecturas claves, de caminatas por la naturaleza, de música clásica, de poesías, de seleccionada compañía... En suma, compadre, en el fondo es la contemplación lo que nos mantendrá sanos y salvos.
-La contemplación... ¿Cómo es eso? -volvía a interrogar inquieto, el flaco, mientras se encendía un cigarrillo.
-Mire -reanudó el discurso el viejo mientras jugueteaba con su barba-, nosotros, estamos signados por la vocación a la contemplación. Sí, sonará raro lo que digo, pero espere. Nosotros ya hemos experimentado que cuando nos entregamos a las diversiones de modo exagerado e incontrolado, descuidamos precisamente todo lo que le acabo de mencionar: oración, lectura, pensamientos, etc. O dicho de otra manera, dejamos de estar a solas. Y ya de esto hemos hablado, de lo dañino que es no hacerse espacios para estar en soledad y hacer lo que nos gusta o lo que deseamos, o sencillamente para hacer lo que necesitamos y debemos hacer. Ahora comienza a ver la relación estrecha que hay entre la soledad y la contemplación, ¿verdad?
-Ciertamente. Prosiga...
-Bien. Decir entonces que estamos signados por la contemplación, es decir que estamos llamados a ser solitarios. Y acá también te sonará extraño lo que te digo, pero no se apresure mi amigo. Sin nosotros elegirlo, sabemos en lo profundo que no podemos, de algún modo, vivir como vive el resto de los mortales. La gente de mundo, o incluso la gente de nuestra aldehuela que nos es tan querida, pareciera que pueden vivir sin demasiados conflictos internos. Se divierten tranquilamente, cumplen sus deberes religiosamente, y luego vuelven a divertirse despreocupadamente. No se plantean demasiadas cosas, no sufren tantas otras, no cambian demasiado sus proyectos y el curso de la existencia para estos sigue su rumbo cual canoa en el río Paraná, sin sobresaltos... ¿Me va siguiendo?
-Lo sigo, como la canoa que acaba de evocar...
-Bárbaro. Pero espere, ¿quiere otra pinta?
-Meta.

Levantan la mano los dos taberneros con los vasos vacíos y la camarera se percata de las señas. Al rato vendría ella con dos pintas más, llenas al tope con espuma idílica, para completar el primer "happy-hours" de la jornada.
-Como le decía -continuó el pipero-, hay personas que pueden ser, y lo son de hecho, felices en el marco de una vida sencilla, simple, llana. ¿Son menos que nosotros? Pues no. ¿Acaso menos santos? Claro que no. No van por ahí los tiros... Lo que quiero decir es que nosotros no somos como ellos, sencillamente. No somos como la mayoría. Y descubrir esto, primero, y luego asumir esta realidad no nos pone en una posición especial ni salimos favorecidos. No al menos en una primera instancia... ¿Entendés?
-Sí -respondió el interlocutor jurásico, entre bocanadas de humo.
-Bueno. Entonces, si me ha ido siguiendo, tal vez el problema de Usted, que puede ser el mío o el de aquellos amigos que tengan estas características o inclinaciones que compartimos, es que ha desatendido la flor de la contemplación. No ha sido fiel al fuego contemplativo que lo habita. Se ha derramado hacia fuera, vertido hacia el exterior, y está pagando ese derroche y esa imprudencia. Por eso se anda sintiendo mal, con tirria en el pecho, con decepciones y amarguras. Y por eso mismo intenta agradarle a este mundo torpe y vacuo, sin aceptar que en él, tipos como Usted o como yo, no tenemos cabida.
-La verdad que es cierto. -Exclama el melancólico profesional, entre asombrado y dolido. Mas, luego de golpe, éste cuestiona con violencia:- Pero, y entonces, ¡cómo carajo viviremos, cuál será nuestro destino, si hemos de ser contemplativos en un mundo "anti-contemplativos"! ¡Cómo nos desenvolveremos en una sociedad exitista, activista y materialista! El mundo del trabajo actual nos marginará. Y el día de mañana, decime, ¡qué calidad de vida tendremos, cómo alagaremos a nuestra mujer, cómo nutriremos a nuestros hijos, en dónde diantres viviremos! Si tu planteo es real y verdadero, el panorama que me pintás, hermano, es desolador y sombrío... -Terminó estas palabras con una voz ahogada, con unos ojos vidriosos y con el ceño fruncido. Había tristeza y bronca al mismo tiempo en aquella expresión de desamparo total.
Hilario observaba a su amigo con detenimiento. Lo comprendía, lo compadecía y lo quería entrañablemente. Sentía la misma orfandad, signo ineludible del siglo que les tocaba enfrentar. Padecía la misma desazón ante la posmodernidad desesperante que imperaba en el mundo. Sufrían a la par la desorientación, la ausencia de faros en el camino que alumbraran el paso decidido del peregrino. Sin embargo, para eso y por eso eran amigos, entre otras cosas: para reconfortarse mutuamente, para ponerse en pie y alzar la testa, ya que los dos estaban enteramente convencidos de que dicho mundo pasaba y de que el Señor ya, pero ya, volvía. A pesar de tanta oscuridad, se alentaban para no ceder en su primera obligación: vigilar y otear el horizonte para ver volver a Aquel que prometió volver. Y si el camino se hacía largo, pues allí estaba siempre London -o cualquier refugio de turno-, para reavivar entre los amigos la llama de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad.
Y últimamente, de la dulce Contemplación.

(Rembrandt, Filósofo meditando).
martes, 18 de junio de 2019
Virtudes y Vicios discuten en el origen de "Tellus".

("Las hilanderas" de Velázquez.)
Se encuentran disputando sobre la propiedad de Tellus con sumo interés y vehemencia. Hay gran alboroto en la inmensa sala claroscura. Mientras, hilaban e hilaban quién-sabe-qué.
(Interrumpe violentamente tanto sainete la primera Señora.)
GUERRA: Enviada soy del Obscurísimo Amo de esta antiquísima Estancia y vengo a reclamar nuestros derechos, junto a mis crueles e indeseables hermanas, de poseer todo este pedazo de tierra sin vuestra presencia, arrugadas señoras.
PAZ: Te equivocas, incorregible Guerra, al llamar "hermanas" a las que son tus aliadas en el plan perverso que andan tejiendo, pues nada sabes tú de hermandad.
VIOLENCIA: Ya sales con tus discursos melifluos, estúpida Paz, que todavía no te das cuenta que a nadie convences con tus habladurías. Este lote será nuestro y por la fuerza, naturalmente.
VERDAD: Ay, Violencia, Violencia... te alteras por nimiedades y lanzas amenazas sin sentido. Aunque te sea dificultoso, razona un poco, y dime: ¿acaso este enorme espacio no se viene a la ruina cuando está al "cuidado" de vosotras? Ya hemos ensayado esta opción de dejarles esta pertenencia por un período -luego de que nos desalojaran bruscamente- y nosotras contemplamos desde afuera, con horror, espanto y tristeza, cómo destrozaban todo lo existente en esta Estancia. Ha llegado la hora de que se vayan, sí, y para eso hemos venido por mandato del poderoso Señor de este recinto.
HIPOCRESÍA: Bla, bla, bla... siempre tan seria la apestosa Verdad. ¿A quién crees que asustas, debilucha? Nuestro poder es mayor que el de tu "terrible", ¡ja!, Amo. En nuestro cinismo está nuestra victoria, sépanlo. Basta de solemnidades y ceremonias que aburren. Esta lugar será nuestro, sea dicho. ¡Bah!, ¡qué digo!, ya es nuestra... ¡Ja-ja-ja!
LUZ: Doña Hipocresía, por momentos logras causar miedo. Mas, al verte bien de frente, provocas lástima. Eres una pobre criatura que deshace todo lo que encuentra. Pero no dejaré que generes más daño de aquí en adelante. ¡Ea!
TINIEBLAS: Descuida, Hipocresía, que nosotras nos encargaremos de la potente Luz si intenta poner un mano sobre ti.
JUSTICIA: Me impacienta, hermanitas mías, por ver fuera de nuestra Casa a estas detestables usurpadoras. Vano es que las hagamos pensar, y más vano creer que obraran conforme a nosotras. Están destinadas a la perdición. ¡Son malparidas!
MENTIRA: Justicia, pero ¡qué bruta eres! No te has enterado aún que lo que más deseamos con mis venenosas compañeras es vuestra aniquilación y la perdición de este sitio horrendo.
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BIENAVENTURANZA: (La más joven de las venerables Damas interviene en la disputa con especial autoridad.) ¡Callaos, tontas y malas mujeronas, callaos! Más que venir a perderos y a destruir nuestro Hogar, son vosotras las que están perdidas por propia elección vuestra. Yacen derrotadas y humilladas desde mucho tiempo ha. Fue nuestro Padre quien hizo esta maravilla por el bien de Tellus y de sus habitantes. Pero vosotras sois porfiadas e insisten con su proyecto de iniquidad. Él venció, desgraciadas, a vuestro Engendrador siniestro. Por lo tanto, pues, (y levantando la voz) ¡Alejaos de aquí!
(Se interpone la Dama FIDELIDAD y es ella la que recibe el fatal mordisco quedando herida de muerte. En esto ingresa gravemente el Padre y Rey de toda la grandiosa propiedad. Su nombre es Don Amor.)
(Don Amor primero se acerca a Fidelidad y la cura a la vista de todas. Las despiadadas Ancianas quedan pasmadas y aterradas, e inician la agitada retirada huyendo despavoridas.)
AMOR: Huid, malvadas, y decidle a ese Perro cobarde que nada pueden ni vosotras ni él contra mí. Soy el Amor primero que reina en Tellus y más allá de esta pequeña Estancia. Soy yo el Padre de estas hijas mías, guardianas ellas de esta conflictiva morada. Soy yo, el Amor, que vengo a poner orden y a dar vida abundante a este lugar sombrío y gélido.
(Pausa expectante.)
Que comience la Fiesta.
(Mientras tanto, las mujerucas rabiosas salen disparando de la Estancia, dando escalofriantes alaridos. A lo lejos, en un rincón ignoto, una sombra misteriosa espera a sus torpes enviadas con una ira indescriptible...)

("Sueño" de Doré.)
lunes, 10 de junio de 2019
La Partida
Terminaba la madrugada… Los rayos del sol hacían aparecer las horas del amanecer. Una gran tiniebla protegía la ciudad, bastante frío al sentir, escarcha por todo el verde pastizal. ¡Hora de levantarse! Más de uno en esta situación diría “un ratito más”…, pero ¡no! Un gran día los esperaba a ellos dos.
Luego del aseo cotidiano pusieron la tetera en el fuego, y los mates aparecieron. La mochila ya estaba preparada de antemano, así que estaba todo listo para partir. Tenían que llegar a la embarcación antes que zarpara el barco; de lo contrario, no tendría sentido después que el barco hubiese partido. Pero no era el problema el horario pues tenían mucho tiempo, sino el camino y lo que éste les deparaba. De la ciudad al puerto habían dos etapas: primero una gran parte a pie hasta llegar a la ruta; luego un vehículo los llevaría directamente al barco.
Los dos, despacio, salieron contentos sabiendo cuál era el destino. Después de unos pasos donde cada uno iba pensando en silencio, Don Theresiano le preguntó:
-¿Qué será más: lo que dejamos o lo que buscamos?
-¿Qué dejamos? -le responde Don Hilario.
-“¿Qué dejamos?” -inquiere Theresiano-. Muchas cosas: amigos, familia, trabajos, costumbres, farras, bellos momentos… no sé, muchas cosas buenas que nos han pasado en la vida, en esta ciudad, y otras no tan buenas pero siempre de algo nos sirvió todo en sí.
-¿Qué buscamos entonces? -vuelve a insistir el De Jesús.
-Te diría que a Dios… -comenzó a contestar el Campos-, pero si lo pienso mejor se me ocurre que en las cosas que dejamos también estaba Dios. Porque para mí, en todas esas cosas pasadas de mi vida, la Presencia divina era manifiesta.
-Volvamos, entonces. Para qué alejarnos demasiado si la tenemos tan fácil -contesta impetuoso el Hilario.
-No depende de nosotros, ya lo hemos hablado. Tenemos que ir, es el momento. Algún día nos iba a tocar -dice con melancolía el Theresiano.
-Entonces no piense tanto en el pasado, mi querido amigo. -Y elevando la voz, continúa el viejo- Fueron momentos muy felices los que supimos vivir. No hay que pensar qué será de los demás tampoco, o qué pasará de ahora en adelante con la ausencia de los seres queridos. Piense más, en cambio, a dónde iremos que eso lo pondrá contento.
-Eso es precisamente lo que me preocupa: no saber de ese lugar más de lo que se comenta, pero como son todas cosas buenas, la gente y demás, el lugar me resulta magnifico. -Aspirando el suave aire matutino, exclama el nadador:- ¡Sí, es verdad, quiero habitar en aquel lugar!
Los dos siguieron caminando hasta encontrarse con un viejo amigo, del cual no es conveniente siquiera pronunciar el nombre ya que era conocido por tener costumbres “non sanctas”, aunque le tenía un gran respeto tanto a Hilario como a Theresiano, y apreciaba mucho a ambos. Tomaron unos mates y charlaron un buen rato con este personaje, además de aprovechar para descansar las piernas.
Sabiendo el amigo oportuno hacia dónde se dirigían Hilario y Theresiano les aconsejó que lo acompañaran a él que conocía un camino mejor. Pero los dos viandantes se miraron rápidamente y acto seguido le dijeron que no, a una sola voz. Sabían acerca del camino que los quería llevar. Desdichado era aquel hombre que caminaba por dos sendas. El pecador anda dos caminos cuando su conducta contradice sus palabras. Lo que busca, a la postre, pertenece al mundo y a sus vicios.
Retomando el camino los dos peregrinos se allegaron a la parte más difícil del trayecto. Cada paso hacía que el barro les llegara hasta las rodillas y había que hacer un gran esfuerzo para proseguir la marcha. Las mochilas cada vez pesaban más y el frío descendía a medida que pasaba el tiempo. Se les caían gotas de agua, que no se sabía si eran de resfrío o de lágrimas. Bastante mal la estaban pasando...
En este trance engorroso el pregunta vacilante Theresiano a su compañero de viaje:
-¿Será necesario pasar por esto? ¿Estaremos en lo correcto?
-No lo sé del todo -contesta el interrogado-, pero recuerda lo que hemos leído en las Sagradas Escrituras: “Camina en mi presencia, hijo mío, y sé perfecto”.
-Sí, claro, si no sería imposible -comenta Don T., que volvía a interrogar inquieto-, aunque… ¿habremos elegido el destino o el camino adecuado?
-Y, pensándolo bien, Dios nos ha dado la inteligencia para que conozcamos al Verdadero -remata Don H. en seco, prologando un silencio contemplativo.
Por fin, cuando todo parecía tinieblas, se vio a lo lejos la ruta, y súbitamente, casi sin darse cuenta, estaban en el vehículo que los llevaría al puerto lejano. No hablaron ni una palabra con el chofer durante el camino. Sólo pensaban en sacudirse la tierra de las botas y frotarse las manos para pasar el frío crudelísimo.
-¡Acá es! -dijo el chofer, un gordo parecido con candado y gafas anchas.
Se bajaron con sus bolsos y se quedaron atónitos. Jamás en sus vidas vieron ni el mar ni un barco tan grande, capaz de pasar por grandes olas del océano profundo como si nada.
Apresuradamente, revisaron sus boletos y subieron a bordo…
-CONTINUARÁ-
Don Theresiano Campos
lunes, 3 de junio de 2019
Espontaneidad, libertad, caridad, vida...: pensamientos sueltos.

(Fra Angelico, El Juicio Final.)
"La voluntad persigue la beatitud con libertad, pero la persigue necesariamente."
Santo Tomás de Aquino
"¿Cuál es el objeto del vivir sino la vida?
¿Y de qué sirve la vida sino para darla?
¿Y por qué atormentarse en darla siendo tan simple obedecer?"
Paul Claudel, La Anunciación a María.
Suma espontaneidad y gratuidad es Dios para amar... El amor de Dios es supremo, pleno, gracioso y misterioso. Misterio de amor que extasía. Ilapso que conmueve por entero al "mediano" creyente y pensante. Temblor sagrado provocado por este Amor sin límites que se expande y se expande estallando cualquier frontera, reventando lindes insospechados. Despierta el ser y queda apabullado ante el susurro terrible de ese derrochador Bien que nada ni nadie puede frenar. Sí, abrumadora realidad que sacude por completo al hombre. Este Dios-Amor todo lo atraviesa, todo lo traspasa, todo lo invade, todo lo baña, todo lo preña, todo lo arrasa y lo abrasa. Todo... incluso el pecado. Es precisamente el pecado lo que malogra la circulación de esta santa energía. El pecado es la luciferina pretensión de resistirse ante este bendito y violento dinamismo. Es la diabólica osadía de desafiar la ráfaga divina con un aliento macilento a muerte y a nada... Pero cuesta caer en la cuenta de esta tremenda y vertiginosa verdad. ¡Vaya si cuesta!
Dios siempre está naciendo y creciendo en mi alma gratuitamente. El Verbo siempre está encarnándose en mis entrañas y desde allí me salva; me está salvando continuamente. Ahora bien, lo dramático y lo obscuro del pecado es, pues, interrumpir esa misteriosa gestación. Pecar es abortar. Aborto cuando mato a ese Dios que estaba gestándose, que estaba por nacer. He aquí el peor de los abortos: abortar al Creador de nuestras vidas. He aquí la más importante manifestación: ser pro-Vida en esta dimensión es algo que se nos pierde de vista -trágicamente... Si no interrumpiera esta mística preñez posiblemente ya hubiera cumplido el deseo paulino: Cristo formado en mí. Pero constantemente estoy abortando a la Trinidad de mi existencia cotidiana... Abismos de iniquidad, de miseria propiamente humana...
(Gustave Doré, El Paraíso Perdido.)
Maldito pecado el de Adán y de toda la humanidad con él que nos trajo la expulsión del Edén. Polarizados y extremosos contrastes los de esta vida exiliada que hacen de mis días una sucesión ininterrumpida de cielo e infierno -más infierno que cielo, helás. Así de inestable es el corazón humano. Hay que aprender a vivir y a padecer esta inocultable veleidad -tortuosa- para conocer nuestra esencial pobreza. En cambio, ¡qué inmutable, imperturbable e inalterable es el Amor Divino! Toda una tarea vislumbrar -y aceptar- estos dos polos diametralmente opuestos... Poseer a los Tres en el alma y minutos después dejarlos ir, o provocar que se vayan, o desalojarlos de mi interior. ¡Lastimera hospitalidad la del humano ante la Deidad! "Es que no puedo soportar a Dios". "No, efectivamente no puedes. Sólo Dios soporta a Dios. Únicamente Él se soporta a Sí mismo. Tú solo sopórtate a ti mismo, soporta la insoportable pesadez de tu amor propio y de tu genética soberbia, soporta la impotencia de no saber soportar a tus semejantes y de no aprender a portar a Dios... para que Él te soporte, para que Él sea Tu único soporte y te enseñe a soportarte y a soportar a los demás".
Sin embargo, la altura necesita hondura. Lo más alto busca y procura lo más bajo. Y aquí yazgo postrado, abajado y hundido en mis miserias, las de siempre generalmente o también las de estreno eventualmente. Así me encuentro y me quedo quieto, sin hacer nada -otra vez: sin hacer nada-, más que esperar a que el Bonum arrollador y difusivo y explosivo me levante y me ascienda entre aclamaciones. Esperando y clamando a que la Lux que no dobla y que todo lo mejora me saque del país de las tinieblas donde acostumbra a pasear el hombre caído, y me restablezca en la claridad primordial.

Por eso te adoro con mi pecado, ¡O Bonitas! Te adoro gracias a mi pecado, Luz de mi ser, y celebro Tu misericordia sempiterna y vencedora que todo lo dora ya que al fin, al fin, solo esto es lo que importa. Esto es lo que Tú quieres... Mas en el Cielo te amaré sin pecado, porque allí el pecado no entra. La miseria de la humanidad no ingresa en el Paraíso. El pecado que has quitado del mundo como Cordero degollado no tendrá cabida en la Eternidad. Lo que has aniquilado aquí no estará Allí. Todos mis pecados -y los de todos los hombres de todos los tiempos- los has borrado ante la vista del Padre. Pero, entonces, ¿dónde está lo terrible de volver a pecar, de reincidir en el infinito delito? En la ingratitud, en el desamor y en la desobediencia. O en el mal uso y abuso de la libertad. Hago enojar al Padre cuando no aprovecho y vivo de la Sangre del Cordero. No tendré parte en el cántico nuevo si ahora desentono con mis infidelidades, insufribles y detestables. ¿Tan difícil es ser libre cuando la verdadera libertad brota de la intimidad de mi ser que persigue la Beatitud? ¿Dónde radica la dificultad de ser fiel al Creador cuando esto es lo propio de mi naturaleza humana ("infidelitas est contra naturam")? El Cordero me compró, y ¡a qué precio! ¡Es su Sangre, imbecillitas intellectus! Repito: es su Sangre preciosísima y purísima; no es broma, ni oro ni plata. Fue un negocio grave, un intercambio admirable. Soy su propiedad: no me pertenezco -¡oh falacia del libre albedrío secular!-.
"Arcilla en manos del alfarero": eso soy.

(Caravaggio, San Juan el Bautista.)
lunes, 27 de mayo de 2019
Del olvido al desprecio
Cuando el Señor cambió la suerte de Sion, nos pareció soñar; la boca se
nos llenaba de risas, la lengua de cantares (Sal. 125)
Voy a contar una historia de
Dios. Quizá una historia sin importancia para muchos; una historia poco notable,
pero una historia al fin.
Pensando y meditando en el pueblo
de Israel, llegué a la conclusión de que probablemente lo que fue su perdición
constante fue el acostumbramiento que les llevó al olvido de Dios. Una y otra
vez. Pasó, por ejemplo, con el maná que descendía del cielo diariamente durante
tantos años, las aves que de arriba caían, y el agua que de la roca brotaba. Y,
sin embargo, se olvidaron de Dios y adoraron al becerro de oro. Y el Señor con
divina paciencia, contenía como un dique su torrente de Santa Ira para perdonar
una y otra vez a tan olvidadizo pueblo. Si se olvidaron viendo lo que creían, ¿qué
será de nosotros si lo que creemos no lo vemos?
Pero, ¿acaso la historia de
Israel no es también la analogía de la historia de nuestra alma? ¿Acaso no es
también la analogía de la historia de la Iglesia? Los Santos Padres así lo
piensan. La Iglesia concibió la liturgia con el fin de dar gloria a Dios, con
el fin de santificar al hombre, pero también con el fin de no acostumbrarnos,
de no olvidar, de recordar que en ese aparente pedazo de pan está presente Dios
Totipotente, creador y redentor nuestro. Pero ¿qué haremos nosotros para
prevenir o poner freno a nuestro constante olvido de Dios? No lo sé, pero yo he
decidido poner por escrito las bondades del Señor para conmigo, para
retenerlas, para rumiarlas, para transmitirlas a mis hijos y nietos, para que
vean la mano nítida de Dios en la vida de su abuelo.
Esto sucedió un día cualquiera,
en absoluto destacable, salvo porque era Domingo. Mi familia se reunía en casa
de uno de mis hermanos, previa Misa de 12:00, y me habían avisado para la Misa
y la posterior comida familiar. Yo vivo en las lontanías, y eso implicaba ir
con tiempo para agarrar el micro, que tarda sus cuarenta minutos hasta el destino,
y de allí treinta minutos hasta la iglesia. La parada del micro está a hora y
cuarto andando desde donde yo vivo, con lo cual decidí salir a las 9:40hs.
Rápidamente, mientras comenzaba a andar, miré el celular en busca de los
horarios del micro. Con pesar vi que el micro pasaba a las 10:30 por mi parada,
así que empecé a andar a paso ligero con la esperanza de llegar.
Conforme avanzaba el camino, veía
que el tiempo transcurría más rápido, y que cada vez era menos probable que
llegara. Les pedí a mi ángel de la guarda y al de mi padre (y de la familia), que
intercedieran por mí y me permitieran subir a ese micro. Al fin y al cabo, el
Señor era el primer interesado en que llegase yo puntual a Misa. A cambio,
ofrecí la semana entrante un esfuerzo fehaciente y una intención constante de
no dejarme llevar por la pereza, sino de cumplir con mi deber de estudio.
Mientras bajaba, iba viendo la
hora y repetía, «para Dios nada hay imposible», e intentaba recordar el pasaje
evangélico en que esa frase aparecía, pero sólo me acordaba de eso. «Señor,
tantas veces que me has auxiliado, ¿y hoy no lo harás? ¿Qué es para Ti atrasar
un micro? Tú que abriste como un surco las aguas del Nilo, Tú que multiplicaste
los panes y los peces, que transformaste el agua en vino, ¿no me harás este
favor?»
Y en eso iba pensando cuando
llegué a la parada. Eran las 10:45hs. El micro ya habría pasado haría mucho
tiempo. Ya calculaba el tiempo para el siguiente. Consulté el celular, y pasaba
a las 11:20hs. Ya no llegaba a Misa.
En ese momento, Poseidón la tomó
contra mí, por si no tenía ya bastante, y agitó con violencia las quietas aguas
intra-corporales, cual tormenta furiosa pidiendo salir. Como tenía tiempo,
decidí liberar esa tormenta detrás de un arbusto, para que no volviera a molestarme.
En ese preciso y exacto momento, vi que pasaba el micro que yo necesitaba,
delante de mis narices, sin poder yo hacer nada.
Tuve esa reacción, que uno suele
tener, que no es enfado, sino el siguiente nivel, que curiosamente consiste en
una risa floja y desenfadada. Y, volviendo a sentarme en la parada le dije al
Señor: «¡Te debo una! Fue culpa mía, pero Tú cumpliste con tu parte, así que yo
cumpliré con la mía. Esta semana, nada de pereza».
Mientras sacaba el tabaco para
pitar un cigarro me abordó el pensamiento: «Para Dios nada hay imposible. ¿Y si
le vuelvo a pedir el favor?». Entonces dije: «Señor, que pase un micro ahora, y
a cambio te ofrezco no fumar nada en la semana que viene». Esto rozaba ya el
tentar al Señor, pero ese pecado se da si hay mala intención, y en mi caso no
la había, así que pedí tranquilamente.
No había terminado de armarme el
cigarro cuando apareció un micro, sin número alguno, que se paró en frente de
mí a pesar de que yo no hice el gesto y que nadie del micro bajaba en mi
parada. Se abrió la puerta y pregunté, «Disculpe... No aparece el número del
bus, ¿hacia dónde va?». «Hacia el centro» respondió toscamente el conductor,
quizá enojado porque el Señor le había obligado a pasar a buscarme. Eran las
10:47hs., dos minutos después del primer micro.
Tiré el cigarro al suelo, lo
pisoteé con alegría y me subí. Y todo el trayecto fui pensando en la grandeza
del Señor, que no abandona, que es fiel hasta en lo pequeño. Y en la bajeza del
hombre que, a pesar de las constantes y evidentes gracias por Dios derramadas,
se olvida de Él. Y es un olvido que se me hace desprecio.
Que Dios nos libre del
acostumbramiento, que nos preserve del olvido, no vaya a ser que acabemos
adorando a un becerro de oro.
---------------
E.N.
miércoles, 22 de mayo de 2019
Simplemente no te metas...

Simplemente no te metas. La Trinidad se encarga. "Pero es que..." "Pero ¡nada! Solo Dios basta." "Lo olvidaba..."
Desde mi muerte columbro una sola respuesta a todos los interrogantes de mi vida: la CONFIANZA.
Dos cosas hacen falta y son las únicas necesarias: FE y CRUZ. Aquí está todo, se resuelve todo. De aquí brota la luz y el calor para vivir... vida de Dios.
Mi lugar en el mundo siempre estuvo -y está- en la cruz; en Tú Cruz: desde aquí vivo, me muevo, existo y soy. Bajarme no puedo. Subir más es imposible. No hay otra opción. Sólo extender los brazos. Abrirme, dejarme, y mirar al Padre. Y esperar el día de la Resurrección. He aquí toda una guía de acción. He aquí la Pasión. Eso es la vida cristiana, y no otra cosa. Locura para los paganos. Va de vuelta: locura para los paganos. ¡Bendita locura que nos mantiene en pie!
"¡MÍRAME!", me grita Dios. ¿Hay algo que se le escape...? Pensamientos intrusos, torpísimos y tormentosos, que me desorientan... Pero la culpa es mía, siempre.
Es siempre la PAZ de Cristo, que nos da y nos deja, lo que cuenta, lo que está en juego, cualquiera sea la situación, el estado de vida, las circunstancias. Paz que va más allá de mí, que está más adelante, que va al fondo de mi ser; paz que me atraviesa y me engolfa enteramente.
Con o sin mujer, mientras ore, no Te perderé de vista. Perderte de vista... ¡ay, calamadidad moderna, problema tan hodierno!
Ir directamente a Ti es mi único fin. ¿Cómo? Viéndote.
Me devoraste y fui devorado y me seguirás devorando y ya nada ni nadie me sacará de Ti. ¿Que "Dios no pide tanto"...? ¡Desgraciado! Lo único que pide es que te dejes ser devorado por Él, consumido por Su fuego. El camino del corazón está en la zarza ardiente. Mi corazón pertenece a la zarza ardiendo; de allí sale y allí ha de permanecer... encendido.
lunes, 20 de mayo de 2019
A la Chica Desconocida.
"Sin cuerdas madera muerta;
pero encordada es querer.
Es la guitarra despierta,
el alma de la mujer.
Mujer, mujer porque fué..."
Rumiando estos versos estaba en mi navío a la corta edad de 16 años cuando se me ocurrió escribirle a aquella con quién todo digno miembro del Misterioso Club de las Tinieblas sueña. Así comenzó un largo período de cartas, reflexiones; cuentos y poesías. Pero a la más bella he decidido transcribirla. Me disculparéis, espero, por la falta de ritmo y entonación ya que en aquellos tiempos recién comenzaba a navegar por las sinuosas aguas de la rima.
¿Dónde está aquella niña;
de ojos azules, marrones,
verdes o amarillos;
dulces como canciones?
¿Dónde está esa dama,
mi dulcinea perdida;
de pelo largo o corto
alta o pequeñita?
¿Dónde está aquella,
que el Creador me reserva?
¿Está en la ciudad,
o en el bosque y la hierba?
Aquella damita,
de blanco cantar.
Me pregunto, te pregunto,
¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
¿Dónde te has metido,
hermosa señorita;
con tu virtud que me ayuda,
y tu oración que santifica?
¿Dónde está ella,
a quien yo pueda amar?
Moviendo campos y cielos
la voy tratar de hallar.
Pero si no te encuentro,
o si, en realidad, no existes,
pido a Dios me presente,
a alguien menos triste.
Alguien que me alegre,
que me enseñe a vivir.
Y que yo pueda siempre,
feliz, hacerla sentir.
El Corsario Negro
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